[Pre. Abs] A falta de pan...
#11
Aquel potente golpe pareció hacerle reflexionar o, más bien, escupir todos sus pensamientos, incluso los más crudos. Había una parte importante del mensaje que no había comprendido. No había entendido que mi misión no era atacar a la gente que pensase diferente a mí o a la revolución, sino proteger a los inocentes de los ignorantes que dedicaban su vida a obedecer a la organización más repulsiva de todas: el gobierno mundial. No era cuestión de diferentes creencias o de intolerancia, simplemente había ideas que no podían permitirse en un mundo libre e igualitario. Mientras existiese el Gobierno Mundial, mientras existiese la Marina, al menos tal y como la conocíamos hasta ahora, el mundo no sería libre. Era aberrante que tan solo unos pocos ostentasen la mayor parte del poder y de las riquezas, mientras que la mayoría moría de hambre o pasaba diferentes penurias.

Sin embargo, vi una chispa de luz en él. No era ajeno a toda esta realidad, ya había comenzado a abrir los ojos, despertar y apreciar la crueldad del mundo y las injusticias. Por lo menos, no era un hipócrita ni un cruel tirano. Tan solo había optado por un camino ligeramente egoísta al querer protegerse a él y a los suyos. Incluso era posible que también se preocupase por los civiles. Por esa parte no podía juzgarle, cada uno hacía lo que tenía que hacer para sobrevivir en este frío y oscuro mundo. Aun así, seguía sin convencerme del todo su razonamiento.

-¡Por supuesto que hay bandos! ¡Golden! -le respondí de inmediato, sin un solo titubeo en la voz. -¿Sabes qué bandos existen en este mundo? Está el de los vencedores, los que escriben la historia a su antojo y esculpen el destino de las naciones, y está el de los vencidos, obligados a conformarse con las migajas de un festín que jamás les pertenece. Con cada acto, con cada ideal, incluso en la aparente pasividad, uno elige un bando. No alzar la voz por un mundo justo es también tomar partido. Pero, aunque haya quienes no puedan alzar sus armas, quienes carezcan de medios o fuerzas, nosotros pelearemos por ellos. Lucharemos para que su voz ahogada resuene con una fuerza imparable. Y tú… Tú piensas que haces lo correcto, que tus acciones protegen a tus compañeros y defienden a los indefensos. Pero mientras detienes a piratuchos y a criminales de poca monta tus superiores engordan su poder, imponiendo su ley sin misericordia. Tú atrapas a un ladrón, pero en otra isla, bajo la bandera de los "justos", los marines saquean las arcas de la gente, robando bajo la protección de su propio emblema. Tú crees estar del lado de la justicia… pero en realidad, ¿de qué lado estás? -dije mientras cerraba los ojos, recordando todas aquellas injusticias que me contaban los más desfavorecidos. -Prepárate, este es mi último golpe. -continué con un tono de voz calmado y sincero mientras me crujía el hombro derecho con un firme movimiento circular. Agarré el puño de dicho brazo con el contrario y flexioné ambas rodillas hasta dividir mi altura. Mi dorado bíceps comenzó a crecer de tamaño, seguido de los hombros, el antebrazo y finalmente el puño. El brazo entero, a ojos del marine, se tornó oscuro, como si estuviera recubierto de un tenebroso acero negro. -Este golpe es un mensaje a la Marina y al Gobierno Mundial, y lo firman todos los oprimidos. Adiós, Joe.
 
Entonces, sin pensarlo dos veces, estiré mi brazo con una velocidad desmedida hacia la boca del estómago de Joe. Sentí el impacto de mis nudillos clavándose en su carne, como si cada hueso y tendón en mi puño llevara siglos de furia acumulada. El sonido que llenó aquella calle fue como el eco de un disparo, un estruendo que reverberó entre las paredes, como si el mismo aire hubiera decidido volverse cómplice de aquel golpe. Era la furia de la gente humilde, la de los que han aguantado demasiado tiempo sin que nadie los escuche, una rabia contenida que buscaba liberarse. En ese instante, mi golpe se transformó en un grito de auxilio, uno que iba más allá de mí, cargando las voces de los oprimidos que ya no podían callar. Por un instante, fue como si todo en aquel callejón se quedara en suspensión. Hasta el polvo en el suelo pareció detenerse en su trayectoria al aire, capturado por el eco violento de aquel movimiento, cualquiera que hubiera pasado cerca podría jurar que un rayo había caído allí mismo, justo en ese pedazo de asfalto. Tras el golpe la red que retenía su escamoso cuerpo se desvaneció, haciendo que todo el oro que lo contenía volviera a mi cuerpo.

Joe merecía la pena, en el fondo tenía la esperanza de que sobreviviera a aquel golpe para volver a enfrentarme a él, pero no sería posible.


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#12
Solo pude hablar, expresarme, pues aquella red de oro no me dejaba moverme con total libertad. Como mucho más, mirar directamente a los ojos de Gol. Es raro, pero no tenía miedo. Era totalmente consciente de que estaba en peligro, y que mi vida acabase en ese preciso momento, o quizás a priori, que me secuestrasen y vete a saber que cosas hacerme, al fin y al cabo, era su enemigo. En mi mente solo pasaba una cosa, y eran mis compañeros. El simple hecho de pensar que alguno de ellos podían acabar igual que Minato me aterraba, lo reconozco, pero estaba dispuesto a sacrificarme si era necesario.

Tras mi claro desafío al revolucionario dorado, este volvió a hablar. Se reafirmó en que sí existen bandos, de nuevo, apoyándose esta vez en los que escriben su propia historia, hasta que mencionó a "los débiles", aquellos que no pueden defenderse por sí solos, y necesitan a alguien que lo haga por ellos. En ese preciso momento, me paré, dejé de intentar zafarme de aquella red, quedándome totalmente quieto mientras le miraba ¿Está intentando decirme que yo, precisamente yo, no hago eso? He vivido toda vida para proteger justamente a aquellas personas que no pueden, alegando que mientras yo me dedicaba a detener piratas sin ninguna importancia y gente de pacotilla, la Marina se pone medallas encima mientras reinan con tiranía en algunos lugares, llegando incluso a robar a los más pobres. Por un momento, me quedé pensando, dejando vagamente de escuchar, incluso de ver con mis ojos al revolucionario ¿Piratas de pacotilla? ¿Criminales de poca monta? Aquellos que le quitaron la vida a Kofu, precisamente, eran esa clase de gente ¿Acaso una vida humana vale menos que unos ideales? No, no al menos bajo mi punto de vista. Eso, no entra en mi sentido de la justicia. Cualquiera puede empuñar un arma y arrebatar una vida. Y una vida, no puede estar por encima de unos ideales.

Cuando quise levantar la mirada para hablar, Gol estaba enfrente de mí, con uno de sus brazos hinchándose como si fuera un globo, pero de un tono oscuro, casi como el del acero mismo, mientras sentenciaba con una frase, diciendo que esto era un aviso para la Marina y el Gobierno mundial, finalizando con una despedida hacia mi persona — ¿Gobierno Mund...? — Intenté decir, pero apenas pude acabar la frase, Gol me propinó un terrible golpe en mi estómago, desorientándome totalmente en ese momento, era como si aquel impacto me quitase las energías al momento, cancelando así mi transformación de mi fruta Zoan. Me llevé mis manos a la zona del impacto, mientras, por otra parte, aquella herida seguía sangrando. Empezaba a tenerlo claro, aquella calle iba a ser mi tumba, este hombre me superaba con creces. Mientras que yo tuve que ingeniármelas para poder atizarle, él apenas con dos simples movimientos estaba a punto de dejarme inservible. Sí, así es como me sentía realmente — ¡Bbuaggg! — Expresé, tras aquel fortísimo golpe, dejando caer por mi boca más sangre.

Inservible. Toda mi vida la he dedicado por y para los demás, poniéndome yo en el último lugar, y a ellos por delante, ¿Y todo para qué? Para nada. Mucho "El Héroe de los Cabos Gemelos", pero me sentía vacío por dentro, la mayor parte del tiempo convivía con esa sensación, de ser alguien totalmente inservible, que por mucho que se esforzase no conseguía nada de lo que me proponía, al revés: lo perdía. Quería rendirme, quería tirarme al suelo, y que Gol hiciera conmigo lo que le viniera en gana. Era lo que más deseaba ahora mismo, aquellos tres segundos se me hicieron eternos, en los que solo estaba con el cuerpo encogido, retorciéndome del dolor. Pero, esta vez, no iba a quedarme de brazos cruzados. A mi mente me vino aquella orca asesina, también la jirafa que se implosionó, y aquel cura hijo de puta con el látigo. Estaba cansado de no actuar. Si iba a morir aquí, al menos lo haría con orgullo y la cabeza alta.

Levanté la mirada, Gol estaba frente a mí, solo nos acompañaba el silencio, como mucho, el sonido del viento. Así que decidí actuar — Sie... siempre he velado por el bien de todos... — Comencé a transformarme de nuevo, poco a poco — No solo he pensado en mis compañeros, también en aquellos... que no pueden defenderse, que necesitan un... héroe... — Finalicé mi transformación — Siempre he intentado ayudar a quien sea, empezando por el más débil... No me vengas con estas historias... — Eché mi puño derecho hacia atrás — La gente, cualquier vida, está por encima de unos ideales, sean cuales sean, Gol... Es lo único que necesitas saber — 

Tras finalizar mi frase, con toda la fuerza y rapidez que podía, le propiné un puñetazo en la cara al revolucionario, incrustándoselo en la cara, rezando porque aquel golpe pudiera prácticamente dejarle en el sitio inconsciente, solamente para poder irme de allí y ver si los demás estarían bien. Me quedé en el sitio quieto, recuperando el aliento poco a poco, aquel terrible golpe no había acabado con mi vida por suerte. Solo necesitaba recomponerme un poco, y, si era necesario, seguir peleando contra el revolucionario de oro. No me quedaba otra.

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#13
De su boca salía sangre a borbotones, parecía que el puñetazo había impactado en su cuerpo como una bala de cañón. Por lo que sabía los Marines también usaban las mismas Artes Marciales que usaban los pirados del Gobierno Mundial… ¿por qué motivo no usó el Tekkai para paliar, aunque fuera un poco, mi golpe? Y si lo había usado, era el Tekkai más ridículo contra el que me había enfrentado en toda mi vida… o quizá no lo dominaba. Como fuera, aquel impacto lo dejó tocado, y se le podía ver jadeando y dolorido.

Siempre he pensado que la fortaleza de alguien viene de su mente, y no de su cuerpo. El acero del espíritu es más duradero que el físico, pero en su caso, parecía que ni eso podía aguantar un golpe como el mío. No era un hombre de hierro, al menos no de la manera que yo había esperado. Su rostro estaba demacrado y mostraba una mueca de dolor que revelaba más debilidad de la que un Marine debería mostrar. Pero no me fiaba, aún quedaba un rastro de duda en mi cabeza.

Él había sido entrenado para resistir, para pelear hasta el final, y aunque ahora estaba en una posición desfavorable, no podía subestimarlo. Todos los Marines, por más idiotas que fueran, tenían algo en común: nunca se rendían. Había algo más que rabia en su mirada, algo que indicaba que no había llegado hasta allí solo para ser derribado por un golpe. Era la determinación de un auténtico…
 
Uso el arma más efectiva que podía haber usado contra alguien como yo, la palabra. Mientras se transformaba de nuevo en aquella serpiente y finalizó aquella conversación con una frase que encendió una bombilla en mi cabeza: “La gente, cualquier vida, está por encima de unos ideales, sean cuales sean, Gol... Es lo único que necesitas saber”. Cerré los ojos, confiado, y desactivé mi Haki de Observación, sonreí y, haciendo la garra del dragón en ambas manos, las llevé a la cadera para prepararme para el ataque que seguramente me hiciera.
 
Como era de esperar no pasó demasiado tiempo hasta que noté como su puño impactaba contra mi rostro. Aquel golpe fue tan poderoso y estaba tan cargado de rabia que por poco no me hizo vomitar, me encontraba mareado, aturdido en general, pero debía dar este último golpe. Mientras su puño seguía en mi cara, imbuí mis dos brazos en Haki de Armadura y los estiré hacia su cintura. Dije que el anterior ataque era el último, me equivoqué, este Marine era mucho más poderoso de lo que parecía. Esto era el golpe definitivo del Ejército Revolucionario, que impactaría en su cintura generando un dolor genuinamente fuerte. Ni siquiera mis manos entraron en contacto con su cuerpo, no hacía falta, este golpe atacaba a las esperanzas del que estuviera delante. Estaba claro que no íbamos a llegar a un acuerdo, pero sería una pena matarlo en este mismo instante. Si sobrevivía a esto nos volveríamos a ver, tenía la sensación de que había plantado una pequeña semilla de duda que, si seguía pensando por si mismo, tal y como me había estado demostrando, crecería hasta germinar en el primer Marine honesto. En un auténtico Héroe.
 
Tras intercambiar los golpes me separé un par de pasos de él y le lancé una moneda a “sus pies”. Aquella moneda, que se generó de mi ombligo, era distinta. En la cara estaba mi rostro perfecto y dorado, rodeado por las siguientes palabras: “Gol D. Ick, Golden Freedom”. Y por la parte de la cruz había una serie de números.
 
-Esta es una moneda de edición limitada “Golden Freedom”. Úsala cuando la necesites. -dije mientras caminaba hacia el barril que sostenía aquel Den Den Mushi. -Me equivoqué contigo Joe, mereces la pena. -dije con sinceridad. -Ve a ver a tus amigos, yo me reuniré con los míos y os iréis de aquí ya mismo. -continué mientras recogía el Den Den Mushi del barril. -La próxima vez que nos veamos será la última.
 
Entonces se generó bajo mis pies una tabla de oro puro que me impulsó como un cohete hasta la otra punta de aquella kilométrica calle. Era hora de irnos, esperaba de corazón que tanto Marcia como Schierke estuvieran bien, o la venganza e tornaría en algo personal.


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Vitalidad: 5942 - 1586 = 4356
Energia: 1968 - 1620 = 348
Espiritu: 1150 - 50 = 1100
#14
Mi golpe impactó, sorprendentemente. Pude comprobar como además, Gol lo recibía casi a placer, apenas movió un solo músculo para intentar esquivarlo o bloquearlo. No entendía la razón, pero lo importante es que pude darle, aunque por supuesto, no fue suficiente, aunque doler parece ser que dolió, casi se cae al suelo de lo confuso que estaba. Yo solo me limité a mirarle mientras jadeaba por el cansancio, empecé dándole pelea, pero ahora estaba entre la espada y la pared, estaba siendo muy superior a mí.

De repente, pude ver de nuevo como sus brazos se tornaban de color oscuro como el acero, mientras los preparaba para lo que parece ser otro golpe —
¿Hak...? — Intenté preguntar, pero no pude acabar, pues aquel golpe impactó de lleno en mi cintura, haciendo perder de nuevo mi transformación de Zoan — ¡Argg...! — Intenté exclamar por el dolor, llevándome las manos a la zona dañada mientras miraba al suelo, o más bien a las piernas de mi enemigo, mientras escuchaba el sonido de una moneda caer cerca de mí, esta vez, a mis propios pies, a la vez que el revolucionario comentaba que podía usar esa moneda en un futuro si era necesario, finalizando con que fuera a buscar a mis compañeros para poder irnos de allí, no sin antes comentar de nuevo con que era una persona que merecía la pena a la vez que se alejaba de allí. Levanté la mirada lentamente y observé como recogía aquel Den den mushi que colocó encima del barril, para usar su extraña fruta y hacer una especie de aparato tecnológico a sus pies e irse de allí rápidamente.

— ¡Joder! — Exclamé con rabia — Si se encuentra con alguno de mis compañeros... todo va a acabar de la peor manera... No... — Intenté recomponerme para salir detrás de Gol, aunque me resultaría imposible seguirle a esa velocidad — Venga, va, Joe... Levántate y protégelos... No tienes que hacer otra cosa más... — Me dije a mi mismo convencido para intentar sacar fuerzas. No podía permitirme otra perdida más, así que salí en la misma dirección que Gol, pero lamentablemente, no a la misma velocidad con la que él se fue de allí. Miré a mí pies y cogí la moneda que Gol me tiró, me la metí al pantalón directamente, no era momento de pararme.

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Vitalidad: 2496 - 2010 = 486
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#15
El fragor de la batalla había sido como el replicar de las gotas de lluvia en una ventana. Un eco continuo en el paso del tiempo y del que, si estás a salvo tras el cristal, no te preocupas. Así como los habitantes de todo el reino de Momoiro no tomaban en cuenta que, sus adalides hubiesen salido a poner en su sitio a los infames Marines que se escondían en su tierra, sin intenciones de formar parte de sus filas. Hoy el sol se pondría con ausencias y derrotas, victorias, y situaciones aun por resolver.

El intrépido Gol D. Ick, de un linaje y familia reputada y reconocida en los anales de la historia, había encontrado en Joe Joestar a un Marine diferente. Alguien que no formaba parte de la escoria mundana y habitual del Gobierno Mundial. Un hombre distinto con la capacidad de cambiar las cosas, y un rival a la altura, para, quien sabe, quizá encontrar el equilibrio en la balanza y desestabilizar desde dentro el corrupto sistema que oprimía a los inocentes y a los débiles. Un hombre que podría tener en sus manos, con esa pequeña y reluciente moneda de oro, la oportunidad de cambiarlo todo en el futuro. Alguien que escalaba con la reputación y el respeto que se ganan sólo los héroes y que al mismo tiempo, generaba simpatías en bandos literalmente opuestos, era la única clase de persona capaz de unificar todo en caso de querer hacerlo, para traer al mañana algo mejor.

La muerte de Schierke era un duro golpe para la Revolución, y más lo sería para sus amigos Marcia y el bueno de Ick. Pero era un sacrificio más que noble si la revolución quería poner fin a la causa del Gobierno Mundial, y ellos lo sabían. Sabían que sus vidas eran lo de menos cuando las ponían al servicio del pueblo y los oprimidos. Sabían que ellos eran la lanza y el escudo del mundo y que si ellos no luchaban y morían por los demás, el cambio nunca iba a llegar. Schierke era una mink alegre y que se hacía notar allá donde iba, pero sin saberlo, lo que más se haría notar sería su ausencia. Y la marca dejada en los corazones de ambas Marines que se habían enfrentado a ella quizá hiciera las pequeñas grietas del próximo gran cañón de la revolución.

Marcia había jugado como había querido con los tres presentes. Ikirami había estado a la altura de las expectativas puestas en ella: no había hecho nada. Apolo había descubierto que por más que fuera un Logia, no era invulnerable y que el mundo podía comérselo en cualquier momento. Fuguwu por su parte entendía cuan lejos estaba del nivel que se esperaba de él en la zona del mundo en la que se encontraba y sabía, o debería saber, cuánto y cómo tenía que entrenar para poder lograr estar a la altura de su división: la división del héroe.

Tras aquellos encuentros, la división de Joe Joestar tendría que reunirse y hacerse a bordo del barco de sus compañeros sobrevivientes, el Zoodiacool, dando así un uno a uno al marcador. El zoodiacool habían tenído que huir con dos bajas, y los revolucionarios habían tenido que huir con una de ellas. Esto no solo dejaba un poco en mal lugar a los Zoodiacools en comparación con Joe Joestar, si no que ensalzaba aun más la figura de este, quien no se había enfrentado a Piratuchos de tres al cuarto - por más renombre que empezasen a tener - como los elegidos de Tucrow, si no que se había batido en duelo con una de las figuras más representativas y famosas de la Revolución y lo había hecho huir. Era todo un hito, una nueva hazaña que se sumaba a los ya varios y numerosos destellos de gloria y fama que, aquel huérfano sin nombre, estaba acumulando bajo su ala.

La turba de revolucionarios se amontonaba aquí y allá, buscando acabar con estos Marines en cuanto tuvieran oportunidad pero dudando si hacerlo en vista de lo acontecido y al despliegue de poderes del mismo. Aun así, aunque dudasen, en algún momento aquellas hordas atacarían a los Marines, quienes no tenían más opciones que escapar y replegarse, y así lo hicieron.
Bajo las órdenes de su Comodoro, y tras haber recogido sus enseres y a sus compañeros debilitados, la División 21 se desplazó hacia el buque de los marines ubicado en la costa, y zarparon con prestreza de aquella isla fuera de la ley. Y ahora, se disponían en un reparador y seguro viaje hasta su próximo destino, la isla Chika, donde otras aventuras los esperarían, y las olas del mañana llevarían los susurros de sus nombres hasta los oídos más recónditos.





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