14-07-2024, 03:49 PM
(Última modificación: 14-07-2024, 03:57 PM por Carmilla Von Nackt.)
La luz del sol entró por la ventana y obligó a Carmilla a abrir los ojos. ¿Qué hora sería? La noche anterior había estado despierta hasta las tantas. Se desperezó en la cama, bostezó, estiró los brazos y se dispuso a incorporarse. La estancia en la que habitaba desde hacía unos años era parte de un burdel que se hallaba en un callejón, ligeramente escondido de miradas curiosas, en la capital del Reino de Goa. La mayoría de habitantes vivían ajenos a la existencia de lugares como aquel, pero eso no impedía que fuese frecuentado por todo tipo de personas, desde los que apenas tenían para comer hasta el más poderoso de todo el reino. La joven, en los años en los que acababa de llegar a la ciudad en busca de un futuro mejor, pronto reparó en que si por algo estaban dispuestos a pagar los hombres, era por yacer con una mujer. Algunos podrían pensar que era mejor dedicarse a robar, pero vender su cuerpo le proporcionaba otras ventajas, como contactos, información y secretos de casi cualquier habitante de la ciudad. Por algún extraño motivo, los hombres en aquel lugar se sentían lo suficientemente cómodos como para abrirse y contar todo tipo de cosas. Quizás era la mezcla de alcohol y placer, junto con la inocente imagen de la joven, la cual sabía aprovechar muy bien. Aquellos hombres no la veían como una persona inteligente capaz de aprovecharse de ellos, a sus ojos eran ellos los que tenían el poder. Pero eso no era del todo cierto.
Unos golpes en la puerta irrumpieron sus pensamientos.
— Carmilla, prepárate, hoy tienes trabajo.
¿Y cuándo no? Pensó ella. Debía ser más tarde de lo que pensaba. La mujer que regentaba el lugar la había acogido con los brazos abiertos y le había ofrecido la habitación a cambio de trabajar para ella. Sin duda todos por allí sabían aprovechar una oportunidad cuando se les ponía delante. A Carmilla no le importaba, seguía robando cuando le apetecía, tenía un techo bajo el que dormir y unos ingresos fijos. Además, allí había podido labrarse cierta reputación con sus obras, las cuales había podido ir vendiendo a algunos de los clientes que apreciaban el arte.
Se levantó y se dirigió a su armario, donde comenzó a pasar las perchas de las cuales colgaban las prendas, sin saber bien qué elegir para aquel día. Entornó los ojos y sonrió, seleccionando uno de sus conjuntos favoritos.
— Sin duda este es perfecto para hoy JIAJIAJIA — Comenzó a vestirse, cubriéndose la parte superior con una camisa blanca de botones y colocando encima una chaqueta de un rojo intenso con detalles negros. Después, se subió la corta falda de tablillas y cerró la cremallera. Faltaba el detalle final, unas medias negras, esta vez hasta los muslos. Era increíble como una prenda tan simple podía despertar en un hombre los deseos más primitivos. Se acercó al espejo y comenzó a trenzarse el pelo a los lados, como solía hacer, decorando cada recogido con un lazo negro. Por úlltimo, cogió su látigo y lo ató a la cintura, nunca sabía cuándo le podía hacer falta (en cualquier contexto). Ya estaba lista.
Normalmente los clientes acudían al burdel, pero en los casos de usuarios más pudientes las chicas podían visitarlos en sus propias casas, para que tuviesen más privacidad y evitar que los descubrieran frecuentando aquel lugar. Algunos eran personas importantes e incluso estaban casados y no se podían permitir ni la más mínima sospecha. Aquel día Carmilla tenía uno de esos clientes y debía acudir a la dirección que le había proporcionado su jefa cuando la habían solicitado. No era un desconocido, pero era la primera vez que ella le visitaba. Suspiró. No era de sus favoritos, pero no le quedaba otra, quizás podía aprovechar para llevarse algún objeto de valor. Recogió una de sus capas para cubrirse durante el trayecto y abandonó la estancia.
Tras comer algo, tomó camino hacia su destino a través de los callejones de la ciudad, atravesando la zona más baja para adentrarse en un barrio mucho más limpio y cuidado. Por aquellas calles no olía a pis ni había personas tiradas pidiendo dinero. Era sorprendente como un par de muros podían dividir tanto el mismo sitio.
Pronto llegó a su destino, una bonita casa con jardín que no destacaba demasiado. Su cliente tenía dinero pero no era de los más poderosos de la ciudad, ni mucho menos, tan solo había conseguido que su negocio de restauración fuese lo suficientemente exitoso como para tener una vida acomodada. Carmilla no se conformaría con eso.
Llamó a la puerta y esperó hasta que una mujer abrió. La joven arqueó una ceja, pero no dijo nada. Aquel hombre no tenía vergüenza alguna, no solo la había contratado para trabajar en su propia casa estando comprometido, si no que tenía a su criada trabajando.
En fin, no era su problema.
En fin, no era su problema.
El interior de la vivienda era sencillo pero estaba decorado con gusto. Ella observó con detenimiento todo a su alrededor, buscando algo de su interés. Por allí no había mucho.
— El señor la espera en su dormitorio. — Dijo la mujer, señalando las escaleras sin apenas mirarla. ¿Qué pensaría de ella? ¿Acaso creería que su trabajo era muy diferente al de Carmilla? La muchacha pasó de largo sin responder, subiendo las cuidadas escaleras de madera oscura. No tenía ni idea de cuál era el dormitorio, pero la sirvienta no parecía tener muchas ganas de indicárselo. No le quedó más remedio que ir probando puerta por puerta. Un baño, no. Una habitación de invitados, no.
— Oh. — Soltó al toparse con una habitación cerrada con llave. Interesante. Pero en aquel momento no podía detenerse a indagar.
Finalmente dió con la estancia. El hombre la esperaba sentado en su escritorio, mirando documentos sobre vete a saber qué. La miró y una sonrisa lasciva invadió su rostro. Ugh. A Carmilla a veces le costaba aguantar ciertas cosas. Había hombres que se comportan de forma decente, pero otros le repugnaban. Hacía unos años habría recurrido a cualquier droga para que se le pasase todo más rápido, pero ya no era ese tipo de persona, ella no iba a cometer los mismos errores que su madre.
— Buenas tardes, Gio. — Saludó con la mejor sonrisa que pudo poner. — Hoy tienes el placer de disfrutar de la chica más cotizada de todo el Pink Palace JIAJIAJIA — Quizás no era cierto que Carmilla fuese la más cara del burdel, pero eso no importaba porque aunque no cobrase como Ivy, se merecía esa posición. Se quitó la capa, cogió su látigo y lo chasqueó contra el suelo. El tipo abrió la boca y por poco no se le cayó la baba.
Tras un largo rato de dominación y placer, se tumbó en la cama y esperó pacientemente unos minutos. Gio no tardó en cerrar los ojos. Ella aprovechó para levantarse, ponerse la ropa interior y abandonar la estancia. La puerta cerrada debía ocultar algo importante.
Atravesó el pasillo y se acercó a la misteriosa puerta. Se agachó, desenganchó una horquilla de su cabello y se dispuso a forzar la cerradura. No era la primera ni la última vez que hacía algo así, por lo que tenía la suficiente práctica como para que una puerta como esa no se le resistiera. Click. Bingo.
Entró en la estancia y, en principio, nada de lo que había en ella le llamó la atención. — ¿Comida? — Vale que la fortuna de aquel hombre se debía a un restaurante pero ¿tanto como para guardar ingredientes bajo llave? De pronto, sus azules ojos se fijaron en una extraña fruta que destacaba al fondo de la habitación. Nunca había visto algo así, tenía un color y una superficie muy extraños. ¿Sería una fruta exótica proveniente de algún lugar lejano? Quizás nunca volvería a tener la oportunidad de probar algo así, como amante de la buena comida, era casi obligatorio para ella degustarla. Agarró la curiosa fruta, que se hallaba cómodamente colocada en un cesto, y le dio un buen bocado.
— PUAJ — Exclamó, tragando el trozo que había mordido y soltando la fruta en el mismo cesto en el que la encontró. Estaba asquerosa. ¿Por qué la guardaba bajo llave? Para ella no tenía sentido, era una de las peores cosas que había probado jamás, y eso que había tenido que comer muchas cosas raras para sobrevivir en la calle.
Abandonó la estancia, dejando la puerta cerrada y regresó a la habitación de Gio para recuperar el resto de sus prendas. El tipo se acababa de despertar y la miró, bostezando. — ¿Dónde estabas? Creo que va siendo hora de que te vayas. — Comentó mientras abría su billetera y sacaba el dinero. — Ha estado muy bien, te llamaré de nuevo.
Carmilla comenzó a vestirse y cuando estuvo lista para marcharse, se acercó al hombre para recoger su pago. Alzó una mano con la intención de acariciarle la cabeza.
— Muchas gra- — La pálida mano de la joven atravesó la cabeza de Gio, impidiendo que ésta pudiese continuar hablando. El hombre cerró los ojos, como si hubiese vuelto a dormir. Los dedos de Carmilla podían tocar algo extraño en la mente de Gio, era como si estuviera escarbando en sus recuerdos recientes. Sacó la mano rápidamente y con ella extrajo una especie de película que contenía imágenes de ella y Gio. ¿Estaba visualizando lo que había pasado momentos antes? Con los ojos abiertos de par en par, soltó la película, que volvió automáticamente a donde pertenecía y salió corriendo de allí, no sin antes coger el dinero que había caído al suelo tras el accidente. ¿Qué acababa de pasar?
— Muchas gra- — La pálida mano de la joven atravesó la cabeza de Gio, impidiendo que ésta pudiese continuar hablando. El hombre cerró los ojos, como si hubiese vuelto a dormir. Los dedos de Carmilla podían tocar algo extraño en la mente de Gio, era como si estuviera escarbando en sus recuerdos recientes. Sacó la mano rápidamente y con ella extrajo una especie de película que contenía imágenes de ella y Gio. ¿Estaba visualizando lo que había pasado momentos antes? Con los ojos abiertos de par en par, soltó la película, que volvió automáticamente a donde pertenecía y salió corriendo de allí, no sin antes coger el dinero que había caído al suelo tras el accidente. ¿Qué acababa de pasar?
Una vez hubo abandonado la vivienda, trató de recobrar el aliento y calmarse. ¿Había sido capaz de toquetear y ver los recuerdos de otra persona? Caminó deprisa de vuelta hacía el burdel mientras ponía sus pensamientos en orden. Si había logrado hacer lo que creía que había hecho, sus días en aquel cuchitril habían llegado a su fin. ¿Era por culpa de aquella extraña fruta?
— JIAJIAJIAJIA — Rió escandalosamente en medio de la calle. Si, era el momento de abandonar aquella miserable isla y sacar provecho de sus nuevas habilidades. Era el momento de demostrar quién era de verdad y el valor que tenía.
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