25-02-2026, 06:14 PM
(Última modificación: 25-02-2026, 06:29 PM por Akira Raito.)
Día 22 de Verano, Año 17
El tiempo en alta mar era un concepto bastante relativo. Para cualquiera que no dedicara su vida a estar entre las olas, el sol abrasador y la noche con esa corriente salada podría ser una tortura, pero para Akira fue una oportunidad perfecta para acompañar el viaje de aquella meditación que le gustaba practicar en sus ratos libres.
Una meditación curiosa, ya que se trataba de aguantar la respiración debajo del agua, y cualquiera medianamente inteligente hubiera sabido que remando hubiera acortado bastante tiempo en aquella travesía. Aunque la oportunidad de avanzar nadando y de aguantar con el bote enganchado a la cintura con la misma cuerda con la que lo ataba al puerto era algo que no sabía si le iban a mirar extraño si lo hacía delante de cualquier otra persona.
Lo que quiero decir es que un día entero lo dedicó a avanzar a nado tirando del bote. Una locura. Pero no tan locura ya que procuro de hacer esto cuando las corrientes no eran peligrosas. Más que locura, había sido una tontería o un capricho.
Dejando todo esto a un lado, y regresando el joven marine al bote, fue el propio mar el que le avisó que su viaje llegaba a su fin. Sin darse cuenta y en esos momentos en los que tiraba del bote, ignoró el estado en el que el pobre se encontraba y tal vez, solo tal vez, quizás, nado por encima de un arrecife, y solo quizás, queriendo ver los corales, los peces y las tortugas, el bote se diera un golpe contra una roca. Pero esto solo son habladurías… Aunque sí que se rompió un poco.
El agua ya no era oscura, dejaba entrever un tono esmeralda cristalino y las corrientes submarinas se volvían más erráticas, haciéndole chocas de nuevo con alguna roca oculta, pero el aroma… Esto fue lo que realmente le hizo saber que le faltaba poco para llegar. Podía ver la isla a lo lejos, pero bien se sabe que, dentro del mar, las distancias en el horizonte sorprenden bastante… Pero ese olor…
Olor a comida, olor a comida cocinándose, olor a especias, olor a gente. Akira tenía el olfato realmente atrofiado, pero pudo diferenciar que en el ambiente ya no solo respiraba sal. Y tenía hambre. El pescado crudo sabía tratarlo para poder comérselo, pero solo se había alimentado de eso prácticamente desde que partió, y apenas le quedaba agua. Tenía que llegar y pisar tierra firme cuanto antes.
La isla era un trozo de tierra imponente, con grandes construcciones con un diseño de arquitectura asiática. Costas escarpadas, bosques densos bastante diferentes a los de Baterilla, ya que aquí había árboles y en su isla palmeras, y picos que parecían perforar las nubes. La montaña central era enorme, no había bajado del bote y ya quería subir a la cima, y los bonsáis… ¡Cuantos bonsáis!
Sin duda era el lugar perfecto para forjar el cuerpo y el espíritu, el lugar perfecto para albergar el dojo de la famosa señorita Matcha, y sin duda… El último lugar donde el maldito Diosdado respiraría aire en libertad.
Una meditación curiosa, ya que se trataba de aguantar la respiración debajo del agua, y cualquiera medianamente inteligente hubiera sabido que remando hubiera acortado bastante tiempo en aquella travesía. Aunque la oportunidad de avanzar nadando y de aguantar con el bote enganchado a la cintura con la misma cuerda con la que lo ataba al puerto era algo que no sabía si le iban a mirar extraño si lo hacía delante de cualquier otra persona.
Lo que quiero decir es que un día entero lo dedicó a avanzar a nado tirando del bote. Una locura. Pero no tan locura ya que procuro de hacer esto cuando las corrientes no eran peligrosas. Más que locura, había sido una tontería o un capricho.
Dejando todo esto a un lado, y regresando el joven marine al bote, fue el propio mar el que le avisó que su viaje llegaba a su fin. Sin darse cuenta y en esos momentos en los que tiraba del bote, ignoró el estado en el que el pobre se encontraba y tal vez, solo tal vez, quizás, nado por encima de un arrecife, y solo quizás, queriendo ver los corales, los peces y las tortugas, el bote se diera un golpe contra una roca. Pero esto solo son habladurías… Aunque sí que se rompió un poco.
El agua ya no era oscura, dejaba entrever un tono esmeralda cristalino y las corrientes submarinas se volvían más erráticas, haciéndole chocas de nuevo con alguna roca oculta, pero el aroma… Esto fue lo que realmente le hizo saber que le faltaba poco para llegar. Podía ver la isla a lo lejos, pero bien se sabe que, dentro del mar, las distancias en el horizonte sorprenden bastante… Pero ese olor…
Olor a comida, olor a comida cocinándose, olor a especias, olor a gente. Akira tenía el olfato realmente atrofiado, pero pudo diferenciar que en el ambiente ya no solo respiraba sal. Y tenía hambre. El pescado crudo sabía tratarlo para poder comérselo, pero solo se había alimentado de eso prácticamente desde que partió, y apenas le quedaba agua. Tenía que llegar y pisar tierra firme cuanto antes.
La isla era un trozo de tierra imponente, con grandes construcciones con un diseño de arquitectura asiática. Costas escarpadas, bosques densos bastante diferentes a los de Baterilla, ya que aquí había árboles y en su isla palmeras, y picos que parecían perforar las nubes. La montaña central era enorme, no había bajado del bote y ya quería subir a la cima, y los bonsáis… ¡Cuantos bonsáis!
Sin duda era el lugar perfecto para forjar el cuerpo y el espíritu, el lugar perfecto para albergar el dojo de la famosa señorita Matcha, y sin duda… El último lugar donde el maldito Diosdado respiraría aire en libertad.
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