17-02-2026, 10:21 AM
Persiguió su silueta, su melodía, sin esperar más que una casual tarde de verano, y sin saberlo las probabilidades pusieron frente a él una situación tan delicada como seductoramente frágil. Para Shin, las palabras de Maki no fueron vacías, se armaron de un significado demostrado, que se agigantaba con cada paso dado hacia la peliazul, sumando un peso físico en el pequeño empujón que le dio contra el pecho tras devolverle su cartera, misma que dejó junto a su camiseta antes de dirigirse hacia el mar.
No entendía por qué, cuál era el magnetismo, la singularidad gravitatoria que lo acercaba a esa mujer, a su sonrisa, y aún así sentía que no necesitaba explicaciones. Parecía una estrella en mitad del desierto, guiando a alguien sin rumbo, enseñándole de nuevo el valor de lo cotidiano y cómo se siente vivir sin preocupaciones profundas, al menos durante un instante breve, pues las esperanzas estaban fijadas en aquel punto brillante, inalcanzable para quienes mantienen los pies sobre la arena, pero aún así presente.
Su broma fue contestada con inmediatez por la precaución de Shin, quien vio algo más que sólo belleza en las acciones caóticas de María. En cierta parte, ese manto invisible que la cubría se le hacía familiar, diferenciaba los caminos ocultos hacia un núcleo repleto de dolencias, porque en su propio corazón gritaba un dolor que no le permitía escuchar a nadie más, cargando en soledad el peso de su propio mundo, sus miedos más aislados, los sueños aún vivos por los cuales sigue luchando día a día.
Lo cotidiano se mezcló con su otra cara, una que no se camufla en el carisma y las tonterías para protegerse, ni impone su ego sobre la fortaleza con tal de intimidar al resto, o incomodarlos. Cuando aquella guerra simple inició, salpicando de agua a María, recibiendo su merecido por iniciar algo de manera unilateral, sintió que no necesitaba más máscaras, porque se reflejaba su verdadero yo en el rostro que tenía delante, la sonrisa del alma que le mostraba la mujer. Encontraba un nuevo cielo en los ojos ámbar donde se dibujaba su silueta, rodeados del azul de las olas y las nubes sobre el lienzo celeste, un brillo finito entre los ciclos del día y la noche, como el de su propia mirada.
Ríe, celebra a la teatral María, sumándose al baile sutil, el intercambio interactivo donde ella le hacía pagar por sus crímenes. La risa de la mujer resuena en su cabeza, sonidos de fantasía, como los relatos de marineros que sobreviven al infernal peligro marítimo, contando que casi son atrapados por el conocido ritual de las sirenas. Incluso con semejante poder de atracción, Hasegawa estaba viendo más allá, concentrándose en lo que la llevaba a mostrarse de esa forma, y curioso por saber si era realmente ella. Lo cierto es que era imposible saberlo sin romper la magia del momento, una energía que se mantenía incluso cuando es María quien decide terminar el juego, pronunciando una pregunta que lo deja completamente descolocado, algo que no le sucedía jamás.
Su silencio duró poco, casi nada, aunque bajo la perspectiva del albino pareció una pequeña eternidad. No supo responder de inmediato, perdiendo la lucidez de su velocidad mental, pensando en lo que estuvo haciendo durante los últimos años, las vidas perdidas a su alrededor y cuánto afectó a su propio rumbo. Al final terminó sonriendo, no por querer mentirle al contestar, sino, porque entendía que todavía no podía abrir esa sinceridad tan extraña que quería emerger en presencia de la pequeña sirena.
—Probablemente salvando el mundo. Perdiéndome unas cuántas oportunidades para conocerte. —soltó finalmente, mirándola lanzar su camiseta tras quitársela, quedándose con la parte superior de su bañador y asombrando a Shin por la enorme belleza que representaba. Observó sus escamas, y luego la trayectoria que siguió la prenda de la que se despojó. —Es lo que hacen los héroes, supongo. —la sonrisa que le siguió a ese comentario fue tenue, manteniéndose incluso cuando volvió a mirarla, soltando esa broma tan característica de su personalidad. El marine no tardó en sumarse a aquel juego, haciendo un ruido similar al contrario para celebrar que encestó en el punto exacto, incluso levantando ambos brazos.
El cambio se dio cuando María emitió un susurro, cambiando de tema suavemente. Le estaba regalando una invitación, la promesa de un mundo maravilloso si se atrevía a confiar, a sujetar su mano. Por dentro creyó que sería un auténtico desperdicio negarse, o siquiera valorar esa idea, fue el motivo que lo llevó a sujetarla con plena confianza y una sonrisa enorme en los labios —¿Aún más? —cuestionó, pues consideraba todo lo vivido hasta ese preciso momento como un rato genuinamente especial, de los que se recuerdan con una extraña calidez nostálgica en el corazón durante días tristes, o momentos especiales donde se hace vigente el progreso propio.
Por supuesto que aceptó la invitación, sujetando su mano.
Abrió los ojos con sorpresa cuando recibió el tirón, pero la curva de sus labios no se borró, al contrario, se transformó en un shock de los divertidos, sintiendo una adrenalina agradable en el cuerpo. La velocidad y fuerza de esa mujer eran considerables, pero eso reafirmaba su teoría sobre la naturaleza de su raza y el motivo de aquellas escamas, más cuando de manera súbita se alejaron de Maki y pronto se hizo indistinguible desde el punto donde terminaron. Las cercanías con Merlot comenzaron a ser peligrosas, desde el mismo momento en que cayó encima de ella, porque por las sensaciones debilitadas del marine sentía una nueva forma de conectar con todo aquello que quería mostrarle desde una perspectiva distinta, más íntima, como si estuviesen encerrados en una pequeña cápsula separados del resto. Irónicamente, y aunque no existiese aire que inhalar en esas profundidades, lo que se respiraba era libertad.
—Con esas advertencias haces que me den ganas de ahogarme, María... —contestó Shin a la propuesta de ayuda dándole respiración boca a boca, y de esa forma se entregó a lo que ella decidió regalarle, contagiándose del precioso brillo repleto de expectación y entusiasmo que le regalaban sus ojos, más que hipnóticos a estas alturas.
Los dedos entrelazados le brindaban seguridad en un mundo inexplorado para Hasegawa, y fue el mayor punto de tranquilidad cuando lo inevitable sucedió. Inhaló todo el aire que sus pulmones le permitieron y se dejó sumergir en las profundidades del mar, donde María era la reina indiscutida, con movimientos veloces, precisos y gráciles, manteniendo los ojos abiertos con algo de esfuerzo para vislumbrar todo aquello que jamás imaginó navegando sobre barcos, o soñando en noches atípicas donde encontraba algo de paz.
Los peces raros, los colores de la extraña vida marina y el conocimiento implícito de estar viviendo en carne propia un pequeño fragmento del universo donde se mueve María lo llevaron a un punto de tranquilidad absoluta, donde ni sus memorias más traumáticas conseguían afectarlo. Observaba los fondos del mar, oscuros, sin miedo, desde esas sombras no habían fantasmas devolviéndole la mirada, ni intentando tirar de su cuerpo hacia lo más profundo. Las aguas cristalinas ayudaban a que las siluetas de ambos se llenen de mucha más luz de la habitual, mirándola en ese fiel reflejo resplandeciente que era el rostro de Merlot varias veces, con un deje casi eufórico.
Lo que en otro momento habría sido un vacío azul, rodeado de recuerdos tormentosos, se transformó en algo hermoso, con la compañía perfecta. El velo de su pareja asesinada lo cubría sin un dolor punzante, como hace años no le pasaba. El peso de haber sido quien tomó la decisión que produjo la muerte de casi todos sus amigos en la División que lideraba se redujo, alivianándose sin tomar nada a cambio. Sintió la libertad de María, la compartió sin hacerla suya, viviendo ese latir a su lado, sin soltarle la mano y dejándose guiar.
Le mostró algo que jamás olvidaría, mucho más precioso que las vistas y la vida oculta tras la superficie del mar.
Le mostró una sensación que guardaría para siempre en su corazón.
Incluso casi se olvida de que tenía que respirar, y por ende, aunque no quería, agradeció el momento en que volvieron a la superficie, aún sosteniéndose en ella ya que nunca fue un gran nadador. Tosió muy poco, lo suficiente como para no preocuparla e incorporarse rápidamente a la súbita cascada de palabras que vinieron tras el paseo subacuático, la sonrisa de Shin se mantuvo, y no tardó en seguir el rumbo frenético que la energía de ella impuso sobre la conversación —¡Es fantástico! ¡Nunca imaginé que bajo el mar se pudiesen ver colores tan bellos! Y eso que he pasado varios años navegando aguas peligrosas... —sugirió, asintiendo varias veces a medida que recuperaba una respiración más normal, aunque aquellas palabras tan superficiales no englobaban todo lo que realmente sintió.
Quizás algún día, o en algún momento, tendría la posibilidad.
Entre esos pensamientos no llegó a reaccionar a las siguientes palabras de la mitad sirena —¿Ah? —ladeó la cabeza, pero sus cabellos recibieron la señal primero que su cerebro, zarandeándose ante el tirón hacia el fondo marino una vez más, sin tomar el aire correspondiente y jugando un poco más con la velocidad que Merlot alcanzase para llevarlo de vuelta hacia la orilla.
No se pudo fijar en la preciosa vista de antes con tanta libertad, pues luchaba con el aire y se hizo mucho más lento. Sin embargo, le confió su vida a María, aferrándose fuertemente a su mano, hasta que eventualmente pudo sacar la cabeza a la superficie y tomar la bocanada de aire más profunda de su vida, echándose a reír casi de inmediato. —¡Uf! Casi que se termina mi historia... —explicó, dramatizando la situación cuando ella le dijo que respire, pero fue rápidamente descolocado por la brillantez de su broma, produciéndole un gesto algo más travieso por simple naturaleza.
Las frentes pegadas casi que encogieron su corazón, haciendo que sus ojos se abriesen con ligera sorpresa. Fue el no entender la sensación en su pecho más que la repentina cercanía, dejándolo casi sin reacción hasta que se alejó, era una mujer... genuinamente peligrosa.
—Si tuviese que elegir, me decantaría por quien tengo más cerca. Es decir, tú, María. —su nombre sonó mucho más dulce de lo que habla habitualmente, y eligió esas palabras justas para no quitarle mérito a ninguna de las dos, sumando su granito de arena sin ser demasiado directo. Sentía algo distinto hacia Merlot, estaba claro, pero por esa misma razón no quería acelerar nada, considerando que todavía no identificaba del todo bien que era ese deslumbramiento tan resplandeciente que ella le producía, incomparable a muchas otras sensaciones que sintió nacidas desde la simple atracción. No la perdía de vista, y se fijó en su figura cuando le dio la espalda.
Reincorporándose y siguiéndola hasta la orilla, la observó al momento en que volvió a girarse y le lanzó aquella extraña pregunta. Shin no lo entendió al principio —¿Hm? —pero había algo particular, la actitud de Merlot había cambiado, sus ojos mostraban un vacío que no le vio en todo el momento que pasaron juntos, sin el brillo entusiasta de instantes previos a vivir una aventura marina tan hermosa como memorable.
Ella no le dio más tiempo para contestar, y aunque hubiese querido, estando tan sobrepasado de diversas emociones no habría encontrado las palabras exactas. Otro pequeño apunte para mencionarle a futuro, si la vida les daba una nueva oportunidad de interactuar, por ahora imitó el gesto de María y recuperó sus cosas, antes de retornar al picnic improvisado que Maki formó en ausencia de ambos.
No pudo evitar soltar una pequeña risotada con lo de la lata echando su líquido encima de la peliazul, aunque fue una reacción algo forzada, repleta de naturalidad, eso sí. No quería reír, realmente, estaba intrigado por lo que percibió antes en ella, y cuando sujetó la cerveza que le tendió la más arisca de las dos, la abrió sin demasiados problemas y le dio algunos tragos mientras seguía observando a María de reojo.
—Tu amiga casi me mata. —le habló entonces a Maki, señalando a Merlot en un chiste bastante obvio, de esos que picaban con complicidad. —Pero ha valido la pena, no me puedo quejar. —unos tragos adicionales, sintiendo el efecto del alcohol emerger —Eso sí, no tolero muy bien esta clase de bebidas, así que si termino inconsciente déjenme en la zona con más flujo de marines posible, ¿de acuerdo? —y elevó la lata, como formalizando un brindis con su carisma habitual y fanfarronería típica.
—Por cierto, ¿se dedican a ser comerciantes? Algo así me dijiste... —miró entonces a la peliverde, dando un trago largo a la cerveza —¿Qué están haciendo por Isla Karate? Pregunto porque me han caído bien, sería una pena no tener la posibilidad de volver a verlas. —cerró los ojos, sopesando esa idea, aunque no tardó en abrirlos y volver a centrar su atención en Maki, señalándola —¡Incluso a ti, que quisiste robarme! —resaltó, haciéndose el ofendido, y fracasando en el intento mientras se echaba a reír nuevamente.
Fue con esa sonrisa que hizo contacto visual con María, buscando en su mirada ámbar el mismo brillo que lo había cautivado momentos atrás.
No entendía por qué, cuál era el magnetismo, la singularidad gravitatoria que lo acercaba a esa mujer, a su sonrisa, y aún así sentía que no necesitaba explicaciones. Parecía una estrella en mitad del desierto, guiando a alguien sin rumbo, enseñándole de nuevo el valor de lo cotidiano y cómo se siente vivir sin preocupaciones profundas, al menos durante un instante breve, pues las esperanzas estaban fijadas en aquel punto brillante, inalcanzable para quienes mantienen los pies sobre la arena, pero aún así presente.
Su broma fue contestada con inmediatez por la precaución de Shin, quien vio algo más que sólo belleza en las acciones caóticas de María. En cierta parte, ese manto invisible que la cubría se le hacía familiar, diferenciaba los caminos ocultos hacia un núcleo repleto de dolencias, porque en su propio corazón gritaba un dolor que no le permitía escuchar a nadie más, cargando en soledad el peso de su propio mundo, sus miedos más aislados, los sueños aún vivos por los cuales sigue luchando día a día.
Lo cotidiano se mezcló con su otra cara, una que no se camufla en el carisma y las tonterías para protegerse, ni impone su ego sobre la fortaleza con tal de intimidar al resto, o incomodarlos. Cuando aquella guerra simple inició, salpicando de agua a María, recibiendo su merecido por iniciar algo de manera unilateral, sintió que no necesitaba más máscaras, porque se reflejaba su verdadero yo en el rostro que tenía delante, la sonrisa del alma que le mostraba la mujer. Encontraba un nuevo cielo en los ojos ámbar donde se dibujaba su silueta, rodeados del azul de las olas y las nubes sobre el lienzo celeste, un brillo finito entre los ciclos del día y la noche, como el de su propia mirada.
Ríe, celebra a la teatral María, sumándose al baile sutil, el intercambio interactivo donde ella le hacía pagar por sus crímenes. La risa de la mujer resuena en su cabeza, sonidos de fantasía, como los relatos de marineros que sobreviven al infernal peligro marítimo, contando que casi son atrapados por el conocido ritual de las sirenas. Incluso con semejante poder de atracción, Hasegawa estaba viendo más allá, concentrándose en lo que la llevaba a mostrarse de esa forma, y curioso por saber si era realmente ella. Lo cierto es que era imposible saberlo sin romper la magia del momento, una energía que se mantenía incluso cuando es María quien decide terminar el juego, pronunciando una pregunta que lo deja completamente descolocado, algo que no le sucedía jamás.
'Malvavisco… ¿Dónde estuviste toda mi vida?'
Su silencio duró poco, casi nada, aunque bajo la perspectiva del albino pareció una pequeña eternidad. No supo responder de inmediato, perdiendo la lucidez de su velocidad mental, pensando en lo que estuvo haciendo durante los últimos años, las vidas perdidas a su alrededor y cuánto afectó a su propio rumbo. Al final terminó sonriendo, no por querer mentirle al contestar, sino, porque entendía que todavía no podía abrir esa sinceridad tan extraña que quería emerger en presencia de la pequeña sirena.
—Probablemente salvando el mundo. Perdiéndome unas cuántas oportunidades para conocerte. —soltó finalmente, mirándola lanzar su camiseta tras quitársela, quedándose con la parte superior de su bañador y asombrando a Shin por la enorme belleza que representaba. Observó sus escamas, y luego la trayectoria que siguió la prenda de la que se despojó. —Es lo que hacen los héroes, supongo. —la sonrisa que le siguió a ese comentario fue tenue, manteniéndose incluso cuando volvió a mirarla, soltando esa broma tan característica de su personalidad. El marine no tardó en sumarse a aquel juego, haciendo un ruido similar al contrario para celebrar que encestó en el punto exacto, incluso levantando ambos brazos.
El cambio se dio cuando María emitió un susurro, cambiando de tema suavemente. Le estaba regalando una invitación, la promesa de un mundo maravilloso si se atrevía a confiar, a sujetar su mano. Por dentro creyó que sería un auténtico desperdicio negarse, o siquiera valorar esa idea, fue el motivo que lo llevó a sujetarla con plena confianza y una sonrisa enorme en los labios —¿Aún más? —cuestionó, pues consideraba todo lo vivido hasta ese preciso momento como un rato genuinamente especial, de los que se recuerdan con una extraña calidez nostálgica en el corazón durante días tristes, o momentos especiales donde se hace vigente el progreso propio.
Por supuesto que aceptó la invitación, sujetando su mano.
Abrió los ojos con sorpresa cuando recibió el tirón, pero la curva de sus labios no se borró, al contrario, se transformó en un shock de los divertidos, sintiendo una adrenalina agradable en el cuerpo. La velocidad y fuerza de esa mujer eran considerables, pero eso reafirmaba su teoría sobre la naturaleza de su raza y el motivo de aquellas escamas, más cuando de manera súbita se alejaron de Maki y pronto se hizo indistinguible desde el punto donde terminaron. Las cercanías con Merlot comenzaron a ser peligrosas, desde el mismo momento en que cayó encima de ella, porque por las sensaciones debilitadas del marine sentía una nueva forma de conectar con todo aquello que quería mostrarle desde una perspectiva distinta, más íntima, como si estuviesen encerrados en una pequeña cápsula separados del resto. Irónicamente, y aunque no existiese aire que inhalar en esas profundidades, lo que se respiraba era libertad.
—Con esas advertencias haces que me den ganas de ahogarme, María... —contestó Shin a la propuesta de ayuda dándole respiración boca a boca, y de esa forma se entregó a lo que ella decidió regalarle, contagiándose del precioso brillo repleto de expectación y entusiasmo que le regalaban sus ojos, más que hipnóticos a estas alturas.
Los dedos entrelazados le brindaban seguridad en un mundo inexplorado para Hasegawa, y fue el mayor punto de tranquilidad cuando lo inevitable sucedió. Inhaló todo el aire que sus pulmones le permitieron y se dejó sumergir en las profundidades del mar, donde María era la reina indiscutida, con movimientos veloces, precisos y gráciles, manteniendo los ojos abiertos con algo de esfuerzo para vislumbrar todo aquello que jamás imaginó navegando sobre barcos, o soñando en noches atípicas donde encontraba algo de paz.
Los peces raros, los colores de la extraña vida marina y el conocimiento implícito de estar viviendo en carne propia un pequeño fragmento del universo donde se mueve María lo llevaron a un punto de tranquilidad absoluta, donde ni sus memorias más traumáticas conseguían afectarlo. Observaba los fondos del mar, oscuros, sin miedo, desde esas sombras no habían fantasmas devolviéndole la mirada, ni intentando tirar de su cuerpo hacia lo más profundo. Las aguas cristalinas ayudaban a que las siluetas de ambos se llenen de mucha más luz de la habitual, mirándola en ese fiel reflejo resplandeciente que era el rostro de Merlot varias veces, con un deje casi eufórico.
Lo que en otro momento habría sido un vacío azul, rodeado de recuerdos tormentosos, se transformó en algo hermoso, con la compañía perfecta. El velo de su pareja asesinada lo cubría sin un dolor punzante, como hace años no le pasaba. El peso de haber sido quien tomó la decisión que produjo la muerte de casi todos sus amigos en la División que lideraba se redujo, alivianándose sin tomar nada a cambio. Sintió la libertad de María, la compartió sin hacerla suya, viviendo ese latir a su lado, sin soltarle la mano y dejándose guiar.
Le mostró algo que jamás olvidaría, mucho más precioso que las vistas y la vida oculta tras la superficie del mar.
Le mostró una sensación que guardaría para siempre en su corazón.
Incluso casi se olvida de que tenía que respirar, y por ende, aunque no quería, agradeció el momento en que volvieron a la superficie, aún sosteniéndose en ella ya que nunca fue un gran nadador. Tosió muy poco, lo suficiente como para no preocuparla e incorporarse rápidamente a la súbita cascada de palabras que vinieron tras el paseo subacuático, la sonrisa de Shin se mantuvo, y no tardó en seguir el rumbo frenético que la energía de ella impuso sobre la conversación —¡Es fantástico! ¡Nunca imaginé que bajo el mar se pudiesen ver colores tan bellos! Y eso que he pasado varios años navegando aguas peligrosas... —sugirió, asintiendo varias veces a medida que recuperaba una respiración más normal, aunque aquellas palabras tan superficiales no englobaban todo lo que realmente sintió.
Quizás algún día, o en algún momento, tendría la posibilidad.
Entre esos pensamientos no llegó a reaccionar a las siguientes palabras de la mitad sirena —¿Ah? —ladeó la cabeza, pero sus cabellos recibieron la señal primero que su cerebro, zarandeándose ante el tirón hacia el fondo marino una vez más, sin tomar el aire correspondiente y jugando un poco más con la velocidad que Merlot alcanzase para llevarlo de vuelta hacia la orilla.
No se pudo fijar en la preciosa vista de antes con tanta libertad, pues luchaba con el aire y se hizo mucho más lento. Sin embargo, le confió su vida a María, aferrándose fuertemente a su mano, hasta que eventualmente pudo sacar la cabeza a la superficie y tomar la bocanada de aire más profunda de su vida, echándose a reír casi de inmediato. —¡Uf! Casi que se termina mi historia... —explicó, dramatizando la situación cuando ella le dijo que respire, pero fue rápidamente descolocado por la brillantez de su broma, produciéndole un gesto algo más travieso por simple naturaleza.
Las frentes pegadas casi que encogieron su corazón, haciendo que sus ojos se abriesen con ligera sorpresa. Fue el no entender la sensación en su pecho más que la repentina cercanía, dejándolo casi sin reacción hasta que se alejó, era una mujer... genuinamente peligrosa.
—Si tuviese que elegir, me decantaría por quien tengo más cerca. Es decir, tú, María. —su nombre sonó mucho más dulce de lo que habla habitualmente, y eligió esas palabras justas para no quitarle mérito a ninguna de las dos, sumando su granito de arena sin ser demasiado directo. Sentía algo distinto hacia Merlot, estaba claro, pero por esa misma razón no quería acelerar nada, considerando que todavía no identificaba del todo bien que era ese deslumbramiento tan resplandeciente que ella le producía, incomparable a muchas otras sensaciones que sintió nacidas desde la simple atracción. No la perdía de vista, y se fijó en su figura cuando le dio la espalda.
Reincorporándose y siguiéndola hasta la orilla, la observó al momento en que volvió a girarse y le lanzó aquella extraña pregunta. Shin no lo entendió al principio —¿Hm? —pero había algo particular, la actitud de Merlot había cambiado, sus ojos mostraban un vacío que no le vio en todo el momento que pasaron juntos, sin el brillo entusiasta de instantes previos a vivir una aventura marina tan hermosa como memorable.
Ella no le dio más tiempo para contestar, y aunque hubiese querido, estando tan sobrepasado de diversas emociones no habría encontrado las palabras exactas. Otro pequeño apunte para mencionarle a futuro, si la vida les daba una nueva oportunidad de interactuar, por ahora imitó el gesto de María y recuperó sus cosas, antes de retornar al picnic improvisado que Maki formó en ausencia de ambos.
No pudo evitar soltar una pequeña risotada con lo de la lata echando su líquido encima de la peliazul, aunque fue una reacción algo forzada, repleta de naturalidad, eso sí. No quería reír, realmente, estaba intrigado por lo que percibió antes en ella, y cuando sujetó la cerveza que le tendió la más arisca de las dos, la abrió sin demasiados problemas y le dio algunos tragos mientras seguía observando a María de reojo.
—Tu amiga casi me mata. —le habló entonces a Maki, señalando a Merlot en un chiste bastante obvio, de esos que picaban con complicidad. —Pero ha valido la pena, no me puedo quejar. —unos tragos adicionales, sintiendo el efecto del alcohol emerger —Eso sí, no tolero muy bien esta clase de bebidas, así que si termino inconsciente déjenme en la zona con más flujo de marines posible, ¿de acuerdo? —y elevó la lata, como formalizando un brindis con su carisma habitual y fanfarronería típica.
—Por cierto, ¿se dedican a ser comerciantes? Algo así me dijiste... —miró entonces a la peliverde, dando un trago largo a la cerveza —¿Qué están haciendo por Isla Karate? Pregunto porque me han caído bien, sería una pena no tener la posibilidad de volver a verlas. —cerró los ojos, sopesando esa idea, aunque no tardó en abrirlos y volver a centrar su atención en Maki, señalándola —¡Incluso a ti, que quisiste robarme! —resaltó, haciéndose el ofendido, y fracasando en el intento mientras se echaba a reír nuevamente.
Fue con esa sonrisa que hizo contacto visual con María, buscando en su mirada ámbar el mismo brillo que lo había cautivado momentos atrás.
![[Imagen: vEBNZb3.png]](https://i.imgur.com/vEBNZb3.png)

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