Al tercer día, al alba, ven a verme.
No fue exactamente así, pero, así lo entendí yo. El viejo maestro de artes marciales, Tetsujin Bakuro, quien me había enseñado en su momento el Haki de observación en sus etapas más poderosas hasta la fecha, había tenido a bien volver a entrenarme. Me honraba la posibilidad de que un maestro de su talla y poder invirtiera su tiempo y sabiduría en mí. Estaba claro que, de alguna manera, el anciano sensei había visto algo en mí. Quizá semilla podrida, pero que por alguna razón que yo desconocía había considerado que merecía ser regada, tal vez para comprobar si aún había posibilidades de salvar la planta o si simplemente tenía curiosidad por saber qué salía de ella una vez germinaran sus flores. Fuera cual fuere el caso, yo estaba feliz. Feliz y dolorido, pues, tras el primer entrenamiento había sufrido dolores musculares terribles en todo el cuerpo. El intenso entrenamiento físico que el viejo sensei utilizó durante nuestra sesión pudo despertar mi haki de armamento, pero, por otro lado, también destruyó hasta la última de mis fibras musculares. Las horas que pasamos entrenando, tanto, por un lado, con el circuito de fuerza ininterrumpido como, por otro lado, el entrenamiento con la espada de madera pesada llamada suburito, habían sido suficientes sesiones de entrenamiento físico para un año o más. Aunque estaba bastante seguro de que cuando hoy acudiera al dojo de nuevo, el maestro tendría preparadas para mí nuevas y sorpresivas maneras de destruir mi cuerpo nuevamente para dominar el haki del armamento al siguiente nivel. Resoplé con cierta resignación, aún tirado en la cama boca arriba, con la mano derecha sobre la frente, la izquierda sobre mi estómago y la pierna derecha flexionada. Tocaba levantarse y nada me daba más miedo llegado a este punto. Como pude, comencé a incorporarme, sintiendo como cada partícula de mi ser se quejaba y se encontraba aún entumecida y lenta. Apoyando los pies en el suelo y, con dificultades para agacharme, metí los pies lentamente en mis botas desabrochadas y las até. Tardé largos diez minutos en esta tarea dada que la motricidad fina de mis manos estaba casi anulada por los temblores y agujetas que poseía en todo mi cuerpo. Después de calzarme, ayudándome del cabecero de la cama, apoyé mi mano derecha en él y me levanté renqueante. Llevé mi mano al abrigo y lo arrastré por el suelo de camino a la cocina. Era pronto y aún nadie había amanecido. Quedaba café de ayer y eso tendría que valer, pues no tenía energías ni tiempo para nada. Eché una taza de café solo, casi colmada, y agarré un pedazo de carne curada que tendría que valer como aporte proteico para soportar el entrenamiento. Últimamente comía bastante carne y no sabía si era una mera cuestión de gustos o si el espíritu carnívoro del lobo se estaba adueñando más de mí. Fuera el caso que fuera, devoré el enorme pedazo de carne con cuatro mordidas y engullí el café como si mi vida dependiera de la gasolina del trabajador, para acto seguido volver a arrastrar mi abrigo, sostenido por mi diestra, hacia la cubierta desde donde bajé por la escala al astillero. Pude haberme matado bajando la escala, dadas mis agujetas, todo sea dicho. El lugar aún estaba en calma, había madrugado más de lo normal y quería estar a primerísima hora en el dojo del maestro Tetsujin. Las calles estaban vacías y casi agradecía que no hubiera ojos para observar el deplorable estado en el que me encontraba mientras avanzaba silencioso y a paso lento hacia el dojo del maestro de artes marciales. No sabía qué podría ser el entrenamiento de hoy, pero empezaba a plantearme si mi cuerpo podría soportar una paliza como la de hace tres días. Si la sesión de entrenamiento requería de un esfuerzo similar, es posible que mi cuerpo se destruyera y no pudiera soportarlo, quedando totalmente inconsciente por el esfuerzo físico. Pero de alguna manera quería confiar en el viejo maestro que, hasta ahora, había demostrado ser perfectamente capaz de enseñar cualquier habilidad en tiempo récord. Si él ordenaba que había que entrenar hasta sangrar y desfallecer para conseguir el poder que yo anhelaba… sangraría y sudaría hasta que se me cayeran los ojos y mi corazón no pudiera latir con tanta fuerza, haciéndome caer de agotamiento. Tenía las expectativas totalmente enfocadas en salir del dojo hoy mismo con mi mejor versión de haki del armamento. Fue de esa manera que finalmente abandoné el Kaiser para dirigirme al dojo del viejo maestro cuando todos dormían. No quería que mis compañeros me vieran en ese estado, aunque, supongo que supondrían que algo me pasaba, pues era totalmente extraño que yo pasara tantos días encerrado en mi habitación sin dar señales de vida para nada.
Cuando llegué al dojo, estaba amaneciendo. Los primeros rayos de luz aparecieron a mi espalda, proyectando una alargada sombra sobre el camino de piedras que conducía al Dojo del maestro Tetsujin. Su portón estaba abierto de par en par, así como su puerta de papel de arroz, permitiendo ver todo el tatami desde el jardín. Desde que atravesé el umbral pude observar al maestro, regando con mimo unas plantas del jardín. Con una regadera negra pequeña, iba proporcionando líquido elemental a las plantas de una en una, con sumo cuidado y precisión para que ninguna rebosara de agua o se quedara sin el suficiente líquido para sobrevivir. Casi parecía que tenía calculado al milímetro todo. Cuando me acerqué, me mantuve a unos pasos prudenciales del maestro y saludé flexionando mi cadera. — Buenos días, sensei. Estoy aquí como me pidió para finalizar mi entrenamiento de haki del armamento… ¿Recuerda que me citó? — pregunté con duda dado que parecía no haber entrenamiento preparado ni herramientas listas para entrenar. Solo un hombre pasando un apacible rato con sus plantas. No pude evitar pasar los ojos por los bonsáis. — Claro que lo recuerdo, lobo blanco, apenas han pasado tres días. Mi duda era únicamente si tu cuerpo se recuperaría o si morirías en tu lecho fruto del entrenamiento inicial. Dado que has vuelto, podemos terminar lo que empezaste. — dijo sin descuidar su tarea que parecía tenerlo absorto en las plantas. — Bien… ¿Y cuál es el primer ejercicio maestro? — pregunté con miedo por la respuesta del anciano hombre, pensando que me ordenaría partir una montaña a puñetazos. — Descálzate y entra al tatami. He dejado un cubo con agua, un paño y un cepillo en la entrada. Dejaste el tatami lleno de sangre y sudor cuando entrenaste el último día y te marchaste sin la poca vergüenza ni rectitud de adecentar el lugar donde entrenaste. Entiendo que para bárbaros es lo normal, pero esperaba algo mejor de ti. Arregla tu estropicio y hablaremos del entrenamiento. — espetó el maestro sin siquiera mirarme, como acostumbraba cuando parecía estar tramando algo. Ni siquiera respondí. Saludé de nuevo y me acerqué al enorme escalón de madera donde dejé mis zapatillas entrando de espaldas al tatami para que al salir, pudiera hacerlo rápidamente. Una vez llegué al tatami eché un vistazo y el viejo maestro tenía toda la razón, el tatami estaba hecho un desastre. Charcos de sudor se habían resecado y marcado la madera del lugar de entrenamiento, así como sangre de mis nudillos y rodillas que se quedó seca y adherida al suelo y al suburito. Suspiré profundamente. Hacía tanto tiempo que no tenía un dojo propiamente dicho para entrenar, que había perdido la buena y gran costumbre de limpiar el “lugar donde se desarrolla el camino”. Crují mi cuello de lado a lado y me giré para poner en mi cinturón el paño, agarrar el cubo de agua y el cepillo con izquierda y derecha respectivamente y comenzar por la esquina más alejada de la entrada del tatami. El dojo era de forma rectangular y la puerta de entrada se encontraba ubicada en una esquina, haciendo así fácil la distribución de la limpieza. Desde la esquina contraria, me arrodillé y dejé el cubo a un lado, mojando en él el cepillo y comenzando a lustrar el suelo en patrones circulares con mi izquierda. Los movimientos eran rápidos y suaves, casi hipnóticos, y se sucedían de manera continuada durante diez repeticiones para, acto seguido, pasar el paño con la mano contraria en patrón inverso otras diez veces, recogiendo así el líquido ennegrecido del suelo. Cuando la zona que alcanzaban mis manos estaba lo suficientemente limpia por la repetición de movimientos, retrocedía un poco, aun de rodillas, para seguir con los dos o tres metros siguientes. Cada cinco espacios limpiados, me levantaba y acudía al jardín a desechar el agua que era intercambiada por otra limpia, facilitando así la tarea de limpieza del tatami hasta que, pasadas una hora, o quizá algo más de una hora, el tatami estaba completamente limpio y bien reluciente. Cuando el trabajo fue terminado, observé la obra desde la puerta del tatami. Dejando el cubo de agua, el trapo y el cepillo justo donde lo encontré, pero esta vez vacío y limpio, observé el tatami aún ligeramente humedecido desde la puerta. Colocando mis manos en jarra, con pose relajada, sonreí ligeramente contento por el trabajo. Había sido placentero, aunque hubiera sido temporal, volver a sentirse parte de un dojo y de unas tradiciones y costumbres que casi ni recordaba. Aún no tenía claro si el maestro ya había preparado el entrenamiento, pues había estado totalmente enfocado durante el momento de la limpieza en mi tarea y había ignorado al viejo sensei. Salí del tatami colocándome mis botas y volviendo al jardín donde él se encontraba aún, cuidando de sus flores.
Caminé de nuevo hacia el viejo maestro de artes marciales y observé que manipulaba algo en una pequeña mesa frente a las flores de su jardín zen. — Sensei. — dije firme tras detenerme a unos metros de él, a sus espaldas. El hombre no se inmutó y continuó maniobrando con algo que no podía ver. — He terminado mi tarea… ya he limpiado todo el tatami y he dejado las cosas como estaban… ¿Podemos comenzar ahora el entrenamiento para el siguiente nivel del haki de armamento o estamos esperando algo más? — dije con cierta duda en mi tono, pues parecía que durante todo el tiempo que yo me había pasado limpiando el tatami del dojo de artes marciales, el viejo hombre no se había preocupado ni lo más mínimo en preparar la zona de entrenamiento ni mi instrucción. Casi me molestaba, pero, quería confiar en las enseñanzas del hombre que hasta ahora habían sido duras pero pedagógicas y eficaces. — ¿Qué prisa tienes, lobo blanco? ¿Acaso tienes otra cita hoy o algo más importante que dominar tu haki del armamento? Pensaba que eras un hombre disciplinado y enfocado en tu aprendizaje, pero comienzo a pensar que tu mente divaga en otras tareas y menesteres ajenas a tu enseñanza… — dijo con sorna el viejo maestro mientras se giraba y descubría lo que estaba haciendo hasta ahora. — Ven, sentémonos y preparemos el té. A esta hora, tras terminar con las plantas, me agrada degustarlo escuchando a los pájaros. Normalmente lo hago en soledad, pero hoy lo haré en tu compañía si decides sentarte conmigo. — dijo el hombre mientras me ofrecía asiento con la mano derecha indicando un taburete al lado de la pequeña mesa donde se descubría una bandeja grande con un juego de té ceremonial. — Pero… Claro, me sentaré con usted, sensei. Será un honor acompañarlo. — dije tras unos instantes de duda al fijarme en el semblante del maestro, que parecía estar haciendo todo esto con un único propósito que yo no lograba comprender, pero estaba intrínsecamente relacionado con el entrenamiento, de no ser así, dudo que el viejo maestro de artes marciales osara malgastar el tiempo efectivo de entrenamiento en tareas mundanas como limpiar o beber té. Saludé flexionando la cadera con un gesto cortés y me senté al lado del maestro que comenzó a preparar el té. Había leído sobre la ceremonia, pero jamás la había presenciado. El maestro colocó todos los utensilios delante y primero presentó el té, enseñándome el natsume donde lo almacenaba, un pequeño recipiente con una tapa. Cogió un paño fukusa y lo pasó por uno de los tazones chawan y echó en él una cantidad de té que parecía estar hecho a ojo, pero estoy seguro de que el maestro sabía perfectamente cuanta cantidad había introducido al tazón. Tras esto, el maestro agarró una tetera que estaba ubicada sobre un pequeño quemador de gas portátil que parecía tener el agua en la temperatura adecuada para realizar la mezcla de té y lo vertió gentilmente sobre el tazón con té. Tras limpiar el chasen, el batidor de bambú, comenzó a batir usando un característico patrón de movimiento en M -o W dependiendo desde donde lo estés viendo- de manera firme, pero suave, haciendo que se generara una pequeña capa de espuma sobre el té. Cuando el hombre finalizó, dejó el tazón frente a mí, enseñando el símbolo del tazón hacia mi dirección y comenzó a preparar el suyo propio con la misma delicadeza y gentileza. Tras esto, lo colocó delante de él y me invitó a beber. Ambos giramos el tazón media vuelta para orientar el símbolo hacia el otro y los agarramos con ambas manos, llevándolo a la boca y degustando el té por fin. El sabor fue difícil de describir. Se trataba de algo sabroso y amargo pero, equilibrado, poseía una dulzura natural pero, sin ser especialmente empalagoso, y su textura propia del agitado hacía resaltar las notas florales del mismo. Su sabor se mantenía en el paladar durante largo rato una vez bebido y su concentración se iba reduciendo poco a poco. El momento ameritaba cerrar los ojos y con la paz que emanaba el ambiente, con los pájaros de fondo, el viento meciendo las hojas y flores del jardín, sumada a la tranquilidad y disciplina que demostraba el maestro durante la ceremonia, pude sentir un tipo de relajación que hacía tiempo no conocía. Por primera vez en muchísimo tiempo, me sentía totalmente calmado y relajado y mi mente se despejaba sin pensamientos ni voces en ella. Durante un tiempo prolongado nos mantuvimos en silencio, observando el jardín, sus árboles y flores, mientras el viento y los pájaros eran la única banda sonora del lugar. Dos hombres de guerra, alumno y maestro, disfrutando de un momento de paz.
Lamentablemente para mi espíritu y tranquilidad, aquel momento no podía durar de manera eterna y tarde o temprano debía abandonar aquella paz momentánea. Fue el viejo maestro quien, dejando el tazón en la mesa sobre la bandeja y, carraspeando, rompió definitivamente el momento para traernos de vuelta al presente y al tema que nos ocupaba. Aunque no de la manera que yo esperaba. — ¿Te sientes mejor ahora? — preguntó el maestro, con cierta amabilidad en su tono de voz mientras me miraba y yo le devolvía la mirada — ¿Sabes por qué has limpiado el tatami y te he obligado a sentarte a beber el té? — preguntó de nuevo, a lo que respondí negando con la cabeza de lado a lado con energía. — Desde el primer día aquí, cuando aprendiste los siguientes pasos del haki de la observación, observé que eras terriblemente inquieto. Quizá no en tus maneras, en tus formas, pero sí mentalmente. Estabas disperso y eras incapaz de concentrarte en el aquí y el ahora. Me pareció curioso, pues, tenía la sensación de que eras un guerrero mucho más disciplinado y tranquilo de lo que aparentabas. Cuando volviste para aprender el haki del armamento pensé que había sido una equivocación, pero ese último golpe que te propiné con el bokken y se partió, me confirmó que tu energía espiritual no estaba en orden. Había Haki, sí, estabas preparado, pero había algo que te impedía concentrar esa energía que tenías latente. Algún tipo de bloqueo mental. — explicó volviendo su vista al jardín y dejando sus manos en los muslos — Por eso te he obligado a limpiar. Primero para limpiarte por dentro. La limpieza es orden y ordenando el tatami has ordenado tu mente y espíritu. Además, es una tarea terriblemente repetitiva y que pone a tu cabeza en un bucle que evita pensar en otras cosas innecesarias. Has podido conectar con el movimiento más primitivo. Por otro lado, te he obligado a tomar el té conmigo. Un acto que podría considerarse simple, pero que carga con una gran espiritualidad. Durante la ceremonia del té y con su consumo, el espíritu se armoniza y se conecta con la parte más pura de la esencia del té. Algo simple, con tantos matices y sensaciones que te obliga a parar y abandonar los pensamientos. Estoy seguro de que ahora te encuentras mucho mejor y más calmado. Se puede percibir en tu propio Haki. — explicó el maestro para, acto seguido, levantarse. Simplemente, no sabía qué decir. El viejo maestro de artes marciales parecía haber conocido de mí más que yo mismo en mucho tiempo de viaje y, por alguna razón, sentía que tenía razón. — Lo que sea que cargues. Déjalo en la silla. Levántate sin pesar en tu corazón ni demonios en tu mente. Coge la espada y practica conmigo. — ordenó el viejo sensei mientras cogía una de dos espadas que había apoyadas en un soporte en el jardín y caminaba hacia el lado opuesto del camino de piedra. Por un momento pensé en qué debía dejar. ¿Qué pesaba en mi corazón? No sabía qué me estaba pasando cuando escuchaba a esa mujer, no sabía quién era ni por qué la oía. ¿Qué demonios había en mi cabeza? El lobo blanco, que a veces parecía apoyarme y otras parecía empujarme a ser una bestia sin control. Pero iba a dejar todo eso en la silla, como dijo mi maestro y tras levantarme y coger la espada, me posicioné delante del sensei y desenfundé tras saludarnos mutuamente. La práctica comenzó sin practicar una kata concreta, fue algo simple y fluido que poco a poco aumentó a aumentar de poder y velocidad. A cierto punto, el maestro frenó, quedándose en guardia. — Sigue así. Estamos en el punto dulce. He imbuido mi espada de haki de armamento. Si quieres derrotarme, deberás partir mi espada superando mi propio haki. Solo con el espíritu en calma y enfocado al cien por cien en tu espada podrás materializar tu espíritu en tu hoja. — dijo el maestro para después lanzarse de nuevo al ataque. Los golpes continuaron volviendo a retomar el ritmo y sentía que me quedaba atrás. Sin embargo, estaba tranquilo, en paz, peleando por primera vez con la mente vacía y con el espíritu lleno. Cuando el maestro lanzó un poderoso golpe vertical hacia mi cabeza, sentí el momento y lancé mi contra hacia su filo en horizontal. El coche entre ambas espadas produjo un sonido metálico diferente. Casi como si algo se hubiera cortado en dos. El maestro frenó la ofensiva y dejó de atacar inmediatamente. Tras unos segundos frente a mí cayó el fragmento de hoja de mi maestro, que se clavó en el suelo de tierra y césped del jardín del dojo del maestro Tetsujin.
No entendía bien cómo o por qué, pero la espada se clavó delante de mí y mi maestro, lejos de sorprenderse, parecía aliviado y conforme con el resultado. Me alcé y miré al maestro, que me observaba con una cara de satisfacción y que no comprendía. Suspiró profundamente y se llevó la hoja cerca de la cara, observándola con detenimiento y pasando el índice de la zurda por el corte de mi espada en la suya. — Hum… corte casi… limpio. Es un buen comienzo, teniendo en cuenta que has aprendido a hacer esto en solo dos días. No obstante, espero que el día de mañana seas capaz de cortar armas como si fueran papel. — dijo el maestro, firme en sus palabras. — Ni siquiera sé como lo he hecho, si le soy sincero. Solo he mantenido la mente en blanco, como me dijo, pero no siento que aumentara mi poder ni nada por el estilo. Fue un golpe, sin más. — dije, sin saber muy bien cómo lo había hecho. — ¿No sabes cómo lo has hecho?... Alza tu mano y observa tu hoja, lobo blanco. — dijo el maestro señalando a mi brazo. Alcé mi mano y llevé la hoja hacia mi cara. La espada, que hace unos instantes era una espada normal y corriente, ahora poseía un filo negro como la noche, similar al de Shimei Kaeru. Esta coloración negra se fue desvaneciendo lentamente y tras esto, no volvió a verse así. — Eso es el Haki del armamento. Ahora no solo podrás herir a los usuarios de fruta del diablo del tipo Logia, sino que además podrás añadir tu poder de Haki a tus golpes y defenderte con él de la misma manera si endureces tu cuerpo. Es una habilidad terriblemente útil, pero, para ello, necesitas estar totalmente enfocado en tu objetivo. — explicó el maestro quitándome la espada de la mano y guardándola, dejando ambas donde estaban, incluida la que estaba rota. — Y recuerda algo, Lobo Blanco: tu haki es tan fuerte como lo es tu convicción. Mantén tu espíritu afilado y tu espada acompañará. — dijo, retirándose de la escena. — No tengo nada más que enseñarte, pero aún hay mucho que aprender. Sigue practicando y recuerda dejar tus demonios atrás cuando pelees, o ellos pelearán por ti. Y cuando lo hagas, golpea sin piedad. — remató, alejándose lentamente hacia el tatami, donde se comenzaban a congregarse algunos de los alumnos del viejo maestro de artes marciales. Simplemente me incliné, saludando con gran respeto al maestro y me mantuve ahí durante varios instantes hasta que los alumnos entraron al tatami y quedé totalmente solo en el jardín. Inhalé y exhalé lenta y profundamente. Era hora de volver al Kaiser Panzer y prepararnos para el viaje al Nuevo Mundo. Tardé un rato en volver lentamente y, una vez allí, parecía que todo el dolor de mi cuerpo desaparecía con la calma adquirida en el entrenamiento. Había vuelto al Kaiser Panzer como un hombre nuevo, no solo por fuera sino también por dentro. El poder que había adquirido era una habilidad en bruto, que necesitaba ser refinada y perfeccionada como la otra que había adquirido previamente, el haki de la observación. Pero tenía plena confianza en que mi dominio del haki sería el componente clave de algunas de mis batallas futuras y que, de seguir perfeccionando mi poder en él, sería un rival terrible. Era posible que, a menos que mi jefe aprendiera también el haki de la observación y lo llevara a mi nivel, pudiera pelear a su nivel. No sabía si me satisfacía o me molestaba. Necesitar tantas herramientas, habilidades y poderes para estar a la par de un hombre de su calibre… casi me asombraba y me aterraba. Sin embargo, llegado al barco, decidí dejar todo esto fuera. Solo quería comer algo, un café, quizá y, respirar un poco de paz de nuevo. Fui a la cocina, donde estaban los chicos comiendo y, sin casi sin necesidad de decir nada, nos saludamos con la cabeza, asintiendo mientras nos mirábamos los tres. Cogí una taza y la llené de café hasta la mitad y de leche lo restante, esta vez, de la temperatura del tiempo, ya que la leche estaba fría ya de por sí. Salí a cubierta y me acerqué a la mesa y sillas de desayuno, donde me senté con cierta dificultad por la rigidez de mi cuerpo y, tras esto, di un largo trago al café y descolgué mi cabeza hacia atrás en la silla, observando el cielo y los pájaros volando. El sonido de los astilleros comenzó a silenciarse y solo los pájaros, el vaivén del mar y mi respiración eran audibles para mí. Alcé mi brazo por encima de mi cabeza y apreté el puño poco a poco mientras este se volvía negro como mi espada anteriormente. Ahora, ambos hakis estaban disponibles para mí, armamento y observación.
Sonreí.

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