[Pasado] La hija de la Naturaleza
#1
Día 36 del año 11, Verano - 04:00 a.m.
Corriente Daiya - Isla Toko - Barranca profunda - Barco de los Shogun Gari

El cielo aún se mantenía en la penumbra cuando Aurora se despertó, consciente de la misión que la aguardaba al amanecer. La luz titilante de las estrellas era su única compañía en la quietud de la madrugada. Deslizó sus pies descalzos sobre la cubierta del barco, dejando que sus pies desnudos absorbieran la esencia de la noche.

El ritual ancestral de la tribu Sardana resonaba en su memoria, enseñado con amor y sabiduría por Krum, su mentor y figura paterna. Se encaminó hacia la orilla del barco, donde la mar susurraba secretos de la oscura noche. Se arrodilló en silencio y cerró los ojos, sintonizando su espíritu con la naturaleza que la rodeaba.

Aurora llevó sus manos a su bolsa de piel y agarro los pigmentos, mojando sus dedos en ellos los posó sobre su rostro, y con destreza y devoción, comenzó a pintar las marcas tribales que honrarían a su tribu. Líneas negras, precisas y delicadas, se dibujaron en su piel, creando un diseño que evocaba la majestuosidad de un águila en vuelo. Cada trazo era una conexión con sus raíces, una forma de honrar y pedir guía a la herencia que la guiaba, mientras comenzaba a entonar su melodía.

Canción de Aurora

Una vez que las pinturas danzaron en su piel, se puso en pie y extendió sus brazos imitando unas alas, asumiendo la gracia de la criatura que simbolizaba a su tribu. La mezcla de colores en su rostro era un recordatorio de la responsabilidad que llevaba consigo. No solo era Aurora, sino la portadora de la esencia de la tribu Sardana, una protectora de la naturaleza.

Con la ceremonia facial completa, dirigió sus pasos hacia la cubierta donde reposaban los frutos de su última caza, compartida con Ariel. Una sonrisa afloró en sus labios mientras acariciaba la piel de la presa, sintiendo la conexión con el ciclo de la vida y la muerte. Cada acto de caza era un tributo a la naturaleza, un intercambio sagrado que recordaba la danza eterna entre depredador y presa.

Aurora seleccionó cuidadosamente la piel, admirando su patrón similar al del guepardo. Tonos amarillos salpicados con motas negras creaban una armonía visual que reflejaba la velocidad y agilidad del animal cazado. Con manos diestras, comenzó a confeccionar una capa que envolviera sus hombros y espalda. La piel se moldeó a su figura con una naturalidad que evidenciaba la maestría de Aurora en el arte de la supervivencia.

Con la capa completada y su canto desvaneciéndose en el aire fresco, Aurora se quedó en silencio. Se envolvió en la piel del guepardo y se sumió en sus propios pensamientos. Las enseñanzas de Krum resonaron en su mente, recordándole la importancia de respetar el equilibrio de la naturaleza. Y las enseñanzas que Hylda le había transmitido, el conocimiento de los ciclos sagrados, instándola a comprender que cada vida era un hilo en el tapiz de la existencia.

Después de dos horas de ritual la mirada de Aurora se volcó hacia el horizonte, donde los primeros rayos de sol comenzaban a acariciar el cielo. El brillo dorado reflejaba la determinación en sus ojos, un compromiso inquebrantable con la causa que abrazaba. Respiró profundamente, sintiendo el pulso de la naturaleza como si fuera su propio corazón latiendo en armonía con el mundo.

El sol asomó lentamente, iluminando la figura de Aurora, la guerrera Sardana. Se había transformado en la encarnación de la justicia natural, lista para enfrentar la injusticia y liberar a aquellos que sufrían a manos de la explotación. La madre tierra había llamado a su hija, y Aurora respondería.
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