[Pasado] Blanco o Negro
#1
1 de invierno del año 12, anochecer.
Reino de Sorbet, Sorbet del sur, residencia Áster

Aria se apresuró a salir de su habitación en cuanto escuchó su nombre y apellidos ser gritados por su padre. 

Antes de bajar las escaleras, volvió sobre sus pasos y entró a su habitación con el corazón en un puño. Se aseguró de que había escondido bien la novela de detectives que había comenzado a leer hacía una semana, y salió aún más rápido. Bajó las escaleras casi cayéndose por ellas y corrió lo más silenciosamente posible por el pasillo hasta llegar al salón. Su madrastra ya estaba ahí, sentada en uno de los sillones, mirando hacia la chimenea y dejando que su padre gritara y la culpara de todo lo que estaba mal en el mundo. Su hermano (hermanastro mejor dicho) también estaba ahí, en silencio y con la misma mirada seria de siempre. Se parecía a su padre, ambos solían tener miradas duras y difíciles de leer.
En el mismo instante en el que los ojos furiosos de su padre se detuvieron en ella, se apresuró a ir con su hermano. Se posicionó a su lado, ambos en uno de los lados de la chimenea, y su madrastra en el contrario.
— Llegas tarde. — La voz furiosa de su padre hizo que Aria se estremeciera. Bajó la mirada de inmediato y apretó los puños, tratando de tranquilizar a su desbocado corazón. Podría jurar que hasta sus dientes estaban asustados.
— Lo siento. — Se disculpó por lo bajo, rezando porque su padre lo dejara pasar.

No lo iba a dejar pasar.

Sintió su sangre helarse en cuanto su padre puso delante de sus ojos el libro que le había desaparecido hacía poco más de una semana. Había esperado, de forma tontamente optimista, que su madrastra lo hubiera encontrado y lo hubiera ocultado, como ya había hecho alguna vez. Fue tarde cuando notó que su cabeza se había girado un poco, en dirección a su madrastra, de forma involuntaria.
— ¡Mírame a mí! — Exclamó su padre, con la voz vibrante de furia y golpeándola.
Aria estuvo a punto de perder el equilibrio, pero logró estabilizarse. No se atrevió a llevar su mano al lugar afectado. Tensó todo su cuerpo, preparada para el siguiente golpe. Sin embargo, este nunca llegó. — ¿Qué haces? — Cuestionó él, encarándose esta vez a su hermano. Parecía más ofendido que furioso, como si le sorprendiera que alguien se atreviera a detenerlo. — Rennard. — Lo llamó en un tono de dura advertencia.
— Lo siento, padre. — Su hermano mayor se disculpó de inmediato, dejando ir el brazo de su padre. — Yo fui quien le dio el libro. Una parte de sus estudios se le había estado complicando y pensé que le ayudaría a desestresarse.
La atención de su padre hacia ella se esfumó, en cambio, esta se concentró por completo en el hijo mayor. — Si tenía problemas con sus estudios, entonces debió estudiar más. — Replicó con un tono más calmado que solía anteceder a la tormenta.
Aria tomó aire. — Lo siento, padre. — Se apresuró a disculparse. Se encogió en cuanto recuperó la atención de su padre y toda la valentía reunida se esfumó entre sus dedos.
Su padre, que había dado unos pasos hacia su hermano mayor, los retrocedió para acercarse a ella. — ¿Qué has hecho mal?
Era una pregunta trampa, respondiera lo que respondiera, no sería perdonada. — Descuidé mis estudios, lo siento, recuperaré el nivel que se esperaba de mí.
Su padre estuvo a punto de reprochar, alzando su mano para golpearla de nuevo.
— Yo la ayudaré en mi tiempo libre, ya que también tengo parte de la culpa.
La solución propuesta por su hermano pareció calmar un poco la irritación de su padre, quien masajeó el puente de su nariz con frustración. Resopló y terminó por bajar la mano. Aria también pudo relajar un poco los hombros. — Bien. — Alternó la mirada entre ambos. — Pero no lo dejaré pasar una segunda vez. — Se acercó y puso su mano sobre la cabeza de Aria. De más pequeña solía confundirlo con una muestra de afecto. Pero era solo un gesto que mostraba el control que ejercía sobre ellos. — Los esclavos no leen novelas. — La presión sobre su cabeza la obligó a bajar la mirada al suelo. — No queréis serlo, ¿verdad?
— No volveré a descuidar mis estudios. — Sintió su propia voz extrañamente  débil. Aún podía escuchar en sus oídos el tintineo de las cadenas y los cuerpos de los esclavos arrastrándose por el suelo.
La portada del libro perdido volvió a aparecer frente a sus ojos.
— Deshazte de él entonces. — Ordenó apartando la mano de su cabeza.
Aria tomó el libro entre sus manos. — ¿Deshacerme de él? ¿Cómo podría hacer eso? — Pensó consternada. No era culpa del libro que ella lo hubiera leído. Y ni siquiera era suyo en realidad, era el regalo que su hermano le había hecho en su último viaje de trabajo. Alzó la mirada con duda. Su padre pareció comprender que no tenía ni idea de que hacer, porque con un gesto con la cabeza señaló la chimenea. Aria permaneció inmóvil en su sitio, entendiendo con horror lo que su padre estaba demandando. Sintió la mirada de su hermano. Al mirarlo, él le hacía un gesto con la cabeza. Por primera vez sus ojos mostraban miedo. No estaba segura de todo lo que estaba tratando de decir, pero parecía que le pedía obedecer a su padre. Ver a su hermano tan fuera de sí, tan nervioso, solo le hacía sentir más aterrada.
Su padre no podría convertirlos en esclavos, ¿verdad…?
Volvió a mirar a su padre. No pudo dar con una respuesta a su pregunta. Le faltaba información. Seguramente no era más que un farol, pero si tomaba la decisión equivocada confiando en esa falta de información, el resultado sería desastroso. Así que le dio una última mirada al libro y con pasos cortos e inseguros, se acercó a la chimenea. El cálido fuego ya no resultaba acogedor. Apretó con fuerza el libro, contó hasta tres, y se deshizo de él antes de poder pensarlo más.
Su padre dijo algo, tal vez un “bien hecho” y volvió a acariciar su cabeza. Pero ni siquiera pudo mirarlo. Sus ojos se mantenían anclados en el fuego. Esta vez, habían logrado salir “ilesos” a cambio de quemar un libro. Pero su padre no era del tipo compasivo, si algo así volvía a suceder…
Miró a Reen, él también miraba el fuego, pero no lograba descifrar que es lo que estaba pensando. No estaba segura de si sus ojos brillaban por la luz de la chimenea o por otra razón. Él siempre había sido algo impulsivo y difícil de leer.

No sabía que estaba pensando, solo esperaba que no fuera a hacer ninguna locura.

[Imagen: h49kpfi.png]

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