El hombre, cuyo cabello de una pulcrísima blancura caía sobre su espalda como una cascada de plata inerte, permaneció un rato más en pie frente a ella, dejando que su magnánima sombra envolviera la exhausta figura de Bai por completo mientras sacaba lentamente de la pitillera un cigarrillo. Bai lo observó, rozando el umbral de la impaciencia; mas él, restándole importancia, simplemente se limitó a encenderlo con parsimonia y exhalar una fina línea de sinuoso humo antes de mirar hacia abajo a través de sus gafas redondeadas.
—Pareces un animal asustado —su voz reverberó en medio de la sala —. O, cuanto menos, respiras como uno —sentenció Kaelith; su voz, limpia y cavernosa, no admitió réplica alguna—. Tu cuerpo es un desastre... —añadió mientras volvía a darle una calada al filtro—. Pero supongo que incluso bajo estas condiciones algo podremos hacer... Doy por sentado que Jalindra ya te habrá instruido en el principio elemental de relación entre el cuerpo y la arquitectura del espacio —expulsando una densa bocanada de humo ceniciento tras sus palabras mientras no dejaba de observar sus moratones—. Sin embargo, lo que yo te voy a enseñar es completamente diferente y se basa en respirar bien.
El hombre dejó caer la colilla al suelo y la aplastó bajo su suela de goma con soberbio desdén.
—Lo primero que debes saber es que la respiración no es un concepto poético, Bai. Es el único engranaje involuntario que tu débil mente tiene el privilegio de controlar de forma consciente —.De nuevo hubo una pausa en medio de su explicación. Se colocó bien las gafas y volvió a hablar—. Quien no domina su diafragma es un esclavo de su pulsión... Y yo no pierdo el tiempo entrenando a esclavos.
En ese momento, la mirada de la birkiniana se sostuvo ante la de Kaelith con cierto grado de desafiante altivez, ostentando una audacia desmedida que su propia cordura habría preferido silenciar. Sin embargo, no dijo nada ante la conciencia de que frente a un hombre como el lunarian, replicar, era sinónimo de una muerte segura para su entrenamiento.
Kaelith sonrió, descendiendo para comprobar que realmente la voluntad ajena se doblegaba ante su presencia al tiempo que replegaba sus alas negras con un chasquido.
—La respiración, es lo más cercano a nuestro verdadera voluntad —, le informó mientras se sentaba en el suelo frente a ella cruzándose de piernas y mirando hacia abajo gracias a la diferencia de alturas—. No porque forme parte de nuestra esencia, que también, sino porque es tangible… la puedes sentir, comprender y hasta doblegar.
Kaelith hizo una pausa que se cernió sobre Bai como una asfixiante mortaja.
— La mayoría de la gente no es capaz de percibir que respira —prosiguió al ver que la birkiniana le sostenía la mirada intentando no ahogarse en medio de su presencia—. Y es justamente eso lo que importa. Esa suave inhalación y exhalación que ignoras es la que te sostiene es lo que vamos a trabajar.
El hombre volvió a hacer una pausa en sus palabras sólo para asegurarse de que Bai lo asimilaba como correspondía.
—Es la respiración aquello que te calma, lo mismo que modela tus pensamientos sin que lo notes. Y al mismo tiempo, se ve afectada por todo lo que haces, por cada emoción, por cada idea que atraviesa tu mente.
Bai colocó las manos sobre sus muslos tensos y adoloridos por la paliza de Jalindra. Abrió la boca y, por primera vez en el día, habló sin estar segura de querer ser escuchada.
—Tienes razón… —murmuró tras llegar a la misma conclusión lógica que él—Pues, cuando estoy nerviosa, mi respiración se acelera; cuando estoy tranquila, se vuelve más lenta.
En ese momento, Kaelith esbozó una sonrisa imperceptible llena de orgullo. Y es que, ver a esa mujer intentar diseccionar analíticamente su lección hasta llegar a donde él ya había llegado antes, le resultaba fascinante a nivel somero; era la confirmación de su propia superioridad incluso sobre la otra maestra.
—Siempre va al ritmo de mis emociones.
Y el hombre, que también había colocado las manos sobre sus propios muslos, continuó: —Todos lo experimentamos. A diario. Pero aun así, la respiración suele ser olvidada y arrinconada en alguna parte de nuestro inconsciente. Por eso debes familiarizarte profundamente con ella. Hasta el desgarro si es necesario. No basta con sentir que entra y sale; tienes que conocerla tanto o más como te conoces a ti.
De pronto, un silencio denso cayó entre ambos.
—Comprendiendo su naturaleza —prosiguió—. Con un buen conocimiento del sistema respiratorio, se te facilitará cualquier práctica. Incluso para el Haki de armamento. Pues es indispensable en este arte. Y, cuando la trabajes, habrá momentos en los que tu atención deberá concentrarse en partes muy específicas del cuerpo. Sin dominio de la respiración, esa precisión será imposible. Respira bien… y todo lo demás comenzará a alinearse.
De nuevo el silencio se instauró entre ambos; pájaros cantaron y el viento se filtró a través de la puerta abierta aullando al tiempo que acariciaba el cuerpo de los dos.
—Cierra los ojos, Bai, y no te distraigas. Solo sigue mi voz
Bai obedeció, dejando caer los párpados. Kaelith en cambio relajó su propio tórax, permitiendo que el aire entrara en sus pulmones.
—Escucha con atención—dijo, tan pronto como Bai hubo cerrado los ojos—. La respiración es la puerta que se abre entre tu cuerpo y tu espíritu. Muchos creen que respiramos porque los pulmones aspiran el aire, pero no… Los pulmones son como vasijas vacías. No se llenan por sí mismos.
Es la caja torácica, tus costillas y tu diafragma quienes hacen la verdadera obra.
El hombre inhaló con el diafragma, hinchando su pecho, y el sonido de la vida al ser insuflada en él, fue completamente distinto al mutismo que había estado llevando a cabo hasta aquel entonces. Después, exhaló con calma y prosiguió.
—Siéntelo, Bai. Respira con el diafragma tal y como lo he hecho yo. Cuando lo hagas, cuando el diafragma descienda y las costillas se eleven, la presión interna cambiará… y el aire entrará como si el universo mismo respondiera a tu llamado.
Deja que la sensación te invada. Retenla. Y cuando ya no puedas más, cuando estas estructuras vuelvan a su lugar, el aire se retirará con la suavidad de una marea.
¿Lo entiendes?
Bai asintió en un acto reflejo. El hombre ni siquiera se inmutó al percibir su estado emocional.
—Sí, lo entiendo.
—Bien —respondió satisfecho consciente de que sí lo hacía —Es importante que comprendas esto porque, solo con este pequeño gesto, ya comienzas a dominar el arte.
–¿Y cómo puedo estar segura de que respiro correctamente?
—Paciencia, Bai—le pidió mientras aspiraba con calma —Antes debes entender los tres territorios en los que la respiración se mueve: el abdomen, el pecho y la zona más alta, bajo las clavículas.
De nuevo soltó el aire con calma y Bai lo sintió.
—¿Puedes sentirlo? ¿Puedes imitarme? —preguntó sin esperar respuesta —. Cuando lo hagas notarás que el primer modo es el más profundo; el segundo es el más amplio y poderoso; el tercero, agudo y tenso. Un guerrero aprende primero a habitar el abdomen, ya que, allí nace la calma y se templa la mente. Pero eso no es lo que quieres. Tu buscas gobernar con la mente los músculos que mueves, tu respiración. Quieres tomar el mando. Y puedes hacerlo. Puedes lograrlo a través de la corteza de tu cerebro, de tu voluntad consciente, y lograr ese puente único entre lo involuntario y lo voluntario.
>Es aquí donde comienza el verdadero camino hacia el haki de armamento.
>Antes te he dicho que ya habías empezado. Y es cierto. Al comprender has dado tu primer paso pero, ahora, al entender que buscas un cambio en tu patrón de respiración, en tu estado mental, es cuando realmente vas a empezar.
Por un instante, Bai albergó la ilusión de que aquel entrenamiento iba a ser completamente opuesto al de Jalindra —nada más lejos de la realidad—. Y es que, aunque en aquel momento nadie estaba forzando su cuerpo hasta el extremo, ni tampoco apalizándole, pronto bajo la adusta y severa mirada del maestro se le dejaría de conceder el tiempo necesario para que su cuerpo se amoldara al entrenamiento del busoshoku.
—Estoy preparada.
—Bien, entonces empecemos. Primero, busca la conciencia. Observa tu respiración como si vieras el movimiento de las nubes. Sin intervenir, ni juzgar. Solo sintiendo.
Y Bai, que se había sincronizado con la respiración del hombre sin ni siquiera intentarlo, observó el patrón que le había estado dibujando durante toda la conversación.
Lo sentía.
Era un respirar pausado, lánguido y sin prisas. Tan profundo que, cada vez que lo inspiraba, su abdomen se retiraba y sus costillas se pintaban en el marco bruñido de su piel. Y sus pulmones, echados por el aire, se expandían saboreando los olores virgenes de la naturaleza.
Pero no era orgánico.
Era una forma de hacer completamente artificial porque, si lo pensaba, su cuerpo se desacompasada y la respiración se empezaba a entrecortar.
—Relájate —le ordenó el maestro volviendo a respirar con fuerza para que le siguiera.
Y Bai lo volvió a intentar.
—¿Lo entiendes? —preguntó de repente.
—¿Qué es lo que debo entender?
—El camino que he seguido para llegar hasta aquí.
Su rostro se torció en una mueca de confusión que poco o nada gustó al hombre; hasta aquel momento, Kaelith, había considerado a Bai como una alumna digna de ser enseñada. Pues no por nada la había aceptado tras averiguar que había logrado superar el entrenamiento con Jalindra. Pero, tras entreabrir los ojos al escuchar su pregunta y luego ver aquella mueca, empezaba a creer que su tiempo valía demasiado como para que ella lo malgastara.
—Vuélvelo a intentar hasta que lo tengas— comentó con cierta sequedad —Tienes todo el día de hoy pero… Sólo hoy para entenderlo. Sino tendrás que volver a casa.
Y Bai, disciplinada como era y dispuesta, lo volvió a intentar.
Una, dos, tres veces... Lo intentó tantas veces que la madrugada ya había dado paso a la mañana y esta, a la tarde. Pero no tenía hambre. No tenía frío. No sentía nada. No ahora, que empezaba a entender el procedimiento del respirar y, aunque torpe, con mucho tiempo y dedicación, lo llegó a imitar.
Mientras tanto Kaelith, aún en su dojo, fue ayudando a otros a entrenar. Al fin y al cabo no podía centrarse todo el día en ella y no hacer nada más. Ese había sido el trato, dejarla andar sola hasta la noche antes de decidir si valía la pena continuar con ella o no.
—¿Estás segura de que deseas continuar? —le preguntó en cierto punto del medio día para asegurarse de que su voluntad no flaqueaba.
—Por supuesto.
—Bien —respondió él volviendo a centrarse en los otros alumnos.
Y así pasó hasta que, en la tarde, escuchó su nueva forma de respirar.
—Está bien, Bai —comentó sacando del trance a la birkiniana —Avancemos. Ahora que ya sabes cómo respirar desde el abdomen, debes dominar el diafragma.Inhala contando cuatro… deja que tu abdomen se eleve… y exhala al mismo tiempo. Este ritmo despierta el nervio frénico y armoniza tu sistema interno.
Y la mujer, que empezaba dominar la calma, intentó domar su cuerpo una vez más.
—Este paso es el más fácil —dijo el hombre al verla responder a sus palabras con facilidad —. Vuelve a intentarlo.
Bai lo volvió a reproducir.
—¿Has visto? Es sólo añadir un paso más a la lógica de tu cuerpo. Vamos, repítelo hasta que lo adquieras como tuyo. Después continuaremos.
Y ella lo repitió.
Pero, a diferencia del primer paso, este era natural. Sólo cuatro segundos y una retención. Y, en cuestión de una hora, ya lo tenía incorporado.
—Tercera y última lección de hoy —advirtió el hombre al sentir que empezaba a refrescar—. Es la de la retención. Hasta ahora te he permitido retener el aire a tu antojo para que te familiarizaras con el proceso pero, ahora, hemos de centrarnos en este último paso. Luego de inhalar, detén el aire un instante. No para forzarte porque sí, sino para escuchar el silencio interno de tu cuerpo. Pero ten cuidado, no lo confundas con otros tipos de silencio, pues este tiene como objetivo un breve vacío que tensará el arco de tu atención. Allí comienza el haki de armamento. Debes sentirte, hablar contigo, y notar hacia dónde fluye tu energía.
Con el tiempo, podrás extender la retención, alargar la exhalación, y dirigir tu conciencia hacia cualquier parte de tu cuerpo. Esa capacidad —la de poner tu atención exactamente donde la necesitas— es imposible sin un dominio previo y profundo de la respiración.
Solo recuerda estas palabras: quien gobierna su respiración gobierna su energía; y quien gobierna su energía gobierna su estado interior.
Cuando necesites entrar el haki, no busques tensión ni impulso. Busca el aire. Él será tu llave y tu camino.
Al día siguiente no hubo descanso. Pues Kaelith le había mandado a estar ahí a primera hora.
—Bai —dijo, mientras caminaban hacia el pequeño estanque natural que había en la parte de atrás del dojo—. Escucha bien. Desde hoy comenzarás una práctica nueva.
Y Bai, que lo seguía en silencio, asintió.
—Hoy practicaremos el ejercicio del aliento del testigo. Siéntate.
El hombre la hizo sentarse en el suelo, esta vez con las piernas hacia adelante, mientras él se mantenía en pie observándola desde la altura y esperando con una extraña paciencia a que llevara a cabo los movimientos.
—Con las manos a los lados, Bai —le apostilló dado que, la oharanense, las había puesto sobre sus muslos—. Presiona tu cuerpo con suavidad contra el suelo y estira la espalda hacia arriba.
Bai se estiró.
—Más —. Y junto a ese monosílabo la ayudó a tensarse empujándola con firmeza hasta que su columna crujió —Hombro hacia atrás —. Ordenó al verla estirarse sin queja alguna aún cuando su rostro se tensaba —. Ahora bajalos un poco y abre el pecho.
Bai trató de seguir sus palabras.
—No, así no —. Y con otro crujido la recolocó sin piedad –. Flexiona los pies —. Prosiguió, rodeándola para observar mejor—. Más. Más... Perfecto.
Un suave quejido salió de los labios de la bruñida con forma de suspiro.
–Si te quejas es que vamos bien —informó de forma socarrona el hombre –. Y presiona los talones hacia adelante.
Tras esa última indicación, Bai, logró adoptar la postura rígida que el maestro le imponía.
—Esta es una de las mejores posturas para practicar el Testigo del aliento.
Bai lo miró expectante mientras sentía pequeños calambres en sus gemelos.
—A partir de ahora practicarás, varias veces al día, este ejercicio sin importar donde estés. Dejarás de hacer todo y te sentarás como ahora, en silencio, durante cinco minutos hasta que respires de verdad.
—Pero… ¿No se supone qué ya sé respirar?
—¿Me cuestionas? — la voz de Kaelith se tornó tan fría como la hoja de su estoque pero más cálida que la de su forma de mirar.
—No, perdona, es sólo que… Estoy impaciente.
—La impaciencia es el germen de la insubordinación —. Respondió el lunarian —. Ayer demostraste voluntad al quedarte y dominar el primer paso de la respiración aun cuando albergaba ciertas reticencias hacia ti. Pero si realmente piensas que toleraré un titubeo más, debo advertirte de que te equivocas. No he dedicado toda una vida a dominarme a mí mismo para permitir que alguien bajo mi tutela se deje gobernar por sus impulsos.
Bai entreabrió los labios, como si una réplica estuviera a punto de brotar de ellos. Y, de hecho, durante un instante, la respuesta acudió a ella con la misma fluidez con la que lo hacían todas aquellas preguntas que era incapaz de dejar reposar en su mente. Pero no la pronunció. Simplemente exhaló. Con una exhalación larga y profunda, muy pesa, y con ella pareció desprenderse de todos los porqués que pugnaban por salir.
Claro que habría querido preguntarle qué entendía él por dominio o qué derecho tenía a establecer aquel límite y, sobre todo, qué convertía su propia experiencia en una medida universal. Pero no lo hizo. Se limitó a mantener la espalda erguida y a inhalar lentamente por la nariz, dejando que el aire volviera a llenar sus pulmones mientras Kaelith continuaba hablando.
—Ya sé que ya sabes respirar, Bai. No soy idiota. Lo hago porque te ayudará a mejorar. Además, no se trata de avanzar, se trata de corregir lo que está mal en ti para acercarte a lo que soy y que sé, o quiero creer que sé, que tú puedes ser.
Bai cerró los ojos por un instante ante el alarde de egocentrismo.
«Tendría que haber vuelto con Jalindra», se dijo aún con los ojos cerrados.
Pero ya era tarde, demasiado tarde como para que su orgullo no se sintiera herido ante la idea de recoger sus cosas y salir de allí. Así que, ahora, solo le quedaba morderse la lengua y adentrarse en los conocimientos de aquel hombre... Tendría que demostrarle su valía y que su voluntad no necesitaba de la aprobación de nadie pero, sobre todo, que podía convertir cualquier conocimiento en dominio.
Porque, al final, aquello era lo que siempre terminaba imponiéndose a todo lo demás, incluso a sí misma: la necesidad de saber.
—El Testigo del aliento no es una posición que busque modificar tu respiración—, continuó diciendo ajeno a lo que la birkiniana pudiera pensar—. Por eso, durante cinco minutos, te dedicarás a observarla. A observar dónde nace… si se mueve en tu vientre, en tu pecho o bajo tus clavículas. Observarás también si el aire entra más por una fosa nasal que por la otra, si la inhalación es más larga que la exhalación o, si por el contrario, es al revés.
No cambies nada. Solo mira.
Bai asintió abriendo sus ojos y mirándolo con una energía renovada.
—Ahora inténtalo, sola. Yo vengo en un momento.
Sola y con sol de frente, la mujer se resignó a cerrar los ojos y concentrarse en respirar. Sí, era un ejercicio raro y poco ortodoxo pero no iba a ser algo difícil de ejecutar. De hecho, ni siquiera era algo que se le dificultara ¿o sí? Ella estaba acostumbrada a analizar, a pensar, a encontrar ese punto lógico de la vida que a la mayoría se le escapa. Y esto no iba a ser diferente. Así que pensó, pensó en lo que sentía, en cómo se hundía su vientre y como se ampliaba su pecho, en cómo la sangre fluía por ella y en ese pequeño y diminuto crujido que salía de sus pulmones.
También se percató de cómo su garganta se enfriaba ante el aire de la mañana, y de cómo, por una de sus fosas nasales, aspiraba más.
—¿Cómo vas?
Bai entreabrió los ojos parpadeando furiosamente por el destello de luz solar.
—Creo que tengo una cicatriz interna.
—¿Crees?
—Sí, eso creo.
—Bien —dijo él, pensando en lo que acababa de pasar—¿Y por qué lo crees?
—Es un sonido crepitante. Creo que deriva de un accidente en el que aspiré gases tóxicos a alta temperatura.
—¿Y lo habías notado antes?
—No.
—¿Por qué?
Bai meditó un instante.
—No lo sé.
—¿Acaso eres médico?
Bai asintió.
—Presumes de conocer la carne y medicina, pero ni siquiera has sido capaz de oír el tejido enrarecido dentro de tu propio pecho... —Aquellas palabras cayeron sobre la birkiniana con la misma fuerza que lo hubiera hecho un cubo de agua helada—. Parece que esos son los límites de tu tan aclamada lógica, Bai, una mente llena de teoría que camina ciega sobre su propia ruina. ¿Cómo es posible que no lo supieras?
Buena pregunta. ¿Por qué no se había dado cuenta? Era un diagnóstico lógico.
—No lo sé.
—¿No lo sabes? Yo te diré por qué. Porque no te habías escuchado. Y dime, ¿has adivinado algo más?
—Sí, respiro más por un lado que por otro.
El hombre volvió a meditar.
—Bien, levántate. Te voy a enseñar a corregir eso —. Hubo un breve silencio en el que Bai se empezó a levantar—. Cuando sientas que respiras más por una fosa que por la otra, durante el día, tres veces, detente. Cierra una fosa nasal con suavidad y respira tres veces por la otra. Luego invierte. Registra mentalmente cuál de las dos está más abierta, cuál respira más libre. No busques significado aún. Solo constata el hecho.
¿Puedes hacerlo ahora?
Bai asintió.
—Pues hazlo.
Y tras ello la oharanense se tapó una fosa nasal. Respiró tres veces de forma profunda y luego cambió.
—¿Sigue igual?
—Yo creía...
—Creías que respirabas mal.
Vuelvelo a hacerlo, con calma.
Y Bai lo repitió.
—¿Sigue igual?
Bai no habló. Él tampoco, tan solo se limitó a andar hacia la otra parte del estanque donde había una parte de arena suave y blanca.
—Ahora probarás el Aliento Silencioso pero, para ello, vas a tumbarte sobre la arena.
Y como la postura anterior, la practicarás todos los días, varias veces al día, hasta que domines el haki de armadura. También durante cinco minutos.
Mientras hablaba Bai se arrodillo y se tumbó.
—Intenta que tu respiración sea tan suave que apenas se escuche, tan ligera que tu pecho parezca inmóvil y tan fina que casi no sientas el aire entrar ni salir.
Cinco minutos. Ni más, ni menos.
—¿Y cómo lo hago?
—¿No habías aprendido a respirar?
—Sí, pero con el abdomen.
—¿Y no habías aprendido a hacerlo con el pecho y la parte alta?
—Sí.
—¿Entonces cómo debes respirar?
Bai calló. Miró al cielo despejado, sintió la brisa sobre su cuerpo e intentó, sintiendo como su cuerpo se hundía en la arena, hacerlo con la parte alta. Así podría dominar el pecho. Sin embargo, a tan pronto como se sintió capaz de ello, el chasquido suave de un corcho rasgó el denso silencio y alcanzó los oídos de Bai, quien, en un titánico esfuerzo por mantener su concentración incólume, no llegó a percibir cómo Kaelith descorría el tapón de su cantimplora.
—¿Quieres? —preguntó el Kaelith de repente ofreciendole agua.
Bai lo miró mientras mantenía su concentración y esfuerzo en no mover su pecho. Y, al hacerlo, observó cómo el hombre vertía un hilo constante de aquel fluido; una estela cristalina, fresca y pura que descendía rozando su rostro. El susurro líquido y cantimplora, deslizándose en la inmediatez de sus orejas, la incitó a desviar la mirada de reojo. Por suerte se pudo controlar y no quedó más que en un pequeño gesto.
—No gracias —respondió ella al tiempo que el maestro se agachaba para recoger una piedra y ponerla sobre el centro del pecho de Bai.
—Bien, porque tu cuerpo agoniza por probarla. Puedo notarlo. Y si esa sed altera aunque sea solo un milímetro de la piedra sobre tu pecho... Habrás fracasado.
Bai cerró los ojos tratando de concentrarse una vez más.
—Te está costando demasiado, Bai. Y tú conflicto no es con la técnica de respiración, es con la impaciencia y el deseo de dominar. Estás en guerra con la levedad. Si te sigues forzado no tendrás una victoria real y, sigues luchando por ganar, aunque lo obtengas, lo perderás pronto.
Bai abrió los ojos y lo miró perpleja. ¿Qué estaba insinuando?
—Necesitas que tu respiración sea tan suave que parezca que no te esfuerzas en absoluto. No te concentres en hacer el silencio, concéntrate en permitir la quietud.
Bai no dijo nada, se limitó a intentar alcanzar el estado al que Jalindra le había enseñado a llegar.
—Vuelve a empezar. Cinco minutos, de nuevo, ni uno más, ni uno menos. Siente el peso de la piedra; si se mueve, estás luchando y si luchas, has de buscar cómo cesa el conflicto, no la práctica.
El hombre se alejó y se sentó sobre el tronco de un árbol y, sin desviar un solo instante su mirada de la mujer, deslizó la mano hacia el metal de la pitillera. Después, extrajo un cigarrillo acariciando la suavidad del filtro primero, se lo llevó a los labios y le prendió fuego, liberando una densa espiral de humo que comenzó a reptar de forma perezosa por el aire. Bai, en cambio, se dedicó a sentir el peso de la piedra, la arena debajo y el sol sobre sus párpados. Intentó soltar la tensión de su voluntad, y con ella, la respiración, poco a poco, se hizo, por fin, suave. Y respiró en silencio.
—Mi suposición sobre ti era correcta. Avanzas bastante rápido pero no te engañes pensando que el mérito es de tu talento… —el cigarrillo se mantenía apretado en sus labios mientras hablaba mostrando que era un ávido fumador — De hecho, debo agradecerte que tengas la disciplina suficiente como para no hacerme perder el tiempo... —separó el cigarro entonces de sus labios, haciendo de nuevo una pausa mientras el humo salía de sus pulmones hacia el exterior—. Aunque todavía no sabría decirte qué clase de inteligencia posees.
Bai sofocó entonces el torrente de sus impulsos con un encarnizado despliegue de voluntad; sus dientes aprisionaron la carne de su lengua, hundiéndose con ferocidad en la roja esponjosidad del músculo. A su vez, la estructura de su mandíbula se petrificó en un arco de tensión absoluta y, por consonancia, la musculatura de su cuello se erizó en rígidos cordones de resistencia que parecían estar a punto de estallar. Parecía una cuerda completamente tensa. De pronto, su boca se abrió con levedad, dejando entrever sus intenciones de increparlo, de intentar pulverizar esa inexpugnable máscara de impavidez que revestía al lunarian, quien no hacía sino quemar tabaco con infame parsimonia mientras la escrutaba a través de la sucia cristalera de sus anteojos, enteramente empañados por la niebla densa y amarga del humo. Sin embargo, no lo hizo. Se tragó la sangre que salía de una pequeña fisura en su lengua y, su nuez, oculta por su anatomía femenina, por primera vez se dejó ver.
Kaelith esperó, ocultando una sensación de triunfo, mientras fumaba y, cuando terminó, se acercó a recoger la piedra.
—Levanta, sacude el cabello y terminemos con la práctica.
Y Bai, reprimiendo de nuevo su Eros, lo hizo tan bien como pudo.
—Esto sólo lo practicarás cada vez que sientas que alguna emoción te impide respirar correctamente. Aunque ahora lo harás conmigo para entender… Inhala contando cuatro. Retén el aire contando dos y exhala contando seis.
Mientras hablaba el hombre fue ejemplificando los pasos.
—Sígueme… Inhala contando cuatro. Retén el aire contando dos y exhala contando seis. Deja que el ritmo te envuelva.
Bai lo repitió una vez más.
—Perfecto, eso es todo por ahora. Vuelve mañana
—Pero...
—Yo no busco dos veces a la juventud inexperta. La primera consulta se responde. Si hace otra petición, es molesta; no respondo a la que molesta —citó el hombre a un pasaje de un gran libro que incluso Bai conocía.
Después, el Kaelith se dio la vuelta, dando un paso en dirección opuesta a Bai.
—Tu única tarea es aprender el ritmo que te di. No hay peros no hay preguntas, no hay interpretaciones. Si me lo pides de nuevo, no te responderé. Respeta el tiempo que se te pide o vete.
Bai bajó la mirada, sintiendo el peso de la reprensión y el impulso de la ira reprimido en su interior.
Asintió sin hablar.
—Vuelve mañana antes de que salga el sol—comentó el hombre, sin girarse —. Y recuerda, —la voz del hombre resonó desde el umbral de la puerta del dojo—. Yo te enseño a gobernar tu interior mientras que otros te enseñarán a dominar el exterior —concluyó, y continuó caminando hasta desaparecer.
El agua estaba tan fría que le lastimaba tobillos y pies, tan gélida que se los entumecía a cada paso que daba, hasta hacerle olvidar que, bajo la corriente lechosa y anegada de limo, yacía un suelo arenoso capaz de ocultar las más afiladas piedras. En el círculo del mundo en el que se encontraba, hacia el cuadrante noreste del lejano horizonte, el sol ardía apenas con levedad, mostrándose ante sus ojos azulados como una masa desprovista de perfil y tangibilidad; una esfera vestida en un anaranjado tan moribundo y amortiguado que a Bai se le antojó contemplar el cadáver de una luz antigua, asomándose al abismo en el umbral mismo de su propia extinción.
Bai jadeó una vez más.
De su hálito brotó una tenue neblina —del mismo tono vaporoso que parecía reptar alrededor del astro—, hasta diluirse poco a poco en la vastedad del paisaje.
La birkiniana retomó el camino con gran dificultad, tropezando a cada paso por culpa de la debilidad y el agotamiento que sentía en aquel terrible momento. Sin embargo, pese al marco avernal que la cercaba, sobre la fisonomía de su rostro se trazaba una paciencia inquebrantable. Sí: avanzaba encorvada, con los hombros echados hacia adelante y la mirada centrada en el suelo para no resbalar, cojeando y chapoteando contra la ferocidad del torrente como un salmón que pugna contracorriente por alcanzar la cuna sagrada del río, aguantando los embates de una violencia acuosa que amenazaba con despeñarla. Y sí, era un violento esfuerzo, una exclamación aguda de dolor que le traicionaba al hacerle ver el mundo con una mirada de ciervo herido. Pero no se daba por vencida. Jamás cuando, con la planta de los pies sepultada en la corriente, su ser aún albergaba la certeza visceral de que su templo de carne podía resistir. Anclarse. Y demostrarle a Kaelith que el agua enturbiada jamás constituía sentencia ni presagio de nada.
Bai volvió a jadear.
Sus músculos endurecidos por el agarrotamiento se negaban a moverse más. No querían seguir tirando del peso que arrastraba. Pero Bai tenía que llegar al final, trasgredir la muralla del calambre aun cuando la amenaza de la ruptura se cernía sobre cada una de las fibras de sus brazos y piernas. Sus gemelos palpitaron antes de volverse tan rígidos como el saco que cargaba. Sintió un latigazo de dolor, fuerte y repentino, y, de pronto, su rodilla vibró con fuerza, haciendo que sus manos se estiraran hacia la nada en un intento por mantener el equilibrio. La pendiente, que era muy pronunciada, tampoco ayudaba. Pues tuvo que manotear al aire hasta que, tras varios segundos, se pudo afianzar.
De pronto, el hombre que tenía a su lado, caminando por la seguridad del sendero, le lanzó una bola oscura que Bai trató de atrapar al momento; la vaciedad de aire y la ausencia de todo sonido —salvo el agónico estertor que brotaba de su propio pecho— parecían amortajar su figura con un intangible manto mortuorio. Sus dedos convulsionaban en un temblor ininterrumpido y el caudal sanguíneo, replegado en las cavidades más hondas y viscerales de su ser, le infligía un entumecimiento por presión tan severo que le regalaba la ilusoria certeza de que sus manos no sostenían materia alguna.
—Te ayudará a sobrellevar el hambre —sentenció él, guardando una pitillera en algún pliegue de su ropaje que a ella poco o nada le alcanzaba a importar—. Y lo más importante: Te dará fuerza para seguir.
Eran las doce y media en punto cuando Mudan cedió a las palabras de Kaelith y se metió en la boca un puñado de tabaco seco. Su mandíbula le dolía. Y el aliento no tardó en salpicar sobre la mordaza sudorosa que había sobre ella. Sin embargo, Bai continuó masticando monótonamente mientras se permitía un descanso disfrazado de aquel pueril gesto. Después, lanzó una mirada al río por el que había llegado hasta allí y se frotó mecánicamente el mentón al sentir que la saliva se escapaba por la comisura de los labios.
Kaelith no dijo nada. Se limitó a observar la melancolía que le inundaba a la mujer y a escrutar la burda artimaña de la que se valía para arañarle al tiempo unos segundos de tregua. Mas no articuló reproche alguno, concediéndole aquel angosto remanso de tregua al ser plenamente consciente del penoso y lastimero estado en que se hallaba.
De pronto el aire sibila a su alrededor y, en un abrir y cerrar de ojos, algo aplastó su abdomen.
—Tu respiración vuelve a ser salvaje.
Bai descendió la mirada hacia el punto exacto donde el estoque yacía sobre la tela de su ropa y, por un efímero instante, pensó en cómo quedaría su cuerpo tras sendos entrenamientos. Iba a ser un despojo hendido y cartografiado por todas partes... Alzó la vista y clavó la bruma que eran sus ojos fatigados en Kaelith, quien la observaba con cierto grado de inmutabilidad.
—Hasta ahora he permitido que la fluidez te abandonara. Al fin y al cabo no todos aprenden igual de rápido; y menos aun cuando arriban con un cuerpo tan... severamente castigado —el lunarian retiró la parte plana del acero y una llamarada de dolor abrasó el abdomen de la birkiniana—. Y, con todo, has perseverado. Resulta, cuando menos, un fenómeno digno de contemplación.
Bai apretó la mandíbula hasta rechinar.
—Así que, ahora que ya has descansado lo suficiente, quiero que vuelvas a respirar como te he enseñado ——con un movimiento brusco e imprevisto, Kaelith blandió el arma y asestó un restallante golpe contra sus gemelos entumecidos— He advertido que estás a punto de colapsar. Deberías apelar a la doctrina que te he enseñado para disolver esa rigidez. Úsalo y relaja tu cuerpo. Aliviará los calambre y, en el mejor de los casos, cesarán.
Dichas las palabras, Kaelith retiró el arma envainándola con un seco chasquido. Deslizó de nuevo los dedos hacia el metal de la pitillera y extrajo un cigarrillo; Bai no dijo nada. Acallada en gran medida por la anestesia del agotamiento, incapaz incluso de apercibir que la piel de sus piernas se había rasgado hasta hacer brotar de ella un hilo de sangre espesa.
Mientras tanto, el espiral de humo que Kaelith provocaba ascendía libre al tiempo que el fulgor anaranjado de la brasa titilaba con mayor fiereza que el mismísimo sol agonizante del horizonte. Bai inclinó la cabeza, vencida por el peso de la gravedad. Kaelith no se inmutó; se limitó a observarla por encima del cerco de sus gafas mientras liberaba sutiles blondas de vapor amargo.
Y en esa muda confrontación permanecieron durante un rato, el suficiente como para que Bai se decidiera a echar a andar por sí misma hasta llegar al final del río.
A las dos del mediodía, cuando el hambre apretaba contra sus tripas y su respiración ya había vuelto a la normalidad —o al menos a la normalidad que uno puede poseer cuando se es víctima de terribles actividades—, su tutor le ofreció un breve descanso al tiempo que le ofrecía la mano para que Bai pudiera salir de aquella prisión líquida.
Sin embargo, al hacerlo, un dolor punzante se le instauró en el pecho; sus pies, horriblemente tumefactos por el asedio continuo de las aguas, lucían un tono amoratado y yacían surcados por una red de rasguños lacerantes que habría dado la vida por no haber conocido jamás. Bai rehusó frotarlos. Al menos no mientras Kaelith sostuviera aquel tentempié frente a ella y la voracidad de su hambre fuera tan apremiante como para que su instinto se redujera a una única prioridad: devorar las tiras de pescado desecado que él le había arrojado.
Mientras tanto, Kaelith se limitó a contemplarla con el mismo desdén gélido con el que uno juzga a una alimaña.
—Traga o te asfixiarás... — El reproche de Kaelith se perdió en el viento en cuanto las manos de Bai, temblorosas, se llevaron el pescado a la boca.
Sin embargo, poco importaba a la birkiniana. Solo quería comer. Tanto era así que cuando se acercó el pescado a la boca, su propio mentón empezó a embozarse en una costra de efluvios rancios donde la sal cristalizada se confundía con el sudor, y este último, con su agria saliva.
Tras devorarlo, sus ojos se centraron el agua que le ofrecía. Misma de la que bebió con codicia y que poco a poco fue resbalando sobre su mugriento cuerpo con desesperación. Paralelamente, Kaelith continuaba impasible ante aquel despojo de carne que reaccionaba movido por el puro y primario reflejo de la supervivencia; un guiñapo sufriente que se atrevía a responder al nombre de Bai. Un trozo de carne sangrante, que devoraba y bebía, despojado de toda dignidad, convertido en algo tan prescindible que su dolor ni siquiera alteraba el pulso de quien la observaba.
Sí, la había doblegado. A aquella mujer que, en el silencio de su orgullo, había intentado desafiarlo y contenerse; la misma que, al final del trayecto, se había visto constreñida a encajar exactamente en el molde que él había decidido forjar por una pura e insaciable necesidad ególatra. Cierto era que podría haber humanizado el rigor del adiestramiento, haberlo desviado hacia senderos menos infames, hacia un método de tortura más piadoso. Mas, al toparse con una pulsión intelectual tan altiva —a la que con toda probabilidad la propia Bai osaba llamar raciocinio—, él había experimentado el imperioso, irrefrenable impulso de quebrantarla y adiestrarla con la misma crudeza con que se somete a una fiera salvaje.
—... —Kaelith no dijo nada; se limitó a desplazarse con pasos lentos y pesados sobre la arena hasta alcanzar el pesado dummy esparto y arpilleras que que Bai había arrastado con tanto esfuerzo hasta allí.
Lo empujó con desdén, como si nada le costara arrastrarlo, hacia el tronco de un robusto árbol y lo elevó hasta dejarlo a una altura adecuada para su pupila. Y, a continuación, lo ciñó con fuerza a la corteza para así afianzarlo al tronco. Después, tras asegurarlo, dirigió la mirada hacia la birkiniana, quien había devorado hasta la última brizna de alimento sin dejar nada entre sus mugrientas manos.
—Ejercita tu respiración y ven.
Bai levantó la cabeza como un cervatillo al percibir el metálico chasquido del cerrojo de un rifle; lo observó y asintió en silencio con la cabeza. Apenas le quedaba nada de su propia individualidad; al menos no en aquel estadio animalesco, despojado de todo vestigio humano.
Una vez hubo acabado con el ejercicio, Mudan se acercó hasta la posición de Kaelith, limpiándose el rostro del sudor y la vsicosa amalgaba que todavía había en ella.
—Ahora someterás a prueba la doctrina que te he inculcado —la voz del hombre sonó más grave de lo que incluso él pretendía —. Así que escucha bien porque no lo voy a volver a repetir.
Kaelith se llevó la diestra hacia el rostro y con el índice se subió las gafas desde el puente de la nariz
—A lo largo del día de hoy has demostrado que la respiración es la base de cualquier tipo de entrenamiento. Lo pusiste en práctica al adentrarte en la corriente, sofocando la gélida punzada del agua a través de ella —. Hizo una pausa, cerciorandose de que lo escuchaba—. Y lo has ratificado cuando, a mitad del camino, cuando el suplicio amenazaba con destrozar el compás de tu marcha, la retomaste.
El hombre hizo una pausa moviéndose a su alrededor, cercándola.
—Sino me crees, recuerda cuando tus gemelos estuvieron a punto de estallar... Tal vez ni siquiera fuiste consciente pero domeñaste a capricho y voluntad la tensión interna y la disipaste a través del aliento.
Bai lo observó intentando seguir el hilo de lo que le decía.
—Y ahora mismo, habiéndolo perdido al comer como un animal salvaje, la has vuelto a recuperar…
Bai no supo muy bien qué decir.
—El último paso, por consiguiente, será hacer llevar a cabo el efecto contrario, pues siempre resulta más fácil liberar tensiones que tiranizar la musculatura. Para ello, golpearás el dummy de manera ininterrumpida hasta que yo te ordene que pares. Solo entonces te podrás ir.
Kaelith le hizo espacio para que Bai se acercara y, ella, obedeciendo, lanzó un impacto directo contra el esparto; el dolor se le subió por la muñeca hasta el hombro, clavándosele en el radio. Mas su mente, entumecida y embotada por el suplicio, ni siquiera podía gritar. Entonces, golpeó una y otra, y otra vez, mientras Kaelith caminaba a su vera sopesando algo que a ella poco o nada le podía importar.
Inhaló.
Bai aumentó la velocidad en aquel golpe. Su respiración se volvió corta y empezó a perder el ritmo que había construido tras todos esos días.
—Golpeas con desesperación —la sentenció él mirándola por encima de unos vidrios ligeramente ensombrecidos.
Bai apretó los dientes hasta hacerlos rechinar. Tragó el polvo acre que levantaban sus golpes y el sabor a hierro de su propia boca. Exhaló con fuerza y ajustó el ritmo de nuevo inhalando en cuatro tiempos y reteniendo en dos.
Kaelith se limpió el cristal de las gafas con la punta sobresaliente de la falda de la camisa. Su vista permanecía fija en el mecánico gesto. Sin embargo, hasta sus oídos llega el rumor sordo de la carne al golpear contra la áspera tela de esparto que envolvía el saco de arena. No había pausa. Al menos eso indicaba el rítmico sonido que, golpe tras golpe, hacía estremecer al dummy; entre los dedos de la mano izquierda de Bai, una pequeña herida abierta borboteaba con obscenidad. Era pequeña, pues no alcanzaba más de un centímetro de largo y apenas medio de anchura. Diminuta a los ojos de Kaelith, y, sin embargo, no dejaba de burbujear con cada sacudida.
Bai no la quería ni mirar.
Pero ahí estaba, con los bordes lisos, tersos y húmedos, comenzando a cubrirse de una espuma de intenso carmesí. Espeso efluvio que lentamente se acumulaba entre los dedos, formando pequeñas burbujas que palpitaban al compás de su respiración y que, de tanto en cuando, estallaba, salpicando el dummy.
Kaelith levantó la cabeza en aquel momento, justo cuando una de las burbujas se hinchaba lentamente hasta temblar sobre la herida; el hombre obtenía un cierto placer ante aquel brutal proceso de aprendizaje. Se le veía en la cara, en la pequeña grieta que se escapaba en medio de aquella mueca insulsa que había mantenido desde que Bai había empezado a entrenar a la vera del río. Levantó las gafas por encima de él, miró a través del cristal y se aseguró, rotándolas en el aire, de que no quedaban marcas de hollín.
De pronto, sobre la herida de Bai, la burbuja creció hasta hacerse del tamaño de una pequeña perla sanguinolenta.
Kaelith se puso las gafas y, lanzándole una mirada lánguida, observó cómo perla permanecía suspendida, trémula y brillante para después reventar salpicando de rojo el cuerpo de esparto del dummy.
—Endurece tus manos —comentó acercándose lentamente.
Las venas de los antebrazos de Bai sobresalían bajo la piel, hinchadas y bulbosas por el esfuerzo que esta está sufriendo; su puño se apretó aún más. Los tendones saltaron como un muelle bajo la piel, sobresaliendo con una presión que no parecía normal, envolviendo sus articulaciones hasta convertir la mano entera en un bloque rígido en el que los músculos y huesos se habían comprimido hasta adquirir la densidad de una piedra. Y, sin embargo, su respiración seguía serena.
Utiliza la respiración e identifica qué músculos aún no están trabajando.
Gracias al entrenamiento con Jalindra, Bai había aprendido a sumirse en el estado de vacío absoluto. Lo cual, aunado al entrenamiento de la respiración, hacía que lo externo se sintiera ajeno a lo que ocurría en su interior. De esta forma, escindiéndose por completo, podía sentir la oxigenación de todos y cada uno de los músculos donde se centrara; su respiración la llevó primero hasta el quemazón de su hombro, donde las fibras del deltoides se contraían y relajaban como pequeñas olas de un océano invisible. Era rítmica. Su concentración bajó hacia el bíceps y el tríceps, donde los músculos se retorcían consumiendo oxígeno con la misma virulencia que un adicto al tabaco lo hace al respirar tras correr. Nada. Su atención continuó bajando, notando el progresivo cambio en la densidad.
Y entonces los detectó.
Sus huesos estaban alineados dentro del puño cerrado, los metacarpos encajaban pero, los músculos que había entre ellos, pequeños y profundos, parecían oxigenar a un ritmo distinto del que ella llevaba. Exhaló lentamente. Tampoco los lumbricales parecían moverse como ella quería, pues estaban demasiado relajados.
—Somételos.
Bai inhaló entonces con lentitud, llenando de aire sus pulmones al tiempo que su pulgar se recolocaba y algo en ella se tensaba. Era una presión extraña, desconocida, que envolvía lentamente los músculos que se negaban a trabajar junto a su respiración.
—Y haz que respondan a tu interés.
La oharanense frunció el ceño al notar que aquella fuerza no provenía de los tendones ni de los propios músculos. Pues era algo mucho más denso y profundo, como una especie de metal que borboteaba de las fibras hasta recubrir aquellas partes débiles y poco tirantes. Retiró el puño del esparto, llevándolo hacia atrás y, sin pretenderlo, golpeó con una fuerza desmedida.
Los nudillos se abrieron como una rosa y la carne, desnuda, dejó ver el hueso al tiempo que un triángulo de carne, de no más de medio centímetro, colgaba sobre ellos como la lengua de un toro acostado. La herida brotó abundantemente y, al separar la mano del dummy, la carne se pegó como un chicle a donde había golpeado.
—Para.
Bai observó su mano mientras cesaban los golpes.
—No es necesario que sigas. Por hoy ya hemos terminado.
Al siguiente día, al despuntar el alba —con una puntualidad invariablemente severa, y prácticamente idéntica a la de los días anteriores—, Bai apareció justo cuando el primer hálito del sol empezaba a teñir el firmamento. Sin embargo, en esta ocasión, lo hizo con las manos cubiertas por vendas. Con tantas capas sobre los nudillos que estos, enrojecidos e inflamados bajo el blanco roto del tejido, habían prácticamente duplicado su volumen natural; sus dedos continuaban temblando, cercados por hematomas de un tono violáceo y amarillento que amenazaban con ser la antesala de una dolencia mucho mayor. Sobre todo por las pequeñas y salpicadas laceraciones que los envolvían amenazando con leves purulencias. En sus pies, envueltos por unas kelpis bastante holgadas, también había aplicado gasas y vendajes; si bien, todavía estaban sensibles por el gélido azote de la corriente y el camino desandado, había preferido dejar al descubierto la mayoría de las fisuras cutáneas, limitándose a protegerlas por finas capas de ungüentos.
Su cuerpo estaba excesivamente fatigado, se notaba en el renqueante y quebradizo caminar. Y sus pómulos, marcados por el hambre y el esfuerzo prolongado, se habían afilado hasta empezar a marcar tanto o más como las dos medias lunas bajo sus ojos.
Siendo este su aspecto, Bai avanzó con paso torpe hasta donde estaba Kaelith, quien, aún siendo una hora tan temprana, parecía exento de toda fatiga y fresco como una rosa. Él se fijo en ella observando su pecho que moviéndose con gran regularidad. Y Bai, saludando desde la distancia con sequedad, reveló sus verdaderas ganas por volver a la cama y reposar.
—Has regresado.
Aquellas palabras le supieron a Bai como una especie de impertinencia gratuita mas no dijo nada.
—Adelante. Pasa.
Bai se adentró hacia las entrañas del vacío dojo, superando con gran penuria el pequeño escalón que había para entrar.
—Ayer lograste despertar una ínfima parte del Busoshoku. Lo materializaste al advertir aquellos músculos que no podías endurecer a voluntad.
Tras hablar, Kaelith, le hizo un gesto a Bai para que lo siguiera.
—No obstante, antes de que te vayas, necesito que me enseñes que lo puedes proyectarlo más allá —mientras hablaba, Kaelith se arrodilló para dejar un dial en el en el centro del espacio que había entre ellos—. Así que voy a pedirte una última cosa. Que intentes atrapar las nubes como si fueran algún tipo de ente tangible.
Al instante, el hombre accionó el dial pisándolo y, un cúmulo nuboso de casi un metro de espesor brotó para colarse entre ambos. La masa era vaporosa, densamente húmeda y resbaladiza, así que en ningún momento quedaron en contacto con ella.
—Esto no debería de ser difícil para ti.
Bai extendió la extremidad temblorosa y deformada sin consciencia de que su respiración ya había adoptado la nueva forma de moverse. Cerró los ojos por un momento, sintonizó con su brazo, después con la estructura del antebrazo y, finalmente, con su mano. Abrió los ojos queriendo ver lo que iba a tocar e hizo lo mismo con sus dedos. Los abanicó, los cerró como una pequeña garra sobre las nubes y, haciendo lo mismo que el día anterior, despertó de nuevo un tipo de densidad extracorpórea que le permitió agarrar la vaporosidad y convertirla en una bola informe.
—Prueba a hacerlo con tu pecho...
La birkiniana replicó el complejo proceso interno con su pecho; la nube colisionó de inmediato contra su torso como si se tratara de algún tipo de sólido. Kaelith esbozó una sonrisa de turbia satisfacción al contemplar la criatura que había esculpido a partir del desastre que había sido aquella mujer antes de él.
—Puedes marcharte.
Bai parpadeó repetidas veces, incapaz de discernir si lo que había escuchado realmente bien.
—¿No me has oído? — preguntó Kaelith con frialdad —Ya estás lista para mantener un combate contra logias. Tu manos pesarán más que antes pero no por ello serás más fuerte. Ese es tu siguiente paso.
