Día 4 de Primavera, Año 17
Ciudad de Shandora, Isla de Skypiea.
El sol de Skypiea inundaba toda la isla, cosa muy lógica, pensó Kibai para sí, dado que a esta altura tan elevada las nubes no eran parte del cielo, sino más bien del suelo, como habían visto en el río que rodeaba la zona de Shandora y conglomerado de casas cercanas al palacio del Emperador Zarutsuki. Apenas había podido ponerse en pie, y habiéndose recuperado mínimamente del golpetazo que había recibido de Pawurs, sus pasos habían ido directos a la primera biblioteca que había encontrado.
Una vez allí dentro, y tras preguntar a un par de Lunarian que lo miraron con cierto grado de condescendencia, había localizado varios volúmenes acerca de aquello que Zarutsuki había mencionado, el Haki.
Con los codos apoyados sobre la mesa, y agradeciendo sobremanera la buena luz de la estancia, el mink se inclinó sobre el primero de los volúmenes, conteniendo las muecas de dolor que la cicatriz de su vientre ocasionada por el gyojin barracuda le había ocasionado. En cuanto se había despertado, lo primero que había hecho había sido buscar un baño lo suficientemente grande como para meterse por completo en él, y para su sopresa, no había vuelto a sentir la extraña debilidad que parecía adueñarse por completo de su ser cuando se introducía en el agua tras haberse comido su Akuma no mi.
Mientas examinaba las palabras escritas en el elegante papel apergaminado, la luz del sol fue variando en su posición casi sin que Kibai se diese cuenta. Al parecer, ese Haki era una energía que surgía de todos los seres, y que era posible aprender a dominar, aunque no mencionaba mucho de cómo ni de si eran necesarias algún tipo de condición concreta para ello. Solo mencionaba que la mejor manera de aprenderlo era gracias a los consejos y ejercicios planteados por un maestro. La mente del mink voló de inmediato al capitán Seijuru, pero el hombre estaba muy lejos de allí, en algun destino desconocido para él en aquel momento, y sin duda no podría ayudarle en esta tarea, al menos hasta que se encontrasen. A buen seguro en ese momento estaría encantado de volver a instruirle una vez más pero Kibai rechazó la idea con un gesto negativo de la cabeza. No, no podía esperar tanto, no cuando su División dependía de él. Cerrando el libro, lo dejó a un lado mientras se recostaba hacia atrás, mirando por la ventana.
Aquella manera no era la adecuada, eso seguro. Podía leer lo que considerase adecuado, pero aquellos libros no eran que se dijese demasiado explicativos, y tampoco creía que fuese a poder discernir todas las fórmulas por sí mismo. De modo que, a falta de la teoría decidió aplicar la otra posibilidad que le ofrecía aquella isla: la práctica. Crujiéndose las falanges, el mink tomó la decisión: buscaría por su cuenta a alguno de aquellos maestros de los que hablaba el libro, y trataría de conseguir que le enseñase lo básico para poder seguir progresando poco a poco.
— Además, estamos en la isla dónde su gobernante es un máquina con el Haki, al menos por lo que ha dado a entender en la arena al percibir perfectamente las intenciones de Bartolomew y Shin… — pensó Kibai mientras cruzaba el umbral de la biblioteca, tapándose el rostro brevemente con la mano mientras sus ojos se acostumbraban de nuevo al luminoso exterior de la ciudad de Shandora. — A buen seguro habrá muchos buenos practicantes aquí, de modo que no será complicado encontrar a alguno de ellos.
Sin saber muy bien a quién preguntar, el mink optó por la opción más basica (y muchas veces precisamente debido a ello, la más correcta): preguntar en un bar. Empleando su agudo olfato para rastrear el aroma de la comida cocinándose y el licor, sus pasos lo dirigieron hacia una de las casas de la ciudad, la cual igual que el resto, estaba hecha totalmente de aquel material dorado. Kibai ignoraba si era realmente oro o solo un recubrimiento del dorado metal o quizás algún tipo de imitación, pero sin duda daba el pego… Con atención a tropezarse con alguno de los enormes habitantes del lugar, franqueó la puerta con decisión y se encaramó a uno de los taburetes que circundaban la barra.
Tras hacer una seña al camarero, este, un muchacho no demasiado mayor de alas blancas, se le acercó. Kibai pidió un vaso de zumo, pues aún no se sentía demasiado entero como para beber alcohol. Mientras paladeaba el néctar, un líquido de color verde amarillento con un potente sabor cítrico, fijó sus ojos en el muchacho, el cual lo miraba sin demasiado disimulo. Aunque habían sido cuatro los minks en el evento de los Juegos del Soberano, a buen seguro no serían algo demasiado habitual de verse por allí.
— Buenos días chico. Te importaría que te hiciese una pregunta? Me han dicho que tenemos permiso para movernos por la isla, gracias a su Majestad el Emperador Zarutsuki, así como para aprender lo que podamos de vosotros. Me encantaría saber más acerca del Haki que usa su Majestad, ¿sabrías decirme de un lugar dónde pueda aprender sobre ello?
El muchacho recogió el vaso de zumo, ya vació, y comenzó a lavarlo mientras fruncía los labios y el ceño.
— Bueno, está Jalindra, en el poblado Birka. Es un auténtico prodigio, a pesar de su edad, mucha gente más vieja que ella aún no sabe nada del Haki, pero a ella parece que le sale de manera natural. Y después está Kaelith, aquí mismo, en la ciudad de Shandora. Es un Mord muy respetado, aunque tiene fama de ser muy estricto. No son pocos a los que ha echado a patadas de su dojo por no dedicarse a entrenar con la suficiente intensidad. Si quiere mi consejo, yo iría directamente al poblado Birka, no está muy lejos de aquí, Jalindra es mil veces más agradable, aunque también hay quien dice que puede ser tan dura como Kaelith, si le apetece serlo.
Kibai se echó para atrás en el taburete, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar. El poblado Birka sonaba prometedor, pero estaba en otro lugar de la isla, y si bien su talante de explorador le pedía a gritos poder perderse por toda la naturaleza salvaje y exótica de aquel lugar, en aquel momento debía de pensar con la cabeza, no con el corazón ni con la punta de los bigotes.
— Ese dojo que has mencionado, el del maestro Mord, Kaelith, dónde se encuentra. Por lo que has dicho, parece un buen lugar para mí. Con tanta rectitud y exigencia, para mi será como estar de vuelta en casa…
Al mink le dio la sensación de que el muchacho alado ponía toda la voluntad de su ser en no dedicarle unos ojos en blanco.
— No está lejos, justo a las afueras del reducto de casas, es uno de los recintos más grandes, lo cierto es que no tiene pérdida. — djo el joven señalando hacia el sur con el vaso, ya limpio. — Aunque se me escapa cómo alguien querría entrenar con alguien tan estirado como el maestro Kaelith… — añadió musitando por lo bajo.
Soltando una carcajada, Kibai se apeó del taburete de un salto.
— Créeme chico, sea como sea ese maestro, no puede ser peor que alguno que yo me sé… — respondió mientras las caras de los amenazantes instructores de Roshwan se le venían a la cabeza. — Muchas gracias por tus indicaciones, que tengas un buen día!
Sus pasos tardaron poco en llevarlo hasta el lugar que el joven del bar le había descrito. El dojo tenía poco o nada que ver con los recintos de madera que había visto en la isla Kárate, en aquella breve parada que había realizado la División para recoger a Moja. Aquel dojo era mucho más señorial, y sin duda un lugar apropiado para que alguien de la nobleza de Skypiea, como le correspondía ser al maestro Kaelith como Mord que era, desempeñase su labor. Tras acceder al interior, Kibai se dirigió hacia dos individuos, un Lunarian y un Birkaniano, los cuales estaban sentados el uno frente al otro, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre sus muslos.
Con una leve inclinación de cabeza, el mink los saludó respetuosamente, antes de preguntar por el maestro Kaelith.
— Está en el interior, visitante del Mar Azul — le respondió el Lunarian, que había correspondido a su saludo con una suave inclinación de cabeza que había ocultado en parte su rostro con una cascada de cabello blanco. — Siempre es curioso como varios de vosotros acudís al dojo tras los Juegos del Soberano. Hay quien diría que ahí abajo no saben enseñar…
— Simplemente trato de seguir el consejo de su Majestad el Emperador de los Cielos nos ha dicho tras acabar sus grandiosos Juegos, y es que nos empapemos de todo el conocimiento posible de este gran lugar. — respondió Kibai sin dejarse caer en la obvia provocación. — Así que dado que es poco probable que vuelva a este lugar en un tiempo cercano, que menos que aprovechar todo lo que pueda los pocos días que pueda permanecer aquí, no creeis? Ahora si me disculpáis, iré a ver al maestro Kaelith. Aguardo que acceda a enseñarme lo que pueda.
Encaminándose hacia el interior, el mink no tardó en encontrar el lugar dónde el maestro Kaelith se encontraba. Tampoco era que el Lunarian se escondiese precisamente. Era una figura imponente, de unos cuatro metro y medio de alto, aproximadamente, con la piel morena y el cabello níveo como el resto de su raza. A pesar del calor de Skypiea, vestía de forma extravagante, con botas de piel negra, un traje de color beige oscuro y un pañuelo rojo que servía de nudo para una camisa blanca con el símbolo de una cruz encima. Sobre sus hombros, un pesado abrigo caqui le hacia las veces de capa, muy al estilo del del propio Kibai, y mantenía sus manos cubiertas por un par de guantes de color blanco nacarado a juego con su pelo. Al olfato del mink no se le escapó el olor a tabaco que flotaba en el ambiente, y no tardó en localizar el origen en los puros delgados y alargados que asomaban de uno de los bolsillos del abrigo. Para su contento, observó que a la derecha de Kaelith había apoyado un largo estoque de vaina color rojo escarlata y empuñadura dorada, algo que le consoló basante, preguntándose que tan buen espadachín sería el Lunarian.
Con un gesto fluido, Kibai dejó sus dos espadas enfrente de si mismo, antes de hacer una genuflexión completa, apoyando la frente en el suelo.
— Saludos, maestro Kaelith. Mi nombre es Kibai. Provengo de la isla de Zou. He recorrido un larguísimo camino hasta llegar aquí. Deseo ped…
— Irle que sea mi maestro en el Haki… Qué original…
La voz del Lunarian, firme y educada se impuso a la del propio Kibai, quien aún con la frente contra el suelo abrió los ojos, y levantando la cabeza, cruzó su mirada con la del maestro Kaelith. Como era posible? Acaso había percibido sus intenciones hasta tal punto? O puede que simplemente estuviese aburrido de tantas peticiones cada vez que una nueva edición de los Juegos del Soberano tenía lugar, quien sabe. No obstante, aquel no era momento de andarse con preguntas estúpidas, de modo que Kibai se limitó a asentir.
— Así es, maestro Kaelith. Deseo que me enseñe a usar el Haki, prometo ser un buen alumno, si usted me acepta.
— Supongo que si estás aquí, te habrás informado minimamente sobre quien soy me equivoco? — le respondió el Lunarian antes de levantarse de su asiento y caminar hacia el, sosteniendo el estoque por la parte central de la vaina. — Hay dos cosas que no tolero en mi dojo: los vagos, y los descorteses. Los primeros, porque con su actitud no solamente demuestran que una total falta de respeto hacia mi y hacia los que se esfuerzan todos los días por mejorar, sino que provocan que el resto de sus compañeros trabaje peor; y los segundos, porque si yo permito que alguien que no sepa comportarse salga de aquí y presuma que yo le he enseñado…
Kaelith se detuvo, empleando la base de su estoque para alzar la barbilla de Kibai y que este le mirase directamente a los ojos.
— Lo único que hará sera deshonrar mi nombre, el nombre de este dojo y mi propia existencia. Y eso haría que yo tuviese que tomar medidas, me he explicado con claridad?
El mink tragó saliva dos veces, pensando muy bien sus siguientes palabras.
— Por supuesto, maestro, todo perfectamente comprendido. Seguiré cada una de vuestras instrucciones, y trabajaré duro, podéis estar seguro.
Su interlocutor continuó mirándole a los ojos, como tratando de buscar algo dentro de ellos. Finalmente, para extrañeza de Kibai, alzó una ceja con un asomo de lo que parecía ser una sonrisa.
— Vaya, que curioso… — susurró en voz baja, antes de retirarse de nuevo a su asiento. — Está bien, te enseñaré, marine. Ahora toma asiento delante de mi, y deja tus armas a un lado, no las necesitarás, por el momento.
Kibai asintió, recuperando su postura inicial con las piernas cruzadas y dejando a Raimei y Arashi a su costado izquierdo. Kaelith asintió con aprobación antes de apoyar ambas palmas de las manos en su estoque y empezar a hablar.
— Bien, empecemos por lo más básico, si te parece bien. Que es el Haki, como concepto? El Haki es la energía vital que está dentro de todos nosotros. Cada criatura viviente y pensante tiene Haki, hasta los animales, especialmente los que pueden llegar a desarrollar algún tipo de conciencia más allá del mero instinto. Pero esa energía va mucho más allá que alimentar nuestra propia fuerza vital. Bien empleada, nos dota de capacidades tan grandiosas que los no iniciados solamente pueden llegar a calificar como antinaturales. Por ejemplo, habrás escuchado como nuestro grandioso Emperador detectaba las emociones de los dos contendientes en la final de sus Juegos, o como yo ahora mismo detecto tu impaciencia por aprender mis conocimientos. Eso se denomina como Kenbunshoku no Haki, o Haki de la Observación. Bien afinado, te permitirá percibir las presencias a tu alrededor, así como si son más o menos fuertes que tú, e incluso su estado de ánimo. Te aseguro que resulta muy util saber si una multitud que tienes enfrente está gritando hacia ti porque está enfadada o porque está contenta de verte.
El lunarian llevó una mano a la vaina del estoque, desenvainando un par de centímetros de hoja del mismo.
— Pero este no es su único uso. El Haki puede ser más que un sistema de detección, podemos usarlo para atacar. Existen personas en este mundo con la capacidad de evadir todos los ataques normales que uno les lance, independientemente de su fuerza. No obstante, con un adecuado uso del Haki, podemos lograr alcanzar su cuerpo, ignorando estas habilidades.
A la cabeza de Kibai se vino la final, dónde había podido ver, gracias a la percepción extra del Electro, como el Buccaneer Bartolo había golpeado con su pico de águila a Shin, el cual hasta ese momento había resultado totalmente intocable. Kaelith sonrió, visiblemente complacido.
— Vaya, tu aura acaba de oscilar, veo que has llegado a algún tipo de conclusión por ti mismo. Bien, bien… Así será mucho más facil. Si puedo explicarte los conceptos rapidamente, podremos avanzar a la práctica mucho antes, y con suerte, aprenderás todo lo necesario antes de abandonar la isla de Skypiea.
Poniéndose en pie, el Lunarian comenzó a caminar en torno a Kibai.
— Debes de tener en cuenta dos cosas muy importantes con respecto al Haki: su uso no es infinito, al igual que no lo es tu energía vital. Si lo empleas en demasía te desgastarás rápidamente, hasta el punto de que no puedas seguir usándolo. Esta energía se irá recuperando poco a poco, y cuanto más fuerte seas de espíritu, y más te centres en entrenar y mejorar el uso de tu Haki, más rápidamente se regenerará, y más tiempo podrás usarlo antes de que este agote tus fuerzas. La segunda, es que si bien te supondrá una enorme ventaja en combate, no debes acostumbrarte a servirte únicamente de él. Eres un espadachín, así que si descuidas tus habilidades con las armas, de poco servirá que sepas que otro viene a por ti con intenciones de cortarte de lado a lado, si no eres capaz de detener su arma.
Kaelith detuvo su círculo alrededor de Kibai, parándose justo enfrente del mink, apoyando la contera de su estoque en el suelo con un crujido sordo sobre las tablas de madera oscura.
— Casi todos suelen empezar por el Haki de Observación, no me preguntes por qué. Supongo que la gente prefiere quedarse sentada con los ojos cerrados tratando de sentir las auras que tiene a su alrededor, en lugar de centrarse en focalizar su espíritu para golpear algo. Pero tú… tú que vienes del Mar Azul, que tienes un aura combativa y ganas de demostrar cosas al mundo, empezaras por el Busoshoku no Haki, el Haki de Armadura. Acompañame al exterior, aprendiz, ya!
El mink siguió al Lunarian al exterior, dónde varios alumnos seguían entrenando, algunos en solitario o en parejas, otros en pequeños grupos. El maestro Kaelith superó aquella zona hasta llegar a un pequeño techado, junto al cual había un asiento con un gran respaldo alargado. Kaelith apoyó una mano cariñosamente en el asiento, sonriendo con un punto de maldad hacia Kibai.
— Este será tu primera prueba. Golpea el respaldo del asiento con tu puño.
El mink lo miró algo indeciso. Si, la madera parecía resistente, pero había atravesado cosas más solidas con sus manos desnudas.
— Esto… está seguro, maestro Kaelith? No quisiera romper…
Su leve protesta fue interrumpida con un seco golpe de la vaina de estoque contra el suelo, el cual dejó una honda marca en la tierra.
— Quien es el maestro, mink irrespetuoso! A la siguiente protesta, te recomiendo que te largues de mi dojo y te vayas a aprender con alguien a quien le importe lo que pienses o dejes de pensar tú! Quieres aprender a usar tu poder, verdad? Pues menos protestas, y más actuar! Golpea de una vez!
Aquel tono de orden era todo lo que necesitaba Kibai. Poniéndose en posición, lanzó un fuerte puñetazo contra el respaldo del asiento. Al momento de hacer contacto, un súbito latigazo de dolor le recorrió toda la mano hasta el hombro. El mink soltó un quejido, echándose atrás a la vez que se agarraba la mano con la otra.
— Pero qué…
Kaelith reía con ganas, mientras se echaba el pelo hacia atrás y daba toques con la contera de su estoque en el suelo.
— Oh, acaso pensabas que iba a ser tan fácil? Hasta que no seas capaz de imbuir tus golpes en el Haki de Armadura, cada golpe que le des a este respaldo, el cual por si no te has dado cuenta está siendo imbuido por mi propio Haki, cada puñetazo que le asestes será como si golpeases una plancha de hierro. De modo que te recomiendo llenarte de valor y apretar los dientes, porque no quiero escuchar quejas de tu parte. Vamos, comienza!!
Kibai fue a abrir la boca para decirle que no sabía de que le estaba hablando, que no sabía como invocar el Haki, que no sabía casi ni lo que era ni tampoco como siquiera Kaelith planeaba que él hiciese algo como lo que le pedía. No obstante, la última amenaza acabó por hacer que el mink se tragarse todas sus dudas y se centrase de nuevo en el respaldo de madera que tenía enfrente.
— Bien, dice que el Haki es la voluntad y la energía vital que tenemos todos dentro ¿no? — pensó para sí. Pues de eso a él le sobraba. Sacándose la capa, el mink la dejó doblada a un lado antes de apostarse de nuevo frente al tocón. Apretando los dientes, comenzó a golpear una y otra vez el respaldo. A pesar del dolor que recorría una y otra vez sus puños, Kibai no se planteó en detenerse ni un segundo. Aquello era mucho más que un simple entrenamiento, era la capacidad de llegar a ser mejor, la posibilidad de acabar con enemigos mucho más fuertes que él, los cuales hasta ese momento eran demasiado poderosos como para siquiera plantearse otra cosa que no fuese huir o esperar a la muerte.
— No, eso no va a volver a pasarme.
Su mundo se había reducido al respaldo, al rítmico golpeteo de sus puños contra la madera endurecida por el Haki del maestro Kaelith, y al goteo, cada vez más pronunciado, que caía de sus puños al ir estos abriéndose por las zonas de los nudillos. El olor de su propia sangre inundó las fosas nasales de Kibai, pero aquello sólo sirvió para centrarlo aún más. Si era un precio de sangre el que había que pagar por dominar aquel poder, estaba más que dispuesto a pagarlo.
El mink continuó golpeando el tablón mientras el sol iba poco a poco discurriendo su camino por el cielo, hasta que en uno de los momentos en los que echaba el brazo atrás para golpear de nuevo, notó como una mano de hierro se cerraba sobre su muñeca y detenía el golpe justo antes del impacto.
El maestro Kaelith estaba junto a él, mirándolo desde su enorme altura. Su mano ocupaba tranquilamente toda su mano y parte de su antebrazo.
— Has acabado de hacer el pájaro carpintero contra el respaldo? Me encanta el masaje que me estabas dando, pero ya me duele la cabeza de tanto golpeteo. No vas a aprender a usar el Haki simplemente por golpear sin parar como un poseso. Eso no demuestra voluntad, demuestra inconsciencia y furia ciega. Ni siquiera se puede considerar determinación, pues la intención real no es golpear lo que tienes delante, sino simplemente usar el Haki, y eso no pasará si no te centras de verdad.
Empleando su mayor envergadura, Kaelith se apartó a un lado, dejándole espacio más que de sobra a Kibai para seguir ejercitándose, apoyando simplemente una mano sobre el respaldo,
— Bien, ahora escúchame… En serio. Cierra los ojos, y respira. Olvida el dolor que sientes ahora mismo, olvida tu cansancio. Olvídate de todo lo demás, olvídate de tus objetivos, de tus sueños si es que los tienes. Olvida a tus seres queridos, olvida que eres un marine, olvida a tus enemigos, a los piratas y a los revolucionarios. Olvida hasta que estás aquí, pero sigue mi voz. La voluntad para acceder a tu poder está dentro de ti, solo tienes que buscar en tu interior, y encontrarás la puerta para liberar su poder. Céntrate en ese punto, y luego golpea.
Jadeando, el mink se incorporó, sacudiendo los puños adoloridos. Aquellas palabras eran bastante parecidas a…
— No… — se dijo mirándose las manos. No podía ser tan sencillo. Aquellas sensaciones que había descrito el maestro Kaelith no eran demasiado diferentes a las que él mismo tenía las primeras que había despertado el Electro. Si podía empezar a aplicar los mismos preceptos que en aquel entonces, tal vez acostumbrarse a usar el Haki no fuese tan difícil como había supuesto en un inicio.
Obedeciendo las indicaciones del maestro Kaelith, Kibai cerró los ojos, dejando que su respiración se acompasara tras el intenso ejercicio que había estado haciendo sin descanso durante horas. Su conciencia se volvió hacia su interior, dónde no tardó en localizar la fuerza durmiente en su interior que liberaba el Electro. Sin embargo, en aquel momento no era lo que necesitaba. Debía haber algo, algo más.
Pasó un minuto, y luego diez más. Para su asombro, aunque procuraba no pensar en ello, Kibai no escuchaba en ningún momento alguna palabra de apremio por parte del Lunarian, el cual simplemente permanecía a su lado, dando de manera regular una calada a su cigarro, casi tan rítmicamente que el mink se preguntó irónicamente si tendría algún tipo de tic.
Finalmente, en medio de aquella profunda introspección, Kibai localizó algo que le extrañó, haciéndole modificar levemente el gesto de su rostro. Un ligero hormigueo en su interior, algo que no era para nada como la sensación del Electro, mucho más semejante a un río siendo contenido por una presa de la cual él tenia la llave para accionar las compuertas y liberar el torrente acumulado por todo su cuerpo. No, aquello era mucho más esquivo, estaba allí, y a la vez no estaba. Cada vez que trataba de agarrarlo, se le escapaba como si tratase de atrapar un pez por debajo del agua.
— No lo fuerces. — escuchó de parte de Kaelith. — Continúa intentándolo, pero deja que fluya. Focaliza tus esfuerzos, concentra tu espíritu, y golpea.
Soltando el aire, Kibai lanzó su puñetazo. Dolió igualmente, aunque notó que el hormigueo que había notado en su interior se transmitía brevemente hacia el respaldo. Colocándose en posición de nuevo, el mink golpeó a su objetivo, centrándose en acumular aquella sensación en su puño. Esta vez, el golpe dolió un poco menos.
— Otra vez!
Golpe.
— Otra vez!
Golpe.
Con cada orden, seca como el estallido de un látigo, Kibai golpeaba el respaldo del asiento, solo que ya no era una batería de golpes tratando de despertar algo dentro de su interior, sino que era algo metódico, con cada puñetazo tratando de reunir toda aquella energía que pululaba aún esquiva por su interior y arrojarla contra su objetivo. Y poco a poco, sus comandos fueron empezando a responder.
Con cada puñetazo, el hormigueo iba siendo más sencillo de reunir, hasta que, cuando ya el sol estaba a punto de ocultarse tras el horizonte, Kibai dejó de notar los golpes. El último ataque soltó una vibración seca, pero no dolió, sino que fue más parecido a la sensación acostumbrada de cuando golpeaba cualquier superficie. El mink se detuvo, mirando su mano, agarrotada y sangrante tras tantas repeticiones del mismo movimiento, antes de mirar con una sonrisa hacia arriba, encarando al maestro Kaelith.
— Maestro, yo… lo he conseguido?
El Lunarian lo recompensó con una carcajada.
— Oh, ni por asomo, mi pequeño e iluso aprendiz. Nada de eso, solamente has comenzado a ser consciente del Haki dentro de ti. Ahora te queda la parte más complicada, empezar a usarlo siempre que desees, y para ello necesitarás mucha más práctica de lo que has hecho hasta ahora, pero consuélate sabiendo que es un buen comienzo.
El Lunarian se inclinó sobre el respaldo del asiento, examinándolo con atención antes de asentir ligeramente.
— Bien, bien, un lijado bastante aceptable el que le has dado, ya le iba haciendo falta, la verdad. Mañana te quiero aquí antes del amanecer.
Con un desenfundado rápido, Kaelith trazó una línea horizontal en el suelo empleando la punta de su estoque, antes de devolverlo a la vaina con un golpe seco.
— Si llegas al dojo después de que la luz del sol haya tocado esta línea, no te molestes en volver.
En un principio, Kibai hasta habría pensando que se trataba de una pequeña broma para relajar el ambiente después de un entrenamiento particularmente duro, como muchas veces habían hecho sus instructores de la base en Roshwan, pero la mirada totalmente desprovista de comicidad y el tono de voz del maestro Kaelith le hicieron comprender que la amenaza iba totalmente en serio, y que más le valía aprovechar las horas de descanso si quería estar funcionando a pleno rendimiento al día siguiente.
Con una nueva reverencia, el mink se despidió del lunarian, y se dirigió rapidamente a la casa que el emperador Zarutsuki le había proporcionado en Shandora. El lugar era acogedor, aunque simple y funcional, lo que había hecho preguntarse a Kibai desde un principio si por algún casual aquellas viviendas no estarían precisamente diseñadas para ellos, o para cualquier otro participante de ediciones pasadas de los Juegos del Soberano. No obstante, su cuerpo agotado no parecía tener más ganas de pensar. Funcionando casi como un autómata, Kibai se preparó una cena sencilla, a base de legumbres, arroz, carne, y algo de pasta de curry. Mientras todo se cocinaba en una olla, integrándose poco a poco en una aromática amalgama, el mink aprovechó también para llenar un balde con el agua más fría que pudo para meter las manos dentro. Aunque la sensación inicial cuando introdujo los puños cargados de cortes y contusiones casi le arrancó un grito de dolor, poco a poco fue derivando en un agradable entumecimiento que cortó el dolor en seco. Además, la poca sangre que aún continuaba corriendo entre sus dedos dejó de fluir por el choque térmico, y cuando Kibai sacó por fin las manos, casi estaba de nuevo completamente funcional.
Con las tripas rugiéndole como si de un auténtico concierto de viento y percusión se tratase, el mink se sentó delante del cuenco de arroz con curry y carne, devorándolo en menos de lo que cantaba un gallo. Cuando hubo arrebañado hasta el último grano de arroz, lavó a toda prisa el cuenco en la pileta y se fue directo a la cama. Apenas si tuvo tiempo de acabar de desvestirse y tumbarse encima del jergón cuando el sueño lo asaltó de golpe y cayó rendido.
A la mañana siguiente...
Por suerte para el pobre Kibai, siempre había sido un mink madrugador. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo al día siguiente, el cielo que se veía a través de la ventana comenzaba a teñirse poco a poco de naranja, lo cual indicaba que el sol aún no había comenzado a salir. Gratamente satisfecho consigo mismo, Kibai fue a sacar las piernas de la cama para ponerse en pie cuando un latigazo de dolor lo recorrió entero. Con un suave quejido, apoyó los codos sobre las rodillas. No era un dolor concentrado, como el que había notado en el vientre dónde ahora exhibía una vistosa cicatriz en forma de huella de zarpa que Pawurs le había dejado de manera imborrable en la piel, sino que era un cansancio general absoluto, tanto a nivel físico como mental. Se notaba anquilosado, como si de repente hubiese envejecido cincuenta años de un día para otro.
— Así que esto es lo que conlleva estar entrenando el Haki de Armadura con el maestro Kaelith eh? — dijo en voz alta mientras se forzaba a sí mismo a ponerse de pie, notando como cada una de las vértebras soltaba un sonoro crujido. Cojeando levemente, se dirigió a la jofaina de agua que había usado el día anterior y, tras comprobar que no estaba demasiado sucia, la reutilizó para lavarse la cara y quitarse los últimos retazos del sueño que pudiesen quedarle. Acto seguido, se dirigió hacia la pequeña cocina de la casa, dónde se procuró un desayuno contundente, al que incluso añadió un poco del polvo de coco deshidratado y maíz prehistórico que aún conservaba desde sus expediciones de Little Garden. Una vez disuelto en el agua, el mink bebió la espesa mezcla de tres grandes tragos, notando como la energía contenida en la comida deshidratada resurgía de su encapsulamiento y devolvía la fuerza a sus músculos. Tomando un par de frutas para el camino, se dirigió a buen ritmo en dirección al dojo del maestro Kaelith.
Al llegar, comprobó que varios de los estudiantes ya estaban en el patio, iniciando sus ejercicios matutinos. El mink los saludó, y esta vez comprobó que varios de ellos le devolvían el saludo. Quizás no eran tan soberbios después del todo, o quizá al haber estado entrenando y sangrando como uno más lo estuviesen empezando a aceptar como otro compañero.
Kaelith se encontraba apostado en el mismo sillón que Kibai había pasado el día anterior golpeando. El lunarian continuaba vestido con la misma ropa que la jornada pasada, y solo el diferente número de cigarrillos que asomaban del bolsillo de su chaqueta habría podido hacer deducir a Kibai que su maestro había abandonado aquel lugar en algún momento. Deteniéndose delante de él, se inclinó de nuevo.
— Buenos días, maestro Kaelith. Como ordenó, aquí estoy hoy de nuevo para proseguir mi entrenamiento.
El lunarian le dedicó apenas un breve vistazo, y Kibai frunció el entrecejo al detectar un rictus de desagrado en su rostro.
— Y tus espadas, aprendiz?
El mink bajó la mirada a su cintura. Había acudido al dojo solamente vestido con su camisa y sus pantalones, dejando su abrigo de marine bien colgado en la casa y el cinturón del que colgaban Raimei y Arashi a su lado.
— Yo… como el entrenamiento de ayer fue con los puños… pensé que hoy no las necesitaría.
— Acaso tú usas tus puños para combatir, marine? — le preguntó el maestro Kaelith poniéndose en pie e inclinando su rostro sobre el suyo. — O eres un espadachín?
Kibai tragó saliva antes de responder. — Un espadachín, maestro.
— Pues ve a por tus armas, y yo que tú correría. Observa la línea…
Con el pelo poniéndosele de punta, el mink bajó la mirada hacia la zona dónde el Lunarian había trazado la raya con su estoque al final del entrenamiento. La luz del sol casi había alcanzado la línea de tierra. Sin detenerse ni para inclinarse de nuevo al despedirse, salió a la carrera del dojo. La cosa no estaba para bromas, y la promesa del maestro Kaelith flotaba sobre su cabeza, así como las palabras del muchacho de la taberna. Si el mink no era capaz de volver antes de que el sol tocase la línea, se acababa el entrenamiento. Apretando los dientes, Kibai comprendió que no podía andarse con medias tintas, y activó el Electro.
La acostumbrada sensación de velocidad le envolvió, afinando su percepción y convirtiendo cada forma en un conjunto de afiladas aristas recortándose contra la siguiente superficie. Con la esperanza que aquello no constituyese ningún tipo de infracción a la prohibición de las hostilidades, el mink salió disparado en medio de una lluvia de chispas azules. Los edificios dorados pasaban a su alrededor a toda velocidad, mientras Kibai empleaba tanto el suelo como ocasionalmente las paredes y tejados para acortar su camino de vuelta ala casa que le habían asignado. Felicitándose interiormente por haber dejado las ventanas abiertas para ventilar la estacia antes de marcharse al dojo, el mink ni siquiera se molestó en detenerse a abrir la puerta y arqueando su cuerpo saltó directamente hacia el hueco de la ventana, aterrizando con una voltereta en el interior. Tras recoger el cinturón que colgaba de un gancho al lado de su abrigo, Kibai se abrochó a Raimei y Arashi a la cintura antes de salir de nuevo como una centella hacia el dojo.
Mientras seguía corriendo,el mink echaba una mirada de reojo al sol, el cual irónicamente parecía estar ascendiendo cada vez más rápido al cielo, amenazando con frustrar cualquier tipo de esperanza de que lograse su objetivo. Por ello, y aún a riesgo de enfadar a su maestro por su descortesía, Kibai decidió que la entrada del dojo estaba demasiado transitada, de modo que de un gran salto, superó el murete exterior en dirección al lugar dónde calculaba más o menos que estaba el techado dónde aguardaba el Lunarian. Por fortuna, su memoria fue lo suficientemente buena como para ubicarlo correctamente. El mink se precipitó desde las alturas directamente contra la raya que permanecía dibujada en el suelo del dojo, justo al mismo tiempo que el sol alcanzaba con su resplandor matutino el límite que el maestro Kaelith había marcado. Estirándose todo cuanto su elástico cuerpo se lo permitía, Kibai sacó las garras rozando la línea a la vez que esta se emborronaba cuando aterrizó por encima jadeando por el soberano esfuerzo. El Electro fue abandonando su pelaje, con las últimas chispas de estática azul disolviéndose en el aire. Kaelith, que ni se había movido en todo el tiempo en el que el mink se había demorado en regresar hasta su casa y volver, le lanzó una mirada lánguida a la vez que se ponía en pie.
— Justo a tiempo, procura que no te vuelva a pasar, o te devolveré al Mar Azul de un solo golpe, y que jamás se te ocurra volver a saltar los muros de mi dojo. Ahora ven, la segunda parte de tu entrenamiento comienza ya, y vas retrasado.
Sin resuello ni ganas de expresar la más mínima señal de protesta. Kibai se puso en pie, siguiendo la estela del Lunarian, curioso por saber en qué había pensado su nuevo maestro para aquel día.
En uno de los laterales del dojo, a la sombra del tejado, habían sido dispuestos alrededor de una docena de rollos de cañas apretadas alrededor de delgados postes de madera, unas construcciones que Kibai conocía a la perfección, pues se usaban en todos los lugares para practicar cortes precisos con la espada. Aparte de los rollos ya colocados, otro gran montón, aproximadamente un centenar a ojo de buen cubero, estaba apilado formando una montaña que llegaba hasta los hombros de Kibai.
— Dime, aprendiz, qué te dije que podrías hacer con el Haki de Armadura ayer? — le preguntó Kaelith mientras se colocaba junto a la pared.
— Golpear a aquellos seres a los cuales de otra manera no podría, maestro? — respondió el mink con cierta expectación.
— Me lo estás preguntando o me estás respondiendo, aprendiz? — inquirió de nuevo Kaelith enarcando una ceja.
— Golpear a aquellos seres a los cuales de otra manera no podría, maestro. Lo siento. — se apresuró a repetir Kibai, asegurándose de eliminar cualquier entonación de duda en su voz. — Y dado lo que veo delante, entiendo que también podré hacerlo con mis armas, no solo con mi cuerpo.
El Lunarian le dedicó un grave asentimiento.
— Así es, veo que esa carrera matutina te ha venido que ni pintada para despertar tus sentidos. El Haki no solamente tiene por que limitarse a tu cuerpo. Al igual que con el Haki de Observación, si es que decides aprenderlo algún día, el Haki de Armadura puede ser extendido fuera de tu cuerpo, para recubrir espadas, lanzas, incluso flechas o balas dado el caso. Ello te permitirá hacer que cualquier enemigo reciba tus ataques sin necesitar golpearles directamente con tus puños. Para eso es este ejercicio, y ese enorme montón de rollos de caña.
Kaelith dio un par de palmadas en uno de los que estaban ya montados, antes de sacar su estoque y atravesar con un movimiento fugaz que Kibai no pudo ni percibir, pero el acero atravesó las cañas y la madera central como si fuesen de papel, saliendo por el otro extremo sin aparentemente encontrar resistencia. El lunarian retiró la hoja y tras examinar que no quedasen restos adheridos, la envainó de nuevo.
— La tarea es sencilla. Deberás centrarte en cortar de un solo tajo las cañas aquí preparadas. Como es lógico eso sería algo muy sencillo, pero el post del centro no lo es tanto…
Con una sonrisa que por primera veza Kibai se le antojó hasta malévola, el maestro Kaelith dian par de palmadas sobre uno de los postes.
— Los hemos diseñado especialmente para este tipo de entrenamiento, de modo que sin tu espada recubierta de Haki, no podrás cortarlos, y tu filo se quedará atorada tras superar las cañas. Te recomiendo por la salud de tu hoja y de tus brazos, que eso no pase muy a menudo.
Con aquellas palabras, el lunarian dejó solo a Kibai, que se aprestó a desenvainar a Raimei. Adoptando una posición estable, calculó el punto en el que debía golpear para seccionar el rollo en dos, y descargó un tajo vertical descendente.
El golpe era sencillo, algo que había realizado mil veces anteriormente, pero en esta ocasión, algo cambió. El filo de Raimei cortó las cañas sin mayor dificultad, como un cuchillo caliente la mantequilla, pero cuando la espada se topó con el poste central, una fuerte vibración recorrió el brazo de Kibai, enviando un calambrazo a lo largo de su muñeca hasta el hombro. El mink retrocedió un paso, confuso, mientras veia como el rollo de cañas se caía al suelo seccionado por un lateral, mientras que el poste central seguía estando intacto.
— Así que esas tenemos eh? — dijo en voz alta Kibai a la vez que empuñaba su espada con ambas manos. — Bien, vamos allá.
Durante las siguientes horas, aquella zona del dojo se llenó con los golpes secos de Raimei chocando contra los postes de madera. Poco a poco, más y más rollos de cañas seccionados parcialmente fueron acumulándose en el suelo, y la montaña de rollos intactos fue disminuyendo en su altura. Kibai resollaba con fuerza, y la mano derecha le empezaba a temblar de nuevo de la tensión con la que sujetaba la empuñadura de Raimei. Sus nudillos, que en la noche anterior habían comenzado a cerrar sus heridas gracias al agua helada y el reposo, empezaban a abrirse de nuevo por estar su mano tan apretada, y las gotas de sangre caían lentamente al suelo.
Siempre había odiado el olor de su propia sangre. Le hacía sentirse mal, como si fuese lo que fuese lo que estaba haciendo, hubiese fracasado en hacerlo de la manera correcta. Y sin embargo, aquellos malditos postes seguían intactos, inmunes aparentemente a todos los cortes y estocadas que el mink había lanzado contra ellos. Apretando los dientes por la frustración, Kibai clavó a Raimei en el suelo, sentándose a su lado con las piernas cruzadas, forzándose a respirar más pausadamente.
Estaba claro que algo se le estaba escapando. Si bien había logrado hasta cierto punto concentrar aquella energía interior en sus manos, aquello no parecía ser suficiente. Había procurado seguir los mismos principios del Electro, y había funcionado, al menos para el entrenamiento del día anterior, así que en teoría para esto debía ser algo parecido a lo que había hecho antes…
Frunciendo levemente las cejas, Kibai activó el Electro, viendo como las chispas azules recorrían su pelaje hasta trazar pequeños arcos entre sus garras extendidas. Llevando la mano hacia Raimei, el mink tocó con uno de los apéndices afiliados el filo, transmitiendo un arco de electricidad por toda la espada. Eran tan sencillo… Raimei simplemente parecía aceptar la electricidad del cuerpo de Kibai y…
PUES CLARO!
El mink se puso en pie de un salto, dándose una palmada en la frente, sintiendo ganas de reír a carcajadas. Había estado perdiendo el tiempo sin caer en un error fundamental. Se había acostumbrado a que Raimei, por ser de metal, absorbiese el Electro sin mayores problemas solamente con que Kibai acumulase la electricidad en su mano, pero el Haki no era electricidad, de modo que tenía que esforzarse por transmitir aquella energía a lo largo de toda la espada el mismo, no simplemente esperar que la hoja lo absorbiese por su propia cuenta. Era tan sencillo que el mink tuvo ganas de darse un golpe él mismo. A toda velocidad (pues ni se había molestado en desactivar el Electro) Kibai colocó tres nuevos rollos de caña alrededor de los postes de madera y se colocó delante del primero.
Cerrando los ojos, liberó al fin a su cuerpo de la tensión del Electro, respirando profundamente mientras su pulso volvía a la normalidad. Sin siquiera mirarla, desclavó a Raimei del suelo, haciendo un aspaviento con la muñeca para soltar la tierra adherida al filo. A continuación, el mink se colocó de nuevo en posición, sujetando la empuñadura con ambas manos. Procurando acompasar su respiración con los latidos de su corazón, Kibai reunió su Haki en las manos, pero en esta ocasión, se esforzó por transmitirlo fuera de su cuerpo, directamente al filo de Raimei.
No fue para nada sencillo. Aunque conseguía acumular sin mayores dificultades ya el Haki en sus manos, el hecho de imbuir su espada con aquella energía parecía ser bastante más complicado de lo que había pensado en un principio. Con una gota de sudor corriéndole por la sien como única muestra del esfuerzo interno al que se estaba sometiendo, Kibai permaneció inmovil, centrándose solamente en insuflar el Haki dentro de Raimei. Lentamente, a un ritmo que le parecía casi insufriblemente lento, notó como el filo se iba saturando de aquella energía, hasta que, con un solo rugido, el mink abrió los ojos de golpe y descargó un certero tajo sobre el rollo de cañas que envolvía el poste más a su izquierda. El corte resonó en todo el área, agudo como un cristal rompiéndose, y el poste cayó cercenado por la mitad.
Kibai observó el resultado, incrédulo por un momento, antes de soltar un fuerte rugido al aire que a buen seguro fue escuchado por media ciudad de Shandora, antes de pegar un brinco en el aire de pura felicidad.
— Parece que al fin lo has conseguido, te ha llevado lo tuyo darte cuenta del error que estabas cometiendo, pero creo que finalmente haremos algo bueno de ti...
La voz del maestro Kaelith sonó a su espalda. Kibai se giró, recobrando la compostura antes de hacer una breve inclinación de cabeza y señalar hacia el poste de madera cercenado, sin añadir más palabras. El lunarian se acercó caminando con parsimonia, y se agachó para observar el corte con más atención.
— Nada mal nada mal… — musitó mientras se incorporaba y clavaba su mirada desde lo alto en Kibai. — Bueno, y a qué esperas? Otra vez.
El mink asintió con una sonrisa, y se colocó delante del segundo poste de madera. Cerrando los ojos, volvió a imbuir de Haki el filo de Raimei, y lanzó un nuevo golpe con la espada. El segundo poste, al igual que el primero, emitió el mismo sonido agudo de cristal fracturándose antes de caer cercenado al lado del primero.
— Otra vez. Aún te queda uno.
Kibai se situó delante del último poste, que no tardó en correr la misma suerte que los otros dos. Kaelith se permitió una brevísima sonrisa, antes de golpear el suelo con la contera de su sable para llamar su atención.
— Ven conmigo, caminemos.
El mink se apresuró a seguir al lunarian, colocándose a su par, a pesar de que casi tenía que dar dos pasos por cada uno que daba su maestro.
— Tengo que felicitarte, marine. Has logrado dominar el Haki de Armadura en su estado más básico, e incluso has logrado imbuir eficientemente tu arma con él. Este es tu primer paso para un mundo mucho más grande, pero al menos ya no estarás indefenso cuando un individuo no sufra ante tus cortes más que un ataque de risa. No obstante, detecto que, pese a lo que has logrado, estás verde aún.
El maestro Kaelith se detuvo en la explanada delantera del dojo, girándose hacia Kibai.
— Deberás seguir practicando, tan asiduamente como puedas. Mientras entrenabas, he visto que, si bien no se te da demasiado mal acumular el Haki en tus manos, si tienes más dificultades a la hora de transmitirlo a lo largo de la hoja de tu espada. Eso es algo que tendrás que procurar mejorar.
Quedándose pensativo por un momento, el lunarian abrió levemente los ojos, chasqueando los dedos como si hubiese encontrado la solución a lo que acababa de decir.
— Ah, ya se! Este es mi último ejercicio, aprendiz, así que más vale que lo escuches atentamente.
Kibai tragó saliva, aguardando expectante ante las palabras de su maestro.
— A partir de ahora, y hasta que puedas decir que has dominado completamente tu Haki, quiero que lo uses con todos tus adversarios, me has entendido bien?
El mink alzó una ceja, ladeando levemente la cabeza en un gesto de duda.
— Con… todos, maestro Kaelith? — preguntó recordando el tremendo agotamiento que había sentido en su casa tras completar el primer día de entrenamiento. Iba a tener que hacerlo siempre que se enfrentase a un enemigo?
— Ya me has oído, marine. Con todos, sin excepción. Creo que con esta tarea me recordarás mucho tiempo después de que hayas abandonado esta isla, sin duda alguna. — añadió el lunarian mientras se encendía uno de sus largos cigarros. — Además, puede que si te centras en seguir dándole Haki a esa hoja tuya, en algún momento me lo agradezcas... Y ahora, creo que ya puedes irte, aquí hemos terminado.
Kibai asintió y realizó una profunda reverencia hacia Kaelith.
— Muchas gracias, maestro, tanto por tu tiempo como por tus consejos, te aseguro que pondré en práctica siempre todo lo que me has enseñado, y mantendré presente la última orden que me has dado, Afilaré mi Haki tanto como si fuese mi propia espada.
Por primera vez, el mink observó una sonrisa en el lunarian que parecía sincera de verdad.
— Pues si lo haces, puede que hasta te coloque en el altar de alumnos ilustres… Mentira, no tengo ninguno, pero al menos no pensaré mal de ti. Venga, vete ya, estoy seguro de que hay más cosas que tienes que hacer, y su Majestad el Emperador Zarutsuki os ha dado un tiempo limitado para permanecer en esta isla. Adios, Kibai.
Con un asentimiento final, el mink salió del dojo del maestro Kaelith. Mientras caminaba, se miró las manos, notando como ahora su Haki permanecía latente en él, muy parecido a como notaba el Electro en su interior.
— Me estoy haciendo más fuerte… — pensó mientras notaba como una sonrisa le iluminaba el rostro. — Pero no es suficiente, ni por asomo.
Y el mink estaba completamente en lo cierto, aún quedaba mucho por hacer.
La Caja de Pandora
Resumen
Kibai entrena durante dos días con el maestro Kaelith para desbloquear el Haki de Armadura en su forma base
entrenamiento
Este fic, que consta de aproximadamente 8300 palabras, cumple con los requisitos establecidos para que el PJ adquiera el Haki de Armadura en su forma base.
Busoshoku Haki (Base)
Busoshoku Haki
Especial
2 huecos
Información
Requisitos: Nivel 16 • Busoshoku experiencia 500
Daño: Ninguno.
Coste: 50 de Espíritu por zona
(Torso completo/manos/pies/arma/cabeza/brazos/piernas)
Efecto:
Permite al usuario tocar, ya sea con su cuerpo o herramientas, a usuarios de frutas logias para poder dañarlas.
Enfriamiento:
Ninguno.
Tu Busoshoku envuelve tu cuerpo o armas y te concede la capacidad de golpear de manera exitosa a los usuarios de frutas logias, ignorando así su intangibilidad pero sin anular sus poderes.
Coste: 50 de Espíritu por zona
(Torso completo/manos/pies/arma/cabeza/brazos/piernas)
Efecto:
Permite al usuario tocar, ya sea con su cuerpo o herramientas, a usuarios de frutas logias para poder dañarlas.
Enfriamiento:
Ninguno.
Tu Busoshoku envuelve tu cuerpo o armas y te concede la capacidad de golpear de manera exitosa a los usuarios de frutas logias, ignorando así su intangibilidad pero sin anular sus poderes.