No sería una novedad que alguien hambriento de poder y fuerza buscara aprender sobre el arte contrario, una fuerza descomunal que puede usarse como armadura y potenciador a la vez. No sería novedad que el propio Rackham lo tuviera como primera opción, pero había algo que llamaba poderosamente su atención. Si pudiera saber quien se encontraba a su alrededor sin siquiera verlos…
Los rumores llegaban fácilmente a los oídos de quienes participaron en los Juegos del Soberano, y estos decían que existía una prodigio en estas artes. Una joven que había despertado estas capacidades mucho más temprano que la gente común. Le parecía increíble que incluso en ese ámbito se pudieran crear genios con talento natural, pero al menos ayudaba al cocinero a entender que no se trataba de algo dado por el destino. Podía estudiarlo y practicarlo, y ella parecía dispuesta a enseñarle a cualquier interesado.
Había estado cuidando de quien, hace poco se enteró, resultó ser familia, unidos por la sangre. No había podido entrenar, se había preocupado por verla bien y esperar a que despierte, por cuidarla en cuanto despertó debilitada por el procedimiento, pero en cuanto ella se recuperó, y hubieron hablando de algunas cosas, le pidió algo de tiempo para poder entrenar en condiciones. Ya era hora de dar con esa birkaniana que muchos mencionaban, Jalindra, para pedir por sus enseñanzas.
Dar con ella no fue difícil, sobre todo cuando cada vez que preguntaba le hacían saber que era bueno ver una cara amable por ese lugar. Conocer a quien se convertiría en su maestra tampoco fue complicado. Los separaban muchos años de edad, y ella parecía aún una niña, pero no se negó a enseñarle. Aún con eso, tuvo que hacerle una pregunta primero, una pregunta que él no pudo responder en ese instante.
- ¿Confías en tus sentidos? -. Una duda extraña, sobre todo para alguien como el Rackham. ¿Quién no lo hacía? Era la forma que todos tenían de interactuar con el mundo, de conocerlo. No confiar en sus sentidos sería estúpido, así como una muerte asegurada en el punto del mundo en el que se encontraban.
Aún así, Uker tardó en responder, lo suficiente para que la rubia no le permitiera hacerlo y desviara la conversación. Ahora si podían empezar con la enseñanza.
- Ya debes saber que soy una clase de prodigio en lo que respecta al haki, pues llegaste a mi con esa idea. Dime, ¿qué crees que es esa habilidad? -. Uker dudó, no tanto como antes, pero pudo responder. - Otra herramienta -. Otra arma más a usar, otra variable en un combate, otra utilidad que en sus manos podría darle la victoria. - Una visión interesante. No vas mal encaminado, pero no es ese su núcleo -. La muchacha llevó una de sus manos a su pecho, como si apuntara a su corazón. - El haki es energía natural, algo que todos poseemos como habitantes de este mundo, y que puede externalizarse para convertirse en un nuevo sentido -.
Viendo la atención que el hombre ponía sobre ella, prosiguió su explicación. - Así como puedes entrenar tu oído para escuchar mejor, o así como es posible reconocer las cosas con el tacto, el haki también puede entrenarse. Lo que buscas aprender es uno de sus aspectos, la capacidad para notar la presencia de los vivos solo con sentir su propio haki -. Uker esperó a que la mujer terminara de hablar para preguntar. - ¿Es como una firma? -. Jalindra se llevó una mano al mentón, pensativa. - Pues, no la llamaría así, pero es cierto que es algo único y representativo de la persona -. Levantó la cabeza y lo observó, entendiendo poco a poco a qué tipo de hombre debía entrenar. - Las auras de los animales con poca inteligencia serán casi iguales entre ellos, pero las de las criaturas inteligentes serán únicas, tan únicas que podrás diferenciarlos antes de siquiera conocer su apariencia -.
Eso sonaba… Extraño.
Día 1:
Luego de presentarse entre ellos, llegó el momento de comenzar con lo debido.
El primer ejercicio era el más simple, sólo constaba de sentarse uno frente al otro y meditar. Jalindra le pidió que estuviera lo más cómodo posible, que despejara su mente de cualquier cosa y simplemente se centrara en si mismo. Uker acató el pedido sin rechistar, cumpliendo la tarea perfectamente.
Al menos por los primeros 10 segundos.
Rápidamente la birkaniana le habló, volviendo a pedirle que se mantuviera con la mente en calma. Fue una sorpresa, Uker se preguntaba cómo es que había leído su mente para saber qué estaba pensando en que cocinar esa noche, desconociendo que ella no necesitaba ser una adivina para ver los movimientos de su aura. La calma volvió a su ser interior, solo para de nuevo caer en pensamientos semejantes y repetidamente ser notificado por quien le enseñaba que se estaba saliendo del camino debido.
Tras unas dos horas de intentos, no parecían haber avanzado. Como algunas veces explicamos, Uker no es el mejor cuando se trata de meditar, pues parece ser alguien mucho más práctico que teórico. Se disculpó con la joven y le explicó que quien le enseñó a combatir había tenido el mismo problema que ella estaba teniendo ahora, cosa que sin dudas dificultaba el aprendizaje de algo tan poco visual.
La rubia pensó un momento, el tiempo suficiente para que el cocinero se preguntara si acaso iba a rendirse con él, pero no fue así. Se levantó con una sonrisa y lo incitó a acompañarla, diciendo que tenía una mejor forma de enseñarle. Sin muchas preguntas, Uker le hizo caso, siguiéndola hasta el interior del bosque más cercano.
Podía ver ahí dentro, la vegetación no era tan espesa como la que los recibió cuando pusieron un pie en la isla y caminaron hacia Shandora. Lo que no tenía era un camino que seguir, y la verdad era que habían dado tantas vueltas a árboles tan similares que le sería difícil saber cómo volver al punto de inicio. La birkaniana se detuvo de pronto y se giró para encararlo. - Aquí entrenaras -. Uker no comprendía sus palabras, estaban en la soledad de un bosque, sin un lugar adecuado para meditar o siquiera moverse. Estaba a punto de preguntar a que se refería, pero algo más pasó.
Como si de una bala se tratase, un objeto salió despedido desde la oscuridad del bosque y pasó justo al lado de ellos. El pirata se giró, sorprendido, solo para ver como eso que casi los impacta no se detuvo antes de volver a perderse entre los árboles. - Y estos… -. Antes de que pudiera terminar su frase, la joven extendió su mano izquierda hacia un lado, justo a tiempo para atrapar una de esas cosas que intentó pasar a toda velocidad entre ellos. - Estos serán tus maestros -.
Desde la mano de la rubia, y colgado gracilmente por sus largas orejas, un animal de pelaje blanco y ojos rojos miraba al pirata. - Estos pequeñines son más rápidos que cualquier cosa que hayas visto. Sus saltos son tan potentes que si les pusieras un trozo de madera enfrente lo atravesarían -. Como si pudiera entenderla, el animal movió sus patas, haciendo tanta fuerza que la mujer se rindió en sostenerlo y simplemente lo dejó ir. El animal solo la miró una vez, antes de salir disparado hacia el bosque de nuevo.
- Tu tarea es atrapar uno de estos conejos como yo lo hice -. ¿Atraparlos? Esas cosas eran como balas de cañón. No, aún peor, era como si Kiyoshi disparara balas de cañón a la velocidad que dispara balas normalmente con su rifle. Un sonido, detrás de él, lo hizo darse vuelta y extender su mano rápidamente, buscando atrapar a su presa. Lo único que recibió fue un golpe directo en su costado contrario, algo que no vio venir por la procedencia del ruido. El animal que lo golpeó no se vio afectado, simplemente siguió su curso con otro salto supersónico, pero el pirata tuvo que llevar una de sus manos al lado lastimado para asegurarse de que nada se hubiera roto. - No podrás atraparlos solo con tus oídos y tu vista, son muchos y muy rápidos, cualquier sonido que uno de ellos haga llegará luego de que veas como otro pasa frente a tus ojos -.
El pirata, aún sin poder recuperar el aliento tras el golpe, sólo podía preguntarse cómo es que lograría un objetivo tan imposible. - Vendré a buscarte en cuanto se esté haciendo de noche. No te preocupes por moverte, puedo saber donde estás, así que enfócate en cumplir tu tarea -. Sin decir más, se despidió de su alumno, dejándolo en soledad y con un nuevo objetivo.
Por muchas horas más, el cocinero intentó lograr al menos un 1% de lo esperado. Sus ojos no alcanzaban a ver más que un manchón blanco por algunas zonas del bosque, sus piernas no eran tan rápidas para cambiar de dirección, sus brazos no podían atrapar a esas bolas de pelo que se alejaban de él en el momento en que notaba que siquiera se acercaban. No era alguien que fuera débil físicamente, pero esas pequeñas criaturas lo obligaron a detenerse más de una vez a tomar aire y pensar mejor en como seguir.
Cuando la luz del sol ya lo estaba abandonando, la joven rubia volvió a buscarlo, tal y como había dicho. Se encontró con un pirata golpeado y lleno de barro, cansado y con las manos temblando de una mezcla entre la impotencia de no haber logrado nada y el dolor por haber soportado un par de golpes de los conejos. Le dijo que eso sería suficiente por el día, que quedarse en el bosque de noche no era recomendable para quien no quisiera ser comida de los animales que lo habitaban.
Uker solo pudo asentir mientras era escoltado de nuevo hacia la civilización. ¿Podía lograr esto? Parecía imposible para él.
Pero, ¿cuántas veces se enfrentó a lo imposible?
Día 2:
Uker se presentó temprano al otro día. Simplemente se sentó a meditar, o tratar de, en el punto donde ella dijo que lo encontraría. Obviamente no pudo mantener esa concentración, pero al menos lo intentó hasta que la rubia llegó y volvió a llevarlo a través del bosque. En el camino le preguntó cuáles eran sus pensamientos del día anterior, ahora que podía pensar más tranquilo y con la mente descansada. - No puedo ver a esos conejos, mi cuerpo no puede seguirlos, depender de mis sentidos no logra más que distraerme de los que se acercan a mi -. La joven soltó una pequeña risa, enseguida dejandole en claro que era normal, que no iba a lograr avances sólo a fuerza bruta, pero que muchos necesitaban chocarse con esa pared para poder descubrir como escalarla.
Ahora el pirata solo tenía más dudas. ¿Los profesores nunca podían dar respuestas directas? Ni su maestro, ni la mink de Jaya ni esa muchacha eran capaces de enseñarle sin hacerlo trabajar mentalmente como un desquiciado.
Ni se lo imaginaba.
En cuanto volvió a la soledad, sus pensamientos volvieron a ser tan desastrosos como siempre. La velocidad de esos animales era suficiente para no verlos y mucho menos escucharlos, su cantidad hacía imposible buscar atrapar un grupo por sorpresa, su potencia hacía que sus músculos se resintieran como si le golpearan con una espada de madera 4 veces por segundo. ¿Qué se podía hacer? ¿Qué otras herramientas podía utilizar?
Sus sentidos no eran suficientes, su capacidad con la espada servía de poco si no podía ver a su objetivo. La tarea era simplemente atrapar uno, pero hacerlo solo por casualidad no sería bueno para su objetivo. ¿Qué más? ¿Qué más?
Recibió otro golpe, uno directamente a su estómago, quedándose sin aire y teniendo que doblar su cuerpo para aminorar el dolor. Las punzadas en su estómago por el impacto no ayudaban tampoco, su mente trabajaba a mil por hora pero no podía encontrar una solución.
De pronto, una idea llegó a su mente. La visión de esos cazadores en Little Garden, del enmascarado que logró aplacarlos a todos sin mover ni un pelo, los marines y ese solo movimiento que logró acabar con la vida de uno de ellos.
Antes de eso, solo un poco antes, cuando ese lunarian intentó mostrarse superior a alguien como Sohem. El banquero había girado su cabeza antes de que el alado hablara, antes de que alguien normal pudiera notar la presencia de alguien tan rápido. Tal vez era pura experiencia de combate, tal vez solo era el conocimiento de alguien que tiene muchas batallas encima. No le parecía eso al cocinero, al menos no se veía así desde afuera. ¿Era eso lo que estaba buscando? ¿Se trataba de lo mismo que buscaba aprender en ese bosque?
Quedarse pensando no iba a conseguirle nada, por lo que se incorporó y simplemente comenzó a correr.
Quería analizar el bosque, tal vez conociendo el terreno podía tener una idea de por dónde vendrían los animales. Sus piernas lo llevaron con firmeza a través de los árboles, sus manos se agarraban a las ramas más cercanas para impulsarse cada tanto. Su cuerpo era bueno físicamente, podía agradecerle a su maestro por el entrenamiento, a sus padres por enseñarle cómo cuidarse. Su fuerza era formidable, su agilidad era suficiente, sus saltos lo llevaban más alto que muchas otras personas.
Se aferró con fuerza a una rama y giró con esta hasta aterrizar sobre otra más adelante. Miró hacia abajo, donde podía ver los rápidos destellos del pelaje blanco de lo que debería ser su presa. No podía verlos a la perfección, no podía seguirlos con sus ojos, pero desde esa posición era más fácil ver patrones. Algunos tomaban rutas similares, otros volvían sobre sus pasos, algunos se tomaban unos segundos para rebotar de árbol en árbol con sus saltos. Ya que su cuerpo no podría seguirlos, dejó que su mente se adaptara a su velocidad, que sus ojos no se enloquecieran al verlos. Eligió un punto, intentó seguir su trayecto, falló, eligió otro y repitio el proceso.
Una y otra vez, una y otra vez.
Luego de varias horas, descendió de nuevo a tierra. Había aprendido un poco del espacio y sobre cómo se movían esos animales. Con confianza renovada y nueva información, volvió a intentarlo.
Volvió a correr. Entre la velocidad, su cuerpo se agachó y recogió una rama del suelo, lo suficientemente larga para asemejarse al tamaño de una katana. Quiso poner un freno y sus pies se clavaron en la tierra hasta detenerse por completo. Respiró, sus oídos se centraron en cada sonido que pudiera haber, sus ojos se cerraron y simplemente confió en la información que obtuvo antes.
Un camino, una posibilidad entre tantas.
Su brazo se movió, su cuerpo siguió el movimiento para darle aún más potencia a su ataque. La rama que usaba como arma chocó una piedra cercana y se partió en el punto de impacto. Al abrir sus ojos, solo por unos diminutos momentos, pudo ver uno de esos animales junto a donde el palo golpeó, acomodando el cuerpo de nuevo y volviendo a saltar en un solo instante.
El cocinero chasqueó su lengua, pero sonrió levemente. Había fallado, no había acertado, pero había tenido razón, la suficiente para comenzar a ver un camino, por muy pantanoso que sea.
Las horas pasaron volando, en cuanto la birkaniana volvió a acercarse a él se encontró de nuevo con ese hombre cansado, sucio y sin aire. Aún así, lo había encontrado de pie, aún queriendo encontrar una forma, cosa que mostraba un avance más grande de lo que podría parecer. - Parece que te diviertes -. El hombre, agotado por el esfuerzo físico y mental, se giró para verla, con una sonrisa en su rostro. - ¿Dime, ya puedes responderme eso que te pregunté cuando pediste mis enseñanzas? -.
Uker tuvo que parpadear un par de veces para que su cerebro hiciera conexión entre más de 1 tema, recordando esa pregunta que había quedado sin respuesta el día anterior. - Con la nueva información de estos animales, confiar en mis sentidos solo logra confundirme, pero hasta que pueda verlos de otra forma es lo único que puedo usar -. La joven se llevó una mano a la barbilla. - Respuesta interesante, pero no es a lo que me refería. Volveré a preguntarte en unos cuantos días -. Sin más, y asegurando que el entrenamiento no acabaría pronto, lo guió de vuelta hacia la civilización.
Pese al cansancio, Uker pudo sonreír hasta volver al barco. Notar la subida de sus habilidades segundo a segundo era satisfactorio.
Demasiado satisfactorio.
Día 3:
Un nuevo día, una nueva oportunidad de mejorar.
La noche anterior había preparado un platillo de pescado bañado en crema y sazonado con increíbles aromas. Podría tratarse de una información inutil para lo que estamos hoy aquí, pero lo cierto es que existe una razón.
Preparar ese platillo le trajo recuerdos de Jaya. Durante algunos días había estado atrapando sus propios peces con una técnica algo extraña, pues pescar no era algo que se le diera bien. Se había sumergido en el mar, cerca del barco, y había dejado que su cuerpo se relajara y se mantuviera ahí, tan quieto como se podía, buscando prevenir cuando un animal se acercaba debido a las vibraciones en el agua.
¿Y si esto era algo similar? Claramente él no podía sentir lo que afectaba el aire así como cualquiera sentiría lo que afecta la superficie del agua, pero tal vez esa era una manera de verlo que lo ayudaba a mentalizar una imagen más cercana de lo que estaba buscando. Por lo menos era otro tipo de acercamiento, si pudiera combinarlo con lo aprendido el día anterior seguro podía encontrar más cosas a explotar.
Volvió a comenzar el día persiguiendo a esos animales, o intentándolo más bien. La velocidad de sus piernas no iba a cambiar de un día para el otro, y esos pequeños eran tan veloces que no se dejaban siquiera ver, pero él había aprendido. Sus ojos se habían aocstumbrado al bosque, a reconocer a esas bolas de pelo que pasaban como balas, a deducir en unos instantes si eso se trataba de una rama o de otro animal, incluso llegaba a realizar piruetas simplemente guiado por instinto, antes de detenerse y preguntarse como es que sabía que eso que esquivó estaba ahí.
No se trataba de ese poder que buscaba, no funcionaba de esa manera, pero lo cierto era que conocer el terreno le permitía perder menos tiempo en pensar qué camino tomar, tiempo que era mejor usado para analizar a sus objetivos.
Un sonido atrajo su atención, uno desconocido, pero que dejó en claro en un segundo su peligrosidad.
Saltó, sin esperar a que esa cosa estuviera en su campo de visión, salvándose de milagro de que un gran animal lo mordiera. Se sostuvo a una rama a unos cuantos metros de altura, observando al depredador que había amenazado su vida. Parecía un carnívoro, más felino que otra cosa, al parecer no había sido capaz de verlo al saltar, pues ahora lo buscaba con su cabeza como si fuese a encontrarlo alrededor.
Uker decidió simplemente observarlo. Estaba seguro de que no se encontraba en el rango de visión de ningún animal, y cerca no había arbustos tan altos como para ocultar un cuerpo tan enorme. Mientras era observado, el felino movía su cabeza, movimientos que Uker antes había supuesto que eran para buscarlo, pero no tardó en descubrir que se trataba de otra cosa.
Como si quisiese devorar un fantasma, el animal estiró su cuello y abrió su boca , cerrándola justo a tiempo para atrapar con sus afilados dientes uno de los conejos que Uker debía capturar. El propio pirata se sorprendió, esa bestia no parecía capaz de ver las altas velocidades, pero había sido capaz de capturar a un pequeño conejo, el cual ya dejaba de soltar sus sonidos agónicos y moría definitivamente, devorado por el más grande.
¿Cómo lo había hecho? Se dedicó a preguntarse eso mientras observaba al felino gigante comer y tranquilizarse. ¿Por el sonido? Si por eso fuera él habría podido oir a esas cosas, pero eran tan silenciosas como una flecha rompiendo el aire. ¿Vibraciones, tal vez? Pese a que ambos eran animales que nunca había visto, dudaba de que se tratara de eso. Intentar deducir el movimiento y cantidad de esos conejos solo por las vibraciones de su movimiento debía ser una locura, había cientos y cada uno parecía capaz de dar dos o 3 saltos en 5 segundos.
Cerró los ojos, elevando su cuerpo y acostándose por fin en la rama que antes estaba sosteniendo su peso. ¿Qué era? ¿Qué era? No parecía haber nada excepcional en esa criatura, parecía otro gran depredador más. Si sus sentidos fueran excepcionales lo habría encontrado incluso tras salir de su vista, si su cuerpo fuera su mayor arma lo habría alcanzado con sus dientes. Y ahora simplemente seguía su camino sin más, debería apurarse si quería seguirlo para descu…
Espera, ¿cómo sabía que se estaba yendo?
Abrió sus ojos como platos y observó hacia abajo, a la ubicación que antes había ocupado el animal, ahora vacía. Sus ojos siguieron lo que su cerebro les decía, moviéndose un poco en una dirección, encontrándose con el animal, caminando para alejarse de ahí, seguramente en busca de otra presa. Uker simplemente se quedó en su lugar, recalculando, hasta que finalmente se sentó en la rama y observó sus manos.
¿Cómo había sabido eso? Sus ojos estaban cerrados, su atención estaba en sus propias preguntas mentales, su cuerpo estaba viendo en la dirección contraria a donde se encontraba la fiera. Intentó pensar un poco más, tratando de recordar eso que lo hizo pensar en que su objetivo se alejaba. En su mente le había dado una forma poco nítida, solo resaltando levemente esas características que intentaba analizar. Sin embargo, de un momento a otro, esa propia forma sin físico propio se movió, levantándose y comenzando a moverse. ¿Lo había predecido? Probablemente, claro está. Su maestro siempre le había dicho que la solución más lógica a un problema solía ser la correcta.
La cosa se complicaba, cuando lo que intentas aprender, carece de la lógica que te obligaste a adoptar.
Sus manos lo empujaron, fuera de su “asiento”, cayendo sin problemas y de pie en el suelo. Observó sus propias manos un poco más, antes de cerrar los ojos y concentrarse. Intentó volver a crear esa figura sin forma, solo pudiendo ver un humo raro de lo que su mente récord de la bestia que lo atacó. Pensó que simplificar el modelo lo ayudaría, algo como regresar a la bases. ¿Qué tenía ese animal? 4 patas, una cola, dientes… No, los dientes eran muchos y muy pequeños, sería perder el foco. Se centró más en su tamaño, en el color de su pelaje, tal vez en algunos detalles que fueran distinguibles. Cuando los tuvo, compactó esa imagen mental como si la apretara entre sus manos, como si fuese una figura de arena que podía convertir en una pequeña esfera.
En cuanto sus manos imaginarias se separaron, su mente podía ver una pequeña esfera, una pequeña llama parecida a la de una antorcha, con colores similares a los del animal.
Eso había visto, eso fue lo que su mente asoció con esa bestia.
Sin abrir los ojos, intentó encontrar más llamas así. Si había sido capaz de notar a uno sería capaz de ver a otros. En la oscuridad, algo lejos de su ubicación, pudo notar dos llamas más, casi apagadas, pero que serían suficientes para avanzar. Se levantó de un salto, sus piernas lo impulsaron hacia adelante, se preguntó a si mismo si siquiera era seguro acercarse mientras sonreía, todo eso antes de que algo se pusiera en su camino y chocara contra él.
Terminó con la espalda en el suelo, con dolor en su frente y su nariz. Abrió por fin los ojos, encontrándose con un gran árbol, que ahora tenía la marca en el punto exacto donde su frente había chocado con la corteza. El cocinero rodó los ojos y echó la cabeza atrás, dándose cuenta de que no podría buscar a sus presas si no podía ver donde se encontraba.
En cuanto la oscuridad llegó, y su maestra temporal llegó a buscarlo, se encontró con una escena que no habría podido ver venir: Uker, sentado contra el tronco de un árbol, con sus puños cerrados y sus nudillos tocándose frente a su torso, sus ojos cerrados, calma en su rostro y cuerpo, incluso uno de esos conejos que había estado persiguiendo, recostado y en paz, durmiendo en su regazo, hasta que la llegada de la birkaniana lo asustó y salió corriendo.
Día 4:
Nuevo día, nueva idea.
¿Serviría esta vez?
- Dime, ¿avanzaste? -. Preguntó la jovencita que funcionaba como su maestra en estos nuevos artes, claramente esperando una respuesta específica. - Es difícil de decir. No se si es la forma correcta de verlo, pero… -. Pudo notar como ella doblaba su cabeza hacia un lado, preguntando que le estaba por decir. - Bueno, ya que me costaba simplemente poder “ver” algo que claramente no podía saber que estaba ahí, pensé en otra manera de llevar eso a mi mente. Creé una imagen mental de un animal, separando sus rasgos más particulares y convirtiéndolos en una sola cosa, como si se tratara del núcleo de ese individuo. Con eso en mente, busco algo a mi alrededor que sea de colores o características similares, y así puedo… -.
Al levantar la vista, pudo ver el rostro de la mujer, claramente confundido por las palabras del cocinero. - Es decir, no se si sea la forma correcta de hacerlo, pero… - No no, tiene sentido -. Ella lo interrumpió, dejándole en claro que no debía avergonzarse. - Primero extraes información para generar un perfil que te acerque a cómo debería ser su aura, es una forma curiosa de hacerlo -. “Aura”, ¿así se llamaban esas cosas?. - Si eso te funciona para comenzar a visualizarlas, no veo porque sería un problema. El haki no es un arte completamente exacto, es algo que debes sentir y a lo que debes acceder desde tu propio ser. Podré enseñar a mucha gente, pero cada uno tiene una forma distinta de aproximarse, y de verlo en el futuro también -. Esas palabras trajeron algo de paz a Uker, al menos ahora sabía que no iba por un mal camino.
- Aprendías mejor con ejercicios prácticos, ¿verdad? -. Preguntó, como si no hubiese sido ella quien lo puso a entrenar de esa manera por su incapacidad inicial para concentrarse. - Piensa en tus capacidades como tus músculos. Te costará entrenarlos para mejorar, pero poco a poco irás adquiriendo conocimiento que no se borrará de tu mente. En un futuro seguramente podrás notar auras antes de ver a quién pertenecen, solo por entrenar esa parte de tu ser -.
Parecía algo prometerdor, por lo que Uker volvió a agradecerle que tome parte de su tiempo para enseñarle.
Estando ya en mitad del bosque, suspiró y dejó caer a su lado la bolsa que llevaba consigo. No había querido mostrarle el contenido a la birkaniana por mucho que le preguntó, pues esperaba no tener de ella ninguna reacción que pudiera decirle si su plan funcionaría o no.
Volvió a sentarse en el pasto, rebuscando con sus manos entre el contenido de la bolsa, sacando de esta una tabla de madera, un cuchillo y un tomate. Comenzó a cortar el tomate, en rodajas finas, dejando que el ruido del metal chocando contra la tabla fuera lo único que cortara el ambiente. En cuanto terminó, movió los trozos de la fruta a un lado, tomando ahora dos hojas de lechuga de la bolsa.
Apenas las cortó en trozos, dejó que la tabla de madera descansara sobre el pasto, mientras que él limpiaba el cuchillo con un trapo y volvía a guardarlo en el interior de la bolsa. Observó a los lados, al bosque, intentando ver si algún animal se acercaría, pero no parecía el caso. Sin más, cerró los ojos y volvió a tomar la posición en la que Jalindra lo había encontrado la noche anterior.
Se concentró, en su alrededor, en sí mismo, en la imagen mental que tenía de esos conejos que perseguía. Su pelaje blanco, sus poderosas piernas que golpeaban con gran fuerza el suelo, sus largas orejas, doblando el tamaño de su cuerpo. Repitió el proceso realizado el día anterior, intentando llevar a esa criatura a un estado más básico. En cuanto terminó, y a diferencia del felino de antes, ahora no podía ver más que una pequeña cantidad de aire, que brillaba casi con una luz cegadora. ¿Será porque se movían a gran velocidad que su cerebro los pensaba como simple “aire”?
Se mantuvo un momento con esa visión en mente, intentando buscar más y más a su alrededor. Era difícil, podía ver alguna que otra, pero en cuanto comenzaba a sentirlas y localizarlas desaparecían, como si fueran el fuego de una cerilla que alguien apagaba al no necesitarla más. Eran veloces, incluso para sus sentidos más refinados, no podría atraparlos así como así. Pero, su plan parecía dar sus frutos.
Su cuerpo estaba en total calma, la comida parecía apetitosa, la falta de peligro hizo que uno de los conejos aterrizara cerca suyo, avanzando lenta y precavidamente hasta llegar a las verduras. Comenzó a morder el alimento, probándolo, desconfiado, hasta que al menos tuvo la confianza para acomodarse y comer tranquilamente. Uker abrió los ojos y sonrió levemente, volviendo a cerrar los párpados para volver a concentrarse.
Tenía enfrente suyo a una de esas juntas de aire, lo suficientemente cerca para analizarla, al menos mentalmente. Se grabó en su cabeza su forma, sus características, ese color blanco que a veces mostraba trazos de rojo. Sin saberlo, se mantuvo así bastantes horas, tantas que el propio animal se recostó a su lado luego de comer, mientras que ahora Uker ampliaba su búsqueda mental.
Ahora podía al menos saber que esas cosas eran sus presas, verlos con más claridad, conocer su ubicación antes de que saltaran. Todo parecía perfecto, pero había un gran problema: la cantidad.
Podrían ser solo pequeñas bolas de pelo, pero lo cierto era que sus números eran suficientes para superar a todos los participantes de los juegos, incluso podría llegar a decir que podrían triplicar esa cantidad fácilmente. Era agotador intentar tener en cuenta a todos, los que llegaban a su rango desde afuera, los que se iban, incluso las nuevas posiciones de los que saltaban y se hacían casi imposible para sus “ojos”. De un momento a otro, abrió sus párpados y volvió a sus sentidos normales, jadeando y agotado como si hubiese corrido todo el día.
Incluso el animal a su lado dió un salto en cuanto el pirata lo despertó, lanzándose hacia la naturaleza con un salto en cuanto cruzaron miradas.
Era extenuante, pero al menos comenzaba a entender ese nuevo poder. Si pudiera acostumbrarse aún más, seguro que sería capaz de empezar a ver el movimiento de esos animales. Utilizó el trapo de antes para limpiar los restos de la comida que quedaron en la tabla, guardando todo lo mejor posible y luego levantándose. Ya casi caía la noche, sus piernas le rogaban algo de movimiento luego de tantas horas sentado. Sonrió y se lanzó a buscar de nuevo a ese conejo que se había quedado a su lado, al menos por unos momentos antes de que la birkaniana lo alcanzara.
Día 5:
Este día pasó sin muchos más avances durante su estancia en el bosque. Intentó concentrarse, dejar de mover su cabeza para “visualizar” donde se encontraban las auras. Era difícil, por decir poco, tener que apagar los sentidos que lo acompañaron toda la vida para crear uno nuevo.
Al regresar al barco, hogar de la tripulación, cocinó como era costumbre y dejó que cada tripulante comiera a su ritmo y en cuanto guste. Por su parte, se encerró en la pequeña bodega que ocupaba como habitación, se sentó en las mantas tiradas en el suelo que eran su cama y dejó el plato de comida a un lado. Cruzó las piernas, junto los puños, cerró los ojos. Se concentró.
No lo había intentado antes, volvía demasiado cansado al barco para pensar en otra cosa que no fuera simplemente cocinar y descansar, pero hoy al menos quería intentarlo. ¿El que? Percibir a sus compañeros de tripulación con el uso de esa nueva habilidad que entrenaba.
La cantidad de lugar a cubrir era mucho menor, por lo que no debería tener problema. Intentó primero con el capitán, Eros, creyendo que sería una buena opción para empezar. Lo visualizó en su mente, comenzó a separar las características más notables del usuario zoan. Su cabello, largo y azulado, su timidez, su trabajo como sepulturero que aún parecía amar. Por mucho que intentaba, no podía formar una base sólida solo con eso, la pequeña esfera de viento que creaba no aparecía por ningún lado.
Tal vez estaba equivocado en algo, volvió atrás en sus propios pasos.
El cabello era una cualidad identificable, por lo que el color azul oscuro parecía correcto. Un trabajo que algunas personas podrían tratar como terrorífico parecía ser adecuado para otorgarle tonos más oscuros a la energía. ¿En qué estaba fallando? ¿Su timidez? Por mucho que pareciera algo que quiere arreglar, era algo que le costaba quitarse, no podía…
Por un momento, lo recordó en Drum, en el combate que hicieron en la cueva, en la pelea contra Pegasus y sus secuaces. Ahí no había mostrado rastros de esa timidez, había disfrutado los combates, siempre dispuesto a recibir el siguiente golpe y devolverlo con toda la fuerza, una pasión en los ojos difícil de apagar, como una llama.
Como una…
Volvió a intentarlo, ahora con un pequeño cambio en los conceptos. Una pequeña llama de colores oscuros se hizo presente ante él. Buscó a su alrededor, sin moverse del sitio o abrir los ojos, y por fin lo encontró. Tan solo a unas habitaciones de distancia, la pequeña llama morada se hizo presente. Uker sonrió, centrándose en esa pequeña fracción de poder que podía sentir. Estaba seguro de que la presencia de ese hombre debería ser más notable, pero simplemente poder conocer su ubicación ya era una capacidad increíble.
Era turno de volver a empezar, ahora con un compañero diferente. Por puro azar eligió a Varo, el explorador que tanta información había sido capaz de darles en esa isla flotante.
El mink era difícil de descifrar. A veces podían verlo aterrado o cauto ante los posibles peligros que se encontrarían en el viaje, cuando hablaba de sus conocimientos o la búsqueda de estos se notaba más valeroso, dispuesto a la acción. La fruta que había consumido era peligrosa, dolorosa incluso, pero se trataba de alguien tranquilo y que no dañaba por placer. Cualidades contrarias, pero no por eso imposibles de encontrar.
Un carácter tranquilo y cualidades que parecían luchar entre sí, con esa idea, dió forma a una pequeña esfera de aire, de colores simples y básicos, pensando que podría terminar de definir sus tonos cuando pudiera notar su presencia verdadera.
No tuvo que buscar mucho hasta encontrar eso que buscaba, una esfera de aire muy similar a la que había imaginado, en un piso superior a su habitación. Sea lo que sea que hacía, podía notarlo moviéndose, tal vez arreglando algo o incluso entrenando por su cuenta. Esta capacidad se estaba volviendo más fácil de entender.
Aunque, ¿no tendría que enseñarle él a los Sepultura, verdad? Sus capacidades como maestro eran muy, pero muy, limitadas.
Tocaba intentarlo con el último integrante de la tripulación (Sin contar mascotas o el propio barco).
Kiyoshi si que era un misterio mayor. Su actitud no era tranquila, podía insultar, y lo hacía, a quien tuviera enfrente. Su gran habilidad con su arma rivalizaba con sus conocimientos de medicina, los cuales no dudaba en dejar salir siempre que era necesario. Aún así, existía verdadera preocupación en él por sus compañeros, como cuando pasó días enteros buscando la cura para la enfermedad que azotó a Eros en Jaya, o aquella conversación que tuvieron en la cubierta del Black Widow. En esa ocasión había pensado que algún cambiaformas había adoptado la apariencia del medico y que claramente no podía ser él, pero poco a poco comprendía que sus formas bruscas solo ocultaban sus verdaderos sentimientos, más no los enterraban.
Aún así, ¿qué lo definía? ¿Su manejo del rifle? ¿Sus conocimientos de medicina? Como podría otorgarse un color o un sentimiento a eso? La akuma que había consumido parecía venirle de perlas a un amante de la limpieza como él, pero…
A decir verdad, estuvo bastante más tiempo del esperado en eso. No podía encontrar una forma simple de definir a Kiyoshi, mucho menos se veía capaz de llevarlo a aspectos básicos sin caer en cosas muy genéricas. Se rindió luego de un par de horas, por fin abriendo los ojos y comenzando a comer del plato que había traído consigo.
El alimento podría ayudarlo. Cerró los ojos y dejó que su cabeza se apoyara contra la pared detrás de él, mientras masticaba.
Pese a su fuerte actitud, el Maeda no era alguien muy bendecido físicamente. Podía enfermarse con facilidad, lo cansaban los trabajos que para Eros o él mismo eran cosas simples y rutinarias. A lo que siempre le ponía energía y empeño era a la limpieza. Siempre constante, sin detenerse, sin dejar pasar un centímetro de suciedad, como si de la marea se tratase, olas llevadas una y otra vez por el viento.
Sus ojos se abrieron, y por fin pudo verlo. Una pequeña mota de aire, de tonos celestes, frente a él, a varias paredes de distancia. Ese era el lugar de su estudio, del médico que tantas veces los había sacado de apuros. Conociendo la estructura del barco, debía estar sentado en la cama.
Giró su cabeza hacia un lado, encontrándose con el fuego azulado, levantó la vista y se encontró con esa esfera blanca y negra de vientos. Podía notarlos, podía verlos moverse, podía saber dónde estaban, y con los ojos abiertos. Uker sonrió, sabiendo que había logrado avanzar bastante, pero tan cansado por el esfuerzo que terminó por dormir ahí, sin mover un músculo más.
Día 6:
La llegada al bosque esta vez fue diferente.
Se separó de su maestra mucho antes que en otras ocasiones, avanzando por su cuenta a donde una gran manada de sus presas se encontraba. Ella no lo detuvo, más bien soltó un pequeña risa al notar la diferencia que había en el hombre pese a lo tosco que se veía en los primeros días.
Ya ingresado en la espesura de la flora, Uker avanzó sin detenerse por un largo trecho, utilizando raíces y ramas de árboles para propulsarse hacia su destino con saltos ágiles. Solo se detuvo en cuanto vio pasar en su rango de visión las rápidas bolas de pelo que eran esos conejos. Un salto lo llevó a la rama alta de un árbol, lugar donde no tardó en cerrar los ojos y concentrarse, pudiendo notar aquellas auras que marcaban el punto donde sus presas se encontraban. Abrió los ojos, aún pudiendo detectarlos, sonriendo al notar sus avances en el aprendizaje.
Descendió, impulsandose para cortar el camino de uno de ellos, que avanzaba por el bosque. No fue posible, el animal era más rápido, simplemente usó su brazo como punto de apoyo y salió despedido de nuevo hacia otro punto del lugar. En velocidad corporal no iba a ganarles, al menos no por ahora. Ese pensamiento llevó su mano hacia el lado derecho de su cintura, desatando su katana de la soga que la mantenía cerca de él y tomándola como si se preparara para cortar a alguien, pero sin sacarla de su funda aún.
Esperó, con sus rodillas flexionadas y sus manos liberando la tensión al hacer bailar sus dedos poco a poco. Su vista al frente, atento a esas auras blancas que podía ver, pudo notar como una avanzaba hacia su ubicación, como si de una bala se tratase. Sus piernas se afirmaron a la tierra, sus manos tomaron con fuerza el arma, sus pupilas se achicaron justo a tiempo para que el movimiento de sus brazos hiciera chocar la espada envainada con el proyectil vivo que apuntaba a golpear a su pecho.
En vez de poner la fuerza suficiente para mandarlo a volar de vuelta por donde vino, la estrategia fue otra. Ocupó el extraño ángulo que había alcanzado su espada para desviar el movimiento del animal hacia arriba. En el aire no tendría donde impulsarse, Uker lo vio subir y subir hasta que comenzó el descenso inevitable del conejo, el cual pataleaba como si fuera a encontrar un punto de apoyo. Solo restaba agarrarlo y no soltarlo, su lengua pasó por su labio inferior mientras que observaba con atención el movimiento de su presa.
De pronto, algo golpeó su espalda, quitándole toda la concentración, junto al equilibrio. Cayó hacia adelante y su rostro se hundió en la tierra, avanzando unos centímetros para detenerse de pronto. Incluso sin verlo, sabía perfectamente lo que lo había golpeado: otro de esos animales. Estaba tan enfocado en atrapar a uno de ellos que no prestó atención a las auras a su alrededor, siendo golpeado de nuevo y evitando que consiga su objetivo.
Los conejos no hicieron más que marcharse de nuevo, dejando tirado al hombre, quien se levantó luego de unos segundos para limpiarse la tierra de la cara. Pese a que podía verlos aún sin cerrar los ojos, debía también estar atento a sus alrededores, pues de nada servía poder preveer un acercamiento si no iba a notarlos estando de espaldas.
Se levantó, mientras retomaba su concentración para volver a hacer uso de ese nuevo poder. Ya con los ojos abiertos, dejó que su nuevo sentido se enfocara también en sus puntos ciegos, de alguna manera pudiendo notar los movimientos de los animales que debía capturar. Eso era algo mágico, sin dudas, nunca habría creído que iba a ser capaz de…
Sus instintos actuaron en cuanto otra bola de pelos blanca pasó a toda velocidad bajo su mentón, apenas moviendo la cabeza a tiempo para no ser impactado. Se estaban reuniendo a su alrededor, usando sus movimientos para visualizarlo y esperar un punto libre. Al menos ahora podía notar eso incluso si no los veía.
Sus pies dieron un pequeño salto al costado, evitando uno que se lanzó hacia sus rodillas. Dio 3 pasos atrás y movió su brazo hacia arriba, eludiendo otro ataque dirigido a su mano. Había pasado tanto tiempo en ese bosque que ya se habían acostumbrado a su presencia, dejaban de verlo como una amenaza desconocida y podían ver sus falencias físicas. No parecían ser más que presas, pero lo cierto era que eran más inteligentes y peligrosos de lo que podría haber imaginado.
Volvió a lamer sus labios. Esto era perfecto, ahora que podía verlos se acercaban a él para que los atrapara. Tenía hasta que el sol se oculte para lograr su objetivo, y estaba dispuesto a luchar por horas.
Otro proyectil peludo se lanzó hacia él, directo a su cabeza, el cual evitó simplemente moviéndose un poco. Estiró su brazo para alcanzar al animal en cuanto este pasara a su lado, intentando atrapar al menos sus piernas, pero otro alcanzó su muñeca y lo golpeó, evitandolo. Eran inteligentes, simplemente huían porque no había un animal más pequeño en ese lugar, pero ahora que sabían que podían detener sus avances a fuerza bruta lo estaban haciendo. Mientras sacudía un momento su mano para quitarse el dolor, su lengua pasó por su labio inferior, algo que se le estaba haciendo costumbre en estas situaciones. Su presa estaba justo frente a él, y quería dar batalla en vez de huir.
Emocionante.
El resto de la tarde pasó con los mismos intentos, fallidos una y otra vez, pero sintiéndose más cerca de lograrlo cada vez que una de sus manos conseguía rozar el pelaje de esos conejos. A diferencia de los primeros días, donde apenas podía seguirles el ritmo y sus arremetidas eran sorpresivas, ahora era capaz de verlos, de notar su presencia, suficiente para prepararlo contra los ataques.
Suficiente para atraparlos dentro de poco.
Para cuando Jalindra llegó a encontrarlo de nuevo, el hombre aún se encontraba inmerso en su tarea. Tal era la concentración que ella le permitió continuar, sin interrumpirlo ni llamarle la atención. Le faltaba técnica, aún debía estar viendo en dirección de su objetivo muchas veces, pero el avance era asombroso si se lo comparaba al de un par de días atrás. Los ojos de Uker se movieron hacia la derecha, antes incluso de que su visión periférica o su sentido del oído puedan avisarle de algo. Su mano se alzó, a la altura de su rostro, cerrándola justo a tiempo para atrapar en su puño las orejas de uno de los conejos que había apuntado a su rostro. Sonrió, lo había conseguido, lo había…
El animal simplemente volvió a dar una patada, alcanzando la cara del pirata que no se dignó a separarlo lo suficiente de él como para evitar eso. Tuvo que soltarlo por el golpe, escupiendo un poco de sangre y sosteniéndose la mejilla derecha con la mano, mientras veía al animal simplemente irse una vez más. Se había emocionado demasiado por el logro y no había tenido en cuenta todas la posibilidades, otra cosa que no iba a descubrir hasta cometer el error.
La birkaniana por fin se acercó, con una sonrisa, notificandole que debían volver. El muchacho la observó por un momento, una gota de sudor cayó por su rostro y no tardó en preguntarle si acaso lo que acababa de pasar no contaba como haber completado la tarea.
Ella, entre risas, le dijo que, efectivamente… No.
Día 7:
Esta vez estaba seguro de que iba a poder lograrlo, completamente seguro. Tal vez fue por eso mismo que Jalindra dijo que ese día iba a acompañarlo durante toda la tarde, sorprendiendo al cocinero que pensó que tendría muchos alumnos. A esa duda no hubo respuesta por parte de la muchacha, solo una risita pícara y nada más. Casualmente, y sin que él se diera cuenta, dejó que fuera el pirata quien guiara el camino hasta encontrar la zona donde entrenaba en esta ocasión.
Tras el paso de unos 30 minutos, ambos ya se encontraban corriendo por el bosque, persiguiendo y evitando las arremetidas de los conejos que Uker debía atrapar.
Pese a que lo acompañaba, la joven rubia no intervenía para nada. Si Uker debía recibir un ataque por no estar atento o chocar contra un árbol por estar demasiado atento, pues así debía ser, pero sorprendentemente no se estaban dando ninguna de las dos situaciones. Ella esquivaba con gracia a los animales, su entrenamiento para pelear con nada más que sus propias manos hacía posible eso, mientras que el incansable cuerpo del espadachín, tenía problemas para seguir la velocidad con sus pies. Por suerte, no era así con sus sentidos.
Ya se había acostumbrado a ese bosque, a como los árboles creaban sus patrones naturales, a la sensación de la madera en sus palmas en cuanto utilizaba una de las ramas para impulsarse hacia adelante. La tierra bajo sus pies era firme, el camino se abría para quien lo había estudiado, su oído y su olfato no eran especialmente buenos, pero se había adecuado a cada pequeño fragmento de ese lugar, lo suficiente para que todo sea de ayuda.
Sobre todo la nueva habilidad que había aprendido.
Sin dejar de lado el resto de sentidos, utilizar el Kenbunshoku era una gran ayuda. Como había hecho para aprender a notar el aura en cada ser vivo, con un poco de práctica había logrado encontrar una manera de hacer uso de esa visión de 360 grados que ese poder otorgaba.
Si en vez de intentar ver con sus ojos, llevaba ese sentido a otra dimensión, se le hacía fácil visualizar el terreno como un mapa en su cabeza. Claramente esto era ayudado por el conocimiento del terreno que había adquirido, pero lo había intentado también en el Black Widow la noche anterior y tras muchos intentos había conseguido al menos una representación gráfica del barco lo suficientemente buena para poder suponer por donde se movían sus compañeros. Sin necesidad de girar la cabeza podía saber que un conejo pasó a su espalda a gran velocidad, que otros los seguían en paralelo en uno de sus costados, que uno se detenía al chocar con un árbol y simplemente volvía a saltar en otra dirección. No había sido solo entrenamiento con el haki, había tomado algo de sus conocimientos como navegante también, pensando en verse dentro de un mapa para poder conocer la mejor ruta posible.
Pero no todo era perfecto. Este poder no era capaz de mostrarle aquellas cosas que no tuvieran un aura, dejando fuera de su mapa mental toda la naturaleza existente. No importaba, la información brindada era suficiente, y podía hacer uso de sus otros sentidos para rellenar aquellos huecos faltantes.
No se trataba de conseguir algo de lo que se pudiera depender, sino de aprender un nuevo talento para agregar a su repertorio. Hacer chocar y combinar sus habilidades con destreza es lo que demostraba el valor de un luchador.
De pronto, vio algo con suma claridad. Dos auras, una que avanzaba a toda velocidad, a punto de chocar con la otra inmovil. A la velocidad que iban, no iban a llegar antes de que colisionen, por lo que aceleró el ritmo de pronto, siendo seguido sin problemas por Jalindra, quien seguramente vio lo mismo que él.
Uker giró su cuerpo mientras se deslizaba, con sus pies intentando frenar de golpe el veloz avance que había empezado hace un segundo. Extendió sus brazos hacia los lados, miró al frente, y recibió directamente en su estómago el golpe de uno de los conejos, que lo hizo doblarse ante la potencia y abrazarlo con fuerza, justo a tiempo para que el otro protagonista de la escena hiciera aparición.
Oculto, cazando detrás de unos matorrales, se encontraba una de las bestias felinas que Uker había visto hace unos días. El animal salió de su escondite con la boca abierta, dispuesto a comer al conejo que se había acercado sin precaución a él, pero encontrándose con los hombros de Uker en vez de eso, quien no cedió ante la fuerza de la bestia. - Lo logré -.
Con su mano derecha, levantó un poco la dentadura del animal, logrando que la mandíbula le doliera y comenzara a soltar pequeños chillidos, alejándose rápidamente de la escena. La birkaniana llegó en ese segundo para asegurarse de que su alumno no hubiera salido lastimado de su maniobra extremadamente loca, descubriendo de paso que Uker sostenía con su mano izquierda al conejo por las orejas. - Awww, ¡lo lograste! -. Dijo, con una sonrisa en la cara y volteando el rostro para mirarlo. - Bueno, dime cómo lo hiciste -. Obviamente ella había podido ver lo mismo que él, incluso de mucha mejor manera, pero exteriorizarlo siempre ayudaba a entender mejor los procesos.
- Bueno, descubrí que estos pequeñines no son presas fáciles -. Mientras decía esto, se agachó y soltó al animal, el cual lo miró por unos segundos antes de marcharse tan rápido como llegó. - Cuando intenté atraparlos solamente por la fuerza o por sorpresa eran capaces de evitarme. Si ese otro animal está acostumbrado a comerlos seguramente aprendió forma de atraparlos sin que puedan zafarse, por lo que la idea fue encontrar a uno de esos tigres mientras estuviera cazando, y robar su comida -. Ambos rieron un poco, uno más cansado que la otra. - Bueno, lo lograste. Solo siguiendote los pasos pude ver que era capaz de ver perfectamente las auras, así que mis lecciones se terminan -. Uker dobló su cuerpo y agachó la cabeza, agradeciendo a la muchacha por haberle enseñado. - Ya que pudiste aprender, es hora de que contestes la pregunta que aún no pudiste contestar -.
Uker sonrió, habiendo encontrado una respuesta que creía era la indicada. - Si no fuera por el haki, no habría podido aprender los patrones y los movimientos de los conejos, pero si no fuera por el resto de mis sentidos me habría golpeado más de alguna vez la cara contra los árboles del bosque al querer perseguirlos. Confío en mis sentidos, tanto que sé que puedo usarlos y potenciarlos con otro más ahora -.
La mujer sonrió, volvió a asegurar que era una forma curiosa de verlo y tomó el mando de la vuelta a casa. Uker, aún con su agotamiento, miraba su mano, la que había sido capaz de atrapar al conejo, y sonreía.
Otra barrera imposible había sido superada. ¿Cuál sería la siguiente?
