19-08-2026, 06:38 AM
Día 07 de Primavera del Año 18
Presente Relativo
Skypiea era sin lugar a dudas un lugar muy interesante, lleno de vegetación única, personas que si bien se consideraban superiores al resto de individuos tampoco eran extremadamente difíciles de manejar, las vistas eran algo que incluso atravesando la Grand Line durante varios meses era imposible de igualar, hasta llegar a esa isla Mizuki no había quedado en shock por cosas como la magnificencia o imponencia de un lugar. Sin embargo el reino que había en Skypiea era la excepción a las experiencias que había tenido hasta el momento, aquello era una experiencia agradable y satisfactoria para la mujer de dos metros treinta y cinco que había tenido la oportunidad de hablar con diversas personas, tanto comerciantes como ciudadanos de a pie que les daba curiosidad aquella criatura tan extraña que podía llegar a ser una mujer tiburón tigre.
En virtud de haber podido comunicarse con los locales de forma relativamente prospera, la mujer había logrado aprender algunas cosas muy interesantes, lugares donde comer buenas comidas, espectaculares vistas locales, donde conseguir algunos recuerdos para llevarse y entre tantas curiosidades que la constante charlatanería le había dado, estaba también el dato de dos individuos particularmente interesantes para ella, maestros de artes marciales especializados en distintas disciplinas. Aunque la mujer de ojos azules y esclerótica negra no esperaba encontrarse entrenando en la legendaria isla del cielo cuando se había disfrazado como parte de la corporación Nozama para acceder a esa isla, tendría la oportunidad de hacerlo, por eso mismo es que había comenzado a investigar y buscar la localización de varios de los dichos maestros de artes marciales a donde le habían indicado.
Tras recorrer la zona que los locales tan voluntariosamente le habían indicado, la mujer de cabellera rubia se hizo presente en lo que parecía tener un dojo de artes marciales cerca de un rio en las nubes, una vista hermosa igual que tantas otras que había podido admirar en la isla del cielo desde que había llegado a la misma. La Gyojin de casi un cuarto de tonelada no podía evitar sonreír pacíficamente al imaginarse lo idílico de vivir en un lugar como aquel durante un largo periodo de tiempo, la paz que sentía probablemente sería algo temporal antes de que su espíritu de lucha, exploración, rebeldía y codicia la obligasen a abandonar la isla en el cielo en caso de que ella misma intentase también instalarse en un lugar tan idílico, pero solo por un instante, se imaginó una vida pacífica entre las nubes y los ríos de aquella isla que muchos llamarían paraíso.
El viento de la alta atmósfera, notablemente más sutil y ligero que las densas brisas saturadas de salitre a las que estaba acostumbrada en el Mar Azul, acariciaba la piel ocre atigrada de Mizuki con una suavidad casi irreal, trayendo consigo un lejano y amortiguado eco de las corrientes fluviales que surcaban las nubes blancas. La joven gyojin ensanchó sus fosas nasales, llenando sus pulmones con aquel aire puro y cargado de una humedad extraña, una condensación flotante que no olía a lodo ni a algas, sino a una pureza mineral que resultaba tan desconcertante como fascinante para una criatura nacida en las profundidades del océano.
Con cada paso que daba en dirección a la entrada de aquella edificación de madera clara y arquitectura esbelta, sus pies cubierto por las punteras que utilizaba habitualmente en casos de considerar que hubiera un mínimo de posibilidad de combate, experimentaban la peculiar textura del suelo de la isla del cielo: una solidez que desafiaba la lógica, un suelo esponjoso pero lo suficientemente firme como para sostener su imponente masa de casi un cuarto de tonelada sin ceder un solo milímetro ni producir aquellos crujidos violentos que la tierra árida de Baltigo o el adoquinado frío de Baterilla solían emitir bajo su peso.
Mizuki avanzó manteniendo una postura erguida, consciente de que su imponente estatura de dos metros con treinta y cinco centímetros cortaba el horizonte de la entrada del dojo, proyectando una sombra alargada y robusta sobre los paneles de madera pulida que formaban la fachada del recinto. A pesar de haber dejado su característico mandoble a dos manos y su rifle de asalto de largo alcance bien resguardados bajo las lonas de la carabela del Rompecadenas, la mujer de esclerótica negra seguía sintiendo la reconfortante y familiar presión de sus grilletes sin cadenas en las muñecas, aquellas piezas de metal que ahora brillaban con un pulido impecable bajo el sol resplandeciente de Skypiea, transformadas a la vista de los extraños en una suerte de joyería exótica.
Antes de cruzar el umbral definitivo, la rubia se detuvo un instante a observar la perfecta comunión entre el río bordeado de nubes que fluía a escasos metros del dojo y la estructura misma del recinto, cuyas líneas estilizadas parecían haber sido diseñadas para canalizar las corrientes de aire descendentes de la montaña de la isla. Era un entorno que invitaba a la introspección y a la quietud, un aislamiento espiritual que contrastaba fuertemente con la beligerante inercia que solía hervir en el estómago de la luchadora cuerpo a cuerpo cada vez que un desafío se presentaba ante ella.
Sin embargo, en esta ocasión no venía movida por la cólera ciega ni por el simple deseo de machacar los huesos de algún marine corrupto o un Mink engreído; venía impulsada por la necesidad de absorber conocimiento, de garantizar que su repertorio técnico no se oxidase y, sobre todo, de encontrar una respuesta contundente a las vulnerabilidades que sus propios compañeros de la Corriente Libre, Kazan y Seraphine, dependían que ella cubriese durante sus peligrosas misiones de infiltración y reconocimiento en los mares del mundo.
Los pensamientos de Mizuki comenzaron a acelerarse igual que su corazón cuando se vio cada vez más cerca de la entrada al Dojo -Es verdaderamente ridículo si uno se detiene a pensarlo con frialdad... He recorrido millas náuticas a través de tempestades abrumadoras, he peleado en cuadriláteros inmundos como esclava de combate y he esquivado el asedio de la Marina en el South Blue, solo para terminar buscando las verdaderas raíces de las artes marciales de mi propia especie en la cima del cielo, en un reino flotante donde el mar es solo un cúmulo de nubes algodonosas.
Pero si los rumores que escuche a esos mercaderes parlanchines en la plaza principal de la ciudad son ciertos, en este dojo habita una de las mentes más reconocidas y refinadas del Karate Gyojin. No puedo permitir que mi orgullo de tiburón tigre o mi habitual arrogancia arruinen esta oportunidad; debo ser meticulosa, mantener mi fachada de aprendiz disciplinada y ganarme el favor de la maestra...- pensó mientras finalmente llegaba a la entrada del lugar donde con algo de suerte tendría la oportunidad de aprender nuevas técnicas y pulir sus habilidades actuales de Karate Gyojin.
Reacomodando con suavidad el bolso de viaje que colgaba de su hombro, el cual contenía tanto su cuaderno rojo de sketches como una cuidadosa selección de especias raras y utensilios de cocina de alta calidad que justificaban su profesión secundaria, la gyojin extendió su mano derecha y deslizó el panel de madera de la entrada con una delicadeza pasmosa, cuidando de no aplicar la tremenda fuerza física que residía en sus dedos para no causar ningún ruido molesto ni desperfecto en la estructura. Al abrirse la puerta, el interior del dojo se reveló ante sus ojos azules como un santuario de orden y disciplina: el suelo de madera estaba tan pulido que reflejaba la luz exterior como si fuera la superficie de un lago en calma absoluta, y el sutil aroma a incienso de sándalo se mezclaba con el frescor de la humedad suspendida en el ambiente de Skypiea.
Fue en ese preciso instante, justo en el centro del tatami principal alineado perfectamente con la vista hacia el río de nubes exterior, cuando Mizuki divisó la silueta de la persona que regentaba aquel templo de combate. No cabía ninguna duda de que se encontraba frente a la rumoreada maestra, la gyojin llamada Ginja, y la primera impresión visual fue suficiente para que la revolucionaria de patrón atigrado realizara un análisis anatómico y estético completo de su potencial instructora, catalogando cada detalle con el ojo entrenado de quien sabe que la fisonomía de un oponente determina su estilo de lucha… Y de una mujer que sabe apreciar a otra con un cuerpo tan hermosamente cuidado como el de aquella Gyojin de pálidos cabellos.
Ginja era una gyojin relacionado con algun tipo de tiburón tal vez los acanthias o tiburones mielga, no era algo que Mizuki pudiera determinar con completa confianza en su primera observación, tal vez después de interactuar un poco más con ella y verla de cerca podría estar completamente segura, pero como mínimo la reconocida mujer llamada Ginya poseia características físicas que diferían notablemente de la robustez masiva de Mizuki. Su estatura era de un metro con sesenta y cinco centímetros como mínimo, tal vez tuviera uno o dos centímetros más pero no era momento de ponerse a medir tanto a la mujer con la mirada.
Ginja tenía una altura que la situaba considerablemente por debajo de la imponente presencia de Mizuki, y su complexión era delgada, estilizada con una elegancia que a primera vista podría hacerla pasar por una bailarina o una cortesana de alta alcurnia en lugar de una letal artista marcial del Grand Line, aquella dualidad era algo que gustaba a ojos de la mujer tiburón tigre, le resultaba atractiva y misteriosa, con una naturaleza dual más que interesante. Su piel mostraba un hermoso color azul grisáceo, liso y sin las marcas atigradas que adornaban los brazos y la cola de Mizuki, mientras que sus ojos, de un profundo color violeta y una marcada forma rasgada, observaban el entorno con una mezcla de escrutinio frío y calculada suficiencia.
Aquella mujer poseía unas facciones que eran afiladas, con una barbilla puntiaguda que acentuaba la finura de sus labios delgados y unas cejas delgadas que parecían haber sido trazadas con la precisión de un pincel de caligrafía. El cabello de la maestra era completamente blanco, de una longitud considerable que caía como una cascada de nieve, aunque lo llevaba recogido de forma impecable en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello estilizado y permitía una total libertad de movimiento para el combate.
El atuendo de la mielga era igualmente llamativo y sofisticado, demostrando un esmero casi obsesivo por las apariencias que encajaba perfectamente con las advertencias que Mizuki había recibido sobre su vanidad, advertencia que hasta ese momento no había tenido tan en cuenta. Vestía un vestido verde de manga larga y cuello vuelto que se ajustaba con precisión a su figura delgada, descendiendo exactamente hasta la altura de sus rodillas, mientras que sus piernas permanecían cubiertas por unas medias del mismo tono verde, creando una continuidad cromática muy elegante. Sobre esta prenda principal, Ginja portaba una especie de toga sin mangas, confeccionada con una tela que absorbía la luz y que presentaba vibrantes detalles en color naranja, cubriendo una franja simétrica de la parte delantera de su cuerpo como si fuera el distintivo de una orden marcial de elite.
Al notar la entrada de la gigantesca visitante, Ginja no realizó ningún movimiento abrupto; simplemente interrumpió el sutil ajuste que estaba haciendo en la caída de su toga negra y giró su cabeza con una parsimonia ensayada, permitiendo que su coleta blanca ondeara en el aire con una gracia coreografiada. Sus ojos violetas recorrieron los dos metros con treinta y cinco centímetros de Mizuki, deteniéndose un instante en el patrón atigrado de sus escamas ocre y en el brillo de sus grilletes pulidos, antes de adoptar una expresión de cortés pero altiva.
Mizuki, recordando que le habían dicho algo sobre la vanidad de la maestra cosa que con algo de suerte la recién llegada podría aprovechar a su favor, decidió dejar de lado temporalmente su tono gutural y beligerante para adoptar la modulación más refinada, caballerosa y elogiosa de la que era capaz, esbozando una sonrisa que, a diferencia de sus habituales muecas predatorias de combate, buscaba ocultar la ferocidad de sus colmillos tras un gesto de profunda admiración y respeto. Dio un paso firme pero silencioso hacia el frente, inclinando su enorme torso en una reverencia perfecta de exactamente cuarenta y cinco grados antes de hacer resonar su voz en el recinto.
-Muy buenas tardes, renombrada maestra Ginja. Espero que sepa disculpar la intrusión de esta humilde intento de aprendiz pasajera en su santuario de paz y disciplina, pero las corrientes del Grand Line y los rumores que navegan por Skypiea no han hecho más que cantar alabanzas sobre este lugar.- Dijo mientras que mantenía su reverencia antes de levantar de nuevo la cabeza para admirar honestamente la belleza y presencia imponente que poseía aquella maestra del Karate Gyojin.
-Sin embargo, debo confesar que las palabras de los mercaderes locales se han quedado extremadamente cortas ante la realidad; verla a usted en persona es como contemplar el reflejo de la luna plateada sobre las aguas más puras del océano. La elegancia de su porte, el contraste inmaculado de su cabellera blanca contra los tonos de este paraíso celestial y la perfecta armonía de su atuendo no hacen más que confirmar que la verdadera maestría del Karate Gyojin no requiere dejar de lado la belleza y el refinamiento absoluto de quien lo ejecuta. Es un honor indescriptible para mis ojos poder contemplar a una dama de tan deslumbrante presencia.- expresó con tanta fluidez y elegancia como le era posible sin empezar a babearse por la hermosura de aquella mujer, por suerte para sí misma en esta ocasión la rubia había podido mantener sus flujo de saliva bajo control adecuadamente.
Ginja parpadeó lentamente, permitiendo que sus ojos violetas se dilataran sutilmente ante el torrente de elogios que acababa de recibir de una mujer que la superaba con creces en tamaño, pero que se inclinaba ante su evidente superioridad estética. La astuta maestra esbozó una finísima sonrisa en sus labios delgados, elevando levemente la barbilla puntiaguda mientras pasaba una de sus manos de finos dedos azulados por el nacimiento de su coleta alta, un gesto puramente vanidoso que demostraba cuán complacida se sentía por haber cautivado la atención de una visitante tan singular.
-Vaya... Ciertamente no es común recibir a una viajera del Mar Azul que posea un sentido de la observación tan desarrollado y un vocabulario tan adecuadamente educado para apreciar el esfuerzo que conlleva mantener la dignidad y la gracia en un entorno tan rústico como este...- respondió Ginja, modulando su discurso con una voz melodiosa, suave pero cargada de una sutil condescendencia que buscaba impresionar y establecer de inmediato quién dominaba el espacio psicológico del dojo. -Dime, gigantesca flor de los mares ¿Realmente estás lista para recibir entrenamiento de mi persona? ¿Conoces al menos las técnicas más básicas del Karate Gyojin?-
Mizuki se enderezó lentamente, manteniendo sus manos cruzadas al frente sobre su regazo en una postura de total sumisión marcial que contrastaba con los poderosos músculos que se adivinaban bajo su ropa de lino claro. Su esclerótica negra fijó la mirada en los ojos violetas de Ginja, midiendo la permeabilidad de la maestra antes de responder -Su perspicacia es tan afilada como sus rasgos, maestra. Mi nombre es Mizuki, una humilde navegante y proveedora culinaria que recorre estas extrañas corrientes intentando asegurar la subsistencia de sus compañeros de viaje mientras expande sus conocimientos marciales. A lo largo de mis andanzas, he tenido la fortuna de adquirir los conceptos básicos de las artes marciales de nuestra especie; he entrenado en la Isla del Karate.
Sin embargo, sé perfectamente que mi dominio actual es tosco, una simple aplicación de potencia física que carece de la fluidez y el contraataque técnico que solo alguien con su nivel de sofisticación puede otorgar. He venido hasta su dojo con la más profunda de las esperanzas: solicito formalmente la inestimable oportunidad de entrenar bajo su tutela, aunque sea por una breve jornada, para aprender a usar el aspecto defensivo del Karate Gyojin antes de seguir ampliando mi repertorio de maniobras ofensivas del estilo. A cambio de sus lecciones, estoy más que dispuesta a poner a disposición de este dojo mis servicios y mis habilidades en la cocina, preparando un banquete que esté a la altura de la refinada elegancia que usted personifica.- dijo ofreciendo lo único que tenía a disposición en el momento, recordando la generosidad del maestro de la Isla Karate que había enseñado sin precio alguno, más por precaución esta vez la rubia intentaría endulzar un poco el acuerdo con la maestra allí presente.
Ginja adoptó una postura más analítica, cruzando sus brazos sobre la toga negra con detalles naranjas mientras ladeaba sutilmente la cabeza. Su vanidad innata se vio halagada por la oferta de comida y cualquier servicio que aquella viajera pudiera ofrecer, pero su astucia natural la empujaba a evaluar el verdadero nivel marcial de la enorme rubia que tenía delante antes de otorgar una respuesta definitiva. Como mujer sumamente competitiva, la mielga no pudo evitar compararse internamente con Mizuki: la visitante era infinitamente más alta y robusta, una masa física intimidante, pero carecía por completo de las facciones estilizadas, la figura delgada y el cabello blanco que ella misma consideraba la cúspide de la atracción y el carisma. Esa seguridad en su propia belleza le otorgó a Ginja una oleada de confianza, permitiéndole tratar la solicitud marcial con una mezcla de condescendencia magisterial y curiosidad técnica.
-El Karate Gyojin no es un juego para entretener a viajeros aburridos, Mizuki...- sentenció la maestra, caminando con pasos cortos y gráciles alrededor de la rubia, permitiendo que sus medias verdes y el dobladillo de su vestido rozaran suavemente el tatami pulido sin emitir el menor murmullo. -Es una disciplina que exige comprender que el agua no es solo el líquido que llena los océanos, sino una constante universal que habita en todas las cosas, incluso en estas nubes imperiales y en el aliento de quienes nos rodean. Has mencionado que conoces las bases y que has entrenado en la Isla del Karate... Explícame, ¿hasta dónde ha llegado realmente tu dominio? ¿Qué es lo que tu tosco cuerpo es capaz de ejecutar en el campo batalla? Quiero escuchar tu teoría antes de decidir si vale la pena desgastar la pulcritud de mis manos enseñándote a mover los brazos.-
Mizuki asintió con seriedad, procesando la pregunta de la mujer de ojos purpúreos mientras ordenaba sus conocimientos teóricos de forma que resultaran aceptables para una mente tan crítica -Entiendo perfectamente su exigencia, maestra. Mi entrenamiento formal se ha centrado en la manifestación de la fuerza de impacto a través de las técnicas fundamentales de puñetazos y lanzamiento de balas de agua. Conozco y puedo ejecutar con relativa precisión he aprendido a usar el agua circundante de forma ofensiva a través del Uchimizu, condensando el líquido en la palma de mi mano para arrojarlo como un proyectil balístico capaz de perforar blindajes ligeros así como el Verdadero golpe de las cien tejas. Mi dominio es ofensivo y directo, pero carezco del control sutil para neutralizar un golpe de forma que no sea una simple defensa básica.-
Ginja escuchó la explicación con una sonrisa de suficiencia que no intentó ocultar en lo más mínimo, deteniéndose justo frente a la rubia de dos metros treinta y cinco y mirándola desde abajo con una fijeza violeta que irradiaba una superioridad técnica absoluta.
-Tal como lo sospechaba... Tu Karate esta apenas empezando a desarrollarse adecuadamente una fuerza bruta que confía en destrozar al enemigo antes de ser derrotada...- dictaminó la mielga, elevando una de sus manos delgadas para examinar la perfecta manicura de sus uñas antes de continuar con su discurso adaptado para impresionar. -En el Mar Azul, los hombres y los luchadores toscos se asombran con esa clase de demostraciones vulgares de fuerza, pero a partir de aquí, en la pureza de Skypiea, ese estilo de combate no es más que un chapoteo desordenado en un charco de lodo. Tu comprensión es incompleta, Mizuki. No entiendes que la verdadera maestría no radica en lanzar el agua como si fueras un cañón averiado, sino en convertir tu propio cuerpo en la superficie del océano, una barrera absoluta que absorbe, redirige y anula cualquier agresión externa con la misma facilidad con la que una ola disuelve la arena. Mi Karate Gyojin es el estilo del tiburón mielga: afilado, preciso, impecable en su ejecución y estéticamente superior en cada uno de sus movimientos. Yo no necesito esquivar un golpe ni romper mis huesos chocando contra un blindaje; yo obligo al universo a detenerse en la palma de mi mano.-
La maestra se dio la vuelta con un movimiento fluido de su toga negra, haciendo un gesto hacia los pasillos laterales que conectaban el tatami principal con las dependencias traseras de la edificación -Aceptaré tu propuesta, cocinera y aprendiz de artes marciales. Tu banquete servirá para alimentar a los pocos discípulos selectos que tengo permitido instruir en este dojo y me otorgará el tiempo necesario para evaluar si tu intelecto es capaz de asimilar mis correcciones. Ve a la cocina, demuestra que tus manos sirven para algo más que para dar puñetazos desordenados y mantén tu fachada de cocinera refinada. Cuando el sol comience su descenso y la comida esté servida, regresaremos a este tatami para ver si tu cuerpo de un cuarto de tonelada puede aprender la verdadera elegancia del bloqueo absoluto.-
Mizuki realizó una nueva inclinación de cabeza, manteniendo el control absoluto sobre sus expresiones para que ningún destello de orgullo herido asomara a sus ojos azules -Le agradezco infinitamente su generosidad, maestra Ginja. Le aseguro que la comida que prepararé estará a la altura del paladar más exigente de esta isla del cielo.- Con paso firme y pausado, la navegante de la Corriente Libre se retiró hacia los sectores de la cocina del dojo, un espacio amplio y excelentemente ventilado que contaba con hornillas de piedra volcánica adaptadas para trabajar con la energía calórica de las caracolas de Skypiea. Una vez sola entre los mostradores de madera y los utensilios, Mizuki dejó escapar un largo suspiro, permitiendo que sus hombros musculosos se relajaran de la tensión de haber estado actuando de forma tan sumisa frente a una gyojin que apenas le llegaba al pecho en estatura pero que claramente podría haberle partido las costillas si lo hubiera querido.
-Vaya pedazo de mujer vanidosa y pagada de sí misma... Pero debo admitir que su arrogancia está respaldada por una confianza técnica impecable; la forma en que se desplaza y la sutileza con la que maneja la tensión de su cuerpo demuestran que no es una charlatana de feria. Si tengo que inflar su ego cocinándole un banquete de tres estrellas para que me enseñe cómo detener un golpe palpable sin romperme las muñecas, lo haré con una sonrisa en el rostro.-
Poniéndose manos a la obra con la presteza y la organización que la caracterizaban, la rubia extrajo de su bolso de viaje las raciones de pescado seco de alta calidad, los condimentos picantes de las islas del South Blue y los vegetales frescos que había adquirido en el mercado de Ran. Su objetivo era fusionar los sabores intensos y profundos del Mar Azul con las texturas ligeras de la agricultura local de Skypiea, creando una coreografía culinaria que justificara su fachada ante los discípulos del dojo. Mizuki manejó los cuchillos de cocina con una velocidad y precisión quirúrgicas; sus dedos robustos y sus garras atigradas cortaban los filetes de pescado en láminas milimétricas de exactamente dos centímetros de grosor, acomodándolos en grandes fuentes de porcelana con una etiqueta impecable que contradecía su imponente tamaño.
Cuando el sol de Skypiea alcanzó el final del mediodía, tiñendo el río de nubes exterior con unos hermosos matices anaranjados y dorados, la comida para todo el dojo estuvo completamente servida y consumida. Los discípulos alabaron abiertamente la calidad del banquete, y la mismísima Ginja, tras degustar el pescado sazonado con una delicadeza extrema en sus labios finos, tuvo que conceder una leve inclinación de su barbilla puntiaguda en señal de aprobación, aunque se aseguró de que sus palabras mantuvieran el tono condescendiente habitual -Debo admitir, Mizuki, que tu talento con las especias es notablemente superior al de muchos cocineros locales de las corrientes de Grand Line. Has logrado que un plato tan tosco como el pescado del Mar Azul adopte una textura aceptable para mis estándares refinados. Has cumplido tu parte del acuerdo con creces; ahora es el momento de ver si tu cuerpo puede responder con la misma precisión que tus cuchillos. Regresemos al tatami principal.-
Ambas mujeres se posicionaron una frente a la otra en el centro del amplio salón de entrenamiento, separadas por una distancia exacta de cinco metros. La luz crepuscular entraba en diagonal por los paneles abiertos, iluminando el contraste absoluto entre las dos figuras: Mizuki, una colosa de dos metros treinta y cinco de altura, cabello rubio recogido en una cola de caballo, hombros anchos y una masa muscular atigrada que pesaba un cuarto de tonelada; frente a Ginja, una estilizada gyojin mielga de un metro sesenta y seis, cabello blanco inmaculado, vestida con su impecable toga negra y verde, cuya complexión delgada parecía incapaces de resistir la menor ráfaga de viento a simple vista.
Con una sonrisa la maestra comenzó su explicación -Presta muchísima atención con esos ojos azules tuyos, aprendiz...- exclamó Ginja, colocándose en una postura marcial que desbordaba una elegancia escénica absoluta. Adelantó su pie izquierdo unos treinta centímetros, flexionando levemente sus rodillas cubiertas por las medias verdes, mientras extendía su brazo derecho hacia el frente con la mano completamente abierta, los dedos juntos y la palma orientada de forma perpendicular al suelo. Su brazo izquierdo permanecía recogido junto a su cadera, apoyado con firmeza sobre la franja naranja de su toga.
-La técnica que has venido a buscar se denomina Samehada shotei, el Bloqueo de palma de piel de tiburón. Es la máxima expresión de la defensa estática en nuestro estilo. No consiste en golpear el ataque del enemigo para desviarlo, ni en endurecer los músculos como si fueras una roca estúpida para soportar el daño. Consiste en utilizar la rugosidad natural de nuestra piel y la manipulación de las partículas de humedad condensada que se interponen entre la palma y el ataque para atrapar, disipar y detener por completo la energía cinética del rival, independientemente de que sea un golpe cuerpo a cuerpo o un proyectil a distancia, siempre que sea algo palpable. Quiero que lances un puñetazo directo hacia mi rostro; utiliza toda tu fuerza física, no tengas miedo de estropear mi maquillaje, pues tu lentitud no será capaz de tocarme.- comentó de forma orgullosa.
Mizuki entrecerró sus ojos de esclerótica negra, sintiendo cómo el espíritu de lucha que había estado reprimiendo durante toda la jornada comenzaba a hervir una vez más en su estómago. La provocación de la mielga era evidente, pero la oportunidad técnica era real. La rubia retrasó su pierna derecha, hundiendo sus pies en el suelo esponjoso del dojo para establecer un punto de apoyo perfecto que le permitiera canalizar la fuerza desde sus tobillos y rodillas. Concentró la energía en su hombro derecho, tensando los poderosos músculos de su brazo atigrado antes de lanzar un puñetazo directo y rectilíneo en dirección a las afiladas facciones de la maestra, recorriendo los cinco metros en un pasó acortando la distancia para llegar al alcance requerido.
Lo que ocurrió a continuación fue una lección de física marcial que dejó a la revolucionaria completamente estupefacta. En el momento en que el enorme puño de Mizuki estuvo a escasos diez centímetros del rostro de Ginja, la maestra avanzó imperceptiblemente su mano abierta, timeando el impacto con una precisión milimétrica. La palma azul grisácea de la mielga hizo contacto directo con los nudillos de la rubia. No hubo un estallido violento, no hubo un crujido de huesos rotos ni un retroceso brusco; en su lugar, Mizuki sintió cómo toda la tremenda energía cinética de su cuarto de tonelada en movimiento era absorbida de forma instantánea, como si hubiera golpeado la superficie de un océano espeso que disolvía la presión en todas las direcciones a través de las partículas de humedad del aire. El puño de la gyojin revolucionaria se detuvo en seco, congelado en el aire a un palmo de la barbilla puntiaguda de Ginja, cuya postura ni siquiera se tambaleó un milímetro a pesar de la diferencia de pesos.
-¿Lo has sentido, verdad?...- murmuró Ginja con una sonrisa vana y triunfante, manteniendo la palma de su mano apoyada firmemente contra los nudillos de la rubia antes de dar un paso atrás de forma grácil, permitiendo que Mizuki recuperara el equilibrio -Eso es el Samehada shotei. Mi mano desnuda ha parado tu golpe deteniendo la corriente de energía antes de que tocara mi cuerpo. Has intentado empujar con tus músculos, pero la rugosidad de mi piel combinada con la alineación de mi muñeca y el control de las moléculas de agua suspendidas en este dojo han creado una barrera de fricción absoluta que detiene cualquier agresión palpable. Ahora, quiero que te coloques en el centro del tatami y comiences a realizar shadow boxing. Quiero ver cómo intentas imitar el movimiento de la palma por ti misma, para poder corregir la tosquedad natural de tus articulaciones antes de que termines rompiéndote un dedo por tu falta de elegancia.-
Mizuki asintió, con la mente procesando a toda velocidad las sensaciones táctiles que acababa de experimentar. Se posicionó en el centro del salón de entrenamiento, separando sus pies a una distancia aproximada de un metro y medio para garantizar una base sólida, y comenzó a ejecutar una serie de movimientos simulados en el aire. Lanzaba golpes lentos con su mano izquierda mientras intentaba adelantar su palma derecha en un gesto de bloqueo estático, buscando recrear la alineación geométrica que había visto en la maestra. Sin embargo, el shadow boxing de la gyojin con patrón atigrado fue recibido de inmediato por una andanada de comentarios críticos por parte de la gyojin mielga, quien comenzó a caminar a su alrededor con los brazos cruzados, evaluando cada postura con su habitual vanidad competitiva.
-¡No, no, no! ¡Eso es una completa atrocidad, Mizuki!...- exclamó Ginja, deteniéndose justo al lado del brazo extendido de la rubia y golpeando suavemente el codo de la misma con dos de sus dedos delgados para corregir la posición. -Estás levantando demasiado el hombro derecho, pareces un Wotan intentando espantar moscas en un callejón inmundo. Si levantas el hombro de esa forma, abres un punto ciego inmenso en tu axila y permites que la fuerza del impacto se dirija directamente hacia tu clavícula en lugar de disiparse a través de tu espalda. Baja el hombro, mantén el cuello estilizado... Aunque dudo que puedas lograr una línea tan hermosa como la mía, al menos intenta no parecer una esclava cargando piedras.- Mizuki exhaló el aire de sus pulmones de forma controlada, bajando el hombro y corrigiendo la postura tal como se le indicaba, continuando con el shadow boxing mientras lanzaba una nueva palma simulada hacia el frente.
-Mejor... pero tu muñeca sigue estando completamente mal...- continuó criticando la maestra, pasando por detrás de la cola de caballo rubia de la visitante y observando la alineación de su espalda desde una perspectiva superior -Estás doblando los dedos hacia atrás como si tuvieras miedo de tocar el agua fría. Los dedos del Samehada shotei deben permanecer juntos, tan rígidos y afilados como la aleta dorsal de un tiburón en la superficie, pero la articulación de la muñeca debe mantener una flexibilidad elástica que actúe como el amortiguador de una piragua. Si dejas la muñeca rígida de forma bruta, la onda de choque romperá tus articulaciones en el momento en que un proyectil pesado haga contacto con tu palma. Debes timear el contacto: en el último milisegundo antes del impacto, realizas una sutil rotación circular con la mano, forzando a la piel de tu palma a morder la energía cinética del rival para esparcirla a través de la humedad del ambiente. Inténtalo de nuevo, y por favor, intenta no mover esa cola tuya de forma tan desordenada, que estás levantando el polvo del tatami que tanto esfuerzo me costó pulir esta mañana.- dijo la maestra del karate gyojin, a pesar de que probablemente era la clase de maestras que hacían que el mantenimiento del dojo estuviera completamente en manos de los aprendices.
Mizuki siguió repitiendo casi hasta la medianoche, cuando recibió por fin la aprobación de la maestra de aquel dojo de Karate Gyojin, con un único golpe comprobaron que podía realizar la técnica adecuadamente y así por fin Mizuki pudo descansar -Aun tengo mucho más por enseñarte jovencita, así que te recomiendo que vayas al ala de los alumnos y te prepares a dormir allí por esta noche, debería quedar algún catre vacío, mañana comenzaremos con alguna de las técnicas que podrías dominar del karate Gyojin, por lo que vi hasta ahora, ya me hago un nivel de la cantidad de fuerza que podrás utilizar y el dominio que deberías tener.-
Técnica a aprender
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