Día 40 de Verano, Año 17 Corriente Akai, Isla Sabakun
Sin duda alguna, una de las mejores decisiones o destinos en la vida de Sigrid había sido llegar al Grand Line y eso que el trayecto había sido todo menos amable. La subida por aquella montaña imposible, el barco crujiendo como si fuera a partirse en cualquier momento, y luego la caída en picada que prometía una muerte segura todo eso debería haber sido una pesadilla, pero no lo fue, porque en medio de todo ese caos, hubo algo más, las risas, el canto de Masami que se alzó por encima del viento y del miedo, una melodía que Sigrid sabía que no iba a olvidar nunca, aunque no entendiera ni una sola palabra.
La forma en que cada uno hizo su parte sin rendirse, Juan tomando decisiones, Akira manteniéndose firme pese a sus heridas, Enji sosteniendo lo que podía y ella, corriendo de un lado a otro como una verdadera bestia, intentando mantener ese barco en pie, todo encajó, todo funcionó y no murieron. —VIKYKYKYKYKY— su risa resonó, más tranquila ahora, cargada de una emoción distinta, mientras el viento del Grand Line golpeaba su rostro, no era solo alegría, era el orgullo de una guerrera vikinga que había encontrado a su tribu a su grupo, a su familia. Sigrid apoyó una mano en la baranda del barco, mirando ese mar inmenso que ahora se abría ante ellos, lleno de peligros, sí pero también de posibilidades.
—Si así será el resto del Grand Line— murmuró, con una sonrisa amplia, sincera. —Entonces quiero más, mucho más, VIKYKYKYKYKY. —Porque es cierto que el miedo estuvo ahí y que la muerte estuvo cerca, tocando la puerta, pero al final eso fue lo que hizo que todo valiera aún más.
A pesar de los golpes constantes del barco, Akira no soltó el timón ni un segundo y logró guiarlos hasta la isla más cercana tras el descenso por Reverse Mountain. Desde lejos, Sabakun parecía exactamente lo que prometía, arena, calor y casi nada de vida, no era el mejor lugar para llegar heridos, pero era tierra firme, y eso bastaba. En cuanto tocaron costa, Sigrid sintió cómo se le erizaba la piel. No por el frío, sino por la cantidad de trabajo que tenía delante. Sus ojos recorrieron rápido la escena, Masami herida, Enji también, Akira sosteniéndose como podía y además, dos cuerpos más que no podían ignorar y ella misma, aún resentida por todo lo anterior, era demasiado.
—¡NECESITAMOS UN MÉDICO URGENTE!— gritó, la voz cargada de estrés puro hubo un segundo de silencio y luego parpadeó dos veces mirándose en la silueta del mar entonces se llevó la mano a la nuca. —Ah no, no, esa soy yo.— murmuró, bajando el tono con una mezcla de vergüenza y aceptación. Exhaló fuerte por la nariz, como si con eso pudiera ordenarse por dentro, y de inmediato se movió, no había tiempo para dudar, no había tiempo para quejarse, mientras venían a rescatarlos tenían que mantenerse con vida después de esas peleas.—Aki-chan, tú primero.— dijo, acercándose a él con decisión.
Se arrodilló frente a Akira, sus manos moviéndose con más precisión ahora, evaluando nuevamente las heridas, retirando vendas improvisadas, revisando sangrado, presión, todo. Su expresión cambió por completo, ya no era la vikinga que gritaba y corría era la doctora. —No te me caigas ahora.— añadió, firme pero calmada, mientras comenzaba a trabajar como debía. —Ya sobrevivimos lo peor, sería muy tonto morir aquí. — sus manos no temblaban, su enfoque era total suturaba como si era lo único que sabia hacer dejando que ni un solo centímetro de piel quedara al descubierto, porque en ese momento, más que guerrera Sigrid era exactamente lo que todos necesitaban.
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La caída empezó y todo apuntaba a que nunca se iba a terminar. ¿Cuánto tiempo descendieron? ¿Cuántos cientos de metros hasta volver a tocar el mar? En caída vertical, aferrados al camino por pura fuerza de voluntad y designios de un destino que, por primera vez en la noche, les sonreía. Akira estaba firme en el timón, Sigrid hacía lo propio con el peso de la embarcación, Masami los animaba cantando y Juan… ¿Juan?
—¡Eh, Juancho! ¡Ven a ver esto, cabrón! —llamó, forzando la garganta para sobreponerse al ruido de la caída—. ¡Es algo que no vamos a volver a ver en mucho tiempo! ¡No te lo vayas a perder por estar encerrado ahí abajo!
Con los dedos apretando el mástil, anclado por su seguridad a las cornamusas, Enji miró al frente tras haber llamado a su compañero para que saliera. Poco a poco el trayecto se tornó menos extremo y la caída dejó de ser en perfecto vertical, tomando un ángulo leve pero notable en la planta de los pies. La gravedad volvía a tirar hacia abajo. Ahora lo preocupante era la velocidad con la que avanzaban en esa pronunciada pendiente en dirección al Grand Line. El marine sonrió. ¿Cuándo podría aguantar esa embarcación prestada? ¿Los nudos se mantendrían en su lugar? ¿El mástil saldría volando por la presión del viento en las velas?
En sus manos ya nada quedaba, solo la potestad de vivir esos posibles últimos momentos como quisiera. Después de cantar su canción —que detuvo para darle lugar a Masami—, Enji sólo tenía una cosa más por hacer. El último acto del marine en la Reverse Mountain. Uno con el que sólo pudo cumplir gracias a que Juan salió a cubierta.
Juntos, Juan y Enji encararon hacia la proa del barco. Gyojin y humano se coordinaron sin apenas cruzar palabras. Llegaron al frente, luchando contra la inercia y el embate del aire, que quería echarlos atrás, y se encaramaron en torno al mascarón. Entonces, Enji se paró detrás de Juan, lo sujetó de una pierna y lo levantó del suelo, apenas unos centímetros, para que se asomara a mirar hacia adelante pese al enorme tamaño del crustáceo.
—¡SHI HA HA HA HA! ¡NO TE VAYAS A CAER, JUANCHO! ¡YA ESTAMOS EN LA GRAND LINE!
Pasó el tiempo, llegaron a aguas más tranquilas tras descender de la Reverse Mountain y descubrieron… lo caótico del nuevo territorio. Lluvia, viento, nieve; docenas de cambios meteorológicas ocurrían de un momento a otro, en intervalos cortos, y las velas apenas podían aguantar el envite constante de los vientos. La corriente variaba con una velocidad hostigante y un mundo distinto parecía saludarles. Un mundo hostil desde su concepción. Uno que promería marearlos, perderlos, estrellarlos.
Afortunadamente, tenían a Akira.
El rubio peleador de la división demostró temple y sabiduría al mando de esa nave prestada. Las órdenes fueron precisas y el trabajo, pulcro, pese a la caótica naturaleza del grupo. Podían hablar, insultar, golpearse entre sí, pero entre medias hacían su trabajo con diligencia. Todos sabían que fallar en un momento así era llamar a la tragedia.
Trabajaron juntos y así, la GLORIOSA División 80 llegó a tierra.
O, mejor dicho, llegaron a la arena.
—Oh, no… —murmuró, asomado al borde de la barandilla que limitaba la cubierta—. No, no, no… ¡No! —exclamó—. ¡No un puto desierto! ¡Rubiales! ¿Es que no había otra isla donde aparcar? ¡Me voy a morir del puto calor, hermano! —Se giró para confrontar al navegante pero vio que Sigrid lo atendía—. «Ugh, cierto, estamos todos heridos…»
Se miró a través del reflejo en el agua y vio las manchas de sangre seca en su cabello, cuello y hombro. Los pies todavía le dolían debido a las puñaladas recibidas, pero el ungüento que Sigrid les aplicó en primera instancia había hecho maravillas para controlar el sangrado. Suspiró.
—¡Masami! Animemos un poco esto —llamó a la más reciente integrante del grupo. Quería escuchar sus maracas. Quizá eso le ayudaría a mejorar el humor—. Mierda, ya tengo calor… ¡Ugh! ¡Juancho! Necesito un Den Den Mushi. Supongo que tenemos que reportar todo este desastre.
Ford, el pequeño gato blanco, se asomó a cubierta al sentir que todo se había calmado. Caminó por la madera hasta subirse al mascarón de proa, donde se acomodó para reanudar sus siesta con vistas al desierto.
Me encontraba en el carajo, tesoro, mientras el barco caía en un descenso que parecía infinito por la Reverse Mountain. Me aferré con tanta fuerza que sentía los dedos entumecerse, si me iba de ahí sería porque el propio mástil saliera volando conmigo. El viento golpeaba como si quisiera arrancarnos pieza por pieza, y la presión en el pecho, juraría que intentaba romperme las costillas desde dentro.
Pero no iba a soltarme, apreté los dientes, manteniendo el cuerpo firme a pesar del temblor. Podía ver a mis compañeros resistiendo, aguantando como verdaderos monstruos del mar, y eso solo me empujaba más. Yo era el más nuevo y no pensaba ser el eslabón débil. —Ay, tesoro, si todos ustedes pueden con esto, yo también voy a hacerlo aunque el mar entero quiera aplastarme en el intento —murmuré entre la fuerza del viento. Mis alas se tensaron a mi espalda, pegadas al cuerpo para no desestabilizarme, mientras mi mirada seguía al frente.
Porque no se trataba solo de sobrevivir, se trataba de demostrar que merezco estar aquí. No sabía cuánto habíamos descendido, tesoro, ni cuánto tiempo duró esa caída interminable, pero cuando todo se estabilizó, lo entendí al instante. Habíamos llegado. Estábamos en el Grand Line y el lugar no tardó ni un segundo en presentarse como es. El clima cambió de golpe, como si alguien estuviera jugando con nosotros. Lluvia azotando sin aviso, relámpagos rompiendo el cielo, nieve cayendo como si fuera otro mundo, y luego el sol, todo al mismo tiempo. Un caos absoluto, impredecible, casi ridículo. —Esto sí que es una entrada dramática —murmuré, sacudiendo un poco el agua de mi rostro.
Aun así, no dudé ni un segundo, mis ojos fueron directo a Akira. Herido, agotado, pero firme al timón y eso era suficiente.—Con él al timón estamos bien —dije en voz baja, más tranquilo, porque si alguien podía guiarnos en un mar como este, era él sin duda. En cuanto escuché las palabras de Enji, tesoro, no lo pensé dos veces. Di un salto desde el carajo y descendí hacia la cubierta, dejando que mis alas me ayudaran a controlar la caída, casi como si planeara entre el viento antes de aterrizar con suavidad. Ya estábamos a nada de poner pie en la isla Sabakun y después de todo lo que habíamos pasado, el ambiente necesitaba cambiar.
Llevé la mano a mi cintura, tomé mis maracas y las hice sonar con un ritmo suave al inicio, dejando que el compás marcara el momento. —Ay, tesoro, después de no morir en el camino, lo mínimo que merecemos es una buena entrada, ¿no crees? —murmuré con una pequeña sonrisa mientras comenzaba a moverme, el sonido fue creciendo poco a poco, jamás perderíamos el ritmo. Saque mi den den mushi de los bolsillos y los coloque en mi hombro no sin antes llamar a la división 75 para que escucharan también el ritmo.
—Después de la tormenta, después de la montaña
por fin lo vemos, LA GRAN LINEA…. Subimos contra
el cielo por la montaña al revés, desafiando el destino
sin saber que iba después, el mar rugia historias que
intentaban asustar, pero nunca hubo fuerza que nos
29-04-2026, 12:37 AM (Última modificación: 29-04-2026, 12:59 AM por Akira Raito.)
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El rugido del agua al llegar a la cima de la Reverse Mountain le hizo a Akira levantar la vista para disfrutar del claro de la tormenta como si estuvieran realmente ascendiendo a la isla del cielo, aquel claro era un oasis en mitad del caos, un oasis de paz, pero no le dio tiempo ya que pronto se vieron cayendo hacia el abismo del otro lado de la montaña, arrastrados por una nueva corriente, esta vez descendente y en la que era más complicado mantener el control del barco… Aunque mucho más divertido, ¡eran como unos rápidos de un parque de agua!
El descenso se convirtió en adrenalina pura para la división 80, y esta vez sí que estaban recibiendo más golpes en el barco, por lo que también empezó a cundir un poco el pánico. Cada impacto hacía que crujiera la madera y las placas de metal que reforzaban el barco se iban desprendiendo como si ya no tuvieran nada que ver con él.
Al bajar de esa corriente, el clima se convirtió en una ruleta de la suerte. Akira intentaba fijar el rumbo, pero a parte de que la brújula no le respondía como quería, la nieve le cegaba, el sol le quemaba la piel y la lluvia le limpiaba la sangre solo para que el viento volviera a zarandearlo y arrancarlo del sitio—. Buah… Lo que decían del Grand Line era cierto… Qué maravilla… ¿Por qué? —se preguntaba en voz baja mientras iba sintiendo en su piel todos y cada uno de los efectos climatológicos que podían conocer.
Y queriéndolo, pero sin buscarlo, consiguió diferenciar una silueta a lo lejos, un yermo extenso y lleno de arena amarilla: un desierto. El ancla cayó al fondo del mar y arrastró hasta que el barco quedó quieto frente a la costa, y tras esto, al navegante de la división le fallaron las fuerzas por completo.
Casi se desploma sobre la madera, pero por suerte, la sombra de Sigrid estaba cubriéndole. La vikinga actuó rápidamente, era la médica del grupo, y no perdió un segundo en hacer que Akira sintiera el metal frío de unas tijeras cortando las vendas empapadas. Dio un tirón seco del vendaje de emergencia que le había hecho antes de subir a la montaña, ya que estaba pegado a su carne por la sangre que había perdido debido al el esfuerzo que había tenido que hacer para mantener el rumbo del barco. El tajo quedó al aire, una línea profunda que palpitaba con cada latido de su corazón. Un tajo que, sin querer y por culpa del maldito de Landon, le había hecho su amigo Cill, un tajo que casi acababa con su vida.
Sigrid comenzó a limpiarle la herida con algo que escocía como mil demonios, y Akira simplemente se dejó hacer. La sutura era precisa y asombrosa para la diferencia de tamaño—. ¿Cómo lo haces? Soy tan pequeño a tu lado… Tus manos son más grandes que mi cabeza —suspiraba con calma y los ojos cerrados mientras lanzaba algún que otro quejido cuando le volvía a clavar la aguja—. ¡Auch! Duele...
Akira intentó incorporarse mientras Sigrid seguía tratándole las heridas, pero sus piernas y brazos le pesaban más que el plomo. Ya no era solo la presión de las manos de la vikinga lo que lo retenía, sino un agotamiento que llegaba al punto de paralizarlo. La pérdida de sangre casi le hace que empezara a nublársele la vista, pero la rápida actuación de Sigrid lo mantuvo consciente. Hasta que escuchó las quejas de Enji.
—Mira la aguja espabilao’, no funciona, deja de quejarte, quiero escucharlo todo menos a ti —respondió a sus quejas con una amplia sonrisa y con aun más agotamiento que el que estaba sintiendo en su cuerpo. El que solo viera arena y solo sintiera calor era algo que el venenoso y pervertido de Enji odiaba, ya lo sabía, pero no había otra manera de llegar a tierra firme en esta parte del mundo, y mucho menos sin tener una Log Pose—. En este mar no nos sirve esta brújula, esto no tiene nada que ver con los Blues… Ya os explicaré bien… Ahora necesito descansar y comer algo… Juan… Una patita de las tuyas... Así, cocidita… Solo una... —Akira seguía la conversación como si estuviera teniendo un sueño lúcido, seguía con los ojos cerrados y con el cuerpo a merced de Sigrid para que terminara de curarle bien, ahora mismo le estaba confiando su vida.
—Bienvenidos al Grand Line —sonrió al cielo, con la cabeza apoyada en la madera.
Y justo cuando estaba a punto de dormirse, la voz de Masami estalló de nuevo en el aire con una canción cargada de energía. Una canción que golpeó a Akira como una marea de vitalidad. A pesar de que sus músculos no respondían y el pecho se le hinchaba con dificultad bajo los nuevos puntos de sutura y vendajes que le había hecho Sigrid, la melodía de su compañera hizo que el brillo regresara a sus ojos, ahora bien abiertos como platos, para poder disfrutar de la vista de aquella primera isla del Grand Line.
—¡La corriente Akai, estamos en la Isla Sobaco! —se rio esperando la reacción de sus compañeros, ¿cómo se iba a llamar una isla así? ¿Pensaba mantener la broma? ¿Sería capaz?
29-04-2026, 02:21 PM (Última modificación: 29-04-2026, 03:31 PM por Juan Sebastian.)
Atributos Personaje
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Nivel: 12
Música
Por un momento, el barco pareció estabilizarse, lo que me dio el tiempo justo para levantarme y sacudirme el polvo de los pantalones —Así no hay quien tra- — Pero mis palabras fueron interrumpidas de nuevo por un movimiento abrupto del barco, como si estuviésemos cuesta abajo a una increíble velocidad. Una vez más volví a salir rodando hacia la parte trasera, pero esta vez mi cuerpo parecía contradecir las leyes de la gravedad, quedando estampado contra la pared que se situaba en la parte trasera del navío. —¿Pero qué?!— Grité desconcertado por lo que estaba pasando ¿Estarían bien mis compañeros en la cubierta?
Lo único que pude diferenciar en medio de todo el caos fue la voz de Enji, que me exigía subir a la cubierta. Con dificultad, y a medida que la pendiente se reducía, pude apañármelas para salir de la bodega y regresar a la cubierta. —¿Qué es lo que pasa? UOOOOOOO— Grité impresionado por la velocidad a la que nos estábamos moviendo. Lo primero que hice al salir fue observar a Akira, que capitaneaba nuestra embarcación con una confianza absoluta a pesar de sus graves heridas. Mentiría si dijera que mi corazón no se sentía confundido al observar su dorado cabello movido por el viento.
Al ver que el barco parecía estar bien encauzado, me dirigí sin dudarlo a la proa del mismo junto a Enji, para poder ver sin obstáculos el camino que nos esperaba y sentir el viento salado en mi rostro. Tuve la intención de aferrarme a la madera cercana al mascarón, para así evitar ser revoleado por el viento que trataba de lanzarme hacia atrás con fiereza. Pero, sin previo aviso, Enji me agarró de una pierna y me alzó en el aire —UAAAAA— Expresé con sorpresa ante el gesto de mi compañero. Una vez consciente de que mi amigo no me dejaría caer, pude soltarme completamente, sacando pecho ante el viento y con los brazos completamente extendidos hacia los lados —¡Estoy volando, Enji!—
—¡¡SOYYY EL REY DEL MUNDOOOOOO!! ¡¡YEEHHHEEECRAAAAABBBB!!—
No sería exagerado decir que fue uno de los momentos más increíbles que había vivido. Todas las dificultades que vivimos desde que partimos de Baterilla habían valido la pena solo por este momento ¿El Grand Line tendría tantas experiencias como esta esperándonos? No podía esperar a vivir aventuras en estas aguas.
Juan y Enji
Una vez salimos de la Reverse Mountain, tuvimos que enfrentarnos a las inclemencias de un clima ridículamente caótico, era como si alguien jugase a los dados para decidir qué efecto meteorológico tocaba a continuación. —¡¡Akiraaa!! ¡¿El clima será siempre así?!— Le pregunté a mi amigo con un suspiro de desesperación y aguantando de la mejor manera posible las ganas de vomitar.
Afortunadamente, no pasó mucho tiempo hasta que el clima se estabilizó, dando paso a un calor que picaba —Eso ha sido intenso eee…— La primera isla ya estaba a nuestra vista, una isla de un tamaño considerable que desde la distancia se veía… ¿Seca? —No puede ser peor que la última en la que estuvimos Jajajaja. Toma el Den Den, Enji—
Me desabroché algún botón del uniforme y me quité la gorra para abanicarme con la misma mientras observaba cómo Sigrid curaba a Akira —Con este calor mi pata estará ya cocida para cuando le des el primer bocado jajajaja— La canción de Masami sin dudas amenizaba el ambiente caluroso, su voz se sentía como una brisa de aire fresco en mitad del sol abrasador. Decidí recostarme un poco a la sombra de las velas mientras canturreaba la canción al ritmo de mi compañera, moviendo de lado a lado mi cabeza al son de la música —¡Pero la justicia no se va a quebrar!—
Tenía el corazón a mil cuando bajábamos por las corrientes de esa inmensa montaña, con la lluvia, el viento y la espuma de mar azotándonos las caras y el inevitable pensamiento de que eso podía ser lo último que viéramos… ¡¡PERO ESTAMOS VIVOS!!
Lo malo fue que, el golpe que recibimos a la subida y al que no pudimos atender en su momento debido a la extraña gravedad del lugar, había provocado un boquete en la bodega, que se hundía mucho más deprisa de lo que pensábamos. Por esa razón, cuando volvimos a estar en una gravedad normal, nos apresuramos a tratar de ayudar cada uno como podía.
Mientras uno de ellos llamaba a la Marina para pedir ayuda y explicar nuestra situación y otros dos corrían a por cubos, yo aproveché para llamar a la División 80. Después de todo, mientras cortaba las cuerdas del mástil, pude escuchar que les habían puesto sobre aviso respecto a nuestros problemas.
―Carlos ―llamé a mi Mushi Mushi mientras lo sacaba del bolsillo, agradeciendo que estuviera también bien―, ponme en contacto con la División 80. ―Tras unos segundos en los que esperé a que alguien respondiera, finalmente escuché a alguien al otro lado―. ¡Aquí Nyra! ¡Estamos todos vivos! ¿¿Cómo estáis vosotros?? ¡Espero que todos bien! ―Por supuesto, esperaría a escuchar la respuesta antes de seguir hablando―. Nuestro barco ha recibido un golpe y estamos achicando agua. Uno de mis compañeros ha llamado a la Marina y van a venir a buscarnos. No queremos irnos aún por si lográsemos salvar el Tempestad, pero no os vayáis muy lejos, por favor. ¡Esperemos que todo vaya bien, pero por si acaso! ¡Estad atentos a la comunicación, por favor! ¡Hasta luegooo~!
Dicho aquello, colgué yo también y me apresuré a avisar a mis compañeros mientras cogía también un par de cubos.
―¡Chicos! Acabo de hablar con la 80 y les he dicho que...
No era una persona de palabrotas. Además de ser poco elegantes ―lo cual no casaba para nada con la imagen de St. George―, me recordaban demasiado al pestilente de Pulmones Negros. Sin embargo, creo que hay algo primitivo en recurrir a ellas cuando tu vida está a punto de extinguirse.
«¡¡Joooodeeer!!».
El palo mayor arrastró consigo al de mesana. Un estruendo colosal sepultado por el restallido de la tormenta. Ya ni siquiera tenía sentido intentar dirigir el timón, porque la toldilla y el castillo del Tempestad habían quedado destruidos, dejando a nuestro navío convertido en poco más que un amasijo de madera. Sin control. El estómago se me subió a la garganta mientras caíamos.
Puede sonar un poco suicida, pero ni siquiera tuve tiempo de sentir miedo. Debe ser un mecanismo de protección que la mente activa cuando sabe que no hay nada que puedas hacer para evitar el destino.
―¡¡JODER!! ―grité conforme el Tempestad aterrizaba con un golpe seco en el agua.
El impactó me reverberó por todo el cuerpo. Fue un bonito latigazo para mis maravillosas migrañas, que amenazaron con dejarme tumbado sobre el timón sin capacidad de recobrar la consciencia. No me habían matado doscientos soldados, una cámara infernal, un pirata suicida, ni la mayor tempestad de nuestras vidas… e iba a hacerlo un maldito dolor de cabeza.
―¿Estáis… bien? ―pregunté a mis compañeros.
Kael seguía justo tras mi espalda y yo agradecí que su cuerpo me hubiera servido de soporte. Aunque ya empezaba a agobiarme. Me safé de las cuerdas tan pronto como tuve ocasión para escabullirme entre tambaleos por la cubierta. O, bueno, lo que quedaba de ella. Íbamos a la deriva.
―Omuyaga, ¿puedes informar a la Marina sobre todo lo ocurrido? ―mascullé entre dientes, aquejado por el dichoso dolor de cabeza.
Nyra, mientras tanto, informaba a la División ochenta.
Me habría encantado tumbarme allí mismo a descansar, pero habría sido comida de peces. El ser humano es cabezota. Nos aferramos a la vida incluso cuando todo parece perdido. De ese mismo modo, la División setenta y cinco nos aferramos a la posibilidad de llegar a tierra sin abandonar nuestro difunto barco.
No sé cuántas horas estuvimos luchando por achicar el agua, corriendo de un lado a otro. Apenas lo recuerdo. Lo que sí sé es que me desplomé en cuanto llegamos a tierra, consciente y exhausto.
Extendí los brazos en cruz.
Cerré los ojos.