[Pasado|Fic] Al pie del Karate
#1
Dia 27 de Verano Año 17.
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La playa al pie de la Isla del Kárate amaneció con el sonido del agua golpeando piedras negras, pulidas por siglos de marea, y con el estruendo sordo de algo muy pesado sumergiéndose en el mar. Cuando Kazan emergió del fondo con el agua hasta el pecho, sus diez metros de envergadura dividieron la superficie en dos cortinas de espuma que cayeron a ambos lados de sus cuernos. Llevaba a Kurogane sobre el hombro descubierto, el kanaboo negro y dentado, y de la comisura izquierda de su boca asomaba la pipa apagada, el tabaco húmedo y sin uso todavía, una concesión a la madrugada que no duraría mucho más. Detrás de él la montaña de dos mil metros proyectaba su sombra sobre los arrozales que rodeaban su falda.

Fue el calor de la pipa lo primero que buscó una vez en tierra firme. Se sentó en aquella roca que crujió suave bajo sus quince toneladas, extrajo el tabaco del bolsillo del fajón rojo y comenzó el ritual con la parsimonia de un sacerdote que conoce cada gesto, pellizcar la hebra, presionarla contra el cuenco sin aplastarla, encender con una chispa de piedra que guardaba en la misma bolsa de cuero. El primer tiro largo llenó sus pulmones de humo espeso y lo soltó despacio por la nariz y durante un momento completo los ojos pequeños se cerraron del todo meditando y dejando estar con sus pensamientos.

La primera parte del entrenamiento fue solo Kurogane, o mejor dicho como su cuerpo se adaptaba nuevamente a Kurogane después de haber decidido entrenar otra via de ataque. Veinte metros de playa abierta, en los que Kazan comenzó con balanceos lentos. Fue acelerando sin pausa y en el momento en que el peso del arma alcanzó velocidad suficiente lanzó el nombre hacia el aire antes de que el golpe ocurriera. -¡Oni no Ikari! Ambas manos aferraron el extremo del mango y el arco descendente transformó los quince metros de su alcance en un impacto contra la piedra negra de la orilla que partió la roca en dos mitades limpias y levantó una columna de polvo y esquirlas que tardó seis segundos en disiparse. Kazan observó las dos mitades de la roca con los ojos entrecerrados, tocó el cuerno izquierdo con los dedos durante un instante sin darse cuenta de que lo hacía, y luego giró con el pie derecho como eje para situar todo su peso sobre el lado contrario, dando tres pasos lentos que midió con deliberación hacia el flanco libre de obstáculos.

-¡Oni no Ude-uchi!

El brazo se hinchó. Sin metafora el bícep, el trícep y el antebrazo de Kazan se expandieron visiblemente mientras Kurogane se ponía en tensión como la cuerda de un arco antes de soltarse, y el barrido horizontal que siguió recorrió los doce metros de radio declarados por el arma arrasando la franja de arena y piedras pequeñas con la limpieza de quien barre una habitación, solo que la habitación era una playa entera y la escoba pesaba lo que pesaba. Las piedras volaron en abanico hacia el agua y las más pequeñas llegaron hasta veinte metros mar adentro, y el ruido que hicieron al entrar fue como una lluvia breve. Kazan soltó el aire por la boca, recogió Kurogane al hombro, y caminó hacia el mar.

En el agua fue diferente. A medida que sus pies perdían el suelo y el nivel le llegaba al torso, algo en su cuerpo cambiaba, los movimientos se volvieron más ligeros y el agua que rodeaba sus brazos parecía obedecer a una geometría distinta de la que rige en tierra. "Por las profundidades... esto nunca se parece a nada de lo que hay en tierra." Concentró el agua en la palma derecha, sintió la presión acumularse como cuando se aprieta el puño dentro de un cubo lleno hasta el borde y disparó el chorro con la voz ya en la garganta antes de que el movimiento terminara. -¡Uchimizu!

El proyectil perforante cruzó los dieciocho metros de alcance y golpeó el acantilado más cercano dejando un agujero del tamaño de un torso humano limpio en la roca viva. Kazan repitió el disparo cuatro veces más cambiando el ángulo en cada uno, midiendo cada corrección con la misma atención que un carpintero mide la madera antes de cortar, consciente de que la técnica fuera del agua le costaba más de lo que debería, consciente de que el penalizador no era excusa sino dato, y que los datos se corrigen entrenando y no lamentándolos. -¡Hyakumaigawara Seiken!

El puño concentrado contra la superficie del agua generó una onda de presión que viajó hacia la línea de oleaje y la revirtió durante un segundo completo, y la espuma que quedó flotando tardó en disolverse más tiempo del que debería según cualquier ley natural razonable.

-Ga-ha-ha-ha-ha!

Se reía porque le gustaba entrenar por gusto y no por obediencia, como tantas veces atrás lo había echo.
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