12-03-2026, 02:52 AM
(Última modificación: 12-03-2026, 02:54 AM por Hyákinthos.)
Día 1 de verano, año 17
Little Garden
Podía empezar por decir que sentía envidia de Thrym.
Little Garden era una isla enorme, una que no se puede explorar en un día ni en una semana, un mes aún quedaría corto y es que, con el tamaño del territorio y todo lo que en este habitaba, una vida se quedaría corta para estudiar la isla.
Es un sueño para los exploradores e investigadores. Tanto por conocer, por descubrir, por estudiar.
La fauna es inmensa, pero la flora… ¡Ufff! Nunca vio tantas especies exóticas juntas, bueno, tenía una idea vaga de haber estado antes en las aguas del Grand Line, pero no podía recordar haber pasado tanto tiempo en una isla como Little Garden y, ahora, debía aprovechar.
Ya antes había salido a dar alguna que otra vuelta por la isla, ya sea en compañía de María Merlot o de Maki, aunque con esta última las cosas se dificultaban un poco ahora que tenía un brazo roto; sin embargo, durante esos paseos con las chicas, nunca lograba concentrarse lo suficiente para investigar como quería. Siempre pasaba algo, así que decidió que hoy sería diferente.
No acostumbraba a levantarse temprano, pero tuvo que hacer un esfuerzo. Su alarma sonó una, dos, tres veces y más de las que pudo contar antes de que alguien entrara a su habitación para ponerle fin al suplicio sonoro para luego despertarlo con toquecitos, para nada delicados, en su hombro.
Al final valió la pena, porque, aunque refunfuñó camino al baño y luego cuando iba hacia la cocina, en una hora y media, más o menos, cuando terminó de desayunar y de olfatear la esencia de menta de un frasco color ámbar que siempre llevaba consigo, su cerebro empezó a funcionar lo suficientemente bien como para saber que estaba listo para aventurarse a las costas de Little Garden.
El día anterior había preparado su bolsa con utensilios que pudieran serle útiles, un botiquín, además de instrumentos que lo ayudaran a estudiar el entorno: lupas, escalpelos, frascos de diferentes tamaños y colores, guantes de latex, además de otros accesorios que trasladaban su espacio de investigación dentro del barco al exterior y, por supuesto, no podía dejar a un lado su libreta y su bolígrafo. No saldría sin ellos.
A último minuto tomó de la cocina más frascos, bolsas y un largo rollo de cinta, además de un par de tijeras, después de todo, no sabía cuántas cosas se le ocurriría traer para investigar o, bien, para convertir en ungüentos o venenos, a futuro… ¿Y qué tenía que ver la cinta en todo eso? Pues no era para marcar los frascos, no…era para marcar el camino de regreso al barco. Era consciente de su pésima orientación, así que prefería prevenir antes de perderse en una selva en donde los peligros siempre estaban a la orden del día.
Satisfecho y, completamente, preparado tanto física como mentalmente, para recorrer los alrededores de la playa, ajustó las correas de su bolsa, las de su propia ropa, su cinturón y, no sin antes despedirse de sus compañeros de tripulación y contarle sobre sus planes, salió del barco…Estaba más animado que de costumbre.
9:00 a.m.
No hay rastro de ninguna nube de lluvia en el cielo, algo que él vigilaba con bastante frecuencia, pues su mirada distraída solía concentrarse en el ir y venir de las blancas nubes que surcaban la bóveda celeste sobre su cabeza, eso lo tranquilizaba, pues un buen día era señal de que había elegido el mejor momento para recorrer los alrededores de la playa, aunque el sol sobre su cabeza estuviera tan caliente que, si tocaba su cabello, podía sentir el calor emanando desde su cráneo.
Suspiró. Ese fue el único error que cometió al decidir salir del barco. Debió llevar consigo una pañoleta, una gorra o un sombrero, de hecho, estuvo tentado a regresar sobre sus pasos para conseguir la primera que viera en su habitación, pero al mirar hacia el navío y ver todo el camino que había recorrido desde allá hasta el borde de la playa, la idea salió con rapidez de su cabeza. Era un trecho largo y, al menos, cuando llegara al borde de la playa con la selva, podría refugiarse bajo la sombra de los enormes árboles que custodiaban la isla.
Y eso fue algo que no tardó en ocurrir.
Sus pasos lo llevaron ante la sombra de un árbol tan alto que, al mirar hacia arriba, no podía estar seguro de ver su copa, pues esta se mezclaba con el resto del follaje. Bien, ese sería su punto se partida. Miró hacia atrás, desde ahí aún podía ver el barco, así que, de un bolsillo externo de su maleta de tela negra, sacó la cinta que había conseguido en el Royal Flush, lo que hizo que los rayos del sol que se colaban por la copa de los árboles hicieran brillar el color rojo tornasol de la misma. Era perfecto, una señal inconfundible entre tanto verde. Sabría encontrarla.
Midió un trozo de rama y, cuando se dio cuenta que se ajustaba bien, amarró la cinta roja a esta. Sería su primer punto de referencia, uno que removería para cuando regresara de su expedición, después de todo, no quería arriesgarse a que alguien más pudiera seguir su camino de migajas cuando estuviera distraído en el barco. Eso sería una sentencia de muerte, más aun considerando lo que el cocinero, que decía haber viajado con él por un tiempo —Rackham Uker —, le advirtió sobre los marines y cazadores en Little Garden… ¿Aun estarían por ahí? Mejor no pensar en ello.
Cuando comprobó que el nudo estuviera bien sujeto, sonrío satisfecho y se levantó para seguir con su camino, aunque no sin antes haber metido la cinta y la tijera en el bolsillo externo, para sacar ahora su libreta y lápiz, pues desde ahí empezaría su investigación y, para poder estudiar bien una planta, se sentía en la necesidad de dibujarla en su entorno natural antes de arrancarla y llevarla al barco, donde la diseccionaría para hacer pruebas que le dieran indicios del mejor uso que pudiera darles.
Empezó a caminar por un borde boscoso, uno en donde la arena se hacía más escasa y los helechos empezaban a cubrir el suelo. Eran enormes, algunos alcanzaban su estatura con facilidad y otros llegaban a superarla, como si eso fuera lo más natural del mundo, pero no estaba ahí solo para admirar su enormidad, de hecho, tampoco los estudiaría…bueno…quizá solo para conocer cómo es que crecían tanto, pero lo que más le interesaba en este caso en específico era recolectar varias hojas de esas plantas…claro, le servirían para crear compresas y otras medicinas que lo ayudarían en su viaje…Eso sí, estaba consciente de que sería difícil llevar los helechos consigo por el tamaño de las hojas, pero se las arreglaría…Tal vez la cinta roja le serviría para más que guiar su camino.
Con sus guantes puestos, se acercó al primer racimo de helechos que vio, se agachó para poder verificar el crecimiento de las hojas y, como parecía haber identificado cuando se acercó por primera vez, estas crecían de un único punto en el suelo, que estaba húmedo a su alrededor; sin embargo, antes de atreverse a tocar las hojas en forma de lanza, ajustó mejor sus guantes negros y, ahora sí, le dio un vistazo al revés de la hoja. Ahí notó una pelusilla fina y suave, que estaba acompañada de puntos redondos protegidos por una membrana que, a simple vista, tenía forma de riñón.
Eso fue suficiente para comprobar el tipo de planta: un helecho medicinal que crece cerca de las costas. Se supone que debía ser más pequeño, no pasar de más de un metro, pero no le sorprendía que, en Little Garden, este tamaño fuera el doble…Un dilema.
Se levantó del suelo y se cruzó de brazos por un momento, mientras sus dientes se encargaban de morder el borde de su labio inferior, con fuerza. Pensaba y analizaba la mejor estrategia para llevar la planta consigo, por fin, lo único que se le ocurrió fue desprenderla desde las raíces y amarrar varios tallos con la cinta roja que se supone usaría para guiarse y, mientras seguía su expedición, los dejaría ahí, con una piedra encima para que el viento no los volara o para que los animales no lo comieran.
Bien, no tenía más opción. Se puso manos a la obra, volvió a agacharse y puso su maleta en el suelo. De esta sacó una pequeña palita que le serviría para remover la tierra de alrededor del helecho con cuidado, se aseguró de no dañar las raíces, pues estas también le servirían para crear medicinas, en específico para tratar afecciones respiratorias que pudieran poner en riesgo a la tripulación o, claro, a él mismo…aunque no acostumbraba a enfermarse. Ni siquiera podía recordar la última vez que se sintió, físicamente, mal.
Cuando terminó de remover la tierra, se aseguró de sacar la raíz con tanta delicadeza que el mismo no lo creería. De algo le servía tener el pulso de un cirujano, literalmente. Se tranquilizó y su corazón dejó de latir con rapidez, cuando los racimos de hojas estuvieron fuera de la tierra. Eso lo hizo respirar tranquilo y, de paso, soltar la piel de sus labios de la prisión de sus dientes.
—Auch… ¿Cuándo…? —Se habría pasado un dedo por la boca para sentir la zona magullada por su propia mordedura, pero se limitó a pasarse la lengua para disminuir el ardor. Sus manos estaban sucias y no se cambiaría los guantes, pues aun tenia mucho trabajo por delante, así que intentó no pensar en el dolor que se había provocado y limpió el tallo, como pudo, para después sacar la cinta, cortar un trozo y amarrar las hojas, tal como lo había pensado antes. —Bien, bien…esto es un avance, además servirá por meses… ¡Ah! Hablar solo me hace quedar como un lunático…tal vez si debí traer a María Merlot conmigo…Lo tendré en cuenta para la próxima vez —habló consigo mismo mientras dejaba las plantas en el suelo y, volvía a cortar un trozo de cinta, que ahora colocó en la raíz de otro árbol. Eso le indicaría en donde estaban las hojas que tendría que dejar solas por un momento para poder seguir con su búsqueda.
Lo curioso del caso es que ni siquiera tuvo que avanzar mucho para encontrar algo que también le interesó.
En las zonas tropicales suelen crecer varios tipos de helechos, curiosamente, muy parecidos uno de los otros; sin embargo, no todos pueden usarse como remedios. Ahí es donde hay que tener cuidado, pues, el mismo médico comprobó, con solo dar unos pasos, que cerca del gran helecho que antes había sacado de la tierra para hacer futuras medicinas, se encontraba uno muy parecido, mas no eran iguales.
Repitió el mismo procedimiento de antes, se agachó para estudiar el nacimiento de sus tallos y, estos, a diferencia de los anteriores, no crecían en grupos, si no que, del suelo, brotaban tallos individuales, separados, pero que, al verse desde lejos, podría parecer que crecían en conjunto. Menos mal que lo revisó antes de tocarlos, pues cualquier mal manejo a futuro podría hacer que las engañosas hojas de la planta cortaran la piel. Sí, ahora tenía guantes, pero la piel de su antebrazo estaba desprotegida.
Frunció el ceño. Tal vez debía llevar también muestras de estos helechos. No es como que tuvieran un veneno demasiado potente, pero, tal vez, mezclados con algunas otras plantas o químicos, sí que pudieran ayudar para el envenenamiento a una persona…Sí, definitivamente eso era algo que le servía siendo pirata, a fin de cuentas, nunca sabía cuando alguien entrometido podría cruzarse en su camino.
Antes de sacar los tallos de raíz, como hizo antes con los otros. Palpó las hojas a través de los delgados guantes y pudo notar la textura coriácea de estas y, además, no tenían esa pelusilla que los helechos medicinales tenían tras su hoja.
Volvió a hacer lo mismo que hizo antes con la otra planta. Y no, tampoco se tomó la molestia de dibujar esta, a fin de cuentas, ambas eran plantas que ya conocía, lo único distinto era su tamaño. Aún así, guardaría unas muestras que analizaría en un laboratorio, solo por si acaso…a fin de cuentas, si descubría que era una planta distinta, podría ir otro día a la costa para dibujarlas. Abundaban esos helechos en la isla.
Cuando, finalmente, sacó los helechos venenosos de raíz, también los limpió y los amarró unos con otros usando la cinta roja y, como hizo antes con la otra planta, también los dejó en el suelo, cerca de los otros, pero no tanto como para que se tocaran entre sí. Aun así, estaban bastante cerca y con un distintivo obvio que serviría para no perderlos de vista cuando regresara de su búsqueda de otros tipos de plantas.
Satisfecho con lo obtenido, el pelirrosa decidió seguir con su viaje y, después de caminar unos cuantos metros hacia su izquierda —aunque él no sabía que caminaba hacia la izquierda —, se detuvo cerca de un terreno más arenoso y que estaba cubierto de formaciones de arbustos mucho más chicas que los helechos o que cualquier otra planta en Little Garden, de hecho, estas si que parecían de un tamaño más “humano”, algo que podría haber encontrado en cualquier playa.
Sonrió cuando reconoció, casi de inmediato, aquellas plantas: Sesuvium portulacastrum o, como es común conocerlas, Verdolaga de Playa. Le servirían de mucho como un suplemento alimenticio si se veía en apuros, aunque el sabor salado que tenía no era su preferido, de todos modos, se agachó a su lado y notó como sus botas se hundían en la arena mojada por la marea que empezaba a retroceder…Era un buen momento para recolectar aquellas plantas.
Sin embargo, a diferencia de con los helechos, con esas plantas, si se tomó la molestia de sentarse en la arena, aunque sus pantalones se ensuciaran, para sacar su libreta y empezar a dibujarlas en su entorno natural. Podía encontrar información de estas en libros, pero era distinto verlas crecer en un tamaño normal en una isla en donde todo lo demás era tan grande, así que, con calma, empezó a trazar líneas en el papel e, incluso, se molestó en agregar el fondo boscoso que se veía tras las plantas, eso sí…resaltando a las pequeñas del resto de la selva.
Al final, cuando les dio forma a todos los detalles y coloreó los tallos rojos y las gorditas hojas verdes, guardó su cuaderno para que no se ensuciara y lo reemplazó ahora por un bisturí pequeño con el que se encargaría de cortar el final de los tallos. Sí, solo eso, porque a diferencia de las otras plantas, esta necesitaba un cuidado distinto, no podía sacarla desde la raíz, así que se tomó su tiempo para, una por una, cortar los tallos que le parecieran más sanos, aquellos cuyo color rojizo parecía casi brillar bajo el sol de… ¿Era ya casi medio día? Sí, por la posición del sol, eso era probable.
Luego de un rato, en donde se detuvo para tomar aire y secarse el sudor cada tanto, creyó que había recolectado las suficientes plantas para almacenar, a salvo, en el barco, así que sacó de su bolsa tres de los tantos frascos que trajo para guardar plantas y empezó a alinear, dentro de ellos, las hojas y tallos recolectados, con el cuidado que se merecían, después de todo, no quería arruinarlos antes de que llegara al barco.
Cuando terminó todo, se levantó de su lugar y estiró sus músculos y huesos. Ya había recogido todo lo necesario para dejar el lugar limpio y seguir con su travesía. Eso sí, antes de irse de aquel sitio lleno de plantitas, amarró una cinta en una de ellas. No podía olvidar que estas serían su guía para regresar al barco.
Después de recorrer un poco más la playa, encontró otra planta, una que, al igual que la anterior, también se extendía por la arena mojada. Se acercó a esta y, con cuidado, acarició los tallos y las hojas, antes de repetir el mismo procedimiento que con la otra planta: observar, dibujar y, recolectar.
Esta vez no se limitó a recoger las hojas, aunque estas eran bastante curativas, pues de esta planta —coloquialmente conocida como riñonina—, también podía usar las raíces como medicina, al menos de uso externo, pues hacerla en infusión podría provocar más problemas que soluciones, al menos que lo controlara muy bien y, la verdad, no deseaba perder el tiempo con algo que otras plantas podrían brindar más fácil. Sea como sea, cuando cortó varios bejucos y hojas que también terminó guardando en un par de frascos grandes…Ya con eso tenía un remedio por si una medusa traviesa se le ocurría picarlos en la playa…ya sea en las de Little Garden o en cualquier otra.
Cuando se levantó del suelo, habiendo guardado los frascos y sus implementos, miró al cielo. Tuvo que entrecerrar los ojos, el sol se había movido del centro del cielo, quería decir que era más de medio día y, por supuesto, no solo se lo anunciaba el sol, si no su estómago, que ya rogaba por comida. Le habría gustado seguir buscando más plantas, pero, hasta ahora se había dado cuenta de que también se había equivocado en no llevar aperitivos.
Bufó, molesto por su propio descuido, pero se resignó a regresar al barco.
Regresó en sus propios pasos, había sido una buena idea dejar listones rojos por el camino para poder guiarse hasta su punto de partida y, ahora que los veía, a medida que caminaba, no podía hacer más que alegrarse por haber tenido la idea, aunque, ahora, tenía que quitarlos con cuidado y, quien sabe, los guardaría para la próxima vez que los necesitara.
Después de un rato llegó a donde había dejado los enormes tallos de helechos. Tuvo cuidado a recoger ambos del suelo y más aún al maniobrar el que era venenoso, el cual terminó cargando sobre su cabeza, lo que hizo que tuviera una manera “natural” de protegerse contra el sol, al menos cuando estuviera camino a la playa en donde estaba el barco.
Un rato después —más largo del que le habría tomado a otra persona —, encontró el último de los listones y, al alzar la vista, tal como al inicio, ya pudo visualizar el barco. Sonrió y salió hacia la arena caliente y sin sombra.
Caminó rápido y llegó a salvo hasta la cubierta. Una vez ahí pudo tirarse en el piso de madera del barco y respirar con tranquilidad, al fin había terminado su tarea del día…ahora solo le bastaba ordenar las plantas obtenidas en su habitación. Fue una tarea exigente y cansada, aunque…por algún motivo, estaba sonriendo. Tal vez era algo que repetiría.
Botiquín. Solo abrir en caso de emergencias
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