Día 25 de Verano | Año 17
El sol se asomaba en la Isla de Kárate e iniciaba un nuevo día; la luz se filtraba suavemente y de manera brillante a través de las rendijas de la humilde posada donde Yuuki había pasado las últimas noches. Para una birkaniana como ella, la luz siempre era algo agradable, aún cuando realmente no entendiera el porqué. Yuuki estiró sus brazos y piernas, sintiendo el crujir de sus rodillas, hombros y espalda. Era una sensación agradable pero no siempre le daban ganas de levantarse luego de eso, es más, le daban más ganas de seguir durmiendo y dejar las actividades del día para más tarde. Pero tenía que moverse.
Se sentó al borde de la cama y, casi de forma instintiva, sus dedos buscaron la mesa de noche. Sus yemas comenzaron un tamborileo rítmico y ascendente sobre la madera, un tic que delataba una energía nerviosa que solo se calmaba con el ritual matutino.
—Té —susurró para sí misma, con la voz aún ronca por el sueño—. Ciertamente, sin esto no soy persona.
La adicción de Yuuki al té no era un simple gusto; era una necesidad vital, el combustible que mantenía su precisión quirúrgica. Preparó la infusión con la parsimonia de quien realiza un acto sagrado. El aroma herbal llenó la pequeña habitación mientras ella observaba el vapor elevarse. Dio el primer sorbo, cerrando los ojos. Aquel calor descendiendo por su garganta era el punto de partida de su jornada. Y mientras se deleitaba en ello, recordaba su aventura. Igual que todos los días.
Llevaba casi un año como fugitiva ya, casi doce meses esquivando sombras y forjando su propio nombre en un mar que no perdonaba a los débiles. Aunque Yuuki de débil tenía todavía mucho y sabía que debía de fortalecerse pronto o no iba a llegar muy lejos. Era importante buscar mejorar.
Así pues, tras terminar su taza, Yuuki se equipó. Ajustó sus fundas, comprobó el peso de sus armas y salió a las calles de la isla. Isla de Kárate era un lugar vibrante, lleno de dojos y hombres de hombros anchos que creían que la única forma de pelear era con los puños cerrados. Para ella, aquello era una visión limitada, aunque respetable, de cómo debía combatir una persona. Al fin y al cabo, en una lucha se juega la vida en más de una ocasión. Pasó la mañana vagando por los senderos menos transitados, evitando las zonas de combate cuerpo a cuerpo donde los gritos de "¡Kiai!" resonaban como truenos.
Buscaba algo específico: aislamiento. No podía entrenar sus habilidades de tiradora en un lugar donde un puñetazo perdido pudiera arruinar su concentración. O donde llegaran a hacerle reclamos por estar disparando y asustando a las personas que dedicaban su tiempo a fortalecerse entrenando. Caminó durante horas, subiendo colinas y atravesando matorrales, hasta que el sol alcanzó su cenit. Finalmente, lo encontró. Era una pequeña hondonada natural, rodeada de formaciones rocosas que servían como parapetos perfectos y árboles frutales cuyas cáscaras vacías, caídas en el suelo, serían sus objetivos improvisados.
—Este lugar servirá. Ciertamente, es perfecto —murmuró, dejando escapar una pequeña risa contenida que sonó como un gruñido porcino —JRAH JRAH JRAH. —Estaba contenta de poder encontrar un lugar en el cual entrenar. Y se reía con ganas y con fuerzas mientras podía.
Yuuki no perdió tiempo. No había maestros de tiro en esta isla de artistas marciales, así que ella era su propia instructora, su propia crítica y su propia enemiga. Comenzó con el calentamiento físico. Si algo había aprendido de su juventud y en su aventura hasta ahora, un tirador que se queda estático es un tirador muerto.
Empezó a correr. Sus pies, ligeros por su herencia birkaniana y con la ayuda de sus alas, apenas parecían tocar el suelo. Saltaba sobre los troncos caídos, realizaba piruetas en el aire y, en medio de la acrobacia, desenfundaba. No apuntaba con el ojo, sino con el instinto. Sus brazos eran extensiones de su voluntad. Buscaba lograr la precisión máxima acomodando su cuerpo de manera que no tuviera que apuntar directamente. Y entonces, apretaba el gatillo.
¡Bang! ¡Bang!
Dos cáscaras de coco estallaron a veinte metros de distancia mientras ella aún estaba en el aire. Al aterrizar, rodó sobre su hombro y volvió a disparar. El entrenamiento era frenético. Yuuki se obligaba a sí misma a mantener una velocidad constante, sudando bajo el sol implacable, sintiendo cómo el corazón le martilleaba en el pecho. Practicaba tiros rápidos, transiciones entre objetivos y, sobre todo, el movimiento constante. En su mente, cada roca era un marine, cada sombra un cazarrecompensas. Y no lo estaba haciendo nada mal para aquella sesión, se notaba que había mejorado desde que llegó a la isla. Y que ese no era su primer entrenamiento allí tampoco.
Después de horas de movimiento ininterrumpido, con el sol comenzando su descenso hacia el horizonte, Yuuki se detuvo. Estaba empapada en sudor, pero sus ojos brillaban con satisfacción. Y mientras jadeaba y recuperaba el aliento, consideró que era momento de detenerse y pasar a lo siguiente. Se sentó sobre una roca plana y extendió una manta de cuero frente a ella. Era el momento de la comunión con sus herramientas. Sus armas eran la base de su supervivencia y cuidarlas también hacía parte del entrenamiento.
Primero tomó a Quicksilver. Su joya. Era un revólver de seis disparos de una ingeniería exquisita. Se lo había heredado su abuelo cuando aún vivía en Baterilla y lo amaba. Yuuki observó el arma con una mezcla de orgullo y escrutinio. Accionó el seguro y, con un movimiento fluido de la muñeca, el arma se plegó sobre sí misma, revelando el tambor para la recarga.
—Has estado un poco rígida hoy, ¿verdad? —le habló al arma como si fuera una vieja amiga.
Sus dedos iniciaron el tamborileo ascendente sobre el cañón plateado. Tap, tap, tap-tap-TAP. Con una aceitera pequeña y un trapo de seda, comenzó a limpiar cada pieza. El entrenamiento no solo consistía en disparar, sino en asegurar que el mecanismo nunca fallara. Practicó la recarga una y otra vez. Plegar, insertar, cerrar. Plegar, insertar, cerrar. Sus movimientos se volvieron tan rápidos que el sonido del metal encajando parecía un solo clic continuo.
Luego fue el turno de su otra compañera: la pistola de chispa clásica. Era un arma más tosca y a la que no le guardaba el mismo cariño que a Quicksilver, pero tenía una potencia de parada que Quicksilver no siempre alcanzaba, ganándose un lugar en el arsenal de la pirata de cabello rosa. Limpiar una de estas requería paciencia; la pólvora negra era sucia y corrosiva. Yuuki desarmó el mecanismo de llave, limpió el pedernal y se aseguró de que el muelle tuviera la tensión correcta.
—Ciertamente, eres la hermanita fea. Pero no te preocupes. Te dejaré limpiecita y bonita para que me sigas cuidando como lo haces —dijo con su voz tierna y maternal, antes de soltar otra risa porcina— JRAH JRAH JRAH.
Optimizar los tiempos de recarga se había vuelto su obsesión últimamente. En un combate real, esos segundos de vulnerabilidad eran la diferencia entre ser un blanco o ser el tirador. Pasó el resto de la tarde alternando entre ambas pistolas, cronometrando mentalmente cuánto tardaba en tenerlas listas de nuevo tras un simulacro de disparo vacío. Y aunque la recarga de Quicksilver era rápida y tenía una cadencia de fuego considerable al ser un revólver, el verdadero desafío estaba en preparar la pistola de chispa.
Y así, gastó el resto del día. Cuando el cielo se tiñó de violeta y naranja, Yuuki guardó sus armas con cuidado, volviendo a ponerlas en sus fundas ocultas. El cansancio físico finalmente empezó a reclamar su cuerpo. Sus músculos protestaban, y sus alas se sentían pesadas, pero su mente estaba en paz.
Regresó a la posada bajo la luz de las primeras estrellas. El bullicio de la Isla de Kárate había disminuido, reemplazado por el sonido de los grillos y el aroma a comida de las tabernas. Al llegar a su habitación, no buscó la cama de inmediato. Todavía faltaba algo por hacer. Algo que no iba a dejar pasar nunca.
Encendió el pequeño hornillo una vez más. El agua comenzó a burbujear, un sonido reconfortante que marcaba el fin de su jornada de entrenamiento. Preparó su segunda taza de té, la de la noche. Se sentó junto a la ventana, observando el puerto a lo lejos. Un año de viaje. Y lo que faltaba.
—Mañana será un día largo —susurró, dando el último sorbo a su té. Sus dedos tamborilearon por última vez sobre la mesa de madera, esta vez con un ritmo lento, casi perezoso—. Ciertamente, un día muy largo.
Se quitó las botas, se deshizo de su equipo de combate y se desplomó en la cama. El sueño la reclamó casi al instante, con la imagen de Quicksilver brillando bajo la luna en su mesilla de noche y el eco de su propia risa extraña resonando en el silencio de la habitación. Pensaba en que continuaría practicando y entrenando en los días siguientes a ese.

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