09-02-2026, 01:45 AM
79 de Primavera, año 17
La misión que iban a asignarme cambió repentinamente. Una caravana comercial se había perdido durante una fortísima tormenta blanca en la tundra y, aunque el grupo de rescate pudo hacerla regresar con seguridad, uno de los miembros se había quedado rezagado y nadie se percató de su ausencia hasta que fue demasiado tarde. Lo único que saben seguro es que debió de haber sido en algún punto al noroeste entre a veinte minutos y media hora de distancia.
Por supuesto, nos prohibieron ir a buscarlo debido a lo complicadas que eran las condiciones meteorológicas del momento. Era especialmente peligrosa debido al efecto de “ceguera blanca” que impedía poder ubicarse con la vista a nivel referencial a causa de la nieve, y los caminos estaban tan sepultados que resultaban apenas distinguibles en algún punto.
Sin embargo, yo me ofrecí a ir. Mi superior de la isla quiso impedírmelo, pero le expliqué que, debido a mi buen oído y facilidad de ver sombras en la oscuridad, probablemente fuera la única allí en aquel momento capaz de escuchar alguna voz de ayuda y, quizás, ubicarme en aquel resplandor sin sombras.
Si aquel hombre tenía alguna oportunidad de salir vivo aquella noche antes de congelarse, era conmigo yendo a buscarlo.
No le gustó la idea, pero como me ofrecí voluntaria y no soy más que una soldado raso, me equipó lo mejor posible y me permitió ir.
Y así es como he acabado aquí, en mitad de la nieve. Menos mal que me dio tiempo a cenar algo verdaderamente caliente antes de que pasara todo esto, porque si no, no quiero pensar en qué haría. ¡Brrr! ¡¡Qué frío!! ¡Cómo lo odioooo!
Miro una vez más la brújula y me aseguro de estar yendo en la dirección y el ángulo correctos. Sin embargo, llevo andando casi media hora desde que salí de la ciudad y empiezo a preocuparme de verdad. Caminaría otros diez minutos extra hacia delante sólo por estar segura, pero si no encontraba una pista pronto, tendría que empezar a tomar pequeños desvíos y ahí sí podría arriesgarme a perderme. Menos mal que no dejo de mirar la brújula y recordaría bien el tiempo que he caminado en cada dirección, pero aun así…
«… ude...».
―¿Mmm...?
Me parece escuchar algo, pero no estaba segura. Detengo el paso, escuchando con absoluta atención.
«… al… ude...».
¡¿Una voz?!
―¡Eeeeeh! ¡Oye! ¡¿Puedes oírmeeee?! ―grito a todo pulmón, llevándome ambas manos a la boca para poder proyectar mejor la voz.
Esperé unos segundos, pero dejé de escuchar nada.
―¡¡EEEEH!!
―¡… uda…!
¡La había captado! No debía andar muy lejos. Teniendo en cuenta la dirección del viento, debe de haberse desviado hacia el este.
―¡Estoy yendo! ¡Sigue hablando!
Las respuestas tardan varios segundos, pero llegan.
―¡Aquí… ado…!
―¡¿Qué?!
―¡Cui… do!
Noto la relativa diferencia en el nivel de la nieve y ato cabos con las sílabas que había escuchado. Ayudada con el bastón que me permite moverme por aquel paraje cuya nieve llega a la altura de las rodillas, tanteo el suelo y no tardo en notar un leve crujido cuando hago fuerza sobre algo duro en el suelo.
Hielo. Mierda.
―¡Vale, espera, voy a ayudarte!
―¡¿Qué?!
―¡Espera!
Ya había comenzado a despejar mis alrededores de nieve, tratando de dejar un pequeño espacio firme bajo mí. Es una tarea ardua, porque la tormenta no deja de tirarme nieve encima y al agacharme la nieve casi me llega al cuello, pero lo voy consiguiendo y eso me permite clavar uno de los ganchos de alpinismo que llevo conmigo, y lo coloco más arriba de donde está la zona de hielo. Así, queda perfectamente fijo sobre el suelo. ¡Menos mal que en la mochila que me han dado hay de todo! Enseguida saco una de las fuertes cuerdas que llevo conmigo, pero mientras la aseguraba con uno de los nudos que nos enseñaron en la Marina, había un pensamiento que no dejaba de agobiarme.
¡¿Cómo llego hasta allí abajo?!
Claramente el hielo no iba a aguantar mi peso, pero necesitaba asegurarme de que el otro extremo de la cuerda llegaba hasta aquel hombre.
―¡¿Sig… ahí?!
―¡Sí, aguanta! ¡Ya voy!
¡No tengo muchas opciones! Si se me ocurre irme, este tipo no sobrevivirá hasta que vuelva. Además, aunque avisara por el den den que me habían prestado para la misión, no podrían encontrarnos con la tormenta.
Aprovechando la longitud del bastón, trato de desmontar parte de la nieve que hay en la parte de arriba del suelo, tratando de reducir su tamaño todo lo posible, aunque tampoco es que pueda hacer milagros. Entonces, agarrando la cuerda con una mano, y poco a poco… muy poco a poco… comienzo a caminar.
―¡Estoy yendo! ¡¿Estás bien?! ¡¿Puedes moverte?!
―¡Sí! ¡Me he hecho un corte en una pierna, pero me lo he tratado con un botiquín!
La cercanía ya me permitía escuchar oraciones completas, aunque fuera algo bajo debido al viento. Noto un ligero crujido y me detengo un segundo, conteniendo la respiración.
―¡¿Puedes caminar?!
―¡Sí!
―¡Vale! ¡Aléjate todo lo que puedas del terrapl…!
El crujido se escucha, y esta vez siento que la grieta se ha extendido hacia el desnivel.
―¡Cuidado! ¡Ha caído algo de hielo y no hay mucho espacio! ¡Si me cae toda esa nieve encima, no sé si podré respirar!
Mierda. ¡Despacio, despacio, DESPACIO!
Obsesionada por tratar de moverme lento y pesar lo menos posible, tardé en notar que mis botas y mis guantes se sentían realmente incómodos. ¡¿Qué puñetas pasa ahora?!
Me quité un guante, incapaz de poder soportarlo, y casi ahogo un grito al encontarme una mano completamente negra, con un pelito fino y las uñas extrañas.
―¡¿Estás bien?!
―¡S-sí! ―exclamo, tratando de fingir tener todo bajo control―. ¡Dame un momento!
Alarmada, miro el resto de mi cuerpo y noto que mi cola tiene anillos negros. ¡¿QUÉ?! Casi en pánico, logro sacar de mi bolsillo trasero mi espejito de maquillaje de emergencia y me miro de inmediato el rostro. La zona de los ojos pareciera cubierta por un antifaz del mismo color que mis manos.
¡¿SOY UN MAPACHE?!
―¡Date prisa, por favor!
―¡Y-ya! ¡Ya voy!
Sin saber muy bien cómo, trato de convertirme en un mapache. De pequeña muchas veces fantaseé cómo sería ser un zorro: caminar con esas patitas finas, el peso de la cola yendo a cuatro patas, lo diferente que sería la posición del cuello al no ir sobre dos piernas… Esta vez hice algo parecido, pero tratando de experimentar en mi mente lo que sería ser un mapache.
Y… ¡funcionó! Tras sentir algo raro, abrí los ojos y la altura de la nieve era realmente alta. Al mirar hacia abajo, comprobé que, efectivamente, me había convertido en ese animalito. ¡Ahora peso muchísimo menos!
―¡Eeeh!
Sin perder más el tiempo, agarré la cuerda con la boca y, con cierto cuidado, corrí hacia el lugar en el que obviamente estaba el hombre. Tuve que excavar un poquito con las patitas, pero finalmente pude lanzarle el extremo de la cuerda, aprovechando que los deditos me daban cierta versatilidad. Gracias a eso, pude lograrlo sin que él me viera.
―¡Perfecto! ¡Gracias!
Mientras tanto, yo volví hacia atrás y, gracias a Dios, recuperar mi forma habitual fue tan fácil como transformarme en mapache.
―¡¿Puedes trepar?!
―¡Sí! ¡Tardaré un poco, pero sí!
―¡Vale! ¡Te ayudaré cuando estés cerca de aquí!
El proceso nos llevó varios minutos, pero el hombre logró ponerse a salvo estando casi ileso. El corte que tenía era superficial y había sabido tratárselo, así que no fue demasiado problema más allá del dolor. La única razón por la que no había podido salir hasta entonces es que las paredes de aquel foso eran demasiado lisas como para subir por ellas, pero por fortuna, y con ayuda de la adrenalina que le dio fuerzas para subir, ya todo estaba arreglado.
Con ayuda de mi brújula, logramos, eventualmente, encontrar el camino de vuelta. Tardamos ente una hora y una hora y media, ya que yo le serví de apoyo durante buena parte del camino, principalmente porque a él le costaba sentir una de sus piernas, probablemente debido al frío y al corte en su pantalón.
Cuando llegamos, sus compañeros y familia lo celebraron por todo lo alto. Realmente el regresar vivos y sentir el alivio de todos nos hizo reanimarnos a pesar de estar exhaustos. Ver el rostro de su mujer y dos hijos pequeños pasar de las lágrimas a los abrazos casi me hizo llorar a mí también. De hecho, lo habrían conseguido de no ser por la fiesta que hicieron a continuación y que duró toooda la noche.
Mientras la familia se alejaba temporalmente para una revisión médica, todos sus conocidos aprovecharon el momento para agradecerme. Yo no dejaba de repetir que cualquier marine lo habría hecho y yo solo tuve suerte, pero de algún modo se enteraron (o ataron cabos) de que seguramente ser una humink fue lo que más me ayudó en la misión para poder encontrarlo.
No lo negué… pero tampoco conté el resto de la verdad.
