Любовь с первого взгляда | Pasado, Choi Hae-won
#1

Плавно.


Un descenso suave fue el producto de sus pies al contacto de la fría nieve, la pasarela del navío había quedado atrás mientras el frío impetuoso le recorría por todo el cuerpo cual fantasma etéreo. Subió la mirada. Aquello no era el retorno triunfal de un hijo pródigo, sino un brutal choque entre un hombre contra su propia mitología. Recordaba con nostalgia amarga los relatos de sus padres sobre estas tierras que les vieron crecer

.
Al llegar y dar sus primeras zancadas sintió la contracción de sus pulmones, protestaban contra la pureza gélida que aquellas tierras tenían como oxigeno, algo que le recordaba un poco a Drum. Ventiscas escarcha y un firmamento boreal. Un ecosistema tan familiar pero al mismo tiempo distante para él.

Al alzar la mirada lo vio; alucinaciones geométricas por doquier, aquello no era el gris perpetuo de Drum, sino un hermoso estallido de rebeldía arquitectónica El ladrillo rojizo imperaba solemne sobre todo, erigiendo una civilización entera mientras violentamente contrastaban con el blanco. « Es como si la tierra misma estuviera sangrando calor... » Al vislumbrar más arriba se apreciaban esferas y bulbos pigmentadas de una amalgama de colores esplendorosos azules eléctricos dorados profundos y púrpura que desafiaban la lógica de la nieve. Incluso las tormentas resbalaban por sus curvas sin encontrar donde finalmente anidarse.


Se presentaría en el cuartel general, y... finalmente, después de un agotador turno de guardia inicial de cuatro horas en el puerto, (Donde noto que el metal desprotegido le podía arrancar la piel de un descuido) fue finalmente relevado, pero lejos de quedarse en ese camarote rancio de madera salió a explorar.



[Imagen: uXfpjn3.png]
Se despojó del blanquecino uniforme para colocarse un abrigo grueso, elegante y muy soberbio. Posteriormente se desplazó por las arterias de la ciudad, inundado por los ruidos de personas transeúntes « Que hermoso ». Pensó en sus adentros mientras se paseaba. En el camino entendió el mensaje que le dieron sus ancestros; en Roshwan, la sobriedad es un riesgo para la salud.

Así que no tardó en comprar algo de Vodka y sentarse en una de las plazas, el alcohol le pasaba por las venas. Al limpiarse, notó algo caer frente a sus narices. Un objeto rectangular cayó sobre la nieve compacta con un golpe seco, deslizándose por la nieve. La dueña era aquella mujer que le pasaba enfrente.


[Imagen: HN7daHr.png]

Ella no se dio cuenta de inmediato, de hecho, Tatián la tomó de la muñeca antes de que partiera. — Hey... Espera... Se te cayó esto —. Dijo, hacia la más pequeña.


[Imagen: kUboycv.png]
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#2
Roshwan es su alma mater. 

Es la tierra que la vio crecer como miembro de la marina, el lugar que le brindó las herramientas necesarias para trabajar dentro del cuerpo al que tanto admira. La sonrisa que porta sobre su rostro al volver a sentir la fuerza del ambiente helado es enorme, por causa de los muchos recuerdos que tiene de este lugar. Bien habría podido ir a Baterilla a cursar sus estudios, pero el recuerdo del chico al que salvó hace años y envió hacia allí le hizo imposible pensar en pisar esa base. No quería encontrarlo, para no perturbar su paz ni su nueva vida.

Por eso mismo admira estas tierras; allí encontró a quien es, ahora mismo, su mejor amiga. Esta vez, había venido sola porque Dravenia estaba ocupada en otros asuntos de importancia en islas colindantes. Eventualmente, podrían encontrarse allí y harían lo que siempre habían planeado: ir a un buen restaurante a comer todo lo que les entrara en el estómago. Respira una buena cantidad de aire; al estar fuera de servicio, tiene la posibilidad de despojarse del feo uniforme de Marines. No es que le desagrade del todo, pero al ser un simple soldado, no puede llevar algo más personal.

Con guantes en mano, ropa de invierno y muchas ganas de recorrer tiendas, mira su entorno con la admiración que siempre le provoca ese lugar: la vibra positiva que corta la solemnidad helada del frío, a través de paredes coloridas y personas animadas, es algo que ella siempre ha admirado. El relicario que lleva consigo sigue colgado debajo de la ropa; las palabras no salen de su boca porque está ocupada admirando los locales, como si fuera un pequeño hurón curioso que se asoma por las ventanas de diferentes negocios.

Sí. Está demasiado feliz de volver a casa. 

Está centrada en caminar por la calle y no piensa demasiado en las cosas que hay a su alrededor, hasta que una figura se interpone y la detiene.

—Hey... Espera... Se te cayó esto.

De más está decir que parpadea varias veces mientras observa el artículo que, supuestamente, se le había caído.

—¡Oh, por los dioses! ¡Es mi carnet de trabajo! La torpeza me persigue a todas partes, maldita sea.

El lamento nace con una voz llena de esa extraña torpeza que muestra, a pesar de no formar parte integral de su propia personalidad. No se trata de pensar solamente en que perdería un documento importante, sino en las implicaciones que trae el gestionar nuevamente todos y cada uno de los pasos a dar para sacar otra licencia. El solo pensarlo le da una flojera terrible. Suspira, con la pesadez digna de quien sabe que pudo haber perdido algo la mar de importante: su tiempo para flojear.

—Hmmm... ¡Muchas gracias! —Ahora sí, observa con cuidado al caballero que se había tomado la molestia de levantar sus documentos del suelo—. Me salvaste de llevar unas dos semanas enteras entre papeleos solo para coseguir esta bendita credencial. En serio, te debo una muy grande.

Y es en ese momento que se da cuenta: ¿por qué todas las personas que ha conocido hasta ahora son más altas que ella? ¡Vamos! Tampoco es tan bajita como para sentirse así, pero... Este sujeto de cabello rubio sí se ve gigante. ¿Cuánto es que medirá? ¿Metro noventa, más o menos? 

Es una indiscreción preguntar, por lo que se guardaría las muchas dudas que surgen en su mente.

—... ¿Cuál es su nombre, estimado caballero rescatista de credenciales?
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