Black suit [Pasado social|Barald Kane]
#1
Playing now: 60 minute mix of Caravan Palace

 
El edificio de ladrillo rojo se extendía frente a mí, llamativo e imponente ante el blanco paisaje contrastante, como una herida abierta en medio de la nieve. Sus muros parecían absorber la luz opaca del cielo, devolviéndola en un tono apagado y severo que imponía respeto incluso antes de cruzar el umbral. Debía ser discreto, o al menos eso habían comentado; una construcción que no llamara la atención, que pasara desapercibida entre la monotonía del entorno. Supongo que, para los estándares de este reino, esta estructura podía ser considerada como “discreta”, aunque a mis ojos destacaba demasiado, orgullosa de su presencia, negándose a fundirse con el paisaje.
 
El frío era igual de imponente, colándose entre la ropa y aferrándose a la piel con una crueldad paciente. Cada respiración se volvía visible, el humo escapando de mis labios al soltar un suspiro cansado, disolviéndose en el aire helado casi de inmediato. Mis dedos comenzaban a entumecerse y una ligera rigidez se apoderaba de mis extremidades, recordándome que permanecer allí fuera no era una opción sensata. Me congelaba, literal y figuradamente; el lugar no invitaba a la contemplación prolongada. Era mejor que entrara de una vez, antes de que el frío terminara por vencerme o de que mis dudas echaran raíces justo frente a esa puerta cerrada.
 
Al entrar, la luz amarilla del establecimiento me envolvió de inmediato, como si quisiera ofrecerme el calor que el exterior me había negado, suavizando el entumecimiento que aún se aferraba a mi cuerpo. El sonido incesante de la maquinaria aceleró mis sentidos, marcando un ritmo artificial que se colaba en mi pecho y me obligaba a avanzar. Era imposible no sentirse observado, no por miradas humanas, sino por la insistencia misma del lugar, por su pulso constante.
 
Me vi tentado por los numerosos juegos de azar activos a mi alrededor, luces intermitentes prometiendo fortuna inmediata, victorias fáciles, una felicidad comprada a plazos. El alcohol y el tabaco invadían mis fosas nasales, densos y dulzones, llamándome al disfrute despreocupado, a bajar la guardia. Cada aroma parecía diseñado para seducir, para empujarme un paso más allá de la razón. El lugar parecía emocionado de hacerme olvidar cada una de las cosas en mi mente, de disolver mis preocupaciones y arrastrarme, con una sonrisa luminosa y falsa, al pozo sin fondo del exceso y la deuda.
 
Pero no era la razón de encontrarme en este lugar.
 
De forma egoísta, aprovechando que me encontraba de vacaciones, habían llegado hasta mí murmullos y rumores sobre una joya excepcional: “Gyokko” la llamaban. Se trataba de una jadeíta de origen incierto, famosa por un corte único y poco convencional, cuya subasta tendría lugar en aquel casino en cuestión de minutos. Al principio despertó mi curiosidad, como lo hacen todas las rarezas bien guardadas; pero tras conocer su verdadero valor en el mercado y el interés que había suscitado entre coleccionistas y casas privadas, mi atención se transformó en algo mucho más intenso.
 
Había “tomado prestadas” un par de fichas de forma discreta de una de las mesas, haciéndome pasar por un jugador hambriento más, mirando de reojo al escenario de la subasta donde la gente pujaría por la preciada gema. Por supuesto yo no haría eso, vamos, no tengo tanto dinero.
 
Lo que me interesaba no era mis “competidores” sino el sistema de seguridad y la cantidad de personas resguardando mi próximo accesorio, solo necesitaba una ligera entrada para poder tomarlo y mientras la encontraba… jugaría un poco para pasar desapercibido. Pasaba una de las fichas de mano en mano, mientras me acercaba a una de las mesas con una sonrisa arrogante, acomodando ligeramente mi abrigo blanco. —Díganme, díganme ¿Alguien gusta apostar un par de fichas? Podemos hacerlo fácil, un rápido juego de pescar cartas. Me siento con una mucha suerte hoy ¿Me entiendes? — Sonreí, esperando que alguien se animara al juego.
 
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#2

Muchos de los caminos del señor son inauditos. Edificios de fachada rojiza y la nieve acompañando todo cuanto podías ver. Ciudad Pushkin era un lugar invernal, donde el frio era capaz de matarte si no tenías suficiente ropa de abrigo. Barald caminaba dejando huellas allá por donde iba ¿qué le había llevado de nuevo hasta esa ciudad de la que salió hace tanto tiempo? bueno, como bien dije antes los caminos del señor son inauditos, inesperados a veces. Caminaba por su ciudad natal recordando viejos momentos del pasado cuando era niño, aun recordaba bien el frio de aquella isla. Ondeaba su gabardina con ambas manos en los bolsillos, sacando vaho cada vez que respiraba. Aunque se hubiera desentendido de la familia Kane y la misma no supiera nada de el durante más de una década, se dejó caer en aquella isla con una intención clara. Gyokko, ansiada por muchos coleccionistas, una joya histórica de mucho renombre en el South Blue había llegado al casino más famoso de la isla, en ciudad Pushkin, su capital ¿habrá un reencuentro familiar? quien sabe, Barald barajaba que esa situación fuera posible mientras se acercaba a las inmediaciones del casino, esperaba llegar cuanto antes para poder resguardarse del frio, ese frio se calaba en los huesos del cuerpo era una sensación que nunca podría olvidar por más que pasaran los años.

Al llegar al casino entró por la puerta sin pensarlo demasiado. La luz amarilla del lugar iluminó su rostro mientras observaba con detenimiento aquel lugar. Un tapizado rojo cubría todo el suelo del casino. Estaba abarrotado de gente, unos jugando al poker buscando desbancarse el uno al otro, mesas con crupier en las que la gente apostaba fichas de todos los colores a la ruleta, maquinas con lucecitas y muchos botones buscando quedarse todo el dinero que la gente jugaba ... el casino siempre gana aunque hoy ... hoy no iba a ser el día. Del bolsillo de su gabardina sacó un paquete de cigarrillos y saco uno colocándolo en su boca, encendiéndolo con un mechero y dándole una calada, no había fumado anteriormente por no sacar las manos de los bolsillos cuando estaba afuera, era buen momento para aquello. Sin pensárselo mucho se acercó a una de las mesas de ruleta, y extendió un puñado de berries al crupier para que le diera algunas fichas sin ni si quiera decir palabra, el crupier entendió rápidamente y extendio en la mesa unas cuantas fichas, rojas, azules amarillas y verdes, a lo que el chico las tomo y las colocó en orden en un lateral de la mesa.

Un hombre rubio con gafas de sol y cordones dorados de oro habló a todos los presentes pidiendo jugar a algo como de pescar cartas a lo que Barald se sorprendió ¿aquí hay juegos de esos? inmediatamente le contesto - Amigo estas en una ruleta, aquí no se pescan cartas! Dahahhaha - Dijo el chico para colocar ahora alguna de sus fichas en los diferentes números de la ruleta esperando a que el crupier diera la orden de salida -¡NO VA MAS! - Dijo a la que inmediatamente tiro la bola en la ruleta que giraba y giraba, atrayendo la mirada de los que estaban jugando. Barald no había venido a jugar, había venido a llevarse la joya Gyokko, aunque todavía no sabía muy bien como iba a conseguirlo, se giró sin hacer demasiado caso al juego de la ruleta para observar el escenario donde iba a realizarse aquella subasta ¿se encontraría con gente de la alta sociedad de Roshwan? era probable que alguien de su familia se encontrara allí, no obstante de momento, solo pensaba en una cosa. Hacer un robo historico. 
[Imagen: FIRMA.jpg]
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#3
Había recibido una respuesta entre el mar de gente; un hombre menos alto que yo, con una curiosa y gran cicatriz que le cruzaba el rostro desde el pómulo hasta la sien, además de unos brillantes ojos rojos que parecían encogerse ligeramente cada vez que reía, como si el gesto le naciera de algún lugar más profundo que la simple diversión. Curioso. Había expuesto que me equivocaba de juego, sin duda, pero tal vez el que se estaba equivocando de persona era él. —Vamos, mi amigo, yo digo que lo que dices es una falta de visión. Al final del día son juegos, ¿no? Si nos dan una buena distracción… ¡podemos jugar boliche sobre la mesa! — Su risa extraña, algo rasposa y contagiosa, me había puesto de buen humor. Hablaba mientras me acercaba sin demasiada ceremonia y colocaba mi brazo sobre sus hombros, inclinándome lo suficiente para ver sus fichas ordenadas con descuido estudiado y el hipnótico girar de la ruleta, que parecía tragarse el ruido del lugar por un instante.
 
27, 13, 36, 11, 30, 8… 23.
 
El clic metálico resonó como un veredicto.

¿Ahí había puesto sus fichas? Sí, lo había hecho. Directo, sin rodeos, como si no existiera el resto de los números. —Vaya, qué suertudo… número directo. — Negué con la cabeza, una sonrisa ladeada escapándoseme casi sin querer. Tal vez yo habría apostado por un impar, o uno bajo, algo menos agresivo, algo que me permitiera fingir prudencia. Me giré apenas hacia la mesa, separando finalmente mi brazo de los hombros de mi nuevo amigo. —Bueno, ¿cuánto cuestan las fichas? —pregunté al crupier, apoyando los dedos en el borde pulido de la mesa.
Fue entonces cuando las luces comenzaron a bajar, una a una, como si el casino contuviera la respiración. El murmullo se transformó en expectación y el ambiente cambió de peso. No era una simple tirada más.

Era hora del evento principal.
 
Tomé las fichas al recibir respuesta, dejándolas sobre el primer número que me había llamado la atención: 3 y comencé a moverme, no sin antes despedirme. —Amigo mío ¿me avisarás si gano? Tengo un asunto que atender. — Le sonreí, finalmente acercándome al escenario, esperando de pie cerca de las luces.
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