Margrethe Northrend
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C. de Haki
C. de Akuma
Isla Kutsukku - Costa Sur
Dia 20 de Otoño
Año 16
El viento olía a óxido y sal. Una combinación que me recordaba a casa si “casa” fuera un cementerio de hierro y huesos. La costa de Kutsukku se extendía frente a mí como la sonrisa rota de un cadáver, arena ennegrecida, tablones podridos, restos de barcos que alguna vez tuvieron dueños con esperanzas y entre la bruma espesa, el murmullo de una pelea o mejor dicho, una caza.
Gruñí, alzando mi hacha doble sobre el hombro mientras mis botas se hundían en la arena húmeda. El sonido del metal viejo repicando a lo lejos era casi una invitación, no había pasado ni una hora desde que toqué tierra y ya me encontraba caminando hacia el bullicio como una polilla hacia el fuego. No porque me importara quién ganara o perdiera al demonio con eso, sino porque no soporto el sonido de los cobardes divirtiéndose a costa de otros y por los gritos que escuchaba había varios de esos.
Avancé entre la neblina hasta verlos, un maldito grupo de saqueadores mugrientos apaleando a un par de figuras acorraladas junto a los restos de un bote destrozado los malditos estaban riendo, gritando, rebuscando entre las bolsas del suelo como si fuera un juego.
—Tsk, maldición qué espectáculo tan patético, Gara —mascullé, ladeando la cabeza con una sonrisa que ya empezaba a estirarse y no me anuncié, claro que no lo hice, ¿Para qué? Ellos ya hacían suficiente ruido.
La primera advertencia fue el silbido de mi hacha partiendo el aire, misma que cayó en medio del grupo con un golpe seco, levantando una lluvia de arena y sangre, uno de los hombres apenas tuvo tiempo de gritar antes de que su cuerpo cayera al suelo partido desde el hombro.
—¡¿Quién demonios…?! —empezó otro.
—Yo —respondí, girando el mango del arma y sonriendo —Margrethe Northrend. Si vais a pelear, ¡hacedlo con algo más de gracia, Gara! — Se lanzaron sobre mí, claro, cinco contra una pobre doncella. Me encanta cuando creen que los números sirven de algo, el segundo golpe fue un giro de cadera que barrió el suelo con fuerza suficiente para levantar una ola de arena, el tercero, un cabezazo y el cuarto, el cuarto no fue más que una carcajada. —¡YIKIKIIKIKI! —retumbó en la costa como un trueno.
Los últimos dos hombres intentaron huir, pero el barro los delató, no los maté. No valía la pena gastar filo en cobardes, en cambio, los miré mientras mi respiración salía en bocanadas de vapor. —Dejad el saqueo a los que tienen agallas para ganarse algo con las manos, Gara —escupí al suelo y arranqué mi hacha del cadáver.
Fue entonces cuando los vi bien los dos que estaban siendo atacados. Parecían igual de sorprendidos que asustados. —¿Qué? ¿Esperáis que os cargue también al hombro? —dije, apoyando el arma y mirando al horizonte —Si sabéis pelear, comed conmigo. Si no apartaos antes de que el viento cambie. — Una ráfaga del norte me azotó la cara, trayendo el olor de más humo, más guerra y sonreí. —Supongo que esta isla miserable me debía un comienzo, Gara —murmuré mientras miré a los desconocidos y levanté mi hacha hacia el cielo gris.
—A partir de hoy, Margrethe Northrend deja de ser una simple mercenaria. ¡Desde hoy soy una pirata! ¡YIKIKIIKIKI! —mi risa retumbó entre las ruinas mientras las gaviotas huían del estruendo. El eco se perdió entre la niebla, y yo seguí de pie, con la mirada fija en la costa y un nuevo fuego latiendo en el pecho, quizás esos dos que acababa de salvar serían mis primeros compañeros o quizás morirían en la próxima batalla.
El rugido del mar volvió a hacerse fuerte, más profundo, más pesado. La bruma se espesó hasta parecer humo, y entre ella comenzaron a surgir sombras largas, difusas al principio, luego cada vez más definidas, velas negras, cuerdas colgando, banderas sin emblema, barcos, no uno, ni dos. Al menos media docena, acercándose lentamente hacia la costa. Fruncí el ceño, dejando que el viento azotara mi rostro . —Vaya, vaya, Yikikiki, parece que los fiambres tenían amigos, Gara. —
Los dos desconocidos a quienes había salvado se miraron entre sí, inquietos, uno dio un paso adelante. —Son los saqueadores de la isla, controlan esta costa, cuando un grupo no regresa, mandan más, no dejarán a nadie con vida.—
—¿Ah, sí? —reí suavemente, haciendo girar el hacha sobre mis hombros —Qué detalle tan hospitalario.— Las embarcaciones comenzaron a fondear, desde las cubiertas, hombres armados bajaban a la arena, portando antorchas, fusiles oxidados y machetes, no tenían ni idea de lo que los esperaba, hablaban entre ellos, gritándose órdenes, pateando cuerpos para comprobar si respiraban, se acercaban al círculo de cadáveres que había dejado yo hace unos minutos, sin sospechar que su asesina los observaba desde las sombras de un peñasco.
El aire olía a hierro, a furia contenida, podía sentir cómo el pulso me ardía en las muñecas. —No saben quién soy —susurré para mí misma, saboreando las palabras como un vino fuerte, qué bonito será cuando lo averigüen y justo en ese mismo momento uno de los hombres encontró un cuerpo, y su grito rompió el silencio.
—¡Los mataron! ¡Los mataron a todos! — El caos se desató al instante, gritos, disparos al aire, pasos desordenados, buscaban culpables en la niebla, apuntando a todo lo que se movía, yo salí de la sombra como quien sale de una taberna después del brindis, el hacha descansaba sobre mi hombro, la sonrisa en mis labios era tranquila.
—Eh, ratas del mar —dije alzando la voz, para que el eco corriera sobre el viento —Si buscáis pelea, la habéis encontrado, Gara. —
Jerome Caonabo
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C. de Haki
C. de Akuma
10-10-2025, 09:55 PM
(Última modificación: 10-10-2025, 09:57 PM por Jerome Caonabo.)
El viento olía a sangre vieja, a hierro húmedo y a algo más, algo que hacía vibrar mis colmillos. —Magagagagaga— La risa se me escapó sin permiso, como un rugido ahogado en el pecho. Había seguido el olor del combate desde más lejos de lo que pensaba quizá demasiado diría yo , aunque para ser sincero, perderme ya era costumbre. Iba buscando un puerto, terminé encontrando una guerra. Qué ironía tan hermosa.
La costa de Kutsukku se abría frente a mí como una cicatriz mal cerrada, y entre la bruma, una figura destacaba, era alta y firme, parecía más un monstruo de carne y acero, la vi abrir el aire con su hacha y partir hombres como quien corta pan duro, su risa, ese puto aullido que hizo eco en mis entrañas fue lo que me atrajo más que cualquier olor., su risa tronó y sentí algo parecido al respeto, esa cosa que sentía no era solo fuerza, era fuego, fuego interno.
Me acerqué caminando entre los restos, la arena pegándose a mi pelaje y la niebla enroscándose en mis piernas, los cadáveres aún goteaban, ella hablaba con dos desgraciados que parecían no saber si agradecerle o huir, yo sonreí, mostrando los colmillos. —Heh, así que esta isla sí tiene vida —dije, dejando que mi voz retumbara como tambor mojado —Y yo que pensaba que el South Blue me había malacostumbrado al silencio. — Los hombres me apuntaron con miedo, y la mujer esa montaña de músculo y furia apenas me miró. Eso bastó, su maldita mirada pesaba.
—Tú —señalé con una garra, sonriendo —Tú peleas como si el mundo te debiera una deuda, ¿eh? Magagagagaga! ¡Así es como debe ser! Yo soy Jerome Caonabo, peleador de huesos duros y bebedor de derrotas ajenas. —Levanté el puño cubierto de pelaje oscuro, aún con marcas de viejas batallas —Si esta costa busca devorarnos, ¡entonces mordamos primero! —
No esperé respuesta, pues el crujido del agua me advirtió antes que mis ojos, sombras en el horizonte, velas negras, era claro que eran barcos, muchos de ellos, y los rugidos metálicos de los cascos golpeaban las olas haciendo vibrar el aire. —Ah… así que vienen más —murmuré, lamiéndome los colmillos con deleite —¡Perfecto! He viajado demasiados días sin sentir algo que valga la pena romper. — Los primeros hombres tocaron tierra, y mi cuerpo se movió solo. Mis garras rasgaron el aire, la arena se levantó en una nube espesa y sentí un maldito ardor del impacto recorrer mi brazo como una descarga, sangre, sal y óxido. —Magagagagaga!— Mi carcajada se mezcló con la de ella, un coro de locura en medio del caos.
—¡Mujer montaña! —le grité mientras partía el cuello de un saqueador de un zarpazo —¡Veamos quién deja más cuerpos tendidos antes de que el sol se canse de mirar!— El fuego del combate me invadió. El dolor, la furia, la gloria, el mar rugía y por supuesto que yo rugí con él y en ese puto instante supe que había encontrado algo raro, no un enemigo, sino una llama igual a la mía, era algo que no habia tenido la oportunidad de ver en mucho tiempo, parece haber nacido para pelear, para destrozar cuerpos, partilos a la mitad y proclamarse reina del mundo.
Itzel Yajiri
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C. de Haki
C. de Akuma
Asere, el aire olía a hierro, sal y desafío. Todavía tenía la garganta seca de tanto vuelo, el pecho abierto al frío que me muerde como bestia vieja, pero ahí estaba, el mar partiéndose frente a mí, seis barcos soltando monstruos de carne y acero, no tuve que oírlos para saber cuántos eran, el viento me trajo sus pisadas, su miedo, su hambre de sangre, tosí, escupí algo oscuro, y sonreí. -Coño- , pensé, -hoy el fuego me va a doler aunque no arda.-
Esa frase, coño, esa maldita frase me atravesó el pecho como lanza. No era para mí, pero igual me alcanzó, los hombres se movían en formación torpe, fusiles oxidados, antorchas chorreando aceite, gritando órdenes que se mezclaban con el rugido del mar. Yo, descalzo sobre la arena fría, sentí los latidos de la tierra como un tambor de guerra, la guadaña vibró en mi mano, ansiosa, viva. —Asere —le murmuré a la hoja — hoy vas a beber más de lo que te gusta. —
La mujer con cuerpo de montaña avanzó sin esperar, su risa quebrando el aire, mientras que el mink la siguió con esa ferocidad animal que se siente antes de que se vea, un rugido profundo que se mezcló con el viento. Yo bajé las alas y eché a andar, lento, como quien entra en un templo, porque para mí, el combate siempre fue eso, una misa. El primer golpe es la oración, la sangre el incienso, y el silencio antes del choque, eso es fe.
Cuando el primer grupo llegó corriendo hacia nosotros, sentí el tiempo hacerse pesado. Mi oído, afinado por años de peligro, me permitió distinguir cada paso en la arena, cada respiración ansiosa, cada dedo temblando sobre un gatillo vi como un chamaquito disparó. El estampido rebotó en mis costillas, y el proyectil me rozó el hombro, quemando piel, tosí y me encorvé, pero la guadaña ya estaba girando.
-Fuaaaash- El sonido del metal cortando aire es casi música, corté en arco, y la arena se levantó como humo, no maté a nadie, no aún, pero la hoja chocó con fuerza suficiente para partir el mango de un fusil y mandar a su dueño al suelo. Mi brazo vibró hasta el codo, y la tos volvió, dura, como si el frío me recordara que sigo viejo. La mujer montaña rugió una carcajada a mi lado, partiendo en dos a un hombre que había intentado sorprenderla, y el mink coño, el mink se movía como si el suelo no lo tocara, sus garras eran relámpagos.
Levanté la guadaña otra vez, esta vez a dos manos. El filo silbó, y la sangre saltó como un recuerdo rojo, me moví por instinto, guiado por el olfato, sudor, pólvora, miedo, oh el miedo siempre huele igual. Apreté la mandíbula, di un paso atrás, y abrí las alas, apenas un poco, lo suficiente para que la brisa me levantara medio palmo y desde arriba, vi los demás grupos acercándose desde los barcos, antorchas en alto, reflejos en el agua.
—Coño, asere —murmuré, alzando la guadaña al cielo gris —El fuego todavía no se prende, ¡pero el volcán no está muerto! — El primer hombre que intentó clavarme la bayoneta se encontró con mi rodilla en el pecho. Oí el crujido, y sin dejarlo caer, giré el mango del arma y lo barrí con la hoja, mandándolo girando hacia la arena, pero no daba abasto, por cada uno que caía, tres más bajaban de los barcos.
Vi el brillo de los cañones en las cubiertas, las mechas encendiéndose, los capitanes gritando órdenes. La mujer rugió algo que se pareció a un nombre, y el estruendo del primer cañonazo nos partió el cielo, la arena explotó a pocos metros, lluvia de fuego y metralla cayendo sobre nosotros. Yo solo tuve tiempo de cubrirme con las alas, y la guadaña firmemente plantada en la tierra, el olor a pólvora me llenó el pecho, y con él, el recuerdo de mi tribu, del volcán, del fuego —Asere, si me toca morir, que sea caliente —susurré.
Margrethe Northrend
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C. de Haki
C. de Akuma
El cañonazo me pasó rozando, un silbido ardiente que me arrancó un mechón de cabello y dejó el aire oliendo a metal fundido. Me giré con una sonrisa tan amplia que casi me partía la cara y el mar rugía, los barcos seguían escupiendo fuego, y en la costa el mundo entero se había vuelto una sola masa de ruido, sangre y humo. El mink, Jerome según decía llamarse, destrozaba hombres como si fueran ramas secas. Sus garras cortaban el aire con una precisión que ni los mejores guerreros del North Blue soñaban. Y el otro el del fuego apagado en la espalda, el Lunarian se movía con un temple que sólo tienen los que han visto morir a los suyos y todavía creen en algo.
—¡YIKIKIIKIKI! —reí, sacudiendo la arena del hacha —¡Por fin encuentro carne con espíritu! ¡Dos demonios del mar y del cielo! — Mientras tanto un grupo de saqueadores corrió hacia mí. Pude ver el miedo en sus ojos antes de que el primero gritara, pero para el fue demasiado tarde porque giré sobre mis talones y el filo de mi hacha trazó un arco amplio, tanto que el impacto sacudió la tierra y los cuerpos salieron volando como muñecos rotos.
—¿Ven eso, cabrones? —les grité, mirando por encima del hombro —¡Así se hace espacio para beber después!—
Jerome soltó su carcajada bestial, esa que parece romper huesos solo de oírla, y yo respondí con otra igual de salvaje. Era un duelo, sí, pero no entre enemigos, sino entre iguales, una competencia sin palabras para ver quién hacía temblar más la costa. El Lunarian, en cambio, apenas habló, se movía entre el caos con esa calma vieja, casi sagrada. Su guadaña giraba con ritmo de danza, y sus alas abiertas parecían absorber la luz del fuego, lo vi sangrar un poco y aun así no detenerse, eso me hizo apretar los dientes, pero de emoción maldita sea.
—Tú, viejo— murmuré — Tú peleas como si cada golpe fuera un rezo.— Sin embargo, en ese momento otro cañonazo cayó cerca, levantando una ola de tierra y metal, solo alcancé a cubrí mis ojos con el antebrazo, escupí al suelo, y grité con fuerza porque al final no había mucho más que hacer. —¡Entonces recemos todos juntos, malditos! ¡Que los dioses se tapen los oídos si no aguantan este ruido! —
Me lancé otra vez al frente. Mi hacha mordió, mis músculos ardieron, el viento se llenó de ecos metálicos y sentí una lanza rozarme el costado, pero respondí con una rodilla en el pecho del hombre que la empuñaba, el sonido fue seco, satisfactorio para mis oídos, entonces apreté los dientes, la sangre caliente se mezcló con el sudor, y el gusto a hierro me recordó por qué seguía viva.
Alcé la vista hacia el horizonte, aún venían más barcos, decenas o quizás más, sin embargo, en mi pecho no había miedo, sino risa. —¡Que vengan todos! —rugí, girando el hacha sobre mi hombro —¡El invierno no se rinde, Gara! ¡YIKIKIIKIKI!— Me giré hacia el mink y el alado, ambos cubiertos de sangre y gloria.
—¡Oigan, perros del destino! —grité, con la voz rajada por la emoción —¡Si sobrevivimos esta noche, beberemos hasta que el sol olvide de salir! ¡Y si morimos pues que el mar aprenda nuestro nombre!—El viento trajo una oleada de ceniza y el ulular del fuego, mi corazón latía con fuerza, no por furia, sino por una certeza rara y es que al parecer ya no estaba sola.
Itzel Yajiri
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C. de Haki
C. de Akuma
El estruendo del cañón me partió los pensamientos en dos. El aire olía a hierro quemado, a sal podrida y a miedo viejo. Vi el fogonazo antes de escuchar el rugido, y el proyectil pasó tan cerca que sentí cómo el calor me lamía la mejilla. La arena me golpeó el rostro, pero no me moví enseguida. Observé. A veces la guerra tiene un ritmo propio, una cadencia que solo quienes la han respirado pueden oír. Y yo la escuchaba en cada grito, en cada golpe de metal, en cada respiración rota. La mujer se movía entre el humo con una furia que no necesitaba presentación. Era grande, sí, pero lo que la hacía enorme no era su cuerpo, sino la manera en que reía. Esa carcajada, esa maldita risa que se alzaba sobre el caos como una bandera de locura, me atravesó más profundo que el estruendo del cañón.
No me impresiona la fuerza. He visto titanes caer y monstruos llorar, pero esa mujer tenía algo que no se fingía. No peleaba para sobrevivir, peleaba porque no sabía existir de otra manera. Cada giro de su hacha era una promesa cumplida de destrucción y junto a ella, aquel mink Jerome, según se presentó antes de lanzarse al infierno reía con un tono que parecía arrancado de otro mundo. Dos bestias distintas, una hecha de hierro y la otra de instinto, rompiendo hombres como si fueran ramas y entre ellos estaba yo, el lunarian con el fuego apagado.
Mis alas se abrieron instintivamente, no para volar todavía no puedo, sino para equilibrar el cuerpo cuando la tierra tembló bajo el impacto de un nuevo disparo. Un grupo de saqueadores se lanzó hacia mí con el ruido del hambre y la estupidez. No gritaron consignas ni insultos, solo cargaron, creyendo que el número basta cuando el valor escasea. La guadaña se movió sola, cortando el aire con un silbido largo. El primer hombre cayó antes de entender que ya estaba muerto, el segundo intentó retroceder, y mi rodilla lo alcanzó en el estómago con un golpe seco. No hay gloria en matar, solo oficio. La sangre salpicó mi brazo, y por un instante creí oler fuego en ella, el mío, el que ya no responde.
La mujer gritaba entre el caos, su voz como un trueno que partía el miedo en pedazos. —“¡Entonces recemos todos juntos, malditos!”— Y no sé por qué, pero algo en mí respondió. No con palabras, sino con el temblor que me recorrió la espalda, con el ardor que subió desde mis cicatrices. Hace años que no siento mi fuego, pero en ese instante juraría que algo dentro de mí respiró. La vi cortar hombres como si fuera una tormenta, y pensé que tal vez los dioses no estaban tan muertos como creía.
Otro cañonazo. Otra ráfaga de gritos. La arena negra se mezcló con la sangre hasta volverse barro. Jerome rugía su nombre al viento, yo apenas podía seguirle el paso, pero había una calma extraña en mi pecho, no era paz, era aceptación, si iba a morir aquí, al menos no lo haría solo. El fuego no siempre arde afuera, a veces basta con sentirlo hervir por dentro.
Ella volvió a gritar, esta vez más cerca: —“¡Oigan, perros del destino! ¡Si sobrevivimos esta noche, beberemos hasta que el sol olvide salir!”—. Y esa frase, brutal, honesta, ridículamente viva, me arrancó algo parecido a una sonrisa. La primera en años. Me giré hacia ella, la vi cubierta de sangre y ceniza, y sentí que el mundo, por un instante, tenía sentido. — Tu tiene toa la razón, mujer del norte —murmuré, apenas audible entre los rugidos del combate —Si el sol va a olvidarse de uno, que lo haga con un buen motivo. —
El horizonte seguía lleno de velas negras. Seis barcos o quizá más. Cada uno con hombres dispuestos a matarnos solo por existir, pero había algo que ellos no sabían, los que ya han perdido todo no temen a nada. Alcé la guadaña, el filo brilló con la luz del fuego, y avancé una vez más hacia el ruido, no había final todavía, ni victoria, ni descanso. Solo la batalla, y tres almas que, sin quererlo, empezaban a pelear al mismo ritmo.
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