Nuevo día en el barco más poderoso que ha surcado el Grand Line desde tiempo ha. O al menos eso pensaba cada vez que paseaba por él. No hacía demasiado tiempo que habíamos asumido el control del barco que Sohem ideó y, para sorpresa de, absolutamente todos los miembros de la tripulación -que extrañamente volvía a ser tres- había sido una idea genial. El navío nos proveía de absolutamente todo lo que necesitábamos. Gracias a mi astucia yo era el más beneficiado de esas estancias. No fue muy difícil convencer al líder del gremio para salirme con la mía. Solo tuve que ofrecer mi propio dinero que, sinceramente, me sobraba para lo que necesito en mi día a día en el barco, y de esa manera logré poder seleccionar parte de las habitaciones especializadas del Kaiser Panzer. Un archivo donde dejar todos mis libros y poder estudiar. Un majestuoso despacho donde pasaba las horas muertas leyendo, estudiando e ideando nuevas estrategias. Toda la información recopilada, todos los datos, vivencias, inteligencia y transcripciones que encontrábamos en nuestros viajes terminaba en nuestro archivo con una codificación especial que ideé, de manera que si alguien entraba allí, nuestros secretos serían nuestros y solo nuestros. Era el disco duro de respaldo perfecto en un barco. Espléndido. Por otro lado, y muy cerca del archivo, tenía la forja. Un espacio provisto de todo lo necesario para la creación y mejora de armas y armaduras. Todo lo que la imaginación de mis compañeros pudiera visualizar y ellos verbalizar, sería fabricado en el fuego de la forja del Kaiser Panzer. Una fogata a carbón puro, varios yunques con formas diversas para ajustar los materiales, bancos de trabajo y herramientas de calidad para crear todo lo que el gremio Magna necesitara en sus trabajos. No se trataba de ser eficientes, además, había que parecerlo, y llevar herramientas de buena factura ayudaban. Estaba seguro de que Sohem podía aplastar la cabeza de cualquier presa, pero si el mazo está bien fabricado, serían menos los golpes necesarios… y mayor el radio de explosión de los sesos del susodicho, todo sea mencionado y resaltado. Caminaba despacio y orgulloso de habitar entre esas paredes. Había salido del camarote hacía unos instantes y me dirigía a la cocina donde Shoto presumiblemente habría dejado hecho café, pues, olía todo el barco al mejunje negruzco que acostumbrábamos a beber de buena mañana o a cualquier hora, para qué engañarnos. Hoy, para salir de la monotonía, preparé un buen desayuno cuando llegué a la cocina. Unas tostadas con tomate y aceite, acompañadas por rodajas de carne de cerdo curada encima, fueron la fuente de energía suficiente junto al café para ponerme en marcha en lo que esperaba fuera un día terriblemente duro y desafiante. Pero de esos menesteres nos ocuparíamos más tarde. El tiempo en Sabaody, el archipiélago preludio del Nuevo Mundo, pasaba con facilidad pasmosa y, en un abrir y cerrar de ojos, se nos había escapado el calendario de las manos en el archipiélago. El tiempo que nos recibió había ido dando paso cada vez más a un frío y seco con hojas doradas que amenazaban con dejar paso al invierno en no demasiado tiempo. El día, despejado y soleado, no era especialmente cálido pese a la presencia del astro rey, sino que apenas apaciguaba los vientos que azotaban con cierto frescor por todos los manglares donde las buenas gentes del lugar realizaban sus tareas cotidianas. Me acerqué lentamente con la taza de café en la mano hacia la baranda de cubierta, desde donde acostumbraba a reflexionar observando el horizonte. Aunque era una costumbre heredada del Parabellum, nuestro anterior barco, estaba seguro de que también se convertiría en una de mis aficiones en este nuevo y majestuoso navío. En el lado babor, apoyado ahora sí, sobre la baranda con los antebrazos y habiendo dejado previamente la taza sobre ella a unos centímetros a mi diestra, pude observar con más detenimiento a las personas que comenzaban sus rutinas. Los pescadores cargaban sus aparejos y nasas de pesca mientras otros fijaban las cañas al barco pesquero. Los astilleros movían grandes troncos para comenzar sus arduas labores de construcción o reparación de otros barcos tan impresionantes como el nuestro. Los tenderos comenzaban a levantar las persianas de sus negocios esperando a los primeros clientes que llegaban casi con la luz del alba. Y miles de personas comenzaban a deambular por las calles del manglar 0, ajenos al mundo, ajenos al pasar de los días y las horas. Casi tenía una envidia extraña por aquellos que parecían no necesitar nada más que una vida tranquila y apacible. Vida que, por una u otra razón, no se nos había otorgado desde el cielo a ninguno de los que habitábamos el barco. Por un lado, un misterioso hombre cuyo rostro no se muestra al mundo, cuyo pasado desconocemos. Un birkaniano arrastrado a un gremio casi sin necesidad y obligado a vivir batallas que no puede librar. Y por último, un hombre con dos lobos dentro que vive aterrado por alimentar al incorrecto. Desde luego nuestro gremio era un cuadro abstracto. Una mezcla heterogénea de factores inconexos que, por alguna razón, el destino había hecho funcionar a las mil maravillas. Nadie sabía exactamente qué era lo que nos mantenía juntos. No era el dinero, eso estaba claro. Pues salvando una recompensa de un revolucionario, habíamos pasado épocas de ser pobres como ratas. No era el amor, pues, entre nosotros no había ese afecto fraternal. Quizá era simple y llanamente el respeto cordial hacia los iguales. La fuerza del compañero que se admiraba e intentaba superar para dar paso a nuevos retos que vencer. Quizá solo era eso y, con el tiempo suficiente, el respeto había dado paso a una camaradería especial en el Kaiser Panzer. Por alguna razón, este distópico grupo se sentía como una familia y, a la familia, se la protege por encima de todas las cosas. Sin importar lo que pase y lo que tengas que enfrentar. Siempre se la protege.
Supongo que era ese sentimiento de protección lo que nos había llevado al punto en el que estábamos todos. Éramos conscientes de que el peligro pasado el archipiélago era real y que era posible que con nuestro poder actual no pudiéramos hacer frente a todos los enemigos que se sucederían si continuamos el viaje. Al menos por mi parte, pese a que era conocedor de mi propia fortaleza, mis habilidades y muchas debilidades, sabía que tenías que seguir fortaleciéndome si quería estar a la par de las situaciones que se darían en las siguientes batallas. Ya había dado los primeros pasos en la isla del cielo, Skypiea, donde aprendí las bases y desbloqueé los cimientos de lo que sería mi mayor defensa el día de mañana. El Haki de observación o color de la visión. Hasta ahora, había podido usarlo de manera desmesurada, dada mi capacidad, quizá innata o quizá adquirida, de proyectar mi espíritu hacia el exterior y visualizar a los demás. Fue ya en el archipiélago, algo después de que el joven birkaniano consiguiera su fruta del diablo en aquella extraña subasta que pude aprender -que no dominar- fundamentos más avanzados de este color o haki. Estas nuevas habilidades me permitirían no solo ver a mí alrededor e identificar a mis rivales, si no llegar a identificar ataques y anticiparme a ellos con una magnitud superior a la que mis sentidos físicos y terrenales podían anticiparse. Era casi la defensa perfecta en manos de aquellos lo suficientemente dichos como para dominar y proyectar su consciencia interna. Sin embargo, había otra habilidad relacionada con el espíritu que no había podido desbloquear en mi visita a la isla del cielo. La contraparte del haki de observación, el haki de armamento o Busoshoku. Estaba bastante claro que con mi poder actual era capaz de volatilizar a cualquier segundón de otra tripulación. Y seguramente medirme a la par de muchos capitanes que piensan que están a la altura de mi jefe. Lamentablemente, era consciente de que un grupo en particular, por muy escaso que fuera, se escapaba de mis capacidades ofensivas y eran los dichosos usuarios de logias. Aunque mi hielo era capaz de dañarlos, no me aseguraba la victoria contra todos ellos y era un aspecto para el que había que prepararse. Ya conocía los fundamentos básicos de estas habilidades y, por lo tanto, para mí era bastante más sencillo en comparación a otras personas que no tuvieran ningún tipo de noción ni control sobre su espíritu como yo tenía. En mi caso, por decirlo de alguna manera ya sabía conducir, solo necesitaba ponerlo en práctica. Era plenamente consciente, por otra parte, de que mi jefe era capaz de utilizar dicha habilidad, pues la había perdido en la isla del cielo. Sin embargo, y pese a que el tiempo había pasado desde que abandonamos los cielos en el Parabellum. No habíamos encontrado el momento para realizar debido entrenamiento y que yo pudiera desarrollar el color del armamento. Aunque si lo pienso bien. Por otra parte, tampoco habíamos tenido el tiempo como para que yo instruyera al jefe en el color de la observación. Casi me preocupaba más enseñar al jefe que al contrario. De cualquier manera, casi prefería probar suerte con el viejo maestro del dojo. Me había demostrado que era serio, disciplinado e implacable, pero, por otra parte, didácticamente era impecable y había sido capaz de conectar con él bastante bien. No debería ser extremadamente difícil aprender de él esta nueva habilidad. Lo único difícil podría ser convencerle de que me enseñe. Cuando estuve en su dojo, casi más por suerte que por otra cosa, si lo piensas con un poco de detenimiento, el entrenamiento fue extenuante. Durante un día no me dejó parar de entrenar con la espada, haciendo que poco a poco, tras practicar las katas una y otra vez, mi cuerpo comenzara a reaccionar de manera automática. Aún no había tenido el tiempo ni la capacidad para dominar esas habilidades al cien por cien, pero, estaba seguro de que más pronto que tarde, con el tesón y el esfuerzo que le ponía a mi entrenamiento, mi dominio sobre el control de la observación sería supremo. Estaba decidido, así que una vez terminé mi café, volví a la cocina y dando una ligera enjuagada al vaso con agua tibia, lo dejé boca abajo secándose para el próximo café. Retorné a mi camarote, donde equipé en mi cinturón a Saba, Shimei Kaeru y Yamigiri. Cogí mi característico abrigo, que pedía a gritos un reemplazo y lo eché sobre mi hombro para acto seguido avanzar de nuevo por los pasillos del Kaiser Panzer mientras vociferaba esperando que alguno de mis compañeros pudiera oírme y no se preocuparan por mi ausencia en el barco el día de hoy. — Salgo a entrenar. No sé cuando vuelvo, si me enrollo demasiado, traeré chocolate caliente. — dije con cierta sorna en el remate, esperando que Sohem o Shoto captaran la ironía en mis palabras. Una vez en cubierta volví a acercarme a los asientos y solté mi abrigo para acto seguido elevar mis brazos entrelazando los dedos y estirando mi espalda, primero a un lado y luego a otro, sintiendo el crujido de mis vértebras lumbares de manera seca y profunda, signo de todo el tiempo que llevaba sin acción verdadera en el barco. — Al lío, V, ese haki no se va a aprender solo. — murmuré mientras bajaba los brazos y golpeaba mis mofletes suavemente con ambas palmas abiertas. Recogí el abrigo con la diestra y, con rápido movimiento, lo devolví a mi hombro derecho para partir del Kaiser Panzer camino al dojo del maestro Bakuro Tetsujin, el hombre que me enseñó los secretos más profundos del haki de observación. — ¡ME VOY! — grité por última vez antes de acercarme a la barandilla de proa y saltar hacia la costa de los astilleros, dirigiéndome por fin al dojo del viejo maestro sin estar realmente seguro de si podría encontrarle allí, o si simplemente estaba dispuesto a entrenarme una vez más.
El clima era agradable para lo que un otoño como este podía ofrecer. Los pájaros que no habían comenzado a emigrar, estaban terminando de prepararse para abandonar sus nidos en busca de un lugar más confortable para vivir durante la temporada invernal. Es bien sabido que este tipo de migraciones es más común en esta época, y aunque el archipiélago de Sabaody era un lugar extraño y exótico, parecía no estar exento de este tipo de leyes universales y naturales, como si la naturaleza se impusiera con una férrea normativa intransigente e inexorable sobre todos los lugares de la tierra, fuera de una forma o de otra totalmente distinta. Nada estaba fuera de su poder. En cierta manera reconforta ver el que mundo gira, incluso cuando parece que se ha quedado quieto. Es fascinante sentirse en sintonía de alguna manera con todo lo que adorna el mundo, pero, por alguna razón, es difícil hacerlo de manera continuada sin verse alterado por la civilización. Cosa totalmente comprensible si teníamos en cuenta el lugar que nos rodeaba. Los astilleros, hervidero de trabajadores, pescadores y piratas, eran el lugar idóneo para convertirse en una afrenta contra la naturaleza y la paz interna que se intentaba conseguir si querías sintonizarte con ella. Los gritos incesantes de los trabajadores inundaban el ambiente. Unos simplemente daban indicaciones con alta voz a sus compañeros, otros intentaban llamar la atención de compradores o subordinados y, los más molestos de todos, probablemente eran aquellos que vagaban por aquellas zonas intentando engatusarte para comprar algún tipo de remedio supuestamente natural para cualquier dolencia por el módico precio de un riñón y medio con la promesa vana de curar todos los males del universo. Hasta el pecado original prometían limpiar de tu ser si comprabas su tónico restaurativo hecho a base de extracto de glándula sudorípara de Ñordiki celeste de las cavernas de Skypiea. Y todavía había incautos que se acercaban intentando enterarse, interesados porque tenían una verruga con forma de corazón que parecía sospechosa y creían que ese ungüento podía curarles. Casi merecían lo que les pasara por dejarse llevar por tales estupideces. Además, los Ñordikis no tienen glándulas sudoríparas. ¿Quién demonios no sabía eso? Era de cajón. Pero más allá de mis pensamientos intrusos en los astilleros, comenzaba a alejarme de ellos, mas no abandonando el ruido ambiente que parecía acompañar al archipiélago en cada uno de los manglares que poseía. Recordé que la primera vez que vi al viejo maestro de artes marciales Tetsujin fue en un combate clandestino en una calle, por lo que, si ese tipo de eventos se estilaban y eran habituales, era posible que lo encontrara de nuevo en algún sitio parecido. Comencé a recorrer las calles de los manglares mientras observaba las tiendas habituales de pobres y más humildes tenderos que con su esfuerzo trataban de salir adelante. Esta gente, al contrario que los vende humos del astillero, sí me producían una ternura y empatía superior y me impulsaba a acercarme y hablar con ellos, aunque no llegara a comprar nada. La primera tienda a la que me acerqué era una de antigüedades. La vieja tendera que lo regentaba era una anciana con facciones adorables que en cuanto me acerqué tuvo a bien saludarme con la cabeza, sin emitir una palabra, y me permitió mirar y examinar su mercancía sin pretensiones. No hubo intentos de venta forzada, no gestos extraños, solo la atenta mirada de una mujer que cuidaba de su negocio y mercancía, permitiendo que la experiencia del cliente fuera tranquila y agradable tal y como ella aparentaba ser. Observé juegos de café, vajillas, antiguas máquinas de escribir y herramientas cuyo uso desconocía, quizá por mi corta edad. Tras unos instantes dejé una taza sobre el tapete del tendero y me despedí devolviendo la misma sonrisa agradable y silenciosa a la vieja tendera que achicó los ojos con una gran sonrisa al despedirme. Pasando de camino hacia el lugar donde se realizaban las peleas clandestinas, realicé otra parada técnica al lado de otra tienda pequeña, pero esta vez mucho más concurrida que la anterior. Un hombre, a voces, realizaba rápidas ventas de fruta que tenía sobre cajas en un tapete similar al de la vieja anciana de las antigüedades. Un solo vistazo me permitió cerciorarme de que toda la comida era de excelente calidad y no pude evitar coger una manzana y lanzar al frutero una moneda que bastaría como pago dado el precio del cartel. Tras lustrar la manzana contra mi abrigo azul por varios lados, la observé mientras caminaba y pasaba por las calles del manglar. Mordí profundamente la manzana y pude apreciar un dulce sabor que hacía tiempo no sentía. Estaba acostumbrado a la comida de Chloe, mas desde que se marchó hemos sobrevivido con comida mucho más simplista y de supervivencia. Por una parte, no me importaba mucho comer lo mismo casi cada día y tenía claro que mientras mi cuerpo consiguiera energía, seguiría moviéndome y trabajando. Pero estaba claro que el hombre, pese a ser una máquina, es imperfecta, y a veces el cuerpo no solo pide nutrirse, sino comer. Quizá es por eso que degusté con tanto placer aquella simple pieza de fruta que mordisqueé poco a poco mientras continuaba caminando lenta y apaciblemente entre las gentes del manglar. Es curioso que se pueda ser feliz con tan poco. Un paseo, una fruta y un objetivo. El mundo tiene caprichos curiosos y yo desde luego era ahora mismo un hombre feliz. Solo quedaban unas esquinas para llegar a la zona donde conocí por primera vez al viejo maestro de artes marciales, pero incluso sin contar con un oído extremadamente desarrollado como el de mi jefe Sohem, era capaz de percibir que el ruido ambiente era muy similar al de calles atrás, lo que me hacía pensar que al contrario que las otras veces, no había ningún tipo de reyerta, torneo o pelea clandestina, pues si fuera de otra manera, podría haberme dado cuenta ya hace tiempo.
Dado que no había ningún torneo o pelea en la que pudiera encontrar al viejo maestro de artes marciales, decidí que era mejor idea viajar directamente al Dojo donde me entrenó con anterioridad, de manera que podría buscarlo en su propia casa. Con suerte se encontraría entrenando a otros alumnos o, mejor aún, totalmente libre. De esa manera podría intentar convencerlo de entrenarme. Tardé un rato más, caminando entre la gente del archipiélago a través de las calles de los abarrotados manglares hasta que me acerqué a la zona, más residencial, donde el viejo maestro ubicaba su Dojo principal. Se notaba que el ambiente por esa zona era mucho más tranquilo, pues el ruido de las voces de la gente se apaciguaba conforme me acercaba al Dojo del maestro. Cuando ya lo vislumbraba a escasos cien o doscientos metros, podía comenzar a escuchar voces poderosas de mucha gente gritando a la vez. Estaba claro que el viejo maestro estaba impartiendo una clase grupal a sus alumnos y eso me alegraba. Podría ver al maestro en acción mientras realizaba sus labores docentes y con suerte engañarlo para que me entrenara a mí después, si no es que podía unirme al entrenamiento colectivo. Atravesé el portón del muro que delimitaba su Dojo, que estaba abierto de par en par, mostrando sus actividades a cualquiera que pasara por la zona. Caminé por el sendero de piedras estratégicamente colocadas, de manera que cada paso hacía coincidir mis pies sobre una piedra firme y plana, dando una sensación de armonía indescriptible. Cuando llegué al borde del edificio de madera, observé que había una línea de zapatos orientados hacia afuera, probablemente de todos los alumnos que estaban dentro practicando. Esperé junto al calzado a que la clase terminara observando a los alumnos y el maestro durante la práctica. Debía haber al menos veinte o veinticinco alumnos, dados los pares de zapatillas y lo que la vista me permitía alcanzar por la puerta corrediza de papel que estaba abierta de lado a lado. Los alumnos estaban practicando un kata. Uno conocido para mí, y probablemente más que practicado y perfeccionado. Pero era interesante ver la presencia del maestro y como su simple presencia y correcciones sutiles hacían que sus alumnos recuperaran la postura, el espíritu y la técnica. Shin, Gi y Tai. Corazón, técnica y cuerpo. Todo en una armonía marcial que se podía respirar desde que entrabas al jardín del Dojo. Tras una media hora los alumnos pararon de practicar y se sentaron en seiza o posición tradicional en estricto orden de antigüedad y saludaron al maestro para finalizar su práctica. Tras esto, dejaron los bokken sobre los estantes y, con un gesto del maestro, abandonaron ordenadamente el Dojo sin hacer ruido. El maestro me miró desde la distancia y manteniéndose en seiza, cerró los ojos. No entendía bien, pero estaba claro que el viejo maestro me había visto. — ¿Sensei? ¿Tengo su permiso para entrar al dojo? — pregunté mientras frenaba en seco antes del gran escalón que llevaba al tatami del viejo maestro Tetsujin y realizaba un saludo tradicional flexionando mi cadera pronunciadamente con las piernas juntas y las manos cerca del cuerpo. El viejo maestro ni se inmutó. Permaneció inmóvil en la posición en la que se había despedido de sus alumnos. Sus ojos cerrados simbolizaban un estado de meditación profunda que no osé perturbar una vez más. Mientras el viejo maestro del dojo meditaba, permanecí inmóvil delante de la puerta del dojo. El tiempo pasó lentamente y no me moví un milímetro de mi posición mientras él, sin apenas respirar, continuaba como si fuera una estatua en posición de seiza. Fueron dos horas y medias. Dos interminables horas y media las que el maestro aguantó en aquella posición sin moverse ni un pelo. Y yo, como él, de pie, estático como un poste mientras el maestro meditaba. Ya conocía un poco el carácter marcial y autoritario del maestro de artes marciales y supuse que o bien no tenía ninguna intención de entablar conversación conmigo o simplemente me estaba probando. Probando mi aplomo de nuevo y yo, quizá por orgullo, quizá por disciplina, no iba a ceder en la prueba hasta conseguir mi objetivo de aprender de él el haki de armamento. Tras esas dos horas y media, el maestro pasó sus manos abiertas a los muslos y abrió los ojos, mirándome fijamente. — Hai. Pasa, lobo blanco. — dijo con su voz férrea y profunda, sin moverse aún del sitio. Me giré y di un paso atrás para elevarme en el escalón dejando mis botas fuera del tatami y accedí realizando otra vez el saludo tradicional rei para solicitar permiso. Tras esto, me posicioné en el lugar donde los alumnos más nuevos se ubican para, lentamente, sentarme en la misma posición que él se encontraba frente a mí. — Pensé que no volvería a verte, muchacho. ¿Qué es lo que se supone que haces aquí? — preguntó el anciano maestro de artes marciales, mucho más relajado que la otra vez. — Mi estancia se alargó, sensei. Y, aunque he estado practicando mi Kenbunshoku, aún no logro dominar todo lo que me enseñó. — contesté serio al maestro. Este gruñó con desaprobación. — Sin embargo, aunque no haya terminado mi perfeccionamiento del haki de la observación que me enseñó, quería pedirle si es posible aprender de usted el haki de armamento. — cuestioné con voz estoica y firme. El maestro no pareció estar sorprendido. Casi como si supiera que eso iba a pasar, el maestro cerró los ojos y asintió. — Sí, si es posible y esperaba habértelo enseñado en su momento. Pero parecías tener prisa. Demasiada prisa. — contestó el maestro, volviendo a abrir los ojos y cambiando su cara a un semblante mucho más tranquilo. — La pregunta es: ¿Por qué quieres aprender esa habilidad y con qué fin? Está claro que eres poderoso, pero, parece que sigues queriendo más y más poder… ¿Me equivoco, lobo blanco? — preguntó seriamente mientras me escudriñaba, no solo con la mirada, sino probablemente con su agudo y poderoso haki de la observación. No se podía mentir al maestro de artes marciales en su propio Dojo. No si quería salirme con mi intención de aprender su haki de armamento.
— No puedo mentirle, sensei. — contesté con seriedad y esperé unos segundos a que el maestro de artes marciales contestara o interviniera, sin embargo, esperó callado a que continuara toda la explicación. Estaba claro que tenía que ser totalmente sincero con el maestro Tetsujin pues, de no ser así, corría el riesgo de que viera a través de mis mentiras y no decidiera entrenarme en el haki de armamento. — Hace mucho tiempo hice algo malo. Un acto que me atormenta y considero atroz e impuro. Juré ante mis muertos que jamás volvería a ser débil y que mi meta sería ser tan poderoso como para proteger a todos aquellos a mi lado. Sin embargo, esta búsqueda de poder me ha llevado por un sendero oscuro y aciago que cada vez más me empuja a cometer horribles y viles actos que marcan mi espíritu. Quiero hacerme más fuerte. Necesito hacerme más fuerte y para eso necesito ser capaz de tocar lo intangible. Necesito más poder. — expliqué al maestro con total sinceridad, esperando que el anciano hombre aceptara mi explicación y accediera a entrenarme como era debido. Suspiró profundamente y con desaprobación para acto seguido mirarme de nuevo con seriedad en su fría mirada. — Entonces, déjame saber si lo he entendido. ¿Me estás pidiendo que entrene al que a todas luces, es un asesino en potencia, con el único objetivo de que sea lo suficientemente fuerte como para poder enfrentarse a cualquier cosa sin el miedo de perder sea cual sea su rival?... ¿Entiendes lo que estás pidiendo, lobo blanco? — cuestionó el maestro, volviendo a ahondar en mis emociones con su haki de observación. — Le pido que me otorgue el conocimiento para cultivar la fuerza. La fuerza necesaria como para no volver a caer en un camino desolado y vil. La fuerza para que cuando mis seres queridos lo necesiten, pueda cortar de raíz con mi espada cualquier mal. Quiero ser un escudo, no una espada. — contesté con tono estoico — Pero estás dispuesto a serlo si no te queda otra… no estoy seguro de tu futuro. Ni siquiera de tus intenciones. Pero creo que no hay mentira en tus palabras. — dijo cruzándose de brazos — Lo que hagas con el poder que te entregue es cosa tuya. He entrenado héroes y villanos. Marines y piratas. Así que para mí no es un problema entrenar a alguien con tan dudosa moralidad como tú, si te soy sincero. Simplemente tengo curiosidad por saber qué harás con todo ese poder que planeas amasar. Solamente quiero saber si sucumbirás ante el lobo que quiere comerse al mundo o si te aferrarás al que protege a su manada. Solo. Es. Eso. — dijo finalizando su explicación y dejando un largo silencio que duró casi un minuto para finalmente dar los primeros signos de que iba a acceder a entrenarme. — Bien. Ya sé que conoces el haki, y sé que estás versado en bastantes conocimientos, pues en tu primera visita ya me lo demostraste. Mas no sería un maestro de mi categoría si no te enseñara las cosas desde la base. Por lo que escucharás atentamente toda la explicación sin rechistar ni pestañear y solo después de eso accederé a entrenarte para que despiertes tu haki del armamento. — dijo mientras yo me ponía más recto y lo miraba fijamente sin asentir siquiera por miedo. — Dentro de todos nosotros existe una energía. Un poder espiritual que está dormido en la mayoría de las personas y que solo aquellos con excepcional poder y disciplina son capaces de despertar. Esa energía, llena de determinación y poder, se puede usar de distintas formas y su nombre ya lo conoces. Es el Haki. Ya conoces y dominas los principios y usos intermedios del Haki de la observación, mas la variante que nos atañe es el Haki de armamento. Esta versión es más sencilla de entender que su contraparte de la observación. Se trata de coger esa energía y darle forma a tu alrededor. Convertir tu espíritu en un escudo que rodee tu cuerpo como una armadura y te proteja de los daños. Esta armadura no es de metal, no es de acero, está hecha de tu voluntad y será tan fuerte como tu mente lo sea. En su forma más primitiva no te protegerá del daño, mas te permitirá tocar de manera tangible y física a usuarios de frutas del diablo molestos como son los Logias. Una vez tu dominio sobre el espíritu es mayor y tu escudo se vuelve más denso y poderoso, esta capa espiritual se endurece y te permite aumentar tu resistencia física, haciéndote mucho menos propenso a recibir heridas por golpes de tus enemigos. Incluso, con el debido enfoque, este escudo se puede utilizar como un arma, imbuyendo tus golpes con tu espíritu y voluntad, aumentando tu poder destructivo en gran medida. No es magia, sino entrenamiento y paciencia. — dijo el viejo maestro mientras por fin se levantaba y yo lo observaba, sin moverme hasta que me lo ordenase — Por suerte para ti, tienes una doble ventaja. La primera es que ya sabes lo que es el Haki y tienes una capacidad increíble para aprender, lo demostraste en tu última visita al Dojo. Por otra parte, el Haki del armamento es terriblemente más fácil de despertar que el de observación si los comparamos. No tiene nada que ver ser capaz de ver sin ver, que de endurecer tu espíritu. Sospecho que no será difícil hacerte descubrirlo, pero para ello voy a romper tu cuerpo y tu voluntad. Voy a destruir tu resistencia física y vamos a darle forma a tu anatomía. Solo una vez tu cuerpo esté preparado para despertar el haki del armamento, cogerás una espada y comenzarás a practicar hasta que tu espíritu se transfiera de tus manos a tu hoja, haciéndola partícipe y extensión de tu haki y de esa manera convirtiéndola en un arma contra aquellos intangibles como los Logias…Kiritsu, muchacho. Vas a comenzar a entrenar. — finalizó el viejo maestro, invitándome a levantarme con un gesto de su mano.
Cuando el viejo maestro de artes marciales me invitó, me levanté raudo como un relámpago, adelantando primero mi pierna derecha y luego la pierna izquierda en estricto orden inverso al que me había sentado en seiza. Tras esto, saludé rápidamente y con energía, animado por el ofrecimiento de mi sensei. Tenía parte de miedo por lo que dijo. Romper mi cuerpo y mi espíritu. Sonaba como lo que tenía pinta de ser. Un entrenamiento extenuante hasta el límite más insospechado de mi cuerpo y mente. Pero estaba tan decidido a lograrlo que me daba igual el dolor, físico o mental, para lograr mi objetivo de aprender el haki de armamento. Mi convicción era tal que estaba dispuesto a pasar por todas las penurias e infiernos que el anciano maestro marcial pudiera idear. No me iría de aquí sin lograrlo. El hombre se movilizó hacia una zona del tatami que parecía especialmente dedicada al entrenamiento físico, pues contaba con material tradicional de entrenamiento como tinajas y jarrones, pesas de diversos tamaños y sacos que parecían extremadamente pesados. También había material más actual como bolas de acero recubiertas de goma. — Escúchame bien, lobo blanco, entrenarás hasta que yo considere. Realizarás diez ejercicios de manera continuada y cíclica a toda la potencia que puedas realizar. Cada ejercicio durará dos minutos y pasarás automáticamente al siguiente. Quiero que mantengas una intensidad máxima durante toda la ejecución para lograr quebrar tu resistencia. Si detecto que aflojas el ritmo o comienzas a flaquear, tendré que encontrar maneras de mantenerte totalmente enfocado y motivado en tu meta... — dijo mientras soltaba mis armas con cuidado al lado de la pared, de pie y apoyadas en ella, para después quedarme en mi camiseta interior y dejar mi abrigo y chaleco en el perchero al lado de mis armas. — Primer ejercicio, coge el saco y cárgalo sobre tus hombros. Quiero que te sientes y saltes al levantarte con potencia. ¡YA! — gritó el hombre mientras yo cogía el saco y lo cargaba con un movimiento tras mi nuca. Debía pesar cien o doscientos kilos, era terriblemente pesado. Las primeras repeticiones de la sentadilla fueron duras pero asumibles, incluso añadiendo el salto final que apenas lograba despegarme unos centímetros del suelo. Sin embargo, mi pulso se disparó tras las primeras repeticiones y comencé a entender que este camino iba a estar lleno de sudor y de sangre. Tras los dos minutos el maestro dio una palmada al aire y cambié de ejercicio. Bajando al suelo comencé a realizar flexiones a ritmo rápido y enérgico. Mi pecho impactaba sin control contra el suelo y extendía mis codos mientras empujaba el tatami como si quisiera rajarlo entre mis manos. Cada movimiento conllevaba una exhalación poderosa que me apoyaba ligeramente en el movimiento, mas no salvaba que estaba viendo las estrellas. De ahí, el maestro me pidió combinar ambos: la flexión y, llevando los pies hacia las manos, realizar la sentadilla con el salto. Llamó a ese ejercicio con un nombre que no recuerdo y no quiero recordar, pues solo su simple mención era capaz de hacerme sentir dolor muscular y me daba escalofríos. El cuarto ejercicio consistió en coger una de las pesadas mancuernas del suelo y, con un fuerte tirón, hacer que se elevara muy cerca de mi cuerpo hasta por encima de mi cabeza, pasando casi rozando con mi cara. Iba alternando este movimiento con ambas manos, cambiando mi agarre cada vez que la mancuerna tocaba el suelo y golpeaba ligeramente contra el tatami. El quinto ejercicio me llevó a coger por primera vez las enormes tinajas o jarrones que estaban llenos de agua para, llevando una en cada mano, caminar por el tatami lentamente y con el centro de gravedad muy bajo. Las manos, totalmente abiertas, ejercían la máxima presión sobre la boca del jarrón, evitando que se cayera, aun con la incertidumbre de si podría soportarlo. La segunda parte de la rutina de diez ejercicios consistió en una serie de zancadas con el saco a espaldas, recorriendo con esos pasos que me hacían tocar el tatami con la rodilla en el suelo todo el tatami de lado a lado. Igualmente, el maestro me hizo trabajar la espalda, colgándome sobre una barra y realizando dominadas, tirando con toda mi musculatura trasera para elevar mi peso y acercar el pecho a la barra que, tenía la sensación de que estaba trucada y se giraba para evitar que el pobre ejecutante del ejercicio tuviera estabilidad fácil. Volví a coger las mancuernas para dos ejercicios más, pero en esta ocasión mucho más pesado que la cargada, el primero fue un ejercicio para mis brazos, llevando la mancuerna de la cadera al hombro de manera alternativa con mi mano derecha e izquierda. El segundo me hizo elevar mis brazos por encima de mi cabeza y realizar flexiones en mi codo para trabajar mi tríceps, acercando la mancuerna a mis escápulas y extendiendo el codo para elevarla por encima de mi cabeza. El último ejercicio, aun sin peso adicional, era la guinda de un pastel de horror y dolor. Bajé al suelo para apoyar mis manos y pies, elevando mi cadera del suelo y colocándome como si de una plancha de madera se tratase. Dos minutos de dolor aguantando la posición con el cansancio acumulado. Cuando terminé la primera ronda, supe el horror que me esperaba. Fueron sucediéndose ronda tras ronda, ejercicio tras ejercicio, serie tras serie y repetición tras repetición. Con cada vuelta al circuito mi cuerpo se destruía y mi mente se fragmentaba. Cada vez era más difícil mantener el ritmo y, tras cinco vueltas, me costaba respirar. Fue pasada la décima vuelta que el ritmo comenzó a bajar y el maestro gritaba para que mantuviera la velocidad. Cada una de las fibras musculares de mi cuerpo estaba gritando auxilio, cada articulación estaba llegando al límite y mi sistema nervioso estaba al borde del colapso, pero mi mente estaba fuerte y enfocada. Fue terminando la decimocuarta vuelta que, durante la plancha, mis codos flaquearon y caí al suelo de cabeza, siendo incapaz de moverme. — Suficiente. — dijo de manera seca el maestro.
Estaba exhausto. Totalmente extenuado y agotado por la rutina de ejercicio físico. Habían pasado más de cuatro horas desde que empecé a entrenar y no había parado ni un segundo. No había bajado el ritmo para absolutamente nada. Apenas sabía como podría mantener el entrenamiento con el cuerpo tan roto y maltrecho como lo tenía. Supuse que tendría algo de tiempo para descansar, aunque solo fueran unos meros instantes para coger aliento y continuar, pero el maestro me gritó inmediatamente. — En ningún momento he dicho que terminaras y descansaras. Ponte de pie, lobo blanco, y coge un suburito inmediatamente. — ordeno el viejo maestro de artes marciales con tono imperativo. Me levanté como pude, apoyando mi mano derecha sobre la rodilla del mismo lado y elevándome lentamente. Mis piernas temblaban y me costaba caminar. Cuando llegué al lugar donde se almacenaban en la pared las armas de madera, agarré el primer suburito que tuve a la mano. El suburito es un bokken, a simple vista al menos, pero, sin embargo, es mucho más grueso y pesado. Este, para ser concretos, debía pesar cuatro o cinco veces más que una espada normal. Algo que en circunstancias normales podría suponer un entrenamiento exigente, se convertía casi en un reto imposible acumulado al trabajo ya realizado. Cuando me acerqué al maestro con el suburito en la mano, este indicó el próximo entrenamiento. — Practica el kata nidan. Quiero que sigas mis indicaciones para los movimientos. ¡Yoi! — dijo mientras me colocaba en guardia, posicionando ambas manos en el arma de madera y ubicándolas delante de mí a la altura del estómago. Mis pies, ligeramente separados y a la anchura de las caderas, temblaban, al igual que mis manos, que apenas podían soportar el peso del arma de prácticas que me ordenó coger el viejo maestro Tetsujin. El anciano sensei comenzó a ordenar cada movimiento enumerando en japonés: ichi, ni, san, shi, go, roku, sichi, hachi, kyu, y vuelta a empezar. El kata se componía de nueve movimientos que había practicado hasta la saciedad. Creo que el maestro lo sabía y por eso eligió este kata en particular, pues, no tenía que pensar, solo ejecutar. Mis brazos y pies debían moverse solos y dejar que mi mente no se concentrara en otra cosa más allá que el dolor y en mi espíritu para, poco a poco, domar el haki del armamento dentro de mí. Durante las primeras repeticiones del kata, que debieron durar una o dos horas mínimo, repetí los mismos movimientos con un margen de tiempo lento y controlado. Cada número sucedía a otro de manera lenta y ordenada, haciendo que tuviera que parar uno o dos segundos en cada posición, asumiendo así un desgaste muscular en mis hombros y piernas importante dado el entrenamiento previo. Sin embargo, pasado este tiempo, el viejo maestro marcial comenzó a incrementar de manera sutil y paulatina el ritmo. Lo que al principio parecía ser una sucesión lenta de números y movimientos pautados, comenzó a asemejarse a una práctica de técnica. Cuando la velocidad se volvió mucho más importante, casi tenía que esforzarme para mantenerme dentro del tempo que el sensei marcaba, aunque todavía podía dada mi experiencia con las armas y mi capacidad para adaptarme. No fue hasta que, pasada otra hora a gran velocidad, el maestro optó por buscar mi capacidad final combinando ambas velocidades, tan pronto aceleraba como frenaba en seco y me obligaba a tensar mis músculos y respiración buscando el equilibrio. Este ambiente se repitió durante unos instantes más hasta que el maestro vio que mi mente comenzaba a flaquear y simplemente volvió a acelerar. Esta vez mucho, mucho, mucho más que antes. A estas alturas, con el enorme desgaste físico y mental, era incapaz de seguir el ritmo. Iba varios movimientos por detrás, pero, intentaba alcanzarlo, no quería fallar. Cada movimiento que realizaba era un intento desesperado de sacar fuerzas de donde era más que consciente que no las había y, aun así, me sorprendía a mí mismo aguantando el temporal de esfuerzo físico. Fue sobre un kyu que ya no pude soportar más y, con el gesto potente de finalización del kata, mis manos no tuvieron la fuerza necesaria para soportar el peso del suburito que salió despedido de ellas hacia la pared. Este voló de manera fugaz y se incrustó sobre la pared de madera con un estruendoso golpe que demostró que su peso era increíblemente mayor a lo que pensaba. Tras esto, caí de rodillas y miré mis manos. Sangraban del esfuerzo y heridas creadas por el entrenamiento con el arma de madera y temblaban por el esfuerzo y la incapacidad de mi sistema nervioso de controlar mi cuerpo. Miré al maestro con decisión y comenzando a llorar de impotencia, pero con la vista decidida. — Levántate. — dijo seco mientras se acercaba con un bokken en la mano derecha, y yo simplemente lo hice. No sabía si el entrenamiento había finalizado o si simplemente no había pasado la prueba de corte que tenía pensada para mí. En cuanto alcancé la posición erguida, el maestro me golpeó en el vientre con el bokken de madera como si quisiera cortarme a la mitad. Durante un instante pensé en el dolor que me causaría, pero, por alguna razón, no lo sentí. Es decir, sí, sentí el golpe y el dolor, pero, era tan inferior al que había sentido antes que apenas pude percatarme. — El entrenamiento ha finalizado, lobo blanco. — dijo seco acercándose a por el suburito que lancé a la pared. — Tu cuerpo está preparado ahora, y tu mente ya lo estaba desde que cruzaste el umbral. Cuando lo necesites, podrás acceder al haki de armamento e imbuir tu cuerpo y armas en él. Tu fortaleza interna ha sido despertada con éxito. — dijo extrayendo el arma de madera de la pared y llevándolo a su sitio para acto seguido recoger del suelo el medio bokken que se había partido en el impacto contra mi cuerpo.
— ¿Hemos… hemos terminado? — pregunté incrédulo al maestro. — Sí… y no. Solo hemos dado los primeros pasos. Hemos empezado a plantar la semilla de un nuevo poder y hemos dejado fertilizante en la maceta. Ahora necesitará tiempo para crecer y para dar frutos. Pero al menos has sobrevivido y, con el haki del armamento despertado, podrás recuperarte y terminar lo que empezaste. — dijo mirándome a lo que respondí con una mirada incrédula. — Sí, chico. Esto no es todo el entrenamiento. Solo es el comienzo. Si tu haki ha despertado, ahora debemos cultivarlo, debemos extraer la esencia más pura de tu voluntad y lograr que lucha por ti. Convertirla en tu espada y escudo. Pero para eso necesitamos tiempo… vuelve a casa. Cura tus heridas, come y descansa… En tres días estaré esperándote al alba, si todavía te queda convicción en el corazón, y terminaremos tu entrenamiento para que estés completo. Lo más importante es que has aprendido la lección inicial: hay que golpear el primero y hacerlo con poder. El poder en tus golpes no viene solo de tu cuerpo, aunque lo trabajes, no siempre será suficiente. Pero tu espíritu puede ser infinitamente más fuerte que el cuerpo del guerrero más experimentado y curtido en entrenamientos. Solo es cuestión de estar dispuesto a arriesgar todo por el todo, de llegar al final con todas las consecuencias. Si deseas el verdadero poder, ese es el precio que deberás pagar para tenerlo, lobo blanco. — espetó para marcharse de la estancia sin despedirse de mí, algo que me extrañó enormemente dada su marcialidad. Tardé unos instantes en poder levantarme. Todo mi cuerpo estaba dolorido y pesado. Me costaba respirar por el agobio físico y mis extremidades no respondían a mis deseos como yo quisiera. Que ni hablar de la motricidad fina como abrochar un botón de mi camisa. Ni lo intenté. Me levanté a duras penas como pude y me acerqué a las espadas, las metí lentamente en mi cinturón y dejé el abrigo y chaleco bajo mi brazo izquierdo para comenzar a renquear hasta la puerta del dojo, donde me despedí con un último saludo tradicional y me giré para encarar mis botas, que me puse sin siquiera atármelas, pues sabía que era una misión totalmente imposible dado mi estado actual. Se había hecho casi de noche, llevaba todo el santo día entrenando con el viejo maestro y, apenas había percibido el tiempo que había transcurrido dentro del Dojo. Durante mi camino de vuelta, tropecé varias veces y casi caigo al suelo. Las buenas gentes de los manglares debieron alucinar con un tipo albino medio muerto que prácticamente iba arrastrando los pies por las calles en dirección al catre. Tardé el doble de tiempo que necesité para llegar al Dojo en volver al Kaiser Panzer, subiendo como pude y yendo directo hacia mi camarote. Pensé durante unos instantes en ducharme y en cenar algo, pero, mi cuerpo estaba exhausto. Si mis compañeros me vieron entrar, debieron pensar que venía de la guerra o del mismo infierno, pues mi cara reflejaba el agotamiento físico y mental hasta el extremo. Cuando llegué a mi camarote, desabroché mi cinturón y mis espadas cayeron al suelo. Dejé caer mi abrigo y chaleco y con un gesto de pies lancé mis botas hacia los lados opuestos del camarote para finalmente acercarme a la cama y caer de frente contra ella. No tengo recuerdos de ese día más allá del golpe contra el duro colchón de la cama de mi camarote en el barco. Ningún otro recuerdo ni sueño. Mi mente estaba tan destrozada como mi cuerpo y, por alguna razón, ni siquiera la voz incansable que me acosaba en mis pesadillas osó aparecer hoy para gritarme y pedirme auxilio. Esta noche todo fue silencio. Desperté al día siguiente y el día estaba bien entrado. El sol casi estaba en lo más alto del cielo y, el ruido de la gente amenazaba mediodía. Me desperecé estirándome en la cama y quitándome la almohada de la cara, ya que la tenía pegada de la presión de esta contra ella. El dolor era palpable. Cuando me senté en la cama, todo mi cuerpo estaba pesado. El dolor en cada músculo era mucho mayor de lo que cabría esperar y, aunque sabía que era temporal, no podía evitar pensar que no había merecido la pena. ¿Había despertado de verdad el haki de armamento? Cerré los ojos lentamente y visualicé mi aura. Pese al dolor, al cansancio, al estrés físico y mental, mi aura era firme. Mi presión espiritual era tensa y poderosa y, si me concentraba, sí que sentía que algo había cambiado. Algo dentro de mí era diferente. Quizá era verdad lo que el maestro Tetsujin dijo y ya había logrado que mi espíritu se manifestase en forma de haki del armamento, pero creo que hasta que no lo viera en acción de verdad, contra un usuario de fruta del diablo intangible como un Logia, no estaría del todo seguro. Aun así tenía la sensación interna de que sí lo había conseguido, porque aunque solo fuera un placebo por el entrenamiento físico, sí tenía la sensación de que era más fuerte. Quise sonreír, pero… hasta la cara me dolía después del entrenamiento del día anterior. Las dichosas agujetas me iban a durar un mes y el anciano maestro de artes marciales me había citado en tres días. Solo tres días para recuperarme. No sabía si sería posible, pero… habría que intentarlo. Me erguí de manera tosca y bruta para ir a por un café. Las cosas se empiezan y se acaban bien, además, necesitaba nutrir mi cuerpo si quería recuperarme con el tiempo suficiente como para acudir a la segunda cita de entrenamiento. Si los primeros pasos estaban dados, los siguientes no podían ser tan difíciles… ¿Verdad?

![[Imagen: W7KwXzn.png]](https://imgur.com/W7KwXzn.png)
![[Imagen: Nuf4AJR.png]](https://i.imgur.com/Nuf4AJR.png)