[Presente Absoluto] La llamada del deber
#1
6:00 am
Día 43 de invierno del año 11

Había sido una semana relativamente agradable en comparación con los meses de absoluto martirio y devastación en aquella isla selvática plagada de avispas y gigantes. Allí había perdido a todos sus camaradas, pero Don Bambú tuvo la enorme suerte de toparse con viejas amistades en la legendaria isla celeste. Las incontables tonterías de los Shogun Gari habían sido un soplo de aire fresco en la ennegrecida vida de aquel pobre soldado revolucionario. Sin embargo, lo precioso de aquellos momentos nacía en parte de la prontitud con la que iban a terminar. Don Bambú era un revolucionario, no un pirata. La libertad que ellos se daban para seguir adelante y sin preocupaciones en el mundo no era algo de lo que el panda pudiera ni quisiera disfrutar. Su sentido del deber le obligaba a descender de nuevo al Mar Azul y devolver su mirada al cielo sólo con la intención de hacerlo descender sobre la tierra. La división social, el esclavismo y el imperialismo que envenenaban la tierra dorada de los cielos desaparecerían algún día a manos del panda, aunque quizás esto sea una suerte de ciego optimismo idealista. El Imperio de Zarutsuki... no. El futuro Imperio de Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Tercero conocería el azote igualitario de la Revolución a su debido tiempo.

Don Bambú abandonó la casa que les habían cedido relativamente temprano, antes de que los demás se levantasen. Ya les había informado el día anterior que no les acompañaría en su viaje por la segunda mitad del Grand Line. De algún modo, el panda sentía que tenía que irse por otra corriente y hacerse más fuerte por su cuenta, sin depender de la presencia de gente tan capaz como Sasha o Garnet de su lado. Tenía que desligarse de aquella identidad pirata que se había construido para salir del apuro en Skypiea y continuar su camino, tal vez en solitario, hacia donde el destino le llevase. No le apetecía despedirse otra vez por si se arrepentía de su drástica decisión. Notó al abandonar la ciudad dorada cómo las gentes del lugar le observaban todavía con absoluta curiosidad. Los mink, después de todo, eran increíblemente raros en aquel lugar donde se encontraban. Don Bambú todavía llevaba el gorro que le había tomado prestado a Garnet y las gafas de sol que se trajo en el viaje para ocultar su identidad, pero una vez llegado al linde selvático que envolvía al camino de vuelta hacia el puerto optó por deshacerse de ellos. No consideró que le fuesen a reconocer ahora que ya estaba tan lejos. Recorrió el camino de vuelta mirando al río y admirando los peces de colores con los que Sasha se inventó un juego hacía tan solo una semana. Intentó contar mentalmente todos los peces de los distintos colores que veía, pero finalmente se aburrió y sacó un libro para leer mientras caminaba. Se trataba del libro de la leyenda de Skypiea que Derya le había regalado. En él se presentaba un gran número de inexactitudes sobre la naturaleza de la isla celeste. Era impresionante, sin embargo, la precisión con la que se detallaban algunas verdades que el panda había considerado una tomadura de pelo. Una ciudad revestida de oro era un disparate, pero la había visto con sus propios ojos.

Guardó el libro cuando llegó a la playa donde las embarcaciones comerciales les habían dejado. Habló brevemente con los currantes de la zona y averiguó cuál de los barcos se dirigiría expresamente de vuelta al Mar Azul por la corriente Daiya, en dirección a la Isla Báltigo. Al parecer, como participante en los juegos del Emperador, tenía derecho a ser transportado como un pasajero más sin necesidad de pagar billete alguno. ¿Cómo descenderían de nuevo? ¿Habría tal vez una corriente descendente o alguna especie de tobogán de nubes que el barco pudiera recorrer? Decidió no preguntarlo, pues para qué complicarse la vida antes de morir. Prefería recibir su destino con los brazos abiertos, pero leyendo en su camarote, que por una vez en su vida tenía una cama de su tamaño. No prestó excesiva atención al mar de nubes que se movía a través de su ventana ni miró hacia atrás a la épica isla en la que había pasado una semana de aventura. El panda solo miraba hacia el horizonte de sus pensamientos donde se erigía una bandera de libertad revolucionaria.

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