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[+18] [T3 Autonarrada] La Marine Detective y el Asesino del Saco - Versión para impresión

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[+18] [T3 Autonarrada] La Marine Detective y el Asesino del Saco - Ikirami - 05-01-2024

Día 13, otoño del año 11.


Ikirami despertó una vez más en la posada del pueblo Kakutatsu, poco después del amanecer.

-Buenos días, mundo -susurró mirando por la ventana al sol saliente.

Ya se había hecho al lugar, era normal, pues llevaba ya varias semanas allí. La emoción de viajar al Grand Line se iba difuminando lentamente, siendo sustituida por unas incipientes ansias de aventura. Los últimos días los había pasado casi en total soledad, centrada en sus libros. Principalmente en uno que trataba de las Akuma no mi, el cual consiguió en Ohara. Era un tema que le fascinaba. Durante sus estudios había aprendido su funcionamiento, incluso había visto en acción algunas no mucho tiempo atrás. Pero todos los libros tenían algo en común: no sabían que eran ni su origen.

Se sentó de nuevo en el escritorio de madera de su habitación, abrigada con una chaqueta de punto sobre sus hombros, pues el calor del verano había dado paso al refrescante otoño. Una lástima que en aquel lugar no hubiera muchos árboles, los paisajes otoñales eran sus favoritos. Pero al menos ya no se moría de calor por el sol que hacía en aquella isla. Cogió de su bolsa, que estaba sobre la mesa, una goma para el pelo y se hizo un rápido recogido con el pelo alborotado.

-Veamos que más tienes que enseñarme, querido libro.

Cogió una libreta y el libro que tenía enfrente y se enfrascó en el estudio de este, tomando apuntes de lo que le parecía más relevante. Siempre había creído que las Akuma no mi eran un poder que debía ser reservado a la Marina, para tener el poder de proteger y hacer justicia. Sin embargo, muchas de ellas estaban en poder de piratas y personas que las utilizaban para hacer el mal. El simple hecho de pensar en ello hizo que, involuntariamente, arrugase una de las hojas de la libreta. Al darse cuenta de ello, rápidamente la alisó, dejando escapar un suspiro de alivio al ver que el daño era mínimo. Pasó el día enfrascada en sus libros. Cuando esto sucedía, se olvidaba de todo a su alrededor, incluso del hambre que sentía. Se echó hacia atrás en su silla, mirando a través de la ventana hacia el cielo que empezaba a oscurecerse por la puesta del sol y algunas nubes. “¿Debería intentar hacerme con una?”, se preguntó.

Antes de poder responderse a sí misma, a través del cristal divisó algo que robó su atención. Al otro lado de la calle, en un callejón con poca luz, un hombre de aspecto desaliñado arrastraba un saco bastante grande, por como lo llevaba debía contener algo muy pesado. Sin embargo, eso no fue lo que llamó la atención de la joven pelirroja, sino un pequeño rastro de sangre que dejaba en el suelo.

Ikirami se quedó perpleja observando como hombre seguía su camino hasta llegar a un cruce entre las casas, miró ambos lados con atención y dobló una de las esquinas desapareciendo de la vista. Primero pensó que tal vez se trataba de un malentendido, que tal vez aquel rastro era alguna otra sustancia rojiza, como su salsa sriracha, o que simplemente eran los restos de un animal y el señor era un carnicero que iba a tirar la basura. O tal vez la poca luz le estaba jugando una mala pasada y simplemente era agua. Pero la forma en la que el hombre había mirado a su alrededor, como vigilando que nadie lo viese, era realmente sospechoso.

Se mantuvo quieta en el lugar, sopesando lo que acababa de ver. Tal vez no era asunto suyo, pero un ardor dentro de ella se encendió y la curiosidad acabó por ganar. Rápidamente, se vistió con unos pantalones cortos vaqueros y una camisa que había comprado en aquel lugar, se puso su sombrero a conjunto y cogió su bolsa. Tenía que darse prisa, no quería perder la pista de aquel hombre, así que abrió la ventana, que estaba a unos cinco metros de altura y saltó hasta la calle. Un grupo de hombres trabajadores que estaban recogiendo sus herramientas tars una ardua jornada de trabajo reparando un edificio a su izquierda se quedaron sorprendidos al verla aparecer de aquella forma, mirando boquiabiertos la ventana de la cual acababa de saltar y a ella misma. Ikirami respondió a su asombro con una sonrisa y un guiño, que dejó a los hombres todavía más sorprendidos, y continuó avanzando hacia el callejón.

No tuvo que avanzar mucho por aquel lugar hasta llegar a donde el rastro comenzaba. Salía de una puerta que daba a un edificio de varias plantas, el cual parecía un edificio residencial de varios apartamentos. La madera en la que estaba construido no era de mucha calidad y el paso del tiempo y las lluvias habían hecho mella en ella dejándola en un estado deplorable. Ikirami echó un vistazo rápido al lugar, que había sido reparado expertamente con tablones mal colocados en diversos puntos. “El sospechoso tenía un aspecto bastante descuidado, me encajaría que viviese aquí” pensó.

Se planteó entrar en el edificio, pero si se trataba de un malentendido podría verse en problemas. Miró al suelo, de tierra seca, donde el ligero reguero de sustancia roja indicaba el camino que ese hombre había seguido. Se agachó y arrastró el dedo índice por el líquido para después olfatearlo. Una sonrisa traviesa se dibujó en el rostro de la pelirroja cuando notó el metálico olor de la sangre. No tenía dudas de que se trataba de ello, conocía muy bien el olor que esta desprendía. Se limpió el dedo en la propia pared del edificio y se levantó dispuesta a seguir el rastro. Unos pasos más adelante llegó al lugar en el que había perdido de vista al hombre. No fue difícil de seguirle la pista, pues la gotas de sangre que cubrían el suelo aquí y allá eran como una alfombra roja que le indicaba el camino a seguir a su vista experta. Por desgracia, el tiempo que se había tomado en su habitación y analizando el lugar de origen del hombre le habían dado tiempo a adelantarse a ella.

Recorrió varios callejones estrechos hasta llegar a un descampado casi a las afueras del pueblo. No había nadie en aquella zona y solo se escuchaban los graznidos de los cuervos en las alturas. A medida que había ido caminando, el rastro cada vez se volvía más escaso, borrado a su vez por el propio viento que cubría la sangre con el polvo de la tierra seca que formaba el suelo de todo aquel pueblo. En el lugar, había distintos deshechos repartidos, como si de un basurero se tratase. Placas metálicas herrumbrosas, trozos de madera podridos, el descampado estaba lleno de pilas y pilas de materiales en mal estado acumulados durante los años. Fuese lo que fuese que el hombre había llevado allí, tendría que buscarlo entre aquellas pilas de basura con los últimos resquicios de luz del día. Antes de ponerse manos a la obra, dedicó unos instantes a buscar al hombre, pero debía haber abandonado el lugar, pues estaba completamente sola.

Paseó por el lugar, buscando algo que delatase dónde había dejado su “regalo”. Y así fue, tras unos minutos de búsqueda, vio un sospechoso charco que salía por debajo de una pila de placas de metal. Se acercó a ellas y con cuidado levantó la que estaba colocada en un extremo, justo encima de la mancha.

-Bingo. -susurró al encontrar el saco escondido tras los escombros.

Se agachó frente al saco de arpillera, que tenía la parte inferior teñida de rojo y estaba atado con una soga. La deshizo para abrirlo y se quedó quieta en completo silencio al ver lo que había en su interior.

Los ojos vidriosos de una mujer la observaban desde el interior del saco. El cielo nublado retumbó en lo alto, como si algo superior fuese testigo de lo que había salido a la luz. Ikirami pasó los dedos entre el pelo rubio de la mujer, su rostro lleno de compasión y lástima. Sacó el cuerpo sin vida de aquella desconocida y lo depositó en el suelo con sumo cuidado y delicadeza. Una vez colocada, la mirada de la mujer volvía a clavarse en ella. Unos ojos que suplicaban su ayuda.

-Descansa tranquila, yo me encargo del resto. -sentenció con el corazón decidido a hacer justicia.

Con un suave movimiento, cerró los párpados de la mujer. No era una situación agradable, pero al ver el cuerpo ensangrentado de la mujer, el ardor de su interior se acrecentó. Paseó la vista por su cadáver, advirtiendo múltiples hematomas en brazos, cuello y abdomen. La fallecida llevaba únicamente su ropa interior, una bastante reveladora además. Tenía los lóbulos de las orejas ligeramente dañados, como si hubiesen arrancado sus pendientes a la fuerza. Acarició el abdomen de esta, que estaba recubierto de sangre, palpando múltiples heridas abiertas que debían ser la causa de su muerte. El cuerpo estaba frío y la piel tenía un tono mortecino, probablemente llevaba muerta desde la noche anterior. Se levantó, restregando su mano ensangrentada, sintiendo un ligero placer por ello. Sin embargo, su mente estaba centrada en algo más importante. Encontrar al culpable.

Una vez revisado el cadáver, volvió su atención al saco donde lo había encontrado. Revisó el interior, en busca de alguna pista que la ayudase a esclarecer los hechos. Dentro encontró la ropa de la mujer. Apenas veía ya con la noche cerniéndose sobre el pueblo, pero pudo ver con claridad que esas ropas no eran las típicas de una mujer de Kakutatsu. Una falda demasiado corta para la mayoría de mujeres, una camiseta atada con un nudo y un escote recortado a mano para hacerlo más provocativo y un pequeño bolso. Las prendas estaban completamente ensangrentadas. Cogió el bolso para ver que contenía y encontró en él una cajetilla de tabaco, un mechero, preservativos y una cartera. Revisó el interior de la cartera, la cual estaba desprovista de dinero, pero contenía una tarjeta. Por la luz, fue incapaz de ver lo que ponía, pero se la guardó para verla después.

Eso era todo lo que podría descubrir allí, pero no hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que aquella mujer se vendía por dinero. Con una furía que la corroía por dentro, agarró el saco y su contenido con una mano. Después, se agachó junto a la mujer y se la puso en la espalda para llevarla. “No puedo dejarla aquí. Ya ha sufrido demasiado, es lo mínimo que puedo hacer por ella ahora.” pensó Ikirami mientras llevaba el cuerpo.

Con la mirada perdida, caminó lentamente por las calles ahora casi desiertas del pueblo. Realmente el cuerpo casi no pesaba para ella, pero lo que había descubierto había abierto un cajón de su vida que mantenía siempre con llave. En aquel momento, su cuerpo caminaba casi por instinto, porque su mente estaba en otro lugar, muy lejos de allí, en los suburbios del Reino de Lvneel. Mientras caminaba, el cielo volvió a rugir y comenzó a llover, limpiando el cuerpo de ambas de la sangre ya seca.

Kakutatsu por la noche apenas estaba iluminada y la poca gente con la que se cruzó parecía asumir que la mujer que llevaba estaba borracha. Un grupo de hombres se ofreció a ayudarla con su “amiga”, pero Ikirami se mantuvo en silencio ignorándolos por completo mientras seguía avanzando bajo la lluvia en dirección a la oficina del Sheriff.

Llegó a ella pasada la medianoche. El lugar estaba en silencio, pero podía ver una luz en el interior. Golpeando con el pie llamó a la puerta. Escuchó unos sonidos dentro y un hombre abrió la puerta recolocándose el sombrero en su cabeza.

-¿Quién es? Si es por algún problema con el robo de caballos, podéis volver por la mañana y lo… -se interrumpió al ver a Ikirami empapada y llevando a la mujer- ¡Por todos los cactus! ¿Estáis bien? Pasad, pasad. Soy Jacob, sustituto del Sheriff.

Jacob abrió del todo la puerta e Ikirami entró en el lugar. El hombre era un hombre adulto, de unos cuarenta años y tenía el pelo oscuro y la tez morena por el sol. Había varias mesas dispersas llenas de documentos. Además, el lugar parecía haber recibido algunos cambios recientemente, o tal vez algunas reparaciones. Le hizo una señal a unas sillas. Pero ella no se sentó, en su lugar se agachó y con cuidado depositó a la mujer en el suelo bocarriba. Jacob se quedó boquiabierto y su mirada se tornó seria, frunciendo el ceño al darse cuenta de que la mujer estaba muerta.

Ikirami explicó lo sucedido, sin revelar el lugar exacto del que había descubierto que procedía el hombre. Jacob escuchó mientras colocaba una sábana sobre el cadáver de la mujer. La pelirroja sacó de su bolsillo la tarjeta que había encontrado y la revisó a la luz. Era una identificación, la fallecida se llamaba Martha. Se la dio para que pudiese contactar con su familia y amigos para notificar de su muerte.

-Avisaré a los demás mañana para que investiguen este suceso. -comentó haciendo una pausa de unos segundos- Lo cierto… es que no es la primera vez que sucede. Me ha tocado ponerme al día con los sucesos recientemente y ha habido dos casos como este en los últimos cinco años. Gracias por su esfuerzo, Marine. Nosotros nos encargamos ahora.

Ikirami fue hacia la entrada, pero se quedó mirando la sábana que cubría a Martha antes de salir. No pensaba dejarlo a medias. Cerró la puerta tras ella y se dirigió al callejón donde todo había dado comienzo.

Estaba muy oscuro y las ventanas de los pisos superiores no estaban iluminadas. Se quedó allí bajo la lluvia, pensando en qué es lo que debería hacer como Marine. No tenía ninguna potestad allí, no era su trabajo encontrar a un asesino. Pero había visto con anterioridad como los que deberían hacer justicia ignoraban casos como ese por tratarse de meras prostitutas y gente de la calle. Lo sabía muy bien. Pero decidió que no podía dejarlo así. En realidad, esa decisión la había tomado mucho antes. Antes de descubrir quién era Martha, antes de ocultarle el edificio al ayudante de Sheriff. Lo había decidido en el momento en el que sus miradas se habían cruzado, cuando el cielo tronó enfurecido.

La lluvia, que caía con fuerza en aquel momento, había soltado su pelo rojo del recogido que se había hecho, cayendo ahora por sus hombros y empapado. Se apartó algunos mechones de la cara y agarró el pomo de la puerta para intentar abrirla. Estaba cerrada. Soltó el pomo y empujó con fuerza. Casi trastabilló al soltarse la puerta de sus goznes y caer hacia delante con un fuerte golpe. Esperaba que la lluvia amortiguase el sonido que había hecho. Lo que estaba claro ahora que había entrado es que el edificio se caía a pedazos. Si hubiese empujado con suavidad, la puerta se hubiese abierto sin tener que arrancarla de su sitio. Miró a su alrededor con atención, un pasillo estrecho se abría ante ella, acabando en unas sinuosas escaleras. Estaba casi en completa oscuridad, pero era capaz de percibir las formas del lugar. Tanteó en un lateral en busca de un interruptor y lo encontró cerca de las escaleras. Al apretarlo, una bombilla se encendió parpadeando y amenazando con fundirse en cualquier momento.

El pasillo tenía dos puertas, una a cada lado frente a las escaleras. Debían ser varios apartamentos en aquel edificio, pues ambos tenían felpudos en la entrada, sucios y estropeados, pero felpudos al fin y al cabo. Aprovechó la luz para seguir la única pista que tenía: la sangre. Sin embargo, al agacharse para revisar el suelo notó el fuerte olor de productos de limpieza. Tendría que esmerarse un poco más en su búsqueda. Lo primero que hizo, fue revisar los felpudos. Tal vez podría limpiar la sangre del suelo, pero de los tejidos era más complicado. Ambos estaban secos y la suciedad que se acumulaba en sus bordes indicaba que no se movían hacía tiempo. Es más, ahora que se fijaba, no escuchaba ningún ruido en el edificio, aparte de la lluvia y algunos crujidos de la madera. ¿Tal vez no vivía nadie más allí? O tal vez estaban durmiendo. Entre unas cosas y otras, debían ser las dos o tres de la madrugada. Fuera como fuese, no parecía que nadie hubiese movido aquellos felpudos para limpiar, así que se aproximó a las escaleras y las subió con cautela.

Las escaleras crujieron con cada paso que daba, pero con cuidado y ascendiendo lentamente pudo mantener el sonido bastante leve. Al llegar arriba, tuvo que encender otra bombilla, la cual apenas aguantó encendida un par de segundos. Pero fue lo suficiente para poder ver que en aquella planta había dos puertas más. Caminó por el pasillo hasta llegar a una de las puertas y se agachó, basándose únicamente en el olfato y el tacto para saber si habían movido los felpudos. En ese todo parecía normal también. Puede que no estuviese siendo una gran idea. A lo mejor el hombre era más listo de lo que parecía y tenía esto calculado. Continuó hasta la siguiente, que se encontraba al fondo a la derecha, justo frente a las escaleras que subían al siguiente piso. Se agachó de nuevo y volvió a sentir el olor de la lejía, junto con algo de humedad. Alguien había intentado lavar aquel felpudo, pero el líquido no se evapora tan rápido de un objeto como ese.

La joven marine se irguió frente a la puerta que sospechaba daba al apartamento del asesino.
“¿Y ahora qué?” se preguntó en aquel oscuro pasillo. Tal vez se equivocase y si irrumpía en la casa de alguien inocente podría ser problemático. Pero en aquella penumbra, sintió la mirada de Martha fija en su nuca y de las otras mujeres que podría haber matado o que mataría en el futuro. Tragó saliva y llamó a la puerta.

-¿MMmhhh? -dijo una voz ronca desde dentro. Se escucharon algunos ruidos y pasos acercándose a la puerta junto con un resquicio de luz que salía ahora por debajo de la puerta- ¿Quién coño es a estas horas?

Ahora más segura, Ikirami se relajó y recolocó el pelo hacia atrás con las manos.

-Hola, soy Tiara. Te traigo un regalo muy… especial. -dijo con una voz suave y seductora.

El sonido de unas llaves girando se oyó justo antes de que la puerta se abriera, cegando ligeramente a Ikirami. Cuando adaptó la vista de nuevo, vio al hombre mirándola descaradamente en el escote, que estaba mojado y transparentaba por la lluvia.

-Yo… -dijo el hombre sin apartar la mirada de su pecho- No he pedido nada esta noche…

-¿A no? Qué extraño, si me han pagado ya y todo. ¿Estás seguro de que no es aquí?-respondió ella guiñándole un ojo con picardía.

Al escuchar las palabras el hombre la miró y mostró una amplia sonrisa llena de dientes amarillos.

-Oh, perdona, sí. Claro, claro. Es que me había dormido y se me había olvidado. Pasa, adelante muchacha.

El hombre extendió la mano hacia su apartamento y se hizo a un lado. Ikirami pasó frente a él, viendo de reojo como la miraba lascivamente. Después echó un vistazo al lugar. Era una sola habitación, con una cama roñosa deshecha, una especie de cocina improvisada en un rincón llena de platos sucios y una mesa a un lado con varias sillas. A la derecha había una puerta que daba a un pequeño baño. Pudo apreciar como en él había un cubo lleno de productos de limpieza, entre ellos lejía, y un paño manchado de un color marrón rojizo.

La puerta se cerró tras ella y el hombre se acercó agarrándola de las caderas.

-Veo que vas muy mojada ya. ¿Nos ponemos al tema, guapa?

Sintió el aliento asqueroso del hombre en su nuca y las manos largas que intentaban subir hacia otras zonas de su cuerpo. Rápidamente, ella se giró y cruzó los dedos con los de él para evitar que la tocara en otros sitios, quedando los dos frente a frente mirándose.

-Como te he dicho, te traigo un regalo. Vas a pasarlo muy bien. -dijo ella mordiéndose el labio- ¿Sabes de quién es el regalo?

El hombre estaba completamente asombrado por su belleza, casi babeaba imaginando lo que él creía que le esperaba.

-Ni idea. Pero menudo regalo… No había visto a una mujer así en toda mi vida. Me tienes loco, nena.

El asqueroso hombre estaba totalmente ido. Estaba claro que jamás había tenido a una mujer como ella cerca, cualquiera se alejaría de él solo con verle la cara. Era realmente feo, de esas caras que duele mirar. Pero ella se forzó a sonreír, imaginando lo que sí que le iba a pasar a él.

-Pues de tu amiga Martha. ¿Te suena?

El hombre estaba a punto de poner la cara entre sus pechos cuando escuchó el nombre. Su repulsivo rostro levantó la vista hacia sus ojos rojos, palideciendo durante un momento. Intentó soltar sus manos, pero ella lo retuvo con fuerza. El hechizo se había roto.

-¿Quién coño eres, zorra? -preguntó, su antes suave tono ahora uno que demostraba ira y un punto de miedo- Suéltame ahora mismo o será lo último que hagas.

Ikirami sonrió, negándose a liberar las manos del hombre, el cual dirigió la mirada a un lado, en la mesa donde se apreciaba un cuchillo bajo un paño de tela. El hombre intentó forcejear sin éxito y fue a dar un rodillazo a Ikirami en el estómago. Para ella se movía con tal lentitud que apenas le supuso un esfuerzo el patearle la otra pierna para desequilibrarlo y estamparlo de espaldas contra el suelo aprovechando que lo tenía cogido por las manos. Los años de entrenamiento daban sus frutos. Lo que en otra época le era imposible ahora le parecía un juego de niños. Sometió al hombre en un instante y se quedó sentada sobre él en el suelo, soltando sus manos. El hombre emitió un gemido de dolor con el golpe, y eso que no había utilizado apenas fuerza en el movimiento.

Lo tenía reducido, pero quería escuchar de su propia boca lo que había hecho. Cogió uno de los brazos del hombre antes de que le impactase con un golpe y lo retorció haciendo que profiriese un alarido de dolor.

-¿Por qué la mataste? -preguntó, su tono de voz amenazante- Más te vale decir la verdad si no quieres morir hoy aquí.

El hombre apretaba los ojos intentando soportar el dolor. Su brazo crujía amenazando por romperse.

-¡No lo sé! -gimió casi entre lágrimas, viéndose absolutamente lamentable- ¡Suéltame, perra!

El hombre chillaba cuando se escuchó un crujido más fuerte y su brazo terminó en una posición muy poco natural. Ikirami acercó su cabeza hacia él, con el pelo cayendo sobre su cara deformada en una mueca de dolor.

-Dime el porqué y no te romperé nada más. Para que lo sepas, el cuerpo humano tiene 206 huesos y puedo romperte todos y cada uno de ellos. Cosa que te mereces con creces.

El corazón de Ikirami latía con fuerza, quería destrozar a ese hombre, sentir su sangre fluyendo por sus puños en combate. Sin embargo, aquello no podría ser jamás un combate. Estaba tan por encima de él que con un solo golpe lo podría matar. No tenía ningún mérito destrozar a una sabandija como aquella. Y además, no era un pirata. Tan solo escoria que se divertía con las mujeres matándolas para sentirse superior. Al menos, eso era lo que Ikirami creía.

La sabandija se revolvía en el suelo sucio entre lágrimas y sollozos.

-Lo siento, no puedo controlarme… -gimoteó el hombre- Cuando me miran con desprecio, cuando noto como me juzgan… ¡Es culpa suya! ¡Esas furcias deberían tratar mejor a sus clientes!

Continuó gritando y gimoteando mientras Ikirami se levantaba. La emoción que sentía hacía unos momentos se había convertido en asco y repulsión. Obviamente, no sentía ningún tipo de compasión hacia aquel infrahumano que se retorcía en el suelo, pero no podía acabar con su vida, era una Marine. Pero había que hacer justicia. Aprovechando que el hombre se incorporaba en el suelo, extendió el brazo y golpeó con el canto de su mano con precisión en la nuca del asesino. Puesto que había entrenado durante años en las artes marciales, no era ajena a aquella técnica y controló su fuerza para dejarlo inconsciente pero vivo.

Dio una vuelta por la pequeña casucha, revisando con atención los detalles en búsqueda del arma del crimen. Mientras revisaba el baño, notó como uno de los tablones crujía y se doblaba en exceso. Se agachó para verificarlo y desencajó la madera sin esfuerzo. Era un compartimento. Algunos insectos reptaban por el pequeño hueco en el centro del cual había una pequeña caja metálica. La abrió y dentro encontró solo algunos billetes. Estuvo a punto de dejar aquel hallazgo de lado cuando al mover la caja escuchó algo metálico en su interior. Apartó los berries para ver como la caja contenía un fondo secreto, retiró el compartimento superior que reveló algunos pares de pendientes, collares y anillos. Claramente eran de mujer. Al verlo, recordó como a Martha le habían arrancado los pendientes y revisó cuantos había. Eran un total de diez, cinco pares. Algunos tenían incluso restos de sangre seca en los cierres. “Cinco pares… Eso significa cinco mujeres” pensó ante la revelación. A saber cuantas mujeres más habrían muerto si aquel día no llegaba a estar ahí para verlo, si no hubiese sentido curiosidad y seguido al hombre por los callejones de aquel pueblo. Cerró la caja, con el dinero dentro de nuevo y salió del pequeño baño. Se acercó a la zona de cocina y vio un cubo grande en el que había dentro un saco con algunas patatas llenas de brotaciones. Quitó el saco del cubo y dejó caer los tubérculos al suelo.

-Lo que das, recibes -susurró Ikirami mientras se acercaba al hombre inconsciente.



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Jacob descansaba en su sillón, echando una cabezada esperando a ser relevado a primera hora de la mañana, cuando informaría del suceso con la prostituta. Un golpeteo lo sacó de su sueño. Alguien llamaba a la puerta. Se levantó rápidamente y fue hacia ella, pero cuando la abrió no había nadie. Miró a ambos lados para cerciorarse, pero estaba solo. Se fijó en que la lluvia había cesado, impregnándolo todo con el olor a petricor que se da tras ella. Al ir a cerrar la puerta se dio cuenta de que había algo en el suelo. Un saco grande con un papel encima. Le pareció extraño y con cuidado cogió la hoja. Tenía algo escrito.

Dentro encontrará al autor de los asesinatos. Sigue con vida. También encontrará una caja con lo que parecen ser las pertenencias de sus víctimas. Su casa está en un edificio en apariencia abandonado justo tras la posada. Espero que podáis encontrar al resto de sus víctimas, pues fueron por lo menos cinco.

Y por favor, no permitáis que ese hombre vuelva a ver la luz del día

Jacob se quedó de piedra. Miró a su alrededor buscando una figura pelirroja en la noche, pero no vio nada más. Abrió el saco para comprobar que era verdad y se quedó en el umbral de la puerta pensativo.

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Con la luz del amanecer entrando por su ventana, Ikirami se acercó a ella para correr las cortinas. No había pegado ojo en toda la noche. Nada más llegar se había dado una ducha y se había quedado sentada en el escritorio. Sabía que había hecho lo correcto al dejar con vida a aquel hombre, pero sentía que no era suficiente. Se levantó, fue hasta la cama y se tumbó en ella enterrando la cara en la almohada.

-¿Por qué es todo siempre así? Piratas, bandidos, asesinos… El mundo está plagado de gente que solo hace sufrir a los demás. Da igual dónde vaya, es siempre lo mismo… -sollozó empezando a llorar por la frustración.

Ikirami creía de verdad en un mundo sin delitos, sin sufrimiento. Todos aquellos horribles sucesos que había vivido hacía tantos años le habían dejado una marca que no lograba borrar. Habiendo llegado al Grand Line, y con los nuevos compañeros que había hecho, esperaba que las cosas fueran mejor, pero aquel suceso la había devuelto a su adolescencia, una en la que sufrió atrocidades que romperían a cualquiera. Era fuerte de espíritu, pero las cicatrices de aquello le ardían en aquel momento. Cuando lo perdió todo, se encontró sola en los suburbios de una ciudad que no conocía. La única que la ayudó cuando estaba desnutrida y sin nada más que su ropa, fue Ivy. Aquella mujer se hizo cargo de ella durante un tiempo, compartiendo con ella lo poco que tenía. Ivy era una prostituta. Una mujer mayor a la que la vida había arrastrado hasta esa posición, no por placer, sino por necesidad. Las mujeres que se dedicaban a ello rara vez lo hacían por voluntad propia, y el mundo las trataba con desprecio aun así. No hacían daño a nadie, vivían como podían sobreviviendo gracias a los pecados de los demás, no los suyos.

Pasado un rato entre sollozos y lágrimas, finalmente cayó en los brazos de morfeo. No soñó aquel día, a lo que tuvo no se le podía llamar soñar.


Resumen


Karmas  y cosas a tener en cuenta



RE: [+18] [T3 Autonarrada] La Marine Detective y el Asesino del Saco - Sentomaru - 05-01-2024

Aventura Tier 3 Autonarrada Completada


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