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Puños de gloria [AVENTURA T2 P.R. PRIV EELEC TRICK] - Vesper Nero - 13-10-2026 En la isla de Kukutssu, había tres maneras de hacerse un nombre: Encontrar un tesoro, sobrevivir a una pelea de taberna o tener la desgracia de cruzarse con alguien que supiera golpear más fuerte que uno mismo. Sin embargo, aquella semana, la isla había decidido simplificar las cosas.
Desde el puerto hasta las calles del mercado, carteles pintados a mano anunciaban el mismo acontecimiento. Habían sido clavados en los postes, pegados en las paredes de las tabernas e incluso colgados de las jaulas donde los comerciantes exhibían animales exóticos. Sobre el papel amarillento, un puño dibujado con tinta negra atravesaba una corona de laureles.
Debajo, en letras desproporcionadamente grandes, se leía:
¡EL GRAN TORNEO DE BOXEO DE KUKUTSSU!
Nada de espadas. Nada de pistolas. Nada de frutas del diablo utilizadas para convertir una pelea deportiva en una ejecución pública. En aquel torneo, al menos según las reglas escritas, solo contaban los puños, la resistencia y la capacidad de permanecer de pie cuando el mundo entero parecía empeñado en tumbarte.
La arena se levantaba en una explanada cercana al puerto. Era una construcción improvisada de madera, barriles y tablones reforzados con hierro, con un cuadrilátero central rodeado de gradas y una plataforma reservada para los jueces. Había puestos de comida, vendedores de apuestas y apostadores que llevaban más vendas en los nudillos que monedas en los bolsillos.
En el centro del recinto, un hombre de bigote retorcido, camisa abierta y pantalones rojos subió a una tarima. Sostenía un micrófono conectado a un caracol parlante que amplificaba su voz con un estruendo digno de anunciar el fin del mundo.
-¡Damas, caballeros, piratas, buscavidas y demás desgraciados que han venido a perder dinero! ¡Sean todos bienvenidos a Kukutssu!-
La multitud respondió con silbidos, gritos y el choque de varias botellas.
-¡Este año no buscamos al hombre más rico, ni al más rápido, ni al que tenga la fruta del diablo más ridícula! ¡Buscamos al mejor boxeador! ¡Al individuo capaz de convertir una mandíbula en un recuerdo y una derrota en una lección!-
El presentador hizo una pausa teatral, mientras dos asistentes retiraron una tela negra que cubría una mesa detrás de él.
Sobre un cojín de terciopelo descansaban un par de guantes de boxeo de cuero oscuro, reforzados con placas metálicas en los nudillos y costuras doradas. A su lado había una medalla de bronce, gruesa y circular, con la figura de dos puños cruzados. En el reverso se distinguían unas palabras grabadas:
EL MEJOR BOXEADOR DE KUKUTSSU.
Pero el tercer objeto era el que más miradas atraía.
Unos puños americanos de acero, envejecidos por el uso, con pequeñas marcas y arañazos que sugerían que habían pasado por más de una pelea real.
-¡El campeón tendrá derecho a elegir su recompensa!- //proclamó el hombre// -¡Los guantes del campeón, forjados para los que entienden que un combate se gana con técnica! ¡O los puños de acero, para aquellos que prefieren dejar que sus enemigos recuerden la derrota durante el resto de sus vidas! ¡Y, por supuesto, la medalla que acreditará al ganador como el mejor boxeador de nuestra isla!-
Un sujeto enorme, sentado en primera fila, levantó su jarra.
-¿Y si el mejor boxeador resulta ser el que les rompa la cara a todos?-
El presentador sonrió.
-¡Entonces tendrá que romperles la cara siguiendo las reglas!-
Las carcajadas se extendieron por las gradas.
-¡Inscripciones abiertas hasta el anochecer! ¡Combates eliminatorios desde mañana! ¡Sin armas, sin trampas y sin lloriquear cuando les falten dientes!- -¡Eso último deberían decírselo al organizador!- //gritó alguien desde el fondo.
El presentador fingió no haber oído nada//.
En ese momento, una voz grave se escuchó desde la entrada de la arena.
-¿Guantes o puños americanos? Qué elección tan curiosa, no cree?-
El presentador de igual manera guardó silencio aunque era claro que algo raro llevaba entre manos, mientras esbozaba una sonrisa completamente abierta y reflejaba una mirada entusiasta que dirigía hacia el público.
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Paranoias de Vesper
Narrador
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