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[P.R.] Bar Tico - Versión para impresión

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[P.R.] Bar Tico - Max D. Bambú - 04-10-2026

Día 66 de Verano
10:00 am

Las negociaciones habían ido tan bien como habría podido imaginar Bambú. Ashura aceptó las condiciones de Kisuke de quedarse pacíficamente en Mogaro a cambio de un duelo al cabo de diez días. Bambú había pagado lo que consideraba una suma justa por la deuda aplazada durante más de tres años y, al final de toda aquella situación, había accedido a ir a tomarse unos cacharros con Quetzalli Jr. que parecía tener mucho que comentarle. Kisuke se había unido a la parranda, quizás para descansar de la ominosa presencia de Ashura y entrar en un ambiente algo más distendido. Don Bambú caminaba con decisión por la calle principal de Ciudad Kamome, que en estos momentos estaba desierta por la alarmante llegada de los Mushoku, aunque podía sentir gracias a su haki de observación extendido en un radio de 100 metros de distancia que las gentes de Mogaro se encontraban en sus casas, observándoles desde sus ventanas mientras recorrían las calles.

Quetzalli Jr. no era un Shichibukai, aunque pertenecía a la tripulación de uno de ellos y eso le causaba cierta incomodidad a Bambú. Odiaba a los Shichibukai y lo que representaban, pero a pesar de esto, lograba mantener un trato más o menos cordial con el enmascarado. En estos momentos, por no dejar que el silencio sepulcral se apoderase de la comitiva, Bambú le estaba haciendo de guía turística al pirata. —...y aquí a la derecha tenemos un colmado que vende productos locales muy ricos, a los apicultores de la isla les sale una miel muy rica. —No sabía qué tenían aquellas abejas que fabricaban una de las mejores mieles que Bambú había probado jamás. Quizás fuera porque eran proletarias y vivían en la tierra de ensueño de los proletarios. —Tenemos unos cuantos restaurantes exóticos en la isla. Este de aquí, por ejemplo... —Señaló una especie de cantina al más puro estilo del Far West. —Sirve un chili con carne que está de muerte, nos vienen muchos productos de Risky Red, así que les sale genuino de verdad. También tienen cecina, que dura meses si se conserva adecuadamente, por si queréis abasteceros para vuestra próxima travesía. —Porque habría una próxima travesía, claro, no se iban a quedar allí para siempre. —Y este es el bar del que te hablaba, yo creo que aquí hacen zumos excelentes. —Bambú se detuvo en una de las intersecciones de la calle principal. Haciendo esquina en ella había un local que tenía las paredes completamente blancas. Tenía dos pisos de altura, la balconada tenía mesas dispuestas para los clientes que querían estar en el piso superior y aún así disfrutar de la terraza en un día como aquel de verano. Delante del local había dispuestas unas cuantas mesas también, cuatro en total, cada una debajo de su propia sombrilla para que la gente no se asase al sol si no quería. Las ventanas no dejaban ver muy bien lo que había en el interior, no porque estuvieran pintadas de ninguna forma, sino porque estaban completamente empañadas por la diferencia de temperaturas entre el interior y el exterior. El letrero del local, justo encima de la puerta, representaba a un esquimal sonriente con las mejillas sonrosadas sujetando un vaso de zumo con hielos. El nombre...

BÁR TICO
Nuestros refrescos te dejarán helado

—No es un chiste muy gracioso, la verdad, pero el sitio está bien. —Se rascó la nuca alborozado. La puerta del local se abrió, dejando escapar de su interior una densa niebla provocada por el choque térmico entre el frío del interior y el calor del exterior. Durante unos instantes pudo apreciarse el interior del local, cuyas mesas y sillas parecían estar talladas con hielo, al igual que la barra, en la cual trabajaba un señor de unos 50 años con diligencia. Esta visión fue obstaculizada casi de inmediato. Una camarera completamente cubierta con un abrigo de esquimal salió de dentro del local para recibir al grupo, cerrando la puerta detrás de ella. Parecía ligeramente asustada por la presencia de Quetzalli, pero este sentimiento se contrarrestaba con la tranquilizadora presencia de Bambú. Se quitó la capucha en el exterior y de ambos lados de su cabeza cayeron dos coletas trenzadas de pelo negro como el carbón. En su rostro moreno había dibujada una sonrisa algo forzada por la situación. —Bienvenidos al Bár Tico, yo les atenderé esta mañana... ¿Dónde se van a sentar los caballeros? —Les habló manteniendo la compostura, con profesionalidad, pero sin poder ocultar en su aura una cierta preocupación. Don Bambú ignoró esta circunstancia porque no había mucho que hacerle. Los Mushoku tenían la fama que tenían y Mogaro tendría que vivir con ello por lo menos 10 días. El panda se giró hacia el enmascarado. —Decide tú dónde nos sentamos, Quetzalli, que eres el invitado en la isla.

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