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Los 49 [Autonarrada][P.R.] [T5] - Versión para impresión

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Los 49 [Autonarrada][P.R.] [T5] - Maki D. Zen'in - 25-08-2026

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Noche del día 02 de primavera del Año 18  
 
¿Qué clase de persona decide morir por alguien que ni siquiera sabe si necesitaba ser salvado?
 
Qué clase de lealtad o mentalidad secreta hay que tener para que un hombre decida que debe darlo todo hasta el final. Esta es la historia. Aunque no se conocen todos los detalles, solo es especulación por parte de la servidora de la muerte que estaba a punto de realizar una faena por lo menos extenuante. Cuarenta y nueve desaparecidas. Cuarenta y nueve llamas extintas. Y ella vio el momento en que cayeron al vacío, pero no al olvido. Podrían haberlo conseguido, podrían haber entrenado un poco mejor, podrían simplemente haber elegido caer solo un par de metros más allá. Pero no. El destino quiso que no sobrevivieran.
 
Maki llego al lugar que recordaba. Tenía una excelente memoria. Una excelente orientación y un espíritu indomable e inquebrantable. Lo que llevaba era poco. Agua, víveres para un día y un par de palas. No se confiaba que la primer resistiera. Ni la segunda por lo que estaba mentalizada a que tendría que cavar con las manos para completar la tarea. No le importaría. Claro. Solo le importaba el deber y… no dejar que los cuerpos mancillados y tocados por la muerte. Quedaran al acecho de los animales carroñeros. No eran comida. No eran desechos. Eran seguro una banda de imbéciles y quizás pelafustanes, pero que habían dado todo por sus señores. Todo por un objetivo tal vez desconocido y aunque no comprendía cual podría ser. Estaba segura que era algo significativo e inolvidable. Pero no podía dejar a los muertos a su suerte de esta forma.
 
El risco le devolvía la vista atroz, inquietante y atemorizante. Queriendo sembrar el miedo en el corazón de la mujer calva. Cruzo algo de vegetación y por suerte no encontró ningún animal salvaje que se entrometiera en su camino. Sería una pena que, por los muertos y un servicio a ellos, dispensara un poco más. Cuando llego a ellos el espectáculo era aterrador.
 
Si… … … si…
 
Ella moría serían capaces sus Nakamas de… de… ¿Dejarle así también? No. no serian capaces. Sintió calidez y frio en su corazón con ese pensamiento. Un montón de cadáveres. Todos hombres y mujeres apilados como basura. Cuarenta y nueve. Demasiados para llamarlo accidente. Demasiados para llamarlo sacrificio. Demasiados para llamarlo estupidez y quedarse tranquila. Demasiada muerte sin sentido. Pues morir no tiene sentido cuando la vida es tan bella y llena de posibilidades que sentía que era una estupidez morir asi.
 
Empezó a mover cada uno de los cuerpos. Cada uno de ellos tenia seguramente un pasado, una familia quizás, esposas, hijos, padres e incluso es probable que algunos de ellos tuvieran algo mas de responsabilidades. Porque estaban aquí abandonados a su suerte no quería decir que no lo tuvieran. Uno dos tres… cuatro… cinco… estos tenían insignias de su tripulación. Parecían algo rusticas. Ragnarok… ese nombre. Era… era el nombre de la tripulación de esos dos que, aunque, parecían muy diferentes como la noche y bueno la noche aún más oscura y llena de monstruos, parecían hermanos. Unos hermanos brutales… el primero de ellos fue importante. El chocoboy y su hermano el Vainilla. Recordó como ambos se devoraron con la mirada por un segundo.
 
Maki enrollo su cuerpo en lino blanco. Noto que era grande, fuerte. ¿Por qué no sobrevivió? ¿Mala suerte? Probablemente. El segundo… el tercero… primero preparar cada uno de ellos. los que… bueno estaban completos era mas fácil. Había algunos desmembrados, rotos, decapitados y deformados por su caída desde gran altura. La sangre el hedor… era terrible y nadie en su sano juicio desearía hacer algo así. Nadie. Solo ella. Quien respetaba tanto la vida como la muerte y aún más. El abandono. —Yo… aun de muerta… quisiera que no fuera abandonada… lo… lo siento tanto cariño…— Dijo mientras movió un cadáver demasiado joven. Demasiado inexperto y, aun así. Casi tan joven como ella. Quince, dieciséis diecisiete… estos parecían mucho mayores, los envolvió, más experimentados, pero olían a alcohol, quizás envalentonados por algún tipo de brebaje o ya sin miedo a morir por la ilusión de la edad se volvieron inmortales en su propia mente, eso era peligroso, ya había conocido a otros que intentaban serlo. Nunca resultaba bien. Apretó los puños ante los demás… parecían ser los mas fuertes entre ellos. Quizás habían sobrevivido y habían sido aplastados por la caída de los demás, era triste… doloroso… No lloro. Para ella no eran héroes. Eran tontos. Pero sus almas merecían ser enterradas con sus cuerpos en paz.
 
Treinta y cuatro, treinta y cinco… muchos sueños terminados, demasiadas voluntades sacrificadas al trueno, muchas lanzadas a la tierra donde solo los gusanos aprovecharían su carne. Maki se limpió la cara por qué sintió que algo mojo su mejilla, pero la embarro de fango… volvió a limpiarla, otra, y otra vez… maldición esto era terrible, aunque no los conocía. Conocía el dolor de fallar y de no ser suficiente para estar a la altura. Envolviendo los cadáveres, noto que la fuerza no se le acababa, sino que aumentaba. ¿Sería por alguna habilidad oculta en ella que sufría esta alucinación? Pero si que comenzó a temblar. Eso era un claro indicio de que su mente iba mas allá de lo que su cuerpo soportaba.
 
Cuarenta y siete cuarenta ocho y cuarenta y nueve… los últimos amortajados en fila, era lo más simple prepararlos… Maki se sentó en una roca. Bebió de su pellejo algo de vino. Cansada pero no harta… todos estos regalos a la muerte, seres de seda en fila esperando su turno para el ultimo abrazo con la madre tierra. Podría ser que desearan algunos de ellos ser sepultados en sus propias tierras? No… ya no importaba, habían perdido ese derecho al morir. Puso una rodilla en tierra. Cerro los ojos y murmuro un pequeño deseo. —Descansen… aunque estén lejos de su tierra, sepan que ya no tienen que hacer nada por nadie… no le deben nada a nadie pues han vivido y muerto como han deseado. Libres. Por favor descansen— Rogó con los labios apretados y el corazón acongojado. La peor visión había pasado. Ya estaban dignos y envueltos.
 
Se levanto y se dio cuenta que no había nadie alrededor que les despidiera. Nadie que les dijera que le extrañaran. Ningún alma alrededor. Solo aves esperando a que los cuerpos se pudrieran para bajar y alimentarse de los restos de estos desdichados. Malditas aves de carroña. No sintió respeto por la manera en que murieron, pero si por sus almas que, aunque habían muerto por una estupidez. Tenían todo el potencial del mundo, un potencial que les podría haber obligado a crecer y ser mejores. Uno que quizás les deparaba grandeza. Sea para el bien o para el mal. Era poco menos que reconocible.
 
Poco a poco comenzó a no lanzar los cuerpos… sino a depositarlos uno a uno como si fueran el fruto prohibido nacido de la violencia. El cumulo de valentía, un suspiro de soldados decididos y adheridos a un código. Aunque fueran borrachos, delincuentes. Mujeriegos o crueles. Todos ellos en un voto secreto creyeron en algo. En algo más poderoso que ellos mimos y con su convicción eran capaces de surcar el cielo y romper el velo de la vida y la muerte. De volverse uno con la corriente de almas. Era… algo que comenzó a entrar en el alma de Maki con cada cuerpo descendiendo a cada uno de los agujeros que cavaba. Diez tumbas y diez cuerpos bajo tierra encontrándose con el frio beso de la eternidad por que el olvido no era para ellos. no al menos mientras se les recuerde. La pala crujió y sintió que se astillo el mango. Pero continúo cavando más y más reposos.
 
Quince agujeros y sudor, lagrimas, sed, hambre… nada de eso importaba… su pecho subía y bajaba por el cansancio y miro a la izquierda… la hilera de tumbas y montículos de tierra de los muertos parecía un jardín ofrenda. Catorce fueron las que se cavaron y su primera pala se partió haciendo que con la fuerza que provoco cayera al agujero medio excavado. Ahí de rodillas con las palmas sobre la tierra jadeo de cansancio. De dolor en el alma y en la mente. Su corazón a mil le decía que se detuviera, pero no podía. No se rendiría. No era una prueba, pero no le fallaría a cuarenta y nueve almas.
 
Golpeo con furia la tierra una, dos, tres veces. Y se levanto como movida por el relámpago. Agarro la pala nuevamente y pensó una pizzquita… no no, no era una floja de mierda. ¡¡Eso no!! tendría que hacerlo con todo. Con fuerza y con ánimo, con voluntad. Alzo la pala y volvió a la faena. Volvieron a depositarse en sus tumbas. Dieciséis… todos hombres ya en posición. Como en vida. Ahora se comenzaban a formar para su último baile. Diecisiete, Para su última misión todos juntos. La pala rugió nuevamente y las chispas brillaron contra las piedras, lanzando chispas, pero no se rendia. Tenia que hacerlo. No era su responsabilidad, pero si era su deber. Era lo correcto.
 
Siguió cavando una tumba tras otra. Sintiendo que cada una de ellas le sanaba el alma recomponiendo algo dentro de si que parecía estar mal. Que se llenaba hasta arriba en su corazón. Veinticinco. Agotada se sentó nuevamente en el borde de una. Al borde de la veintiséis. Maki busco en sus bolsillos una y otra vez… volvió al primero y saco un cigarrillo roto y doblado. Y uno en perfecto estado. Primero tomo el roto y lo encendió. El humo del cigarrillo ascendió al cielo como una ultima plegaria. Ella sonrió… vio algunos colores. en medio de su sentimiento de que era manejada por una Maki detrás de la Maki. Ida… volando. Era una sensación refrescante, seguro era porque tenía poco aire en las alturas. Fumar… fumar con ellos y beber considero que era algo que honraría a estos hombres.
 
Llego hasta la tumba treinta con el cigarrillo encendido. Ahora este era más amargo, más aglutinante en sus pulmones. Tosio poderosamente pero no soltó ni el cigarrillo de lado, aun encendido, ni la pala, ni la convicción de terminar la tarea. La pala crujió en el numero cuarenta y uno. Mierda. ¡No! aún faltaba demasiado. Aún quedan demasiados que sembrar. Demasiados hombres que inspirarían a los del futuro, aunque fueran unos estúpidos. A aquellos que sin saber nada de ellos mirarían las tumbas para tomarlos de un ejemplo de valor.
 
¿Valor?... probablemente no seria la primera palabra que entraría en la mente de Maki. Respirando agitado comenzó a pensar en que era un ejercicio inútil. Considero que era mejor que estos tontos eran merecedores de blanquear sus huesos al sol porque era ridículo dar la vida… una vez mas volviendo sus pensamientos atrás. Por alguien que no necesita que mueran. Locos… quizás… o no estaban locos y eran mas sabios que cualquiera y entendían que la lucides era algo que impedía intentar aprender y conocerse mas allá de la paz de una era sin sacrificios.
 
Descanso unos momentos más… el día ya comenzaba a aparecer en el horizonte… cuarenta y seis era un buen número. La noche menguaba cuando comenzó a llegar algo de gente. Seres alados, Birkanianos liderados por algunos Lunarians ataviados con ropas hermosas y elegantes cubiertos en oro y plata. Todos llevaban lo que parecían ser ofrendas. Y venia un gran carromato tirado por animales lanudos. Maki nunca los había visto. No les dirigió la palabra pues parecían recelosos o temerosos. Hablaban y cuchicheaban entre sí y traían lo que parecían ser una cantidad suficiente de monolitos de piedra blanca. Como. ¿Lapidas? Sin soltar el cigarrillo. Volvió a cavar sin perder de vista el final de su tarea. Cuarenta y ocho y crack… pala rota.
 
Agotada de su mala suerte se dispuso a mirar al ultimo de ellos, envuelto en tela de seda con algunas manchas de sangre. Respirando agotada, sudada con algunas marcas de costras y heridas en sus manos de tanto palear, la sombra de dejarles este último a los recién llegados apareció en su mente. Pero. No. No se detendría. Con sus propias manos y con restos de la herramienta rota. Comenzó a cavar la última de las tumbas. Parecía que su ejercicio de antes le había denotado cambios en ella misma pues poco o nada le costó hacer la última fosa de uno de los pocos hijos del Ragnarok.
 
Cuando el ultimo de los hombres sacrificados por su propia mano fue sepultado uno de los recién llegados. El Lunarian más grande de todos hizo un gesto y varios otros mas pequeños acompañados de Skypeanos y Birkanianos comenzaron a mover grandes picos de piedra para ubicarlos cerca de cada una de las tumbas excavadas por la habitante del azul. No mediaron palabras entre sí, solo miradas, y ella asintiendo con la cabeza solo se limito a quedarse a ver como cada una de las piedras monolíticas, blancas y resplandecientes se ubicaban frente a cada una. ¿Tenían nombres? quizás eran hombres conocidos o sus amos o compañeros les dieron alguna información a estos enterradores de los cielos. No sabía por que no podía leer tan bien el intrincado dialecto de los nombres o las palabras puestas en cada piedra. Puede que incluso sea algún idioma secreto de los difuntos.
 
Una vez cada piedra fue puesta en su lugar, ella se paseo entre las numerosas tumbas y quiso contarlas nuevamente. Una a una. Como si cada una le diera una lección en su mente. Poco a poco cada una de esas almas pronto llegaría al cielo o a donde sea que sus señores les ordenaron creer. Un Valhala, un Cielo, un Jardin de los Elíseos o tal vez incluso un Naraka. Caminó por cada una de las tumbas… la primera busco en sus bolsillos. Encontró una moneda. La dejo sobre la piedra… camino a la siguiente. Encontró un trozo de papel de una carta que escribió a su padre hace tiempo… la siguiente. Un arete perdido de Merlot, un trozo de metal doblado, un retazo de tela. Un pétalo… y cada uno de los cuarenta y nueve guerreros sacrificados encontró un regalo sin valor entregado por Maki. Los últimos recibieron una gota de su sangre, una lagrima y un poco de cabello rosa de su hermana y otro de su propio cabello, uno de sus últimos remanentes. Cada cosa sacada de entre sus pertenencias. Cosas insignificantes, pero como una ofrenda ella las entrego a cada uno adquiriendo un significado poderoso. Cada uno tenia habilidades diferentes. Y seguro tenía fortalezas y defectos y cada uno de ellos era u universo por conocer. Único, irrepetible como cada uno de los regalos de la mujer que se intereso en darles una sepultura digna.
 
No eran soldados. No era hombres, no eran herramientas ni carne de cañón. Eran personas… tan llenas de vida como cualquiera de los presentes que comenzaron a alzar un rezo al aire. Maki no creía en ningún dios. Pero si en seres mas fuertes que ella y que cualquiera. Cuando pequeña escucho de su madre una canción. Una que le inspiro mucha esperanza. La canción de los valar. Señores de mas allá del mar, donde las estrellas se precipitaban a la tierra para conceder deseos a sus fieles seguidores. Pero. En dioses propiamente tal. no creía.
 
Finalmente, cuando los monjes y los devotos hubieron terminado de adornar las tumbas con flores encadenadas en grandes coronas, pero… maldición. Ninguna de las palabras que se pronunciaron fueron sinceras. No hubo lágrimas, no hubo lamentos. Solo una ceremonia. Eso. Eso si que le partió el alma pues para ellos no era un rito a la muerte. Sino una tarea más. como zurcir las camisas rotas. Lavar la ropa o cocinar para el día siguiente. Nada significativo. Pero… estaba entre ellos. No los conocía. Pero no merecían esto. Merecían más. sin embargo. Ella no podía dárselos. Solo esperaba que en algún momento sus seres queridos o aquellos que realmente los conocían estuvieran ahí para ellos, para despedirlos, para darles el descanso y recordarles que sus vidas, aunque encontraron un final nefasto. Fueron significativas para otros. Para aquellos que dejaron atrás y que en el papel abandonaron para aventurarse en el mar y su inmensa cantidad de peligros por enfrentar.

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RE: Los 49 [Autonarrada][P.R.] [T5] - Sentomaru - 25-08-2026

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