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Te veo | PR | Entrenamiento - Enji - 19-08-2026

Día 3 de primavera, año 18.
En la legendaria Ciudad Dorada de Shandora, Saint Vangelis Enji busca donde llenarse el estómago.

La mañana se presentó tranquila en un principio. El clima de Skypiea era lo más estable que había experimentado jamás, siempre soleado, siempre luminoso pues, sobre las nubes, ya no quedaba nada que pudiera obstaculizar los rayos del sol. La primavera, en su apogeo, contribuía a la apariencia sagrada y angelical de la tierra de los cielos, plagando sus bosques de flores y su aire de un aroma fresco, dulce y ligeramente cítrico. Una fragancia sutil que acompañaba el transcurso del día. Permeaba las costas y los bosques, así como la imponente ciudad de Shandora, donde todo era júbilo tras los sucesos del afamado evento. Los Juegos del Cielo habían terminado. Skypiea, sin embargo, todavía tenía mucho que ofrecerle a la miriada de extranjeros que ascendieron desde el Mar Azul como invitados. Marines, piratas y bancarios, por curioso que sonara, habían invadido el territorio de Zarutsuki y disponían de un poco más de tiempo, pasado el evento, para explorar y sacarle rédito a la visita. Exprimir hasta la última gota de lo que Skypiea tenía para ofrecer se convirtió en una misión tácita, una empresa clave y fundamental que todos y cada uno asumió con gusto y emoción. Después de todo, no sabían cuándo volverían a tener la posibilidad de visitar ese lugar de ensueño.

La Ciudad Dorada, Shandora, ofrecía unas vistas imposibles. El gigantesco castillo de la familia real, forrado en oro, desafiaba al cielo en su pico más alto, desde donde asomaba el trono del regente. Las enormes puertas de madera que ocupaban la base prometían cobijo incluso al más alto de los gigantes. La luz del sol se reflejaba en el oro, resplandecía y bañaba las inmediaciones del castillo, incluídos los primeros tramos de la selva, con la misma esencia del astro rey. Todo se veía dorado bajo la sombra de Shandora. Todo cubierto de una fina película de oro. Todo parecía no sólo valioso, sino invaluable, como cada segundo que pudieran pisar las nubes y acariciar el cielo.

Enji, capitán de la marina y líder de la octogésima división, abandonó el Ford’s Transit por la mañana tras haber pasado una noche resguardandolo en las lejanas costas de nube. Vestía el uniforme protocolar de su cargo, camisa y pañuelo incluidos, además de las botas personalizadas que Juan había diseñado para él. El cabello blanco atado en una coleta alta dejaba a la vista unas raíces negras, su color natural, y a su derecha, andando con la confianza y autoridad que sólo un gato puede presumir, estaba Ford “Fiesta”, el gato oficial, mascota y más joven compañero de su división. Era el ser vivo que más tiempo lo había aguantado, en parte porque no tenía otra opción dado que él era algo así como su padre. Después de todo, lo había adoptado cuando apenas tenía unas semanas de vida y desde entonces lo llevaba a todos lados con él. Muchas veces debía dejarlo atrás, escondido en el barco o en la habitación, pero siempre regresaba para buscarlo antes de seguir adelante. Eso también era cuidarlo.

—¡Shihahahaha! Cuidado y no te alejes mucho, enano. Aquí todos son “pollos” y ya sabemos la mala reputación que tienes con los pollos. —Recordó una lejana época en la Isla del Karate, en el South Blue, cuando Ford era un tercio de su tamaño actual y desafió a un ave gigante. Una que incluso él, en ese momento, hubiera tenido problemas para someter—. Hijo de puta… ¿la verdad? Tengo que reconocer los huevazos que le echaste ese día, eh. Te sobraban pelotas o te faltaban un par de patitos.

Ford, que avanzaba a su izquierda, se limitó a maullar y levantar el mentón en un gesto altanero, prepotente, sin voltear a verle tras adelantarse unos metros. Así era siempre con el minino. No podías darle un poco de cuerda o automáticamente se le inflaba el ego hasta las nubes. Irónicamente, ahora las nubes estaban por debajo suyo, cosa que, estaba seguro, sólo alimentaba su narcisismo. Entre todos los habitantes de Skypiea, probablemente Ford fuera el que más cercano se sentía a ser un dios real.

La salida tempranera del dúo estaba estrictamente relacionada al desayuno. Después de haber dependido durante meses de la caza, la improvisación y el ingenio de Juan Sebastian como cocinero, sentaba bien poder elegir una mesa, sentarse y simplemente pedir algo de comida. Lo que fuera. Desde huevos revueltos hasta una chuleta, los ahorros del sueldo que no gastó en Kyodaina bastaban para poder darse con ese gusto.

—Buah, estoy muerto. El maestro es muy exigente.

Enji paró la oreja cuando, en la mesa contigua, un pequeño grupo de skypieans que se veían bastante magullados empezaron a hablar y en su conversación escuchó la palabra “maestro”. Estaba a punto de pedir, incluso había levantado la mano para llamar al mozo, pero la bajó disimuladamente mientras lo que se alzaba era su ceja.

—No tiene sentido. Es decir, yo entiendo, el haki es algo que está en nuestra cultura… pero, ¡vamos! ¿Ver las auras? ¿Cómo voy a ver auras? Tengo miopía y astigmatismo, apenas y veo dos metros por donde camino —exclamó el más bajito de los locales, que contaban entre todos con tres mujeres y dos hombres, todos ellos con las características alas y las antenas en la cabeza—. Es mucho. No lo sé. Yo paso. Creo que voy a dejar de ir al dojo, me centraré en estudiar los diales.

—¿Eh? ¿Te vas a rendir? —replicó una de las chicas.

Enji no pudo dejar de notar que todos tenían una edad similar a la suya, rondaban los “veintitantos”, y vestían el mismo tipo de uniforme. Uno que, aunque distinto, tenía reminiscencias a las ropas que usaban los alumnos de la Isla del Karate. Uniformes marciales.

—El Kenbunshoku es difícil de dominar, como el Busoshoku. Piensa que sólo existen unos pocos maestros en el mundo… ¿Y vas a rendirte? ¡Somos afortunados de poder aprender!

La mujer insistía, terca, mirando de cerca a su compañero. Enji no tenía ni la más pajolera idea de lo que estaban hablando.

—¡Afortunados los talentosos que pueden aprenderlo! —replicó el más bajito. Llevaba unas gruesas gafas de culo de botella y de su nariz colgaba un moco permanentemente—. Yo no…

—Deja de sentir lástima de ti mismo, Murú. ¡Nunca te vi entrenar fuera del dojo! —recriminó la mujer. Varios del grupo se taparon la boca o miraron a otro lado, escandalizados por su acusación tan directa—. ¿Y así quieres aprender? Mira, si lo tuyo son los diales, genial, céntrate en ellos. ¡Pero no digas que algo no es para ti cuando ni siquiera lo estás intentando!

Enji apretó los labios con una fina sonrisa. Que interesante. Sin quererlo ni beberlo, se había visto inmiscuido en el chismecito más jugoso de toda la isla del cielo. ¿Qué clase de novela estaba ocurriendo frente a sus ojos? ¿Y cuando empezaban con los besos o los golpes?

Después de unos segundos con la cabeza gacha, el muchacho habló:

—Pero lo he intentado…

—¡Intentalo más fuerte! ¿Te parece que no valdrá la pena? No conozco a una sola persona, ¡ni una! Que se haya arrepentido de aprender.

—Pero…

—¡Basta de peros!

Silencio. Largos, eternos segundos de silencio. Eternidades sucedieron en dos suspiros.

—Tienes razón… —dijo, finalmente. Las palabras calaron hondo en el más desanimado del grupo, que levantó la mirada de la mesa por primera vez y vislumbró algo de esperanza al final del túnel. Incluso con su pobre vista, un brillo apareció en sus oscuras pupilas—. Tienes razón, no puedo rendirme ahora. Ya le dediqué meses… ¡sería una pérdida de tiempo!

—¡Eso es, Murú! —El grupo entero pareció animarse, distendiendo la atmosfera tensa que hasta ese momento los había rodeado—. ¿No quieres venir con nosotros a practicar esta tarde? ¡Iremos al bosque!

—Ah, no sé, justo hoy estaba pensando en desarmar un dial de agua y…

—¡Disculpen!

Enji, finalmente, se introdujo forzosamente en escena. Entró a la conversación de un grito mientras giraba su silla hasta quedar de frente al grupo, la sonrisa ancha en sus labios y la chaqueta blanca en sus hombros, impoluta, anunciando su rango como un gigantesco cartel sobre su cabeza que rezaba “Marine” en letras fluorescentes.

—No pude evitar escuchar. ¿Saben? Hablan bastante alto… ¡Prácticamente a los gritos! ¡Shihahahaha! —Los alumnos observaron a Enji, extrañados e incómodos por su estruendosa risa—. Cómo verán, no soy de aquí y no me quedaré mucho tiempo tampoco, así que me gustaría aprovechar y exprimir cada gota de novedad que Skypiea tiene para ofrecer… díganme, compañeros —Se relamió—. ¿Cuál es ese “maestro” del que están hablando y dónde puedo encontrarlo?



—Mierda, no pensé que estarían tan dispuestos a hablar…

Dos horas habían pasado desde su fortuito encuentro con los aprendices y recién había podido abandonarlos. Después de entrometerse en su conversación y hacer algunas preguntas, Enji escuchó, con lujo de detalles, relatos de la vida de cada uno de los integrantes. Se enteró de todo el chisme, desde los padres separados de mengano, el hermano de fulano que le estaba siendo infiel a dédalo y así, muchísimas historias de índole local. Acabó con las piernas cruzadas, acariciando a Ford, que descansaba en su regazo, con una mano, mientras la otra sostenía una humeante taza de café. Prestó atención a cada pequeña anécdota, cada escándalo, cada nueva tendencia en el cuidado de alas hasta que, finalmente y luego de mucho rato, recordó el motivo real de su pregunta: el dojo, el maestro y esa técnica de la que habían estado hablando antes.

“ Ah, sí, el dojo está…”

Y eso fue todo. Dos horas de conversación para que la respuesta a su pregunta fueran menos de una docena de palabras. Claro que no se arrepentía de haber escuchado todo lo que escuchó: tendría harto tema de conversación con sus compañeros cuando regresara al Transit. Pero eso sería para más tarde, si es que se acordaba. Ahora tenía otra cosa muy importante que hacer: ir a espiar ese dojo a ver qué era lo que enseñaban.

—¿Qué dices, Ford? ¿Será como los dojos de Karate? Que nostalgia —comentó, casual, llevándose las manos detrás de la nuca mientras el gato mascota y compañero de su división descansaba colgando de uno de sus hombros como una bolsa de papas. Estaba más gordo cada día—. Oye, ¿y tú para cuando vas a demostrar alguna capacidad especial? —El gato maulló—, No sé, aprender a dar una patada o algo. Eres oriundo de “La isla del karate”, ¿cómo no sabes hacer una llave al menos? Es como si yo fuera de la “Isla de los caramelos” y tuviera diabetes. —Ford volvió a maullar—. ¿Qué es la diabetes? No tengo ni zorra, pero recuerdo que leí algo en uno de los libros de Sigrid. Tiene algo que ver con el azúcar y es una enfermedad, así que…

La conversación prosiguió por ese mismo hilo bizarro. Saltaron de un tema a otro, pasando por la salud, la política, la gastronomía y la importancia de airear la zona genital en verano. Enji hablaba y hablaba, y el gato respondía con maullidos. Aunque muchos pudieran argumentar que el gato maullaba a modo de queja cada vez que el marine pisaba una piedra o se movía demasiado, perturbando su descanso, Enji sabía que Ford le entendía y estaba sumamente metido en la conversación. No era un experto en animales, pero tenía un pálpito al respecto. Una corazonada. ¿Y quién iba a decirle lo que tenía o no que sentir o interpretar de los maullidos de su gato? Nadie, por supuesto.

En un lugar apartado, independiente de la ciudad, se encontraba el dojo del que habló el grupo de alumnos. Sencillo, sobrio pero bien ubicado, además de bien conservado por quienes lo utilizaban. La mano dura de su maestro se notaba en la madera pulida, las paredes limpias, sin una sola mancha o marca de humedad, y el jardín pulcro, sin un yerbajo. Enji se paró al frente. Estaba vestido, sorprendentemente. Las manos en los bolsillos, el mentón alzado, los ojos apretados y sospechosos. ¿Allí se enseñaba esa técnica milenaria? Recordaba la forma en que el grupo de aprendices hablaba de ella y de su maestro, siempre con reverencia, como quien habla de dioses y poderes celestiales. Tenía sus dudas al respecto; después de todo, el mundo de los cielos parecía ser bastante diferente al de la tierra en algunas cosas. Para empezar, ellos no tenían mares de agua.

Afuera no se topó con nadie y eso que buscó a posta los colores del uniforme que le vio al grupito de antes. Decidido, entonces, se encaró al dojo y subió las escalinatas hasta la puerta principal. Se paró ante la entrada, amagó a golpear pero se detuvo al escuchar sonidos que provenían del interior. Voces. Enji reculó y empezó a caminar hacia los costados del terreno, rodeando la casa. ¿No había una ventana? ¿Una rendija desde donde escuchar o mirar adentro?

«Ahí»

Una ventana. Se asomó cuidadosamente por ella, el hombro apoyado en el filo de la pared mientras sus ojos buscaban la luz que se filtraba desde dentro. Vio uniformes, los mismos que ostentaba el pequeño grupo de la cafetería. Una docena de ellos. Cuerpos variados, unos más gordos y otros más flacos, alineados y firmes. Sintió nostalgia de verlos, nostalgia de la época en la que trabajaba en el cuartel de Baterilla y su única responsabilidad era cumplir con las rondas de rutina, entrenar, comer y dormir. Los buenos tiempos, antes de que un periódico lo anunciara noble y un uniformado lo proclamara capitán. El principio siempre es más sencillo.

—Atentos.

Escuchó una voz, la última, pues después de ella sólo hubo silencio. El murmullo que se movía en el aire desapareció en un suspiro contenido, apretado, y vio como todos los presentes en la sala se tensaban en el lugar. A la sala acababa de ingresar un hombre alto y de porte elegante. Tenía hombros anchos, perchas de una chaqueta en ese momento. Los rasgos lunarian se distinguían en su cabello blanco y su tez morena, casi negra. Según podía recordar del discursito Kurakku Natta, él debía ser uno de esos “Mord”, la clase alta en Skypiea. También, por la forma en que todas las miradas lo buscaron en cuanto ingresó a la habitación, intuyó que se trataba del maestro que enseñaba en ese dojo o, como poco, en una personalidad importante dentro de esas cuatro paredes.

Con cuidado, Enji se asomó más y puso la oreja contra el tragaluz.

—El Kenbunshoku, como muchos de ustedes saben, es solamente uno de los dos tipos de haki que existen. —El lunarian se movía entre las filas de alumnos, los brazos cruzados a la espalda y una mirada afilada puesta al frente, sin fijarse nunca en ninguno de ellos. Tenía la mano derecha extendida a un costado con dos dedos señalando arriba—. Kenbunshoku y Busoshoku. —Hizo una breve pausa y después, agregó—: Observación y armamento. Todos los seres vivos nacen con los dos tipos de haki latentes, pero muy pocos logran despertarlos y muchos menos logran aprovecharlos. Los maestros del haki que existen en el mundo son escasos, y aquí, con ustedes, estoy yo. Siéntanse afortunados. Hoy empezaremos con el Kenbunshoku Haki. ¿Entendido? —Toda la sala exclamó un “Sí, señor” al unísono, lo que hizo vibrar las paredes de madera—. Bien. Asistentes, hagan el favor.

Con un gesto de la mano, el lunarian llamó a una serie de hombres y mujeres que hasta entonces habían esperado como estatuas su orden. Cada uno sacó de dentro de sus propios uniformes, destacados con una faja ceremonial dorada, un trozo de tela y empezaron a atarla sobre los ojos de los estudiantes. Uno a uno los fueron cegando a todos.

—El Kenbunshoku —retomó el lunarian—, nos permite sentir el aura de otros seres vivos. Su alma.

Enji apretó los labios y cerró los ojos en un esfuerzo titánico para evitar reírse.

«¿Alma? —pensó—, ¿de verdad están entrenando para ver el alma? Esta ya me la sé. A cuántos habré visto caer en la ruina por querer comprar un poquito de “polvo de alma” para encontrar a su “alma gemela”. A mi no me la cuelas, pajarraco»

Escéptico, sí. También curioso. Y fue la curiosidad la que le impidió apartar la mirada e irse.

—Es un sexto sentido, y uno que va mucho más allá que los otros cinco. ¿Lo pueden imaginar? —De la manga de su uniforme sacó una pequeña vara de sauce y con un movimiento grácil golpeó la mano de uno de sus estudiantes, arrancándole un bajo alarido de dolor—. Claro que no. El Kenbunshoku es algo muy distinto a la vista, al olfato, al gusto, al oído y al tacto. Es único, y nos desafía a explorar más allá de lo evidente. A salir de la caja donde hemos crecido para poder mirar el exterior y encontrar eso que nos falta. ¿Cómo lo harían ustedes? ¿Cómo abrir un ojo que no saben que tienen? —preguntó, más no hubo nadie que se atreviera a contestar—. Lo plantearé de otra forma: Hay cinco ríos que nacen de una misma catarata. Sabes que existe un sexto camino por el que debería fluir el agua. ¿Cómo lo alimentas? —Otra vez, silencio. Incluso Enji se quedó pensando unos segundos hasta que el lunarian contestó—: Cerrando todos los demás.

La pequeña rama se movió de forma ágil y veloz, cortando el viento con un silbido cada vez que Kaelith azotaba una zona blanda. Cada golpe era certero, generaba una reacción pero no hería, no pretendía lastimar, sino generar estímulo.

—Ahora que no ven, sus otros sentidos empiezan a agudizarse. Cuando dejen de escuchar, empezarán a percibir nuevos olores. Cuando no puedan oler, la caricia del viento se sentirá en su piel como el trazo de un pincel seco. Cuando se aislan de todos los sentidos, deben buscarlo. Buscar el sentido que les falta. —Kaelith se paró al frente de todo el grupo y los examinó uno a uno, reparando especialmente en quienes no podían contener el impulso de sobarse los lugares donde su rama había golpeado—. Aquí meditarán en el más absoluto silencio. Recorrerán el patio, ciegos, y mis asistentes moverán las rocas cada vez para que no puedan memorizar ningún recorrido. Chocarán mil veces entre ustedes antes de tener la más mínima noción de lo que se siente percibir la raíz de otro ser vivo, su núcleo, y entonces podrán saber incluso cuando el más sigiloso espía los esté vigilando… o el menos discreto de los marines.

Enji parpadeó. Se había perdido, tan concentrado en las palabras del maestro que no se percató de cómo, poco a poco, su cabeza se había acercado al tragaluz hasta pasar a través de él y asomarse dentro de la habitación. Levantó la mirada y frente a sus ojos estaba Kaelith, erguido en sus cuatro metros de alto y con una mirada severa puesta sobre su cabeza.

—¿Estás perdido, marine? ¿O es una costumbre del mar azul meter la cabeza por las ventanas que encuentren abiertas?

El lunarian lo abordó con una voz serena. Destilaba confianza, serenidad y una elegancia particular.

Enji apretó los labios en una sonrisa extraña y retorcida, levantó la mano derecha enseñando el índice para pedirle un momento y empezó a arrastrarse por el pequeño espacio del tragaluz usando los hombros y el pecho. Emergió desde fuera hacia adentro como un gusano atravesando la última capa de una manzana, cayó al suelo y, tras rodas en él hasta quedar boca arriba, se puso en pie de un salto y empezó a palpar su uniforme para sacarle algo de tierra.

—En algunos lugares puede ser tomado como una costumbre, pajarraco —contestó—. Una bastante mal vista y por la que te pueden denunciar, pero una costumbre al final del día. Encontrarás muchos amantes de esta práctica en los baños y las aguas termales del South Blue. Incluso yo conocí a uno, en una ocasión donde…

—¿Qué haces aquí? —Kaelith cortó su pequeño monólogo en seco y con una precisión quirúrgica, lo que cerró el telón de su anécdota—. Si no vienes a aprender, vete. No quiero distracciones.

Enji aguzó la mirada y se paró firme, desafiante, frente al maestro.

—¿Y si vengo a aprender? —replicó—. Estuve escuchando todo el discursito. Lo tienes bien ensayado. Parece que te creyeron, todos ellos lo hicieron, pero, vamos, ¿ver el alma? ¿Qué clase de tontería es esa? ¿No se te ocurrió algo mejor para inventar?

—Vete, habitante del mar azul —ordenó el lunarian—. No tengo tiempo, energía y, sobre todo, no quiero malgastar una sola bocanada de aire enseñándole a un perro que se puede caminar en dos patas. Regresa con los tuyos… antes de que yo mismo te escolte.

—No me digas que te ofendiste porque…

—Vete —insistió Kaelith, serio—. No eres digno de la enseñanza que ofrezco.

—Tch. —Enji chasqueó la lengua, nego con la cabeza y se giró—. Vete a la mierda. Sólo estás estafando a esta gente. ¿Cuánto le pagan? ¿Alguno de ustedes puede “ver” nada nuevo desde que empezaron? —Se encaminó a la puerta mientras hablaba en voz alta, en un tono con el que aseguraba ser escuchado por el resto de estudiantes. Tenía las manos en los bolsillos y el gesto fruncido en una mueca de indignación.
»¡Volveré!

Y cerró la puerta a su salida.



Existía un gran problema a la hora de encarar el entrenamiento y despertar de una habilidad capaz de hacerte percibir el alma de los demás. Un problema intrínseco, atado a la misma raíz de la cuestión: para ver un alma, para ser capaz de sentir el alma de otros seres vivos, primero tenías que admitir y aceptar que las almas existen. Eso abría una puerta peligrosa, y trazaba una gruesa línea entre lo que fue y lo que será a partir de ese momento. El mundo estaba lleno de escépticos de todo tipo, desde los más racionales, que todo lo explicaban con números, cuadros y funciones, a los más irracionales, que se llenaban la boca de opiniones sustentadas en la subjetividad de su crianza y costumbres. Enji se encontraba cómodamente parado en el medio. Admitía la existencia de montones de cosas y le daba cabida a otro montón más, siempre basándose en su experiencia personal y lo que le enseñaba el mundo día a día. Su opinión crecía y cambiaba. Por ejemplo, cuando comió esa extraña fruta en la Isla del Karate y descubrió que ahora podía emitir y controlar una extraña sustancia venenosa, su opinión sobre las frutas del diablo cambió y aceptó su existencia de inmediato, así como lo extraño de las leyendas que las rodeaban. Todo lo bizarro de esos relatos empezó a tener más sentido en su cabeza. Y es que, siendo sincero, después de ver como brotaba veneno de la punta de sus dedos ya pocas cosas le parecían imposibles. El alma, sin embargo, tenía connotaciones ligeramente más místicas que todo lo previamente mencionado. Muchos animales producían veneno. Ahora, ¿de dónde sacaba pruebas de que el alma existía? ¿Quién iba a poder demostrarlo de manera irrefutable? ¿Cómo iba a hacerlo? Él creía en lo que veía, en lo que podía tocar, oler, o mínimamente sentir, como el mismo aire que lo rodeaba y abrazaba todo. ¿Cómo sentir el alma de otra persona?

Era imposible.

A la mañana siguiente, después de regresar al barco, entrenar junto a sus compañeros y comprobar, a lo largo de la noche, como no podía sentir la presencia de ninguno sin verlos, escucharlos u olerlos primero, Enji salió nuevamente a recorrer la isla. Las palabras del lunarian no habían abandonado su cabeza en toda la noche.

—No tiene sentido gastarse en algo así.

Caminaba con las manos detrás de la cabeza, los dedos entrelazados sobre las hebras de cabello blanco y áspero. Algunas miradas lo seguían, miradas cargadas de sorpresa y curiosidad, incluso admiración, aunque eran las de menos. En el cielo no existían los marines, así que, pensó, ver a un hombre uniformado tenía que llamar poderosamente la atención de los locales. Especialmente cuando el uniforme de ese hombre constaba únicamente de una chaqueta blanca y unos boxers azules.

—Sentir el alma, cómo no…

Estaba dudando. Tantísimas cosas increíbles sucedían todos los días. Había sido testigo de los más extraños poderes. Vio personas transformándose en animales, personas deshaciéndose en barro o en luz, personas deformando su cuerpo para volverse más fuertes o rápidos. De todo. ¿Era tan descabellado pensar que el alma en verdad existía?

Chasqueó la lengua y desvió su camino lejos de la cafetería del día anterior. ¿Qué estaba buscando? ¿Regresar al dojo? ¿Ir donde el maestro y ponerse de rodillas para suplicarle enseñanza? La sola idea le daba tirria, lo hacía enojar. No necesitaba su ayuda. Lo había escuchado, había escuchado lo que esos estúpidos alumnos harían y practicarían para despertar el Kenbunshoku. ¿Qué diferencia había entre hacerlo en el dojo y hacerlo en otro lado? Sólo tenía que cerrar los ojos, caminar y… tratar de sentir algo. Lo que sea.

Con esa idea en mente, Enji se internó en el mismo bosque que les dio la bienvenida el primer día, cuando la Knock Up Stream los escupió a varios cientos de metros de la costa y tuvieron que navegar en nubes hasta la playa de las extrañas caracolas. Ignoró los avisos de peligro, los carteles que señalaban el bosque como hogar de montones de plantas e insectos venenosos, así como voraces cazadores, y se internó en él dejando atrás la impresión de la palabra “Justicia” que rezaba la espalda de su chaqueta.

Llegó a un claro, un pequeño lugar apartado de cualquier intromisión y donde el bosque, espeso como ningún otro, dejaba penetrar unas pocas vetas de luz que pegaban en la base de un gran árbol. Un árbol viejo, cuyas ramas más bajas superaban el grosor de los troncos jóvenes que crecían a su alrededor, siempre a una distancia que parecía mostrar respeto al anciano. Allí, Enji se quitó de encima de los hombros su chaqueta, la dobló y luego dejó sobre las raíces del árbol centenario, quedándose únicamente en sus siempre confiables boxers. Era la forma más cómoda que tenía para entrenar, siempre que lo hacía solo o junto a sus compañeros, pues le permitía dejar de sufrir por un rato de los sofocos. Tener el sol marcado en la piel traía esos problemas. Siempre sentía calor.

Después de estirar un poco los músculos, darse un pequeño paseo alrededor del árbol para calentar las piernas y atarse el pelo con un hilo negro, Enji tomó asiento en la tierra. Eligió un lugar particular, un espacio entre dos raíces que emergían de la tierra y parecían rodear y acunar un pequeño tramo del suelo. Un lugar idílico, al menos a sus ojos, para sentar el culo, cruzar las piernas en posición india y meditar.

Meditar…

—¿Cómo mierda se medita? —preguntó a la nada misma, pues se hallaba solo. La única persona a varios kilómetros a la redonda.

Se giró en el lugar y encaró al viejo árbol, sus antebrazos descansando sobre sus rodillas mientras mantenía el torso ligeramente encorvado hacia adelante. Se fijó en la corteza, antigua y raída, casi reseca, pero que seguía reflejando firmeza. Presumía un millar de cicatrices del tiempo, marcas de antiguas tormentas de épocas donde esa tierra no estaba tan lejos del resto, y un surco de lágrimas de lluvia que se abría paso en su dureza. Era como ver la entereza de un padre esculpida en madera y el abrigo de una madre reflejado en su sombra, amplia, cálida y abrigadora. Debajo de ella se sintió bendecido por un segundo. Después de tantos años, creyó sentir esos brazos, pálidos y delgados, pero más fuertes que cualquier dolor, abrazarlo. Envolverlo.

Rara vez se permitía recordar esa sensación. La época previa al renacimiento. Cuando era otro hombre. Cuando era hijo y hermano.

Relajó las manos y los hombros, sus ojos se cerraron. ¿Cómo meditar? No tenía idea, ni la más pálida de ellas. ¿Existían las almas? No tenía idea, ni la más pálida de ellas. Todo lo que podía hacer era concentrarse en eso que sentía que debía concentrarse, dejarse llevar por el tirón, fluir. ¿Y qué significaba fluir? Significaba soltar, levar anclas de la realidad a la que se había arraigado y permitirse pensar, por un momento, que las cosas eran diferentes. Que podían ser diferentes. Y eso era difícil. Demasiado difícil. Estaba parado frente a un abismo negro, desconocido, macabro, y tenía que dar un paso adelante. Tenía que sumergirse en la más profunda y absoluta oscuridad. Despojarse de todo para poder encontrar algo más.

¿Quién era Enji con un alma? Mejor dicho: ¿cómo era el alma de Enji? ¿Un lago dorado, puro y solemne? ¿Una cloaca llena de brea? ¿Quería saberlo? No, la verdad es que no. Lo que más le aterraba era saber qué forma tendría esa parte de él, esa que nadie, hasta entonces, podía ver. ¿Habría un monstruo creciendo en su pecho? ¿O la silueta de un bebé en posición fetal? Las dos, quizá. Quizá el monstruo acunaba al bebé y lo dejaba llorar, protegido entre sus garras. Quizá eran nanas para dormir lo que se colaba entre sus colmillos. Quizá sus fauces no pretendían devorarlo y su aguijón crecía en dirección opuesta. Quizá las espinas de sus dedos se habían caído hace mucho. La ciénaga que los rodeaba ardía. ¿Todo lo que el monstruo conocía era la masacre?

Se sumergió.

La oscuridad era profunda, absoluta, francamente insondable. Lo rodeó y lo abrazó de una manera que jamás creyó posible y, por un segundo, sintió pánico. Una sensación horrible. A la deriva, perdido, como un bote de remos dejado a merced del mar y sus violentas corrientes. ¿Eso era lo correcto? ¿Así tenía que sentirse? Desolado, flotó. Su cuerpo flojo, los ojos cerrados, los oídos y la naríz tapados. Todo rápidamente fue desapareciendo. Las líneas de lo que recordaba que estaba allí, rodeándolo, como dibujos vacíos de color, se borraron. Estaba solo. Absoluta y totalmente solo, como nunca antes lo había estado. Flotaba… ¿flotaba? ¿Flotar en qué? Ya ni siquiera sentía el agua que en la que creía nadar, ya no escuchaba su movimiento, ya no olía el salitre ni saboreaba el temor como antes. Flotaba, pero no era en agua. Flotaba en la anda. Flotaba y volaba. Navegaba en la oscuridad. ¿Cuánto más? ¿Dónde estaban el monstruo y el bebé?

Luz.

Enji cayó fuera del abismo y se incorporó de golpe. Estaba otra vez en ese bosque. Vio el árbol frente a sus ojos, sintió su madera en la palma de la mano —que había extendido hasta alcanzarlo—, y supo reconocer su textura. Era real. Estaba ahí, ya no formaba parte de la oscuridad.

Su pecho crecía, subía y luego bajaba, acompañando lo acelerado de su respiración. Se miró a sí mismo y se descubrió sudando profusamente. Gruesas gotas de transpiración bajaban desde sus sienes, marcaban el contorno de su mandíbula y luego caían al suelo tras desprenderse de su mentón. La tierra se hacía a un lado con el impacto. Levantó la mirada, buscó el sol, pero todo lo que sintió fue el frío y reconfortante abrigó de la brisa nocturna posarse sobre sus hombros. El día se había ido, no sabía cómo, no sabía cuándo, y la noche llevaba largo rato instalada en la Isla del Cielo. El tiempo realmente podía irse volando cuando todos tus sentidos estaban apagados y ya no sentías ni el movimiento de tu propio pecho al respirar.

—Hijo de… puta —masculló. Se agarró el pecho y sintió su corazón del otro lado, latente, desbocado. La sorpresa había sido demasiado intensa. Esa sensación única, particular, diferente y tan nueva—. Esa luz…

Lo sintió.

Por una fracción de segundo, sintió algo distinto. Intentaba explicárselo a sí mismo y no encontraba las palabras para hacerlo. No había palabras que pudieran describirlo, como no se puede describir el dolor, la felicidad ni el miedo. Todo lo que podía hacer era sentirlo, recordar esa sensación y tratar de encontrar algo que se le pareciera, más nunca encontraría una coincidencia exacta. La más absoluta novedad, similar a como imaginaba que se sentiría llegar al mundo y ver, escuchar, oler, tocar y saborear la vida por primera vez.

Recordó las palabras de Kaelith.

“ Ahora que no ven, sus otros sentidos empiezan a agudizarse. Cuando dejen de escuchar, empezarán a percibir nuevos olores. Cuando no puedan oler, la caricia del viento se sentirá en su piel como el trazo de un pincel seco. Cuando se aislan de todos sus sentidos,deben buscarlo. Buscar el sentido que les falta. “

El sentido que les falta.

—Hijo de mil putas… —susurró, cansado. Poco después sonrió y, atravesando el silencio de la noche en el apartado bosque, su risa empezó a escucharse—. ¡Shihahahaha! ¡Hijo de mil putas! Sí que hay algo más, ¿verdad? ¡Sí que pude sentirlo!

Saltó de su lugar y se paró, la sonrisa plena en sus labios contraídos y secos. Una sonrisa maniática, loca, pero que reflejaba resolución al igual que su mirada. Recogió la chaqueta, se la colocó sobre los hombros con un grácil movimiento y, tras darle una palmada de despedida al gran árbol anciano, Enji recorrió el camino de regreso a la civilización, a la ciudad y a su barco. Tenía mucho que pensar esa noche, cuando no pudiera dormir por culpa de la emoción de saber lo que haría al día siguiente.

Pues al día siguiente cumpliría su promesa y regresaría.



Al día siguiente, temprano por la mañana, Enji abandonó el Ford’s Transit y se dirigió al dojo de Kaelith, el maestro lunarian. El sol se asomaba tímidamente detrás de la línea del horizonte cuando el marine atravesó las calles de la legendaria ciudad de Shandora a paso raudo, pero tranquilo. Los primeros rayos de luz rebotaban en los muros dorados y se esparcían rápidamente por todo el lugar, a través de cada rincón, esquina y callejón, llenándolo todo con su brillo. La ciudad completa refulgía. Se imaginó que, vista desde el cielo ( el cielo más alto ), Shandora debía parecer un pequeño faro. Un foco de luz intensa.

Enji sacó de su bolsillo la cajetilla de cigarros, la abrió y se agenció uno de los armados de tabaco. Le dio calor con el mechero y su brasa le devolvió, como recompensa, una bocanada de humo. Tibio, denso y delicioso humo que bajó por su garganta y le llenó los pulmones. Cada pitada era una inyección de anestesia, una dosis precisa que amortiguaba las ansiedades, frustraciones y estreses que la vida misma le ponía delante. Odiaba admitirlo, pero era plenamente dependiente de esa cosa para poder existir como un ser humano funcional. Especialmente teniendo en cuenta que, lo mirases por donde lo mirases, Enji no era para nada un ser humano normal. Transpiraba veneno, sufría de sofocos que le implantaron una tendencia al nudismo, era, de alguna forma que desconocía, descendiente de nobles, y tenía de compañeros a un rubio playboy-diva, un okama serpiente que tocaba maracas y a un cangrejo que se transformaba en tortuga y se llamaba Juan Sebastian. Nada de su vida era normal. El cigarrillo ayudaba a seguir fluyendo con esa realidad.

Al cabo de unos minutos caminando, el dojo apareció en el horizonte. Grande, pulcro, silencioso; se acercó a la puerta y, está vez sí, dió dos golpes firmes en la madera. El eco de su llamado resonó y a los pocos segundos, al otro lado del pórtico, escuchó como se destrababan los cerrojos. Detrás de la madera apareció un estudiante, identificado por su uniforme y condecorado con un cinto que denotaba su rango superior entre los alumnos de Kaelith. Se trataba de un integrante del grupo que dos días atrás había ayudado a colocar las vendas sobre los ojos de los nuevos estudiantes. El muchacho en cuestión debía de rondar los treinta años, tenía ojos grandes y redondos, una nariz ancha, ligeramente caída, y labios particularmente finos.

—¿Sí? —Su voz parecía temblar entre las cuerdas vocales, aguda y nasal. Lo miró de arriba abajo, no juzgando su apariencia, pero sí evaluándola—. El maestro está dando una clase en este momento. Si desea unirse, tendrá que esperar un momento en el recibidor.

Enji alzó una ceja.

—¿Ah? ¿Aguardar a qué, gordo? —replicó—. ¿El Lunarian altote no me va a recibir?

—El maestro Kaelith —corrigió el alumno—, está en mitad de una lección. Interrumpirlo sería desafortunado. Mientras termina, ¿podría esperarlo en el recibidor? —Enji abrió la boca para volver a replicar, quejarse, pero el chico se le adelantó levantando el índice—. Desde allí podría escuchar la clase y practicar por su cuenta. Así no se aburrirá.

Cerró la boca y la palabra murió en la punta de su lengua. ¿Una lección gratis es lo que ofrecía el rechoncho skypiean? ¿O un sencillo engaño para mantenerlo tranquilo hasta que su maestro llegará? Sea cuál fuera el caso, funcionó. Enji asintió, entró en el dojo y caminó detrás del alumno. Lo siguió a través de los varios pasillos del edificio hasta llegar a un pequeño salón de no más de cinco metros cuadrados, una zona que hacía de puente y parada previa entre el pasillo y el salón, cuya puerta se encontraba delante suyo. A su derecha, una serie de almohadones decoraban el suelo e invitaban a los más desgastados a reposar sus posaderas, tentación a la que no se resistió. Se hizo con el asiento más pegado a la pared y, sin ningún tipo de reparo o vergüenza, pegó la oreja al muro y cerró los ojos en busca de escuchar un poco mejor lo que del otro lado ocurría.

—El Kenbunshoku —decía Kaelith. Su voz, firme; su tono, invariable—, es algo mucho más complejo que “ver”. Lo que van a sentir cuando lo despierten será una mezcla de los cincos sentidos que ya conocen y, al mismo tiempo, algo completamente nuevo y diferente. En la oscuridad donde aprenderán a sumergirse, verán luz, pero sin usar los ojos. Sentirán su “color” y podrán leer las emociones, así como las intenciones de los seres vivos. Por ejemplo… —Enji escuchó sus pasos al otro lado de la pared. Se estaba alejando de su pared y parecía caminar en círculos, seguramente en torno al grupo de alumnos—. En esta habitación cuento veinticinco luces. Todas son distintas, todas tienen un color particular y único, y todas fluctúan de distinta manera. Leo miedo en ellas, frustración, confusión… y curiosidad. Hm… —Una pausa ocurrió, una pausa extrañamente larga para la cadencia usual del maestro—. Veintiseis.

La puerta del salón de entrenamiento se abrió de un firme empujón y Kaelith salió al pasillo, siempre tranquilo, sumido en un andar elegante y parsimonioso con sus antebrazos superpuestos detrás de la espalda. Enji reaccionó tarde, se apartó de la pared y se irguió de un salto, poniendo los pies en el suelo cuando el Lunarian ya se encontraba prácticamente delante suyo. ¿En qué momento se había acercado de vuelta a su lado? ¿Cómo lo había hecho sin que él pudiera prácticamente reaccionar? Otra vez, se repetía lo sucedido en el evento de los Juegos del Soberano: Enji no podía seguir con la vista la velocidad de ciertas personas.

—¿Qué buscas aquí, marine?

Kaelith se paró delante suyo y Enji tuvo que tragarse su orgullo y mirar hacia arriba al enorme lunarian. La diferencia de tamaño entre razas era absurda. Se sentía un niño pequeño al lado del maestro del dojo.

—Estaba revisando la pared. Por lo que oí, puede ser que tengan un enorme problema de termitas —dijo. Se cruzó de brazos y suspiró, hizo tiempo, en lo que construía mejor su mentira—. De casualidad escuché lo que le decías a esos tipos —mencionó, como quien no quiere la cosa—. Deberías explicarles un poco mejor. Vamos, ¿ver sin ver? ¿Quién sabe reconocer cómo se siente eso?

El lunarian se agachó. Inclinó el cuerpo hacia adelante después de dar dos pasos hacia atrás, lo que igualó sus estaturas, y lo miró a los ojos. Celeste y rojo se encontraron. Dos miradas firmes que emanaban confianza, aunque, de forma bastante clara, una de ellas pesaba un poco más.

—Tú lo sabes, ¿no es así? —inquirió tras unos segundos en absoluto silencio. Se incorporó y Enji se vio obligado a torcer el cuello de nuevo—. Tu mirada no es la misma. Lo viste, ¿verdad?

—No hay nada que ver.

—¿Entonces qué hiciste?

—Me senté frente a un árbol hasta tener un delirio místico. ¿Eso se supone que es tu afamado Kenbunshoku?

Enji se cruzó de brazos.

—¿Frente a un árbol? —repitió, escéptico, Kaelith—. ¿Cuánto tiempo?

—No lo sé… ¿un día? —Enji se encogió de hombros—. Cuando volví a abrir los ojos, el sol se había puesto y estaba de noche en el bosque. En fin, eso no importa. —Levantó el índice de la mano derecha y señaló al lunarian—. Me vendiste gato por liebre. Dices que puedes “Ver el alma de todos los seres vivos”. ¿Sabes qué es lo que vi? Ni mierda. Sólo… —Buscó las palabras. ¿Qué había visto realmente?—. No lo sé. Algo raro. Pero no parecía para nada un alma.

—¿Tienes idea de cómo se ve un alma?

«Touché…»

—Bueno, no puede verse muy diferente a lo que me imagino.

—¿Y qué te imaginas? —replicó, otra vez, Kaelith, arrinconándolo metafóricamente—. No puedes imaginar algo que nunca has experimentado en tus cinco sentidos. Por ese motivo, la primera vez que alguien accede al Kenbunshoku Haki puede ser una experiencia intensa y… hasta traumática. Sin instrucción, eres un perro que no sabe cómo utilizar su nariz.

Enji había empezado a mover, disimuladamente, su mano derecha detrás de su espalda. Allí estuvo abriendo y cerrando la palma en una parodia a la forma de hablar del lunarian, un chiste del cual sólo él era consciente pero que de todas formas le hacía gracia.

—No es gracioso —dijo Kaelith, y Enji se detuvo en seco.

—¿Qué no es gracioso? —replicó.

—Lo que sea que estés haciendo.

—¿Cómo lo…?

—Tus sentimientos fluctúan —dijo, y lo dejó con las palabras en la boca—. Eso se refleja en tu alma, marine. Hace un momento estabas escéptico pero curioso. De pronto, te divertiste… así que, imagino, estabas pensando en algo estúpido.

—Ajá, ajá. —Enji se masajeó el mentón con la mano derecha mientras la izquierda, como antes, seguía detrás de su espalda—. Entonces… ¿Cuántos dedos estoy extendiendo ahora mismo en mi espalda?

—No puedo leer tu mente.

—¡Já!

—Pero diré: dos.

—¡Mierda!

Echó un vistazo a Kaelith: ni una mueca, ni un atisbo de movimiento, nada. Estaba recto, mirada fría al frente y una expresión neutra, indescifrable. Hablar con alguien así era particularmente incómodo para un payaso como lo era Enji, pues ese tipo de personas eran totalmente inmunes a su manera de romper el hielo y entrar en confianza: el ridículo.

—Así que… —musitó, llevándose las dos manos detrás de la cabeza—. ¿Qué sigue después de despertarlo?

—Pulirlo —respondió Kaelith.

—¿Y cómo hago eso?

El lunarian lo miró de arriba abajo y, por unos segundos, pareció evaluarlo. Enji alzó una ceja y, por primera vez en mucho tiempo, llegó a la conclusión de que llegar vestido a un lugar podía ser algo positivo.

—¿Quieres aprender haki, marine? —espetó Kaelith trás terminar de juzgar a Enji—. ¿Vienes aquí como un alumno más?

—Bueno, yo no diría un alumno más —replicó y se señaló el pecho—. ¿Sabes quién soy?

—No me interesa —cortó el lunarian antes de que pudiera empezar a insuflarse de títulos y de una reputación de la que realmente carecía. Enji empezaba a ser conocido, pero no era ni la sombra de lo que siempre decía ser—. Mi gran papel aquí es el de maestro. He enseñado a muchos y a muchos más enseñaré. ¿Estás dispuesto a aprender o no, marine?

Saint Vangelis se cuadró en el lugar, los hombros echados atrás y el pecho hinchado, denotando orgullo. La mirada del marine se clavó en ojos del lunarian.

—Enji —dijo—. Me llamo Enji, no “marine”.

—Kaelith —replicó el lunarian—. Pero, a partir de ahora, seré “maestro” para ti.

—Me estás pidiendo un montón…



Un día entero pasó bajo la tutela de Kaelith, desde la salida del sol hasta su caída, puliendo su uso del Kenbunshoku Haki. La “Observación” debía convertirse en un acto mecánico para él. El sumergirse en la oscuridad, su rutina. No podía depender de horas de concentración para aislar sus sentidos y buscar el sexto de ellos. No. Tuvo que aprender que el sexto y los otros cincos formaban parte de lo mismo. Visualizarse saltando dentro del vacío oscuro, sin abandonar del todo la luz. Entonces, y sólo entonces, sus cinco sentidos se alinearon con el Kenbunshoku y logró darle una forma a las almas de las que tanto había hablado su maestro. Estaban allí, a su alrededor, en todos lados. Al principio, se sintió ligeramente abrumado. Demasiadas luces, demasiadas almas por todos lados y cada una refulgía de una manera distinta. Ya no eran sólo las personas, sino los animales, los insectos; todo tenía un alma, así fuera pequeña, y ahora era consciente de ellas. La primera vez tuvo que apagar sus sentidos rápidamente para no saturar su mente de tantas presencias.

—Estás abriendo demasiado tus nuevos ojos —le advirtió Kaelith—. Enfócate. Todos lo hacemos. Deja de dividir tu atención en la gran imagen y céntrate en lo importante.

La forma de las almas, como luz refractada a través de un cristal roto, era difusa y anómala al principio. Veía destellos de distintos colores, siluetas deformes, un mundo negro.

—Lo que experimentan —habló el lunarian para todo el grupo—, es lo más cercano que vivirán jamás a ese primer momento. A esa primera vez que sus ojos se abrieron.

Los muchos alumnos del dojo yacían sentados en el patio trasero. Formaban filas e hileras ordenadas, todos ellos cruzados de piernas y con los ojos cerrados. Algunos luchaban por despertar por primera vez esa habilidad, mientras otros, un poco más avanzados, se esforzaban por pulirla. Enji estaba en ese último grupo. Su tarea era, como la de muchos otros, reconocer las emociones de los ayudantes del maestro que se hallaban paseando alrededor del patio.

—Los va a superar, al principio. Nadie queda indiferente después de conocer cómo se siente un alma. —Kaelith, como parecía ser su costumbre, caminaba entre las hileras de alumnos y supervisaba su progreso—. Tienen que aceptarlo. Asimilarlo como algo natural. Algo que, en adelante, harán con la misma naturalidad con la que respiran. —Su tono era serio, pero en él se podía apreciar una traza de orgullo—. El siguiente paso es enfocarse. Dejen de maravillarse y empiecen a analizar. Empiecen a leer lo que las almas de los otros les dicen. ¿Están felices? ¿Están enojados? ¿Acaso desprenden violencia? ¿Paz? —El lunarian pasó a un lado de donde Enji yacía sentado—. Dejen de ver y empiecen a mirar.

«Es la misma puta mierda…»

—¿Escéptico de nuevo, marine? —replicó Kaelith a su pensamiento, el cual, si bien no había oído, sí que podía deducir gracias a su capacidad de leer las emociones—. Nadie te está obligando a quedarte.

La vena de la frente de Enji se infló, pero no dijo nada. Se tragó las ganas de levantar la voz y soltar algún comentario ácido, punzante y venenoso, como sólo él sabía largarlos. Estaba aprendiendo algo allí. Estaba creciendo en ese lugar. Lamentablemente. Tenía que seguir siendo un hombrecito, masticar el odio y seguir adelante.

Apretó los ojos, se centró en las muchas luces que se movían a lo largo del patio y, tras un buen rato, logró “limpiar” un poco la imagen que le regresaba ese extraño sexto sentido. Los destellos dejaron de ser tales para convertirse en esferas, motas de luz que ya no tenían un solo color, sino que se deshilachaban en dos o más tonos. Entendió que, al no enfocar apropiadamente, esos colores se mezclaban y formaban otros, pero ahora que su “mirada” estaba más afilada podía distinguir detalles.

Enji abrió los ojos.

—Ese le tiene miedo —dijo. Su mano derecha se levantó y señaló a uno de los ayudantes que caminaba por los alrededores. El hombre lo escuchó, se giró y, al ver que el maestro también volteaba en su dirección, se puso nervioso, tropezó con una roca y casi cae de bruces al suelo—. Y ahora siente mucha vergüenza. Eh, esto es divertido. ¡Aquel sufre! ¿Te estás meando, grandote?

Los colores tomaron nuevos matices y empezaron a variar a su alrededor. Era una experiencia peculiar, única y distinta a todo.

«Al final, el pajarraco no mentía tanto —pensó de manera fugaz—. Hablando de él…»

Buscó al maestro entre todas las luces y las voces que pululaban a su alrededor, al mismo tiempo que daba un rápido vistazo al patio. El alma y la imagen física de Kaelith se solaparon cuando dio con él en la puerta trasera del dojo, observándolos desde la distancia. Su alma era significativamente más grande que las demás, brillaba más fuerte, sus colores eran más nítidos.

Era fuerte.

—Shihahaha, esto va a ser divertido… —masculló para sí mismo mientras empezaba a maquinar formas de molestar a sus compañeros de división con ese nuevo poder—. No van a poder ir a cagar sin que yo lo sepa. ¡Shihahahaha!

Off



RE: Te veo | PR | Entrenamiento - PX-6 - 19-08-2026

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Entrenamiento: Completado
COSTE:

— Kenbunshoku Haki (Base)

STAFF DE NAKAMA NO MI
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