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Una vez [P.R., Entrenamiento Busoshoku] - Versión para impresión

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Una vez [P.R., Entrenamiento Busoshoku] - Stroud Nanashi - 19-08-2026

[3 de primavera,
año 18,
Skypiea]


Stroud contempló sus alrededores. Hasta entonces, su atención había estado más enfocada en los propios Juegos y el estadio, en la novedad de todo cuanto se manifestaba a su alrededor, que en la misteriosa isla del cielo. Fue una de las pocas veces en su vida que había quedado completamente enmudecido, embelesado, asombrado ante la belleza de la ciudad que se desplegaba a su alrededor. Shandora era una auténtica manifestación de lo que la excelencia arquitectónica y la plenitud de recursos podían traer consigo: aquella era la cima visible del esplendor material, incluso tras el inexorable paso de quién sabe cuántos siglos. Pero no era solo aquello: la Isla del Cielo, que se alzaba sobre la mayoría de cosas del mundo como un gran barco que surcaba las nubes a placer, tenía más que ofrecer. Se preguntó cuántas botas Marines habían pisado aquel lugar antes que las suyas y las de su generación, si es que alguna lo había hecho. Algo en aquel lugar le daba una extraña sensación de no pertenencia, como si un mero mortal como él no pintase nada allí, como un ratón en una cocina que se hubiese colado por la rendija equivocada —o, en este caso, inesperadamente acertada, en un caso de feliz accidente—. Le daba la impresión de que cada segundo que pasaba en Skypiea equivalía a estar en un lugar en el que la divinidad se podía rozar con los dedos, y aquel sentimiento no hacía sino acentuarse ante el innegable y antiguo, pero aún vigente, esplendor de Shandora.

Stroud llevaba tiempo albergando un presentimiento sobre aquel lugar, ajeno a los Juegos de Zarutsuki; nada particular, claro, sino, más bien, adscrito a aquella condición cuasi divina que Skypiea, y Shandora en particular, parecían emanar por sí solas. El Marine sentía que un lugar tan cercano a la divinidad, ni que fuese en concepto, tan antiguo y tan misterioso, debía de albergar revelaciones para aquellos que supiesen dónde buscar, tesoros más allá del oro y las inscripciones para aquellos que llegasen a pillar aquella tierra sagrada. ¿Quién podía culparle, realmente? Era inevitable que un lugar como aquel, con o sin fundamento, evocase sensaciones como aquellas en cualquier aventurero que osase alzarse hasta la legendaria Isla del Cielo. Una mente joven como la suya, por mucho que hiciese por mantener los pies en la tierra —en este caso, más metafórica que literalmente—, no podía sino dejarse seducir por los exóticos encantos de la Ciudad del Oro, una visión que, de por sí, resultaba suficiente como para dejar volar la imaginación de cualquiera.

Llegar hasta Shandora tampoco había sido tarea fácil, además de un proceso enloquecedor, y había dado tiempo de sobra al Marine para que imaginase toda una miríada de elementos fantásticos que le esperarían al otro lado del espesor selvático que se alzaba sobre las nubes. Con los Juegos terminados, Stroud había decidido emplear gran parte del tiempo del que disponía explorar ávidamente, tomando nota de cada rincón, de cada recoveco que se hacía sitio entre las mullidas nubes bajo el sol. Pretendía servirse de sus habilidades de exploración, pero también de navegación, para trazar un mapa, lo más preciso que podía, que le permitiese navegar por la enormidad de la isla. Aquel lugar lo merecía: explorar, investigar, documentar cada metro cuadrado. Allí, en Skypiea, por el tiempo que fuese, se encontraba en una posición privilegiada, en una suerte de cima sobre el mundo —casi como en Mary Geoise, podría llegarse a pensar en un ejercicio de suprema hubris que el joven Marine, en su disciplina absoluta, jamás se plantearía—, una especie de atalaya desde la cual velar por su deber de protección sobre todas y cada una de las personas inocentes que habitaban el mundo, el ancho mar azul. La presencia de la Marina en aquel sitio, en aquel día, suponía clavar un estandarte de la Justicia sobre las mismas nubes, una declaración de intenciones tácita dirigida por igual a civiles, piratas y revolucionarios: la Justicia llegaba a todas partes, ningún lugar estaba fuera de su alcance, ni siquiera las propias nubes.

El sol ya comenzaba a ponerse tras el horizonte —de nubes—, tiñéndolo todo de un cegador brillo carmesí que bañaba progresivamente la totalidad de la Isla del Cielo, su luz reflejándose en las fachadas doradas de los espléndidos edificios de Shandora, enfatizando los particulares patrones de su construcción y sus extraños detalles arquitectónicos. Los habitantes de la isla, repartidos por aquí y por allá, andaban de un lado para otro, proyectando larguísimas sombras sobre el suelo empedrado. Stroud se sentó sobre uno de los pretiles de piedra que abundaban por el lugar, limpiándose una gota de sudor de la frente con el dorso de la mano. Echando mano de una libreta y una pluma, y deseoso de aquello desde que había puesto un pie allí, comenzó a bosquejar cuanto veía, en grados variables de detalle: los frisos horizontales, las construcciones piramidales y escalonadas, los múltiples relieves que representaban insospechadas criaturas de leyenda, las cabezas de serpiente que decoraban las esquinas y los finales de los tramos de escaleras, la forma en que los sillares encajaban entre sí sin necesidad alguna de mortero, lo bajo de la mayoría de pórticos... Pese a su absoluto desconocimiento en materias de historia, le daba la inequívoca sensación de estar frente a un lugar congelado en el tiempo, frente a una reliquia de eras pasadas.

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"Otro Marine por aquí, ¿eh?," preguntó una voz chillona a un lado. La frase pilló por sospresa a Stroud, que, si bien no soltó sus utensilios de dibujo, giró su cabeza, su ceja izquierda ligeramente arqueada, para observar a su interlocutor. La repentina interacción lo había sobresaltado más de lo que su apariencia podía dar a entender en primera instancia. "¿Tú también has venido del Mar Azul a llevarte nuestros conocimientos?," preguntó su interlocutor. Se trataba de un joven Skypiean, si bien su estatura casi igualaba la del propio Stroud, vestido con un sobrio kimono negro.

"¿Qué conocimientos, de qué hablas?," inquirió Stroud, colocando la libreta y la pluma a un lado, mas permaneciendo sentado donde estaba, curioso por saber a qué se refería aquel particular lugareño. ¿Sabía quiénes eran los Marines, reconocía aquel uniforme? ¿Se había cruzado con Juan Sebastián, con Enji, con Kael? "No fijas que no sabes de qué hablo," espetó el muchacho, apretándose el sencillo cinturón de tela roja sobre su cintura, ciñendo correctamente el precario nudo al frente del msimo. Su postura no era combativa, pero tampoco era neutral. Permanecía en pie a algunos metros de Stroud de una forma tensa, como si estuviese listo para empezar el combate en cualquier momento, con un lenguaje corporal visiblemente beligerante. "No eres el primero, y no serás el último. Los del Mar Azul subís hasta aquí, los dioses saben cómo y por qué, y venís a Shandora a intentar dominar el mantra," afirmó con un gesto de desprecio evidente. Stroud se rascó la sien, preguntándose de qué narices podía estar hablando. Jamás había oído nada de aquello.

"No tengo ni idea de qué me estás hablando," afirmó con sencillez el Marine, volviendo a tomar su libreta y su pluma, disponiéndose a continuar garabateando y registrando la peculiar arquitectura del lugar, tomando notas en sus mapas y sus cartas de navegación. "No he venido a molestar a nadie. He venido, de hecho, al festival que ha celebrado el Emperador," aseguró mientras trazaba una nueva línea sobre el papel. El joven Skypiean, sin embargo, no se movió del lugar, su sombra aún proyectándose sobre Stroud bajo el cielo carmesí. Pareció escudriñar a Stroud, como si viese algo en él más allá de las apariencias externas. "Estoy harto de vosotros. El maestro Kaelith ya tiene trabajo de sobra con entrenarnos, como para encima andar enseñándoos a vosotros... ¡Joder!," dijo el Skypiean, enrabietado, aparentemente de la nada. Stroud suspiró, y se limitó a continuar dibujando, haciendo lo posible por ignorar la presencia del muchacho. Estaba más interesado en aquel lugar que en las majaderías de aquel chico, o del humor de perros con el que se hubiese debido de levantar aquella mañana. Sin embargo, una vez más, el Skypiean no hacía amago alguno de moverse del lugar. "Vamos, pelea conmigo," dijo repentinamente, sacando a Stroud de sus pensamientos, "pelea conmigo, y si pierdes, te irás de Skypiea mañana mismo, al amanecer, por la ruta que sea. Te lanzaré yo mismo al Mar Azul, si es necesario," dijo. Stroud negó con la cabeza, suspirando con pesadez. "¿Por qué iba a pelear contigo? ¿Has hecho algo malo?," preguntó, levantando la vista del papel y clavando sus ojos grises en el muchacho. Esto pareció sacarlo aún más de quicio. "¡Siempre actuáis así! ¿Por qué?," inquirió, enrabietado.

"Es suficiente, Nichi," lo cortó una segunda voz que había parecido surgir, de nuevo, de la nada. Esta sonaba mucho más imponente, seria, grave, tranquila, pero segura de sí misma. Al otro lado de Stroud, un hombre altísimo se había acercado hasta ambos. Resultaba difícil saber cuánto tiempo llevaba allí, o cuánto de la conversación había logrado escuchar, si es que no lo había escuchado todo. Tras sus gafas, que reflejaban con intensidad el destello rojo del atardecer, eran visibles dos ojos de gran agudeza, que observaban a Stroud con mudo interés. Su piel era de un característico tono oscuro, que contrastaba enormemente con su cabellera blanca, que caía sobre sus hombros como una cascada. Sin embargo, lo que más llamaba la atención de su aspecto, además de sus nada despreciables cuatro metros de altura, eran las enormes alas negras a su espalda. "Un Lunarian," pensó Stroud para sí. No se veían frecuentemente en el Mar Azul, pero allí eran el pan de cada día, hasta cierto punto, como había podido comprobar durante el evento de Zarutsuki. Había conocido a algunos en el pasado, claro, pero aquel... aquel parecía distinto. Gozaba de una presencia solemne, tan elegante como firme, y parecía comandar autoridad con una simple mirada. Incluso el Marine se amedrentó ante su incuestionable halo de dominio y experiencia. El joven Skypiean, al que el Lunarian se había referido como Nichi, enmudeció al instante, efectuando una sentida reverencia hacia el recién llegado que casi le hizo tocar el suelo con la frente.

"No está mintiendo," afirmó, lanzándole una mirada a Stroud, "pero, si vas a retarlo, hazlo como dicta el protocolo. Si pierdes, tú mismo estarás fuera del dojo. Tal vez yo mismo te lance al Mar Azul," dijo a Nichi, ciñéndose adecuadamente las gafas con un fulgor rojizo. Stroud jamás hubiera podido saber quién era aquel Lunarian frente a él, ni el privilegio que resultaba que siquiera instase a uno de sus discípulos a retarle en el propio dojo. Tal vez fuese el carácter de Stroud, o la manera en que había permanecido imperturbable ante las provocaciones del muchacho, o su uniforme, o quién sabe, pero Kaelith tal vez hubiese visto algo en él, algo que ni siquiera él mismo hubiera podido percibir. Tal vez se tratase de una cuestión de honestidad, o tal vez, y solo tal vez, su reacción se hubiese debido al desagrado que le producía ver a uno de sus discípulos comportándose como un mero chiquillo, incapaz de sostener la responsabilidad que suponía recibir sus enseñanzas. Fuera cual fuera el caso, Nichi parecía haber enmudecido ante las palabras de su maestro, y tardó algunos segundos en ser capaz de musitar algo coherente. "N-no lo decía en serio, maest...," fue a decir, pero calló de nuevo cuando Kaelith lo fulminó con la mirada. Incluso algo en el propio interior de Stroud se estremeció ante los ojos del Lunarian, afilados y llenos de calma ferocidad. El Lunarian efectuó un ademán con la cabeza, señalando, aparentemente, hacia las elevaciones del terreno que se alzaban en la zona exterior de la misma Shandora. Aquello pareció ser suficiente para acallar cualquier queja, y Nichi se limitó a asentir y a hacer otra reverencia a su maestro.

Stroud no tenía ni idea de qué estaba pasando, pero se preguntó qué era lo peor que podía hacerle aquel muchacho. Se levantó de su asiento, guardando de una vez por todas su libreta y su pluma, consciente de que no habría mucho lugar para continuar dibujando en lo inmediato. Con un paso, se situó frente al enorme Lunarian, aparentemente sin inmutarse ante la evidente diferencia física entre ambos, y le tendió la mano, sin ser tampoco demasiado consciente de a quién se dirigía. No le importaba demasiado, claro: al fin y al cabo, él era un oficial de la Marina. "Stroud Re-... Nanashi, Comandante de la Marina," se presentó con formalidad, tendiéndole la mano al Lunarian. Este, tras unos segundos observándole, pareció aprobar su disposición, asintiendo muy levemente, casi imperceptiblemente, con la cabeza, y tendiéndole la mano de vuelta en silencio, sin llegar a presentarse. "Veremos, Stroud ReNanashi," se limitó a decir crípticamente. Stroud se preguntó qué narices significaba eso. El Lunarian actuaba como si estuviesen en su territorio, aquello era evidente.

La situación que se le presentaba al Marine resultaba, como poco, misteriosa. ¿Qué era ese mantra del que hablaba el tal Nichi? ¿Y quién era aquel Lunarian enorme? ¿Y qué era eso de un dojo? Stroud se sentía como un turista a punto de caer en una enorme estafa local. Sin embargo, había algo en aquel Lunarian que daba la impresión de que, de alguna manera, no mentía. Sin embargo, no se le había escapado que el joven se había referido a él como otro Marine. Los uniformados no parecían ser ninguna sorpresa en aquel lugar, ¿había habido otros? Observó con curiosidad a sus dos nuevos conocidos, a la espera, hasta que, finalmente, Kaelith comenzó a caminar con decisión, con el mismo rumbo que había indicado previamente a Nichi en su ademán.

La travesía llevo bastante más tiempo del que hubiese cabido esperar en primera instancia, y Stroud permaneció en silencio durante toda la travesía. Lo que había comenzado como un agradable paseo de expedición por la histórica —y legendaria— ciudad de Shandora no tardó en convertirse en una auténtica ruta de senderismo hacia la periferia. Las pendientes bajo sus botas comenzaron a volverse más pronunciadas, a medida que el terreno se volvía también más escarpado y, en ocasiones, casi impracticable. Si bien no se habían alejado en exceso del punto de partida, al cabo de un rato se encontraban en una zona visiblemente menos poblada, con algún que otro edificio aún a su alrededor, caminando montaña a través. ¿Se dirigía a la boca del lobo, a algún tipo de trampa, como había sospechado en primer lugar? No, algo le decía que no podía ser el caso. Aquella situación, a menos que se tratase de un engaño magistral, parecía perjudicar más al tal Nichi que a cualquiera de ellos. Ninguno de los lugareños de Shandora parecía alarmado de haberlos visto, tampoco, y no hubiera sido descabellado que alguien le hubiese avisado de estar a punto de caer en alguna clase de trampa para turistas, si aquel era un modus operandi habitual. Es más: la frustración del joven había parecido real.

Cuando concluyó la caminata, el sol se había puesto ya tras el horizonte. Se encontraban frente a una edificio humilde, antiguo, cuya fachada de sillares se encontraba parcialmente invadida por vegetación y hiedra que crecía aquí y allá, expandiéndose por la misma a su antojo. Respondía al mismo estilo arquitectónico que el resto de edificaciones de Shandora, aunque se hacía raro ver algo como aquello, en aquel estado de conservación, casi en plena jungla, en la montaña. Stroud miró atrás, recuperando el aliento tras el trayecto, y pudo ver el resto de Shandora bajo la montaña, donde las antorchas hacían destacar la Ciudad del Oro en mitad de la oscuridad. Sabía que más allá se encontraba el límite de la propia Skypiea, y, más allá, las nubes, y, bajo ellos, el Mar Azul. Para su propia sorpresa, una lágrima hizo amago de formarse en uno de sus ojos. Agitó la cabeza ligeramente, prefiriendo abstenerse de dejarse llevar por la belleza del lugar por el momento, y devolvió su atención a sus inesperados huéspedes.

El enorme Lunarian, habiendo desplegado sus majestuosas alas negras, encendió un par de enormes braseros de bronce, cada uno colgando a un lado de la puerta del edificio. Inmediatamente, en el interior del edificio, alguien comenzó a encender también más braseros, iluminando su interior, que quedó bañado en la cálida luz del fuego y las brasas, en contraste con la penumbra que lo rodeaba. ¿Había alguien más en aquel lugar? ¿Estaban coordinados? ¿En qué narices se estaba metiendo exactamente? Estaba claro que no podía permitirse bajar la guardia.

Kaelith fue el primero en entrar en aquel misterioso lugar, no sin antes tomarse un momento para efectuar una sentidísima reverencia, de gran solemnidad, ante sus puertas, como si se dispusiese a adentrarse en un recinto religioso de algún tipo. Después, fue Nichi, que imitó a su maestro y efectuó una reverencia antes de pasar por la puerta de doble hoja, quedando bañado en la luz de los braseros que iluminaban el interior. Era su turno. ¿Se atrevería?

Por supuesto. Sin embargo, tomó la decisión deliberada de no efectuar aquella reverencia antes de entrar. En primer lugar, por una mera cuestión de convicciones personales: naturalmente, muchos habrían optado por hacerlo, incluso sin saber exactamente frente a qué efectuaban su reverencia, simplemente por una cuestión de protocolo. Sin embargo, aquello no iba con él. No sabía frente a qué se suponía que estaban haciendo aquellas reverencias, y, por ende, se negaba a hacerla sin saber, por mucho que aquello hubiese supuesto salvar la cara en materia de costumbres y educación. En segundo lugar, también por una cuestión de convicciones: Stroud Nanashi jamás haría una reverencia, hincaría la rodilla, ni mostraría sumisión ante nada que no fuese la Justicia. Fuera lo que fuera en lo que creyesen allí, su propia creencia en la Justicia estaba órdenes de magnitud por encima. Se trataba de una cuestión de principios.

Se dispuso a entrar, y pensó que su gesto —o, mejor dicho, su no gesto— habría pasado desapercibido, pero se equivocaba. Una vez cruzó el umbral, pudo observar con claridad qué se encontraba a su alrededor. Tras un pequeño vestíbulo, en una zona más grande se alzaba un gran tatami. No particularmente contento con ello, se descalzó y colocó sus botas pulcramente junto a la puerta, atravesando aquella primera estancia y aproximándose al tatami, caminando sobre la vieja alfombra roja que parecía rodearlo. En el fondo de la gran sala, tras el tatami, el gran Lunarian uniformado lo observaba con atención, sentado al estilo seiza, como todos los demás presentes. A un lado y otro del tatami, una docena de los que debían de ser sus discípulos, disciplinadamente alineados, algunos de ellos aún colocándose correctamente su kimono y bostezando con cierta pereza. Stroud empezó a figurarse qué era lo que debía de estar pasando allí: aquel dojo ya estaba cerrado, pero los alumnos sabían que, si el maestro volvía, debían presentarse todos como si fuese primera hora de la mañana. Habían sido ellos quienes habían encendido los braseros, a toda prisa, al ver encenderse los de la entrada.

Todos permanecieron en silencio, incluido Kaelith, a la espera de ver qué hacía Stroud. El Marine, resignado y en silencio, dio unos pasos y se sentó en la misma postura que los demás, frente al tatami. "Bien. Vuestro compañero, el cinturón rojo Nichi, ha retado formalmente a nuestro invitado, el Marine Stroud ReNanashi," dijo, sin que Stroud supiera realmente si le estaba tomando el pelo al decir su apellido de aquella manera. Prefirió no averiguarlo. Un murmullo se generó entre los presentes, como una pequeña ola, mientras algunos de ellos reían y le quitaban importancia con un gesto, como si el asunto no mereciese ser tomado en serio, como si ocurriese con cierta frecuencia. Fuera como fuera, Kaelith hizo un gesto a ambos.

Stroud, colocando sus manos sobre sus muslos e impulsándose, se levantó de un movimiento ágil y caminó, subiendo un par de escalones y situándose en un extremo del tatami central. Su aparente adversario, Nichi, hizo lo mismo. ¿De verdad esperaban que luchasen? ¿Era lo correcto? El joven lo había retado, claro, pero le sabía mal. No tenía ningún motivo para fracturarle una mandíbula, y no haría sino empeorar la imagen que los habitantes del Mar Azul (o, al menos, los Marines) parecían tener a ojos de algunos de los habitantes de Skypiea. Delante de él, Nichi hizo lo propio, colocándose en posición —una, de hecho, no muy distinta a la que había empleado anteriormente—. Stroud suspiró, debatiéndose.

"Comenzad," dijo repentinamente el Lunarian, observando a ambos con interés. Stroud se colocó en guardia, pero Nichi ya corría hacia él, sin atisbo de duda alguno en su determinada mirada. ¿Le iba a atacar así, sin más? ¿Esperaba que no se defendiese? Antes de que el chico pudiese golpear, Stroud decidió tomar la iniciativa; ya que estaba metido en ese barrizal, más le valía meterse del todo y no andarse con medias tintas. Dirigió un potente puñetazo hacia el pecho del skypiean. La durabilidad de este, sin embargo, resultó sorprendente para cualquiera que lo hubiese juzgado por su tamaño y lo poco imponente de su físico.

Al golpear, su puño se encontró con una musculatura capaz de amortiguar el golpe con la suficiente eficiencia como para evitar que Nichi siquiera se tambalease ante el impacto. Y, entonces, allí vino el puñetazo del Skypiean, directo hacia su propio pómulo. Poco se imaginaba el muchacho, sin embargo, que la zona de impacto se transformaría parcialmente en mochi, amortiguando y redistribuyendo la contundencia de su golpe y evitándole daños mayores a Stroud. Y, sin embargo... ¡Bam! Los nudillos del Skypiean encontraron la cara de Stroud sin mayor problema, golpeando con toda la contundencia tras el golpe, y siquiera sin que su mochi hiciese amago de amortiguar el desastre, como si lo hubiese podido anular. Stroud casi perdió el equilibrio, en aquel desencuentro de fuerzas. ¿Qué habilidad tenía aquel chico? ¿Era alguna extraña akuma?

Miró a su alrededor, y vio cómo el maestro Lunarian asentía con seriedad, aparentemente aprobando las capacidades de su discípulo. Stroud no llegó a caer al suelo, sino que paró su caída con ambas manos, para, de inmediato, rebotar en un movimiento rápido y fluido contra su oponente, volviendo a ponerse en pie en un instante. Si Nichi era más pesado y resistence de lo que cabía pensar a simple vista, se aprovecharía de sus cualidades. Ya se sabe que cuanto más pesados son... Stroud sujetó ambas piernas de Nichi, alzándose y levantando al skypiean como si se tratase de una pesada lanza. Tomando impulso, y girando sobre su propia cadera, aún sujetándolo por los tobillos, se dispuso a estampar la cabeza del muchacho contra el suelo del tatami. El impacto fue considerable, la cabeza del joven clavándose en el propio suelo. Stroud lo dejó ir, y se alejó, tomando una distancia de un prudencial par de metros.

Su razonamiento le había llevado a pensar que, si Nichi tenía alguna clase de habilidad de fruta, evidentemente esta tendría alguna debilidad, y era cuestión de encontrarla. Por ello era que había optado por un ataque como aquel, que, en el mejor de los casos, lo obligaría a revelar el origen de sus poderes. Sin embargo, mientras aún lo estaba sujetando, había notado que nada en el muchacho cambiaba de ninguna manera significativa, lo cual debería haber ocurrido de haberse tratado de algún tipo de transformación. ¿Cómo podía figurarse el funcionamiento de su akuma no mi? Stroud había tomado buena nota de un fenómeno en particular, que no se explicaba de ninguna manera, al menos por lo —muy poco, todo sea dicho, y todo en base a las deducciones que había podido realizar de las pocas frutas con que se había cruzado— que sabía de las habilidades de las frutas, empezando por la suya propia. El puñetazo del Skypiean le había dado de lleno en la cara, como si la habilidad de su mochi simplemente no contase, como si simplemente la hubiese anulado, de alguna manera. ¿Era tan poderoso ese chico? ¿Qué lógica tenía aquello?

Tal y como el Marine había esperado, Nichi no tardó en levantarse, sin aparentemente inmutarse ante la forma en que Stroud lo había estampado contra el suelo del tatami, ahora ligeramente agrietado donde se había producido el golpe. Stroud observó al enorme Lunarian, en busca de alguna reacción que delatase, de alguna manera, lo que allí estaba ocurriendo, pero no encontró nada tras aquellas gafitas. El maestro del dojo se había sacado un pitillo y había empezado a fumar tranquilamente mientras contemplaba el combate —uno diría que con interés, pero resultaba difícil de decir con certeza—, como quien veía un partido de su deporte favorito. El dojo se encontraba inmerso en silencio ante las decenas de pares de ojos de los discípulos que allí se habían reunido, un silencio que solo los movimientos de los dos combatientes y sus movimientos, que rasgaban el aire, rompían.

Stroud se dispuso a atacar de nuevo, pero el Skypiean se le adelantó. Justo mientras se abalanzaba contra su adversario, el muchacho se agachó en un movimiento calculadísimo, evitando su ataque, y lo encadenó con una patada de gran potencia que tumbó al Marine. Una vez más, de alguna manera, había logrado sobrepasar las defensas naturales que su mochi debería haberle proporcionado ante un golpe como aquel. Stroud cayó al suelo con pesadez, pero, en una descarga de adrenalina, fue lo suficientemente rápido como para frenar la caída colocando ambas manos sobre el tatami y volviendo a saltar para recuperar su postura, poniéndose en pie. Sin embargo, una vez más, ya era demasiado tarde; el dichoso Nichi lo recibió, en su llegada, con un potente codazo en el torso que se sintió como recibir el golpe de un ariete, saliendo despedido a un par de metros atrás. Stroud percibió cómo sus pies, sin que pudiese hacer nada por evitarlo, perdían el equilibrio al encontrarse al borde mismo del tatami, y se precipitó hacia su exterior, cayendo sobre la alfombra roja que lo rodeaba. Estaba fuera.

A diferencia de lo que esperaba, el silencio continuó imperando en el lugar. Nadie aplaudió a Nichi, nadie dijo absolutamente nada. Su oponente, recuperando la compostura y volviendo a adquirir una posición formal, e inhalando profundamente, efectuó una reverencia protocolaria hacia Stroud. El Marine se levantó tras unos instantes y, en esta ocasión sí, imitó al Skypiean y correspondió su reverencia con educación. Había subestimado enormemente a aquel muchacho. Era fuerte, fuerte de verdad. El intercambio había sido breve, casi más breve que cualquiera que hubiese protagonizado antes. Pocos oponentes habían sido capaces de subyugarlo con tal autoridad y en tan poco tiempo. Mientras ejercía aquella sentida reverencia, se preguntó si aquel sería alguna especie de dojo de élite, y si todos ellos serían tan fuertes como Nichi acababa de demostrar.

Ambos combatientes quedaron en pie sobre el tatami, mirándose mutuamente. Tal vez existiese ahora un respeto por ambas partes que antes no había estado allí. Ahora solo quedaba ver qué pasaba después de tan estrepitosa derrota. Aquel combate se había hecho sobre el principio de que, en caso de ganar, Nichi lo echaría a patadas de Skypiea y lo mandaría de vuelta al Mar Azul. Se lo había ganado, desde luego.

"Gana Nichi, cinturón rojo del Gran Dojo del Mantra de Shandora. Pierde Stroud ReNanashi, Marine del Mar Azul y no sé qué más," anunció con seriedad el Lunarian finalmente, tras dar una calada más a su cigarrillo, haciendo una señal con su brazo indicando el fin formal de la contienda. "Ni siquiera me habéis dado tiempo a terminármelo," protestó, haciendo un ademán hacia el mismo. Los fríos ojos de Stroud permanecieron clavados en el Lunarian que presidía la estancia, y que, incluso en aquel estado de relajación, continuaba emanando aquel aura de autoridad que lo caracterizaba, y frente al cual todos sus discípulos no podían sino comportarse con un respeto casi reverencial.

Lo cierto era que Kaelith realmente había tenido intención de largar a Stroud o a Nichi de Skypiea al término del combate. En aquel dojo, bajo su autoridad, no se permitían retos vacíos, ni amenazas incumplidas. Sin embargo, algo en la forma de comportarse del Marine parecía haber captado su atención, tal vez en el mejor de los sentidos. "Stroud ReNanashi," dijo, haciendo un ademán hacia el Marine. Hizo un gesto hacia Nichi como queriendo indicarle que podía bajar del tatami finalizada la contienda. "Realmente no tienes ni idea de lo que es el mantra, ¿verdad?," inquirió, dando un par de golpecitos a su cigarrillo, permitiendo que las cenizas en la punta del mismo se desprendiesen, antes de dar otra calada mientras observaba al Marine tras sus gafas, con aquellos afilados ojos azules. Stroud sacudió su cabeza. Otra vez aquella dichosa palabra, ¿de qué iba todo aquello? "No," se limitó a responder.

El Lunarian asintió ante sus palabras. De forma poco ortodoxa, y rompiendo el silencio sepulcral que se había formado en el lugar, una voz emergió de entre los discípulos del dojo. "¡¿Cómo te crees que te he ganado, so gilipollas?!," exclamó Nichi desde su sitio, ya sentado en la misma fila que sus compañeros a uno de los lados del tatami. Kaelith alzó una ceja, pero no dijo nada. "Maestro Kaelith, no se deje engañar, sabe perfectamente lo que es, para eso ha venido," dijo, implorando a su maestro, "con el debido respeto, maestro," añadió tras una pausa, como recordando repentinamente que debía tratar a su maestro con las formas adecuadas. Aquello no pareció gustar al tal Kaelith.

Stroud se encontraba en un brete. Por supuesto, estaba la cuestión de ser expulsado de aquel lugar, de Shandora, de Skypiea, o de lo que le apeteciese a aquel Lunarian, según le diese. Pero había un problema mayor: debía aprender esa habilidad. Por la forma en que Nichi se había referido a ese tal mantra, parecía una habilidad que se podía aprender; parecía, de hecho, algo que los habitantes del Mar Azul habían venido a aprender previamente, lo cual había resultado en la fuente de la frustración del Skypiean. Tal vez fuese importante tragarse su orgullo y, en efecto, intentar aprender aquella habilidad. Sin embargo, para ello, no podía sino contar con la enseñanza del tal Kaelith, y no parecía que nadie en aquel dojo estuviese particularmente dispuesto a echarle un cable. Meditó por un instante qué hacer; algo en su interior le imploraba que se enfrentase a su destino y ser expulsado de la isla, sin más lugar a discusión. Sin embargo, algo más también le imploraba que hiciese lo posible por aprender aquello del mantra. Parecía una habilidad de combate espectacular, algo que podría cambiar para siempre su arsenal de lucha y mejorarlo, si es que, en primer lugar, era posible aprenderlo para alguien como él. Durante todo aquel tiempo, por mucho que hubiese perdido aquel combate, su cerebro había estado trabajando a toda máquina por intentar triangular aquel concepto de mantra, por intentar comprender de qué diablos se trataba y cómo funcionaba, para su exasperación.

Permaneció en silencio, cruzando sus manos tras su espalda, observando a Kaelith, esperando a que el maestro se pronunciase. Resultaba un auténtico misterio saber qué podía estar pasando por la mente del enigmático Lunarian. En cierto modo, parecía un alma afín al propio Stroud, con un apego visible a la disciplina y a la jerarquía, como hubiese cabido esperar de alguien al mando de aquel lugar, estricto e implacable. Pero, si ese era el caso, Stroud solo podía esperar que el viaje de regreso al Mar Azul bajo Skypiea fuese de una sola patada, en lugar de dos. Aquel sentimiento de estar en un lugar que no le correspondía no hacía sino acrecentarse a medida que pasaban los segundos, a medida que cobraba conciencia de la implacable superioridad marcial que los presentes en aquel dojo parecían disponer sobre él. Ni siquiera había sido capaz de golpear efectivamente a su rival, que había parecido capaz de superar todas sus defensas y adelantarse a todos sus movimientos.

"Tomo nota de tu sugerencia, Nichi," dijo finalmente Kaelith con voz calmada, "por lo demás, estás fuera del dojo. Has perdido tu lugar como discípulo, y no podrás volver hasta pasados cinco meses, uno por cada una de tus victorias en duelo," anunció calmadamente, ante el silencio sepulcral de sus alumnos, "cuando vuelvas, si lo haces, comenzarás con un cinturón blanco." No tuvo que explicarse más de la cuenta; todos sabían lo que aquello implicaba. Nichi perdería todo su progreso como discípulo, y debería empezar de cero. El cinturón blanco era aquel que portaban los novicios, aquellos que acababan de comenzar su camino en el dominio del mantra. Kaelith era tan disciplinado como su trabajado físico aparentaba, y su enseñanza era tan efectiva como, aparentemente, estricta en sus formas. Romper el orden de la jerarquía en aquel dojo era algo que se pagaba. Stroud no podía hacer más que respetar la posición del maestro, en lo que seguramente no hubiese sido la primera, ni la segunda, falta al orden por parte del Skypiean. Nichi pareció ir a protestar, pero recordó lo que había pasado a otros alumnos que anteriormente habían desafiado abiertamente la autoridad del Lunarian. Con un rechinar de dientes, se levantó, asintió silenciosamente con la cabeza y se retiró el cinturón rojo, dejándolo caer al suelo antes de retirarse del lugar entre inaudibles sollozos. Stroud no se movió de su lugar, permaneciendo en silencio, al igual que el resto de alumnos. No debía de ser la primera vez que viesen algo así.

"Y bien, tenemos una vacante disponible. ¿Quieres aprender a controlar el mantra, Stroud ReNanashi?," inquirió Kaelith, volviendo a clavar su mirada en el Marine, como si nada hubiese ocurrido, haciendo un gesto con su propio cigarrillo al gesticular. El ofrecimiento era, cómo negarlo, irresistible. Sin embargo, algo dentro de Stroud hacía que se sintiese terriblemente mal por tomar la plaza de Nichi, que acababa de ser expulsado del dojo. Sin embargo, Stroud era consciente de que aquel no era más que su lado más sentimental, aquel que con mayor facilidad caía en las trampas de las emociones; Nichi no había sido ningún novato, sino que había pasado el suficiente tiempo entrenando en aquel lugar como para conocer las reglas debidamente, y, desde luego, como para ser consciente de que una salida de tono como aquella no era más que una flagrante insubordinación. Cualquier otro maestro la hubiese dejado pasar, pero no Kaelith. Stroud apreciaba, como no podía ser de otra manera, aquel sentido de la jerarquía de una manera profunda. Tras un instante, asintió con la cabeza. "Sí, maestro Kaelith," afirmó con simpleza.



A la mañana siguiente, Stroud llegó al punto acordado, no lejos de Shandora, pero tampoco lejos del dojo que había visitado el día anterior, en una especie de distancia intermedia entre ambos. Se encontraban en la cumbre de una pequeña montaña, rodeados de varios pequeños riachuelos de nubes que fluían hacia alguno de los bordes de Skypiea, con las nubes bajando por su corriente como simple agua. El sol únicamente empezaba a despuntar tras el horizonte. Apenas había tenido tiempo a descansar, ni falta que le hacía. En su interior, más allá de su imperturbable aspecto, su corazón se agitaba de emoción, deseoso de emprender su camino en aquello que llamaban mantra. Se había adelantado ligeramente, en su perenne deseo de ser el más puntual, incluso si aquello le suponía esperar; sin embargo, el maestro Kaelith, en sus característicos ropajes verdes, y con un estoque colgando de su cinturón, meditaba en silencio sobre una de las rocas cercanas. Resultaba difícil saber cuánto llevaba allí. Stroud fue a decir algo, pero fue consciente de que, estrictamente hablando, la hora del entrenamiento aún no había llegado, así que optó por dejarlo estar. En su lugar, se sentó sobre otra de las rocas e imitó al Lunarian, adoptando la postura del loto e intentando vaciar su inquebrantable mente bajo los rayos del sol naciente, esperando a que llegase el momento.

No lo consiguió, por supuesto. Apenas transcurrieron unos segundos antes de que su mente, en lugar de vaciarse —como, en teoría, debía hacer—, comenzase a llenarse con infinidad de pensamientos de diversa naturaleza. Se le vino a la cabeza Nichi, en cómo había sido expulsado del dojo la noche anterior, y en cómo en aquel cinturón rojo había caído al suelo, arrastrando detrás de sí años de esfuerzo y disciplina. Pensó también en Kaelith, inevitablemente, en su imponente figura recortándose contra la luz del amanecer, en aquella serenidad casi ofensiva de la que sabía hacer gala, en aquella manera en que parecía conocer las profundidades del mundo.

Stroud cerró los ojos con más fuerza, como si así pudiese obligar a sus pensamientos a obedecer sus órdenes de silencio. El resultado fue, como hubiese cabido esperar, el contrario. La imagen del puño de Nichi volvió a presentarse en su mente con molesta nitidez. No era únicamente la fuerza que había habido detrás de aquel golpe; Stroud había recibido impactos mucho más brutales a lo largo de su vida, choques que habían sacudido su cuerpo entero. Aquel puñetazo había sido distinto, había sacudido su misma alma.

"Haces mucho ruido," espetó Kaelith sin abrir los ojos. Stroud arqueó una ceja. No había dicho una sola palabra, y se consideraba a sí mismo alguien más bien silencioso. Abrió los ojos. Kaelith continuaba sentado en su roca, inmóvil, sus manos descansando sobre sus rodillas, su espalda recta, como si una montaña, en su inmensidad, hubiera decidido adoptar la forma de un Lunarian con gafas. El sol naciente bañaba su piel oscura con un brillo cálido, y el contraste con sus cabello blancos y sus alas negras le daba un aspecto casi irreal. El Marine permaneció en silencio unos segundos, asimilando aquella observación, atónito.

"Levántate, soldado Stroud," dijo finalmente el Lunarian. Stroud no supo cuánto tiempo había pasado, podrían haber sido segundos, o podrían haber sido minutos. Abrió los ojos, quedando deslumbrado una vez más por la luz del sol, que había ascendido algunos grados en su trayectoria por los cielos. Se puso en pie sobre la roca y descendió de un salto corto, con su cuerpo respondiendo casi antes que su mente, aterrizando sobre la hierba húmeda con el rocío de la mañana. Kaelith, por su parte, se levantó con una lentitud deliberada, con aquellos movimientos tan medidos de los que había hecho gala desde que Stroud lo había conocido el día anterior. Dio unos pasos sosegados, aproximándose hasta la orilla de uno de los riachuelos de nubes frente a ellos, y señaló hacia el flujo blanquecino que descendía por la pendiente, deslizándose entre las rocas doradas por la luz del amanecer.

"Agárrala," dijo repentinamente Kaelith, haciendo un ademán hacia el riachuelo. Stroud miró las pequeñas nubes que bajaban, y luego miró a Kaelith, estupefacto, y luego volvió a contemplar el riachuelo. "¿El agua?," inquirió, incrédulo, aproximándose a donde estaba el propio Kaelith, rascándose la sien con curiosidad. "La nube," dijo el Lunarian. Stroud se paró a pensar a qué diantres se refería exactamente. ¿Realmente quería que agarrase una nube? Volvió a mirar al maestro, pensándose muy bien sus siguientes palabras. "Es una nube," dijo finalmente, como sin entender qué quería el Lunarian. "Es una excelente observación," concedió Kaelith, asintiendo con la cabeza en un gesto solemne, "no eres el primero que se encuentra con ese obstáculo."

Si aquello iba en serio, Stroud sabía que no había mucho más lugar para decir estupideces, pero, ¿cómo leches iba a agarrar una nube? Inspiró despacio, haciendo un enorme esfuerzo por no parecer tan desconcertado como realmente estaba, y se acercó al borde del pequeño cauce. Se agachó, extendiendo una mano hacia aquella corriente vaporosa y blanquecina. Sus dedos se hundieron en ella con facilidad, como hubiese cabido esperar, comprobando que, en efecto, aquello era una nube. Sintió una ligera capa de humedad condensándose en torno a sus dedos, y que produjo un cosquilleo frío sobre su piel. Cerró la mano, sin agarrar nada, claro. La nube escapó de entre sus dedos con absoluta indiferencia, continuando su descenso sin mostrar la menor consideración ante el intento del Marine. Stroud devolvió su mirada a Kaelith, que no pronunció palabra alguna. Stroud interpretó aquel silencio como una forma tácita de ordenarle que lo volviese a intentar. Una vez más, hundió la mano en el riachuelo de nubes, esta vez con mayor rapidez, cerrando los dedos con más fuerza que antes, intentando capturar una porción de una de aquellas nubes. La nube, claro, se volvió a deshacer en torno a su puño, filtrándose entre sus nudillos y volviendo a recomponerse como si nada hubiese ocurrido. Suspiró, y lo intentó una tercera vez, y una cuarta, y una quinta. Lo intentó con tanta fuerza que su mano atravesó el cauce con brusquedad y estuvo a punto de perder el equilibrio y caer de bruces sobre las rocas del lecho. Kaelith no hizo comentario alguno.

"Esto es absurdo," protestó Stroud. Kaelith arqueó una ceja tras sus gafas, como dándole la razón a Stroud. "También es absurdo golpear el fuego, o sujetar el humo," afirmó el Lunarian, haciendo un gesto de retintín con su dedo índice. No le faltaba razón. ¿A dónde pretendía llegar? Ante el silencio de Stroud, Kaelith continuó. "El mantra, o, como lo llamáis algunos, haki, o color, es una materialización de algo que en otros casos podría llamarse absurdo. El Busoshoku Haki, el haki de armadura, en su forma más básica, supone una forma de imponer tu verdadera naturaleza," dijo, observándole con aquellos ojos azules y fríos, "no convierte el humo en carne, ni el fuego en hueso. No le roba su naturaleza a tu rival, sino que te permite imponer la tuya," terminó de explicar. Stroud ataba cabos lentamente. ¿Era eso lo que aprendían a hacer allí? ¿Había sido haki de armadura lo que aquel joven Skypiean había empleado contra él? Empezaba a entender qué pasaba allí. Así que aquello era el dichoso el mantra...

"Lo verdaderamente absurdo es pensar que no haya nada que tocar," concluyó Kaelith, percatándose de la mirada perdida del joven Marine. Aquello del haki de armadura consistía en algo casi primitivo, una especie de afirmación, una negativa del espíritu a aceptar que la materia frente a sus ojos fuese realmente intangible. Comenzaba a comprender, y debió de reflejarse en sus ojos, que se habían vuelto a llenar de determinación. Por eso quería que agarrase una nube, algo que sonaba a una hazaña que debería, bajo cualquier lógica, haber quedado fuera de las posibilidades de cualquier mero mortal. Había algo de divino en aquello.

Stroud volvió a agacharse en silencio, colocando todas las piezas en su mente, que empezaban a encajar entre sí como pequeños engranajes. Bajó su mano hasta la corriente de nubes, y, en lugar de cerrar su puño inmediatamente, permitió que sus dedos permaneciesen allí, sintiendo cómo el flujo de nubes y humedad los rodeaban y seguía su curso. Era extraño. Era como decía Kaelith, en realidad; las nubes fluían, pese a no ser agua, y se escapaban, pese a no ser humo. No eran materia sólida, claro, pero... tenían que ser algo, ¿no? Tenía que haber alguna clase de materia allí. Y si había materia, había algo que podía ser agarrado. Así de simple empezaba a ser el razonamiento de Stroud, que parecía haber cedido ante lo absurdo de aquello del mantra, ante aquella cosa que no se dejaba clasificar por la lógica de la que siempre había intentado hacer gala el Marine. Pensó en su propio cuerpo, en cómo su mochi le permitía deformarse y estirarse. Cerró los dedos.

Nada. Frunció el ceño, concentrado. Había hecho lo mismo que antes y, como había esperado, había obtenido el mismo resultado. Tenía sentido. Tras la explicación de Kaelith, era consciente de que no podía intentar imponer una solución mecánica ante un problema como aquel, que no era de naturaleza mecánica en lo absoluto. No consistía en agarrar una piedra. "Explíquemelo más, maestro Kaelith," dijo Stroud, sin sacar su mano del río de nubes. "No," dijo Kaelith con tranquilidad, "si pudiese explicarse hasta el final, no haría falta entrenarlo," razonó. "Otra vez."

Stroud apretó los dientes. Otra vez. HUndió la mano en la nube, y, otra vez, la cerró, y, otra vez, no atrapó absolutamente nada. Otra vez, y otra, y otra, y otra. Con el paso de los minutos, la práctica empezó a volverse, de alguna manera, casi humillante. No había épica ninguna en aquello. Solo un Marine adulto, un miembro de la Marina, un emisario de la Justicia, agachado junto un riachuelo de nubes, a quién sabe cuántos kilómetros de altura sobre el mar, intentando agarrar algo que se escapaba de entre sus dedos. Sin embargo, Stroud sabía que no tenía que ser ninguna otra cosa. Entrenar era así. Podía ser así.

Pasaron las horas, y el sol continuaba alzándose hasta su cénit, coronando el cielo sobre ellos y proyectando un calor abrasador. En algún punto del entrenamiento, si es que uno quería llamarlo así, Stroud se había quitado la camisa, empapado en sudor, doblándola disciplinadamente y dejándola a un lado, secando sobre una roca. Kaelith continuaba en el mismo lugar en que había estado durante todo aquel rato, casi como un reloj de sol cuya sombra iba proyectando la hora del día sobre el suelo. Mantenía sus ojos cerrados durante la mayor parte del tiempo, y resultaba difícil saber si meditaba, descansaba la vista o, simplemente, dormitaba de aburrimiento. Stroud había perdido la cuenta de los intentos que llevaba, pero hacía tiempo que había dado por vencido en ese sentido. Su mano volvía a estar abajo, en el riachuelo de nubes, las cuales continuaban con su travesía, inmutables ante los esfuerzos del Marine. Algo cambió. Fue una sensación mínima, como una vela que se empezaba a hinchar antes de que el propio barco comenzase a moverse. Algo se había alineado, los dioses sabían qué. Por un momento, cuando Stroud cerró los dedos, la nube no escapó del todo, o eso quiso pensar. Algo en su piel había percibido una resistencia que antes, simplemente, no había estado allí.

Stroud miró a Kaelith, cuyos ojos azules estaban ahora clavados en él, como si aquello lo hubiese despertado de su letargo. El Lunarian, por primera vez, esbozó algo ligeramente parecido a una sonrisa, imperceptible a menos que uno lo hubiese estado mirando con atención. Stroud volvió a mirar la corriente. Era como si hubiese dejado de pedir permiso. Llevaba todo aquel tiempo intentando agarrar la nube esperando que esta se comportase como algo que pudiese ser agarrado. El mantra, sin embargo, por lo que empezaba a entender y a materializar, no consisitía en esperar que la realidad respondiese a los designios de uno mismo, sino en proyectar una certeza tan firme que incluso lo intangible se doblegase ante su voluntad. O, al menos, así lo conceptualizaba él.

Continuó intentándolo. Un intento, dos, tres, cuatro. Pasaron los minutos, y, una vez más, volvió a sentir aquella sensación, aquella certeza de que la nube se presentaba como algo que pudiese agarrar. Había encontrado algo. Solo debía tomar aquel cabo y no dejarlo ir. Era la clave. Fuera lo que fuera aquello, lo entendiese correctamente o no, empezaba a acercarse a un resultado. Continuó intentándolo, y el sol continuó su viaje por los cielos, comenzando a descender hacia el horizonte a medida que pasaban las horas. No podía permitirse descansar.

Volvió a intentarlo, agarrando la nube como si fuese suya o como si formase parte de su propiedad. Durante una fracción de segundo, apenas un instante, la corriente se abultó alrededor de su mano, como condensándose en torno a aquel punto. Una pequeña porción de nube, apenas un jirón, quedó atrapada en su palma, comprimida entre sus dedos antes de deshacerse. Había ocurrido. Había empezado a ocurrir. Stroud se quedó mirando su mano, como si esperase encontrar en ella alguna señal, alguna marca, algún signo visible que le dijese que no se lo había imaginado. No había nada, claro, solo su mano, empapada de sudor y humedad. Pero sabía que había encontrado el camino. Su mente comenzaba a ajustarse, lentamente, a aquella nueva realidad.

Continuó intentándolo, en lo que debía de ser ya una lista de varios centenares de fracasos y tan solo un par de victorias. Pero eran algo. Aquellas pequeñas victorias, por insignificantes que fuesen, daban fe de que, en efecto, era posible. Si era posible hacerlo una vez, era posible hacerlo mil, y si era posible tomar un poco de una nube, era posible tomar una nube completa, agarrar el mismo cielo con las manos. El éxito anterior no se repitió con facilidad, lo cual resultaba más irritante que no haber tenido éxito en un primer lugar, pero sabía que era posible. Aquella certeza le daba un norte a su brújula, algo a lo que aspirar.

"Observa," dijo Kaelith repentinamente, moviéndose por primera vez en lo que debían de haber sido horas, y aproximándose a la orilla. Introdujo su mano entre las nubes. Stroud observó con atención; no hubo ningún cambio visible, ni adquirió ningún efecto dramático de ningún tipo. Cuando la levantó, entre sus dedos había quedado una pequeña hebra de nube, perfecta y condensada, de aspecto casi sólido, suspendida entre los mismos. La sostuvo durante algunos segundos como una pelota, antes de volver a abrir la mano y dejar que la nube se deshiciese en el aire, como deshilachándose. Se encendió un pitillo y se cruzó de brazos, observando a Stroud.

El sol continuaba marcando el paso del día, convirtiendo el frescor del amanecer en una calidez tórrida que se había ido acumulando sobre las rocas. Las corrientes de nubes continuaban su descenso, indiferentes a los esfuerzos de Stroud. En ocasiones, Stroud conseguía encontrar aquella pequeña resistencia, y a veces, incluso, lograba retener un pequeño pedazo de nube entre sus dedos durante el tiempo suficiente como para verla deformarse y deshacerse, tal y como había hecho la de Kaelith. Al cabo de un rato, Kaelith volvió a hablar. "Cambia de mano," ordenó. Stroud sintió el irrefrenable impulso de tirarle una piedra a la cabeza y largarse de allí tal y como había venido, pero se contuvo. Respiró hondo y cambió de mano. Su mano izquierda se sentía mucho más torpe, casi ajena, absolutamente incapaz de encontrar el mismo punto exacto. Continuó intentándolo, con tan solo algunos éxitos de cuando en cuando. Empezó a entender qué había querido enseñarle el Lunarian, que parecía tender a enseñar cosas con la práctica, más que con la explicación: por mucho que Stroud fuese diestro, su voluntad no lo era. Si el haki era una imposición de la voluntad sobre la realidad, aquella misma voluntad vivía en todo su cuerpo.

Empezaba a atardecer. El sol empezaba a adquirir aquel característico brillo carmesí una vez más, inundándolo todo con aquella cálida luz que auguraba el final de la jornada. Stroud estaba empapado en sudor, y Kaelith continuaba en el mismo sitio. Lo había logrado. Llevaba varios éxitos consecutivos. Empezaba a controlarlo. Empezaba a ser capaz de hacerlo a voluntad, empleándose en su concentración, fallando cuando quería fallar, y agarrando la nube cuando quería agarrarla. Introdujo su mano izquierda por enésima vez en la corriente y tomó una de las pequeñas nubes, que arrancó de la corriente como si fuese un pedazo de algodón, y la lanzó en dirección a Kaelith. El Lunarian la atrapó al instante, con un dominio y una maestría evidentes, haciéndola permanecer en su mano como si no fuese nada, como si no le supusiese concentración ninguna, como si le saliera solo. Kaelith asintió. "Una vez más."

Stroud tomó otro pedazo de nube, y luego otro, sacándolos del río como si intentase achicar aguas. Las pequeñas nubes se transformaban en algo físico ante su toque; no sólido, porque no se sentían sólidas, sino tangibles. Era difícil de explicar, y Stroud, entre cuyos dones no se contaba la locuacidad, no hubiese podido ponerlo en palabras aunque hubiese querido. Por primera vez desde que había llegado a Skypiea, desde que había contemplado Shandora, sintió que aquel lugar no solo le mostraba su belleza, sino también algo más profundo, algo que solo se revelaba bajo presión, disciplina y una voluntad férrea. Ningún lugar, ni siquiera las propias nubes, quedaba fuera de su alcance. Ningún lugar quedaba fuera del alcance de la Justicia. Se dejó caer sobre el suelo, exhausto.



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RE: Una vez [P.R., Entrenamiento Busoshoku] - PX-2 - 19-08-2026

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Entrenamiento: Completado
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— Busoshoku Haki (Base)

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Tu Busoshoku envuelve tu cuerpo o armas y te concede la capacidad de golpear de manera exitosa a los usuarios de frutas logias, ignorando así su intangibilidad pero sin anular sus poderes.


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