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[P. Absoluto, Auto, T1] Pan duro - Magnus Brand - 14-08-2026 Plop. Plop. Plop. Plop... El goteo del alquitrán cayendo del tejado que cubría parcialmente a Magnus del sol comenzó a despertarle poco a poco. No era capaz de adivinar cuántas horas había pasado ahí. ¿Cuatro? ¿Catorce? Tampoco es que le importase mucho. Se encontraba en el porche de una tienda que ni siquiera reconocía. Estaba inclinado hacia atrás, sentado en una silla y con los pies apoyados en una valla de madera, en perfecto equilibrio. Claramente estaba acostumbrado a este tipo de posturas. Tenía un cigarro completamente consumido en los labios y una botella a medias en la mano. La botella era de un vidrio marrón oscuro translúcido y no tenía etiqueta. Contenía un líquido muy desagradable para cualquiera (menos para Magnus): una mezcla de etanol obtenido a partir de destilar unas patatas que se había encontrado por ahí y agua para rebajar un poco. No mucho. Aun con los ojos medio cerrados, lo primero que hizo fue encenderse otro cigarro. ![]() —¿A qué esperas para irte? Me espantas a los clientes— le espetó el dueño de la tienda de alimentación a la que pertenecía el porche en el que se encontraba. —Que te jodan —contestó Magnus mientras se levantaba de la silla convenientemente grande que había encontrado a un lado de la tienda. Había pasado la noche ahí, pues estaba acostumbrado a dormir al aire libre con lo primero que encontrase. Era bastante común en su "cultura", si es que podemos llamar así al conjunto de costumbres que desarrollaban los esclavos de Logue Town de manera natural con el paso de las décadas. Se fumó su cigarro de buenos días mientras paseaba sin un rumbo fijo por las calles del reino de Briss. Al terminárselo, se lo apagó en la cicatriz que tenía en el pecho, como hacía siempre. Le aliviaba un poco ese picor que nunca terminaba de irse. Cualquiera diría que era una costumbre insalubre, pero era lo más cercano que él había encontrado a no sentir nada en ese lugar. Se puso otro cigarro entre los labios. Fue a coger el encendedor de su bolsillo derecho pero, al palpar, no había nada. —Me lo habrá robado algún hijo de puta —murmuró. De repente vio a una señora mayor fumando. —Dame fuego, vieja zorra —le dijo amablemente. La señora, asustada, le dio el encendedor sin decir nada y se quedó mirando cómo Magnus se encendía su cigarro del desayuno. Se lo encendió sin prisa. Le gustaba ese encendedor. Le gustaba disfrutar de las pequeñas cosas, como fumarse un cigarro sin pensar en nada. Como mirar al horizonte. Mientras disfrutaba de las vistas, se fijó en un altercado al fondo de la calle: un hombre yacía en el suelo, lleno de alquitrán, con ropa de trabajo y unos grilletes en los tobillos. Era claramente un esclavo del foso de alquitrán a punto de morir de agotamiento. A Magnus se le torció el gesto. La esclavitud es una línea roja que no estaba dispuesto a permitir bajo ninguna circunstancia. Se acercó a la escena del crimen. Estaba el que parecía el esclavista discutiendo con otro hombre. —Es un ser humano, no está bien que le fuerces tanto —dijo el segundo hombre. —Este tío es de mi propiedad. Yo decido cuándo descansa y cuándo no. A ver si eres capaz de darme un solo argumento racional para dejarle descansar más de la cuenta —dijo el esclavista. A Magnus se le vinieron a la cabeza décadas de sufrimiento. Miles de latigazos. Le escocieron las cicatrices. Estaba hirviendo de una rabia breve pero intensa. Privar a una persona de su libertad era el acto más ruin que se podía cometer. Sin decir ni una sola palabra, comenzó a correr hacia la escena rápidamente. Su agilidad sorprendería a cualquiera teniendo en cuenta su tamaño. Cuando estaba cerca del esclavista, dijo con voz serena: —A ver qué te parece este argumento de peso —El esclavista probablemente no se enteró, pero a Magnus eso nunca le importa. Dio un gran salto y, en el aire, se dispuso a darle una patada voladora en el pecho al esclavista. Este salió disparado unos metros hacia atrás y quedó totalmente inconsciente. ![]() —Eh, tú, subnormal. Encárgate del imbécil que hay tirado en el suelo —dijo Magnus señalando al esclavo mientras se alejaba sin mirar atrás con una leve sonrisa de satisfacción. —Estos niños de mierda van a matarme de un disgusto —murmuró para sí mismo mientras se rascaba la cicatriz del pecho. Aun sin mirar atrás, aceleró bastante el paso disimuladamente para alejarse del revuelo. No quería más problemas con la Marina; ya había tenido suficientes. Empezó a rugirle el estómago. «Estaría bien saciar el hambre de este magnífico revolucionario», pensó. —Hoy toca pan duro. Me encanta —dijo sin ironía mientras se sacaba un trozo de pan duro y mohoso del bolsillo de su abrigo. Era más bien un gusto adquirido. Esas décadas de esclavitud en las que solo le ofrecían agua y pan duro (lo justo para no morirse) habían desarrollado en Magnus un gusto extravagante por el pan duro. Además, al tener un estómago resistente, con los años había aprendido a hacer como si el moho no existiera. Le daba un sabor que le recordaba a las noches de lluvia. Mientras caminaba tranquilamente estando ya lejos del altercado, Magnus notó cómo alguien le llamaba la atención tirándole de la parte inferior del abrigo. —Devuélveme mi encendedor, canalla —le dijo la señora a la que se lo pidió prestado minutos atrás. Se había armado de valor para decirle eso. No todos los días veía buccaneers de más de cinco metros de altura por la calle. Menos aún con esas pintas. ![]() —¿Quién cojones eres? —dijo este mientras se encendía su enésimo cigarro, aún con las cenizas de su cigarro anterior en el pecho y sin siquiera dignarse a mirarla a la cara. Y, aunque lo hubiera hecho, tampoco la habría reconocido. No se le daban muy bien las caras precisamente. *Foto vieja* —Soy la que te había prestado el encendedor. Devuélvemelo de una vez —la señora no daba crédito. Magnus parecía confuso. Ni siquiera recordaba haberle pedido el encendedor a nadie. Mucho menos le sonaba la cara de esta señora. —Pensándolo mejor... quédatelo. He visto como has salvado a aquel chico. En el fondo parece que tienes buen corazón —dijo la señora intentando autoconvencerse. No le quedaba otra. Al fin y al cabo no quería jugarse la vida por un encendedor. Magnus, sin embargo, ni siquiera la estaba escuchando. Se guardó el encendedor y continuó su camino. Tras un rato caminando, llegó a la costa. Encontró un a roca cubierta de salitre que, para cualquier otro, habría sido un peñasco inescalable, pero que a él le sirvió como un cómodo taburete. Le gustaba sentarse en este tipo de sitios tranquilos, donde el único ruido era el del mar y no el de algún marine novato gritando tonterías relacionadas con la justicia. Mirando las olas romper contra la costa, Magnus llegó a una profunda conclusión. El mundo era un lugar excesivamente complicado. Los miembros del Gobierno Mundial se pasaban el día redactando leyes absurdas desde la comodidad de su despacho, y el resto del planeta parecía vivir estresado persiguiendo el dinero, la fama o el sexo. Por supuesto, a Magnus le encantaba esto último, pero se resignaba a vivir la vida que otros han diseñado. Para él, la mayoría de esos grandes problemas geopolíticos y debates morales podrían solucionarse rápidamente con una buena patada voladora en el pecho adecuado. Puede que dos, si el tipo en cuestión llevase armadura. ¿Para qué tanto papeleo y tanta burocracia cuando puedes simplemente romperle un par de costillas al capullo de turno? Una filosofía de vida sencilla y directa. Se rascó la barbilla , sintiendo la brisa marina, e inspeccionó el encendedor que le acababan de regalar. Tenía un diseño muy bonito. Parecía una sirena durmiente. Lo guardó en su enorme abrigo con cuidado. El tabaco que fumaba era barato y de sabor áspero, comprado en cualquier taberna mugrienta, pero a él le sabía a gloria. Le gustaba escuchar el sonido constante de las olas chocando contra las rocas. Era un ritmo monótono, casi aburrido para cualquier persona, pero que a él le resultaba muy relajante tras tantos años de ruidos, gritos y órdenes absurdas. Por primera vez en todo el día, se permitió cerrar los ojos un breve instante, disfrutando del sol Tras unos minutos de relajación, exhaló una nube de humo que el viento se llevó rápidamente y soltó una carcajada: —Gurorororo... He salvado una vida, le he hundido el pecho a un gilipollas y he conseguido un encendedor gratis el mismo día. Y encima tengo más pan duro para la cena. —Se recostó un poco, estirando sus inmensas piernas, que colgaban sobre el mar —Definitivamente, la libertad es hermosa. Inspirado por sus vivencias de este día y el paisaje, escribió el siguiente poema: El mar es inmenso y azul. Le reventé el pecho a un idiota. Suelto el humo frente al viento. Qué bueno está este pan duro. ![]()
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RE: [P. Absoluto, Auto, T1] Pan duro - PX-5 - 15-08-2026 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 — Berries: 4.000 |