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[Fic - Pasado] La revolución que nunca olvida - Versión para impresión

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[Fic - Pasado] La revolución que nunca olvida - Max D. Bambú - 19-06-2026

Invierno 1, Año 17
8:00 am, Mogaro.

El invierno se había adentrado sigilosamente en Mogaro sin presentar cambios evidentes en el ambiente. Las hojas de los árboles casi habían terminado de caer en un proceso tan gradual que uno pensaría que la flora de la isla nunca fue demasiado frondosa para empezar. Un día, sin más, empezó a formarse vaho frente al panda cuando respiraba por la boca. Siempre había preferido la primavera y el verano a las estaciones frías. Por algún motivo su pelaje era excepcionalmente resistente a las subidas de temperaturas, pero no a las bajadas. Don Bambú amanecía no en el castillo, como acostumbraba hacer, sino en una de las casas del pueblo cercano. En el pasado aquella vivienda había pertenecido a un orgulloso soldado del rey que pereció en la Revolución de Mogaro. A nadie le importó que el panda se hiciera con la vivienda y la habitase y aunque Don Bambú no pensaba mantenerla para siempre bajo su propiedad, a sus vecinos no les importaría que fuese así. Solían decir que les daba seguridad su presencia y, la verdad, lo entendía. Él era un mink enorme, fuerte y bastante majo cuando lo conocían. Solía traer los frutos de los árboles del bosque para sus vecinos cuando iba a recogerlos en temporada. La última cosecha de castañas mogarienses tuvo un gran éxito con los ancianos de la casa contigua en dirección al puerto, que hicieron una fantástica crema de castaña para compartirla con el mink. Los últimos retazos de crema de castaña reposaban ahora sobre la tostada que iba a ser su desayuno. Llamarlo tostada sólo funciona desde la perspectiva del mink, claro. Para una persona normal aquello era una barra de pan partida por la mitad y abierta de par en par, calentada al fuego hasta que estuvo crujiente y acompañada de un cuenco de café. Esa mañana Don Bambú desayunó con moderación.

Después de leer el periódico local, el cual no tenía mucho que decir más allá de anunciar la llegada del invierno al populacho, el panda salió de su agradable hogar hacia el frío exterior. Una tralúcida bruma recorría las calles, amenazando con invadir cualquier casa desprotegida y desprovista del calor de una chimenea encendida. Hoy el panda iba vestido con ropajes gruesos. Unos pantalones de pana marrones, camiseta de manga larga, sudadera de marca Jaiku con elegantes diseños artísticos de obras gráficas conocidas, y un abrigo impermeable por si de repente se ponía a llover o, peor todavía, nevar. Sus botas anunciaban con cada retumbante paso que daba la proximidad de la bestia pandil. Su camino le llevaba hasta el bosque. Tenía asuntos personales que atender en las profundidades de Mogaro. Era un proyecto que estaba desarrollando en la intimidad, aunque no le importaba que alguien lo viera. De hecho, era algo que debía verse tarde o temprano. Sencillamente no estaba terminado todavía.

Las calles de Ciudad Kamome, normalmente bullentes de actividad, estaban muy tranquilas. El frío invernal siempre animaba a las personas a quedarse un rato más en la cama, era algo habitual. Poco a poco el número de edificaciones a los laterales de las calles iba disminuyendo según el panda se aproximaba al extrarradio. Pronto el pavimento de adoquines se transformó en un sencillo camino de tierra rodeado de praderas con ocasionales casas en la distancia, la mayoría de las cuales tenían enormes terrenos, algunos de ellos labrados y otros reprosando de la labranza. El fuego de algunas chimeneas se evidenciaba en la humareda que escapaba de las casas en las que ardía. En la distancia, un bosque. La isla de Mogaro estaba bastante llena de bosque. Anteriormente los rebeldes lo empleaban como terreno ventajoso contra el régimen del dictador, pero a día de hoy ya pocos rebeldes quedaban allí, pues no había régimen contra el que rebelarse. Hoy eran ciudadanos libres los que en su tiempo fueron prófugos de la justicia. Bambú siguió el camino, que pronto devino en sendero y finalmente en terreno salvaje. Los pequeños arbustos de la zona exterior del bosque no interrumpieron su paso. Tampoco las viejas trampas de los rebeldes, algunas de las cuales todavía estaban activas a pesar de las habituales batidas para dar con ellas y desmontarlas. Nada que un afable panda de casi cuatro metros no pudiera desactivar con su cuerpo. Un cepo aquí. —Uy. —Un hoyo con pinchos allá. —Cielos. —Incluso todavía quedaba un tronco sujeto por cuerdas que se liberó cuando sin delicadeza Bambú rompió el fino cable de metal que mantenía todo el mecanismo estático. Una nube de astillas se materializó allí donde antes había madera que viajaba a peligrosas velocidades hacia lo que normalmente sería la cabeza de un humano, pero que en estos momentos era la entrepierna de Bambú. —Esta iba a matar. —Siempre iba por rutas diferentes hacia el pequeño claro del que se había apropiado para su proyecto precisamente para ser él el que se enfrentase a esa clase de cosas y no un niño descuidado.

La luz no tardó en filtrarse a través de la espesura del bosque que el panda atravesaba. El claro se materializó ante sus ojos. Desde otra perspectiva diferente, Bambú vio el conjunto de troncos que había dispuesto verticalmente en línea recta, abarcando unos buenos doce metros de longitud desde un extremo a otro. Había diez troncos en total. Uno de ellos había sido tallado minuciosamente y le daba la bienvenida al mink con una mirada inocente. El barniz se había secado adecuadamente y después de pasarle un trapo Bambú pudo ver su reflejo en la generosa panza que le había tallado. Era, por supuesto, más pequeño que el real. Los había adaptado a su propio tamaño para trabajar con comodidad y con los materiales de los que podía proveerse en el bosque. —Honhonhon, tenía pensada una técnica cojonuda contigo. Seguro que no te hubiera gustado la técnica como tal, pero el nombre me quedó logrado. —Hizo el amago de agarrar algo en el aire, giró un par de veces como un tornillo sobre su propio eje y golpeó a un enemigo invisible con un arma de 12 metros y medio de largo.

SWINE SWING

Se echó a reír él solo, considerando quizás que se había vuelto loco. Cuando por fin paró, miró unos segundos en silencio su obra, sacó un martillo y un cincel y empezó a trabajar en la siguiente.