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[Fic] Noticias que vuelan - Max D. Bambú - 11-06-2026 Día 28 de Invierno, Año 17
17:13 El trajín constante de la base revolucionaria llegó a agobiar al panda al cabo de un par de días. Era bulliciosa hasta el extremo, llena de vida revolucionaria que con un frenetismo llameante se preparaba para uno de los capítulos más importantes de su existencia. No le disgustaba, no nos engañemos. Don Bambú se sentía extremadamente feliz de poder compartir espacio con otras personas que pensaban como él. Que miraban hacia el cielo, donde los nobles mundiales se regocijaban de sus enfermizos privilegios, y no se contentaban con agitar el puño hacia ellos en señal de protesta. No. Los revolucionarios, la raza de Caín, como los denominaba Barles Chaudelaire, ascenderían al cielo y arrojarían a Dios sobre la tierra. Estar con ellos era un orgullo.
Pero cojones, que no se callaban. La base no era una biblioteca, eso lo sabía, pero el barullo que montaban decenas de miles de personas encerradas en un mismo espacio era, en ocasiones, inaguantable para el panda. Además todo el mundo le miraba, y aunque no le importaba en exceso tampoco le gustaba sentirse observado a todas horas. Mientras desayunaba, mientras entrenaba, mientras leía y no le observaban mientras cagaba porque con la cara de pocos amigos que se le ponía a media tarde no había huevos de acercarse a hablarle. El panda no era un mink rencoroso, así que no se lo tendría en cuenta a las generaciones más jóvenes de revolucionarios, pero necesitaba un espacio silencioso en el cual poder pensar con tranquilidad. Se acercaba el día en el que daría comienzo su siguiente misión. Una misión en la que nadie podía ayudarle, porque era algo con lo que debía lidiar él solo. Debía dar caza a Kovashi y debía darle un desenlace a su historia, a su tormento. Debía matar a su amigo. La simple idea le causaba escalofríos, pero ya no se trataba de una disputa entre camaradas como las del pasado, sino de un deber revolucionario. Kovashi había cometido un acto de alta traición al asesinar a Derya. Había traicionado la amistad que tenían, pero por encima de todas las cosas había traicionado al Ejército. Y este era un crimen que Don Bambú, sencillamente, no podía perdonarle. El Valle del Silencio hacía honor a su nombre. La tierra árida de Báltigo, fría por el invierno que la asolaba, era un terreno inhóspito para la mayoría de revolucionarios, que preferían el calor de la base antes que la tierra estéril de las afueras. El sonido del viento emitía una suerte de agudo silbido al atravesar las formaciones rocosas circundantes. No era molesto a pesar de todo, ya que el sonido era constante y natural. Invitaba a la relajación más que al estrés. Por lo demás, no se escuchaba nada en el valle. Nada excepto el aleteo lejano de un ave. No, no un ave, centenares al unísono. Una enorme bandada de pájaros se adentraba en Báltigo por el este, atravesando el Valle del Silencio en dirección a la fortaleza revolucionaria llevando consigo... ¡El periódico! Perspicaces como eran, nada ni nadie escapaba de sus aguileñas miradas. Uno de los laboriosos animales detectó inmediatamente al panda y le arrojó con precisión el periódico a la cabeza. Intha los había entrenado bien. —Ay. —Se quejó, aunque no le había dolido en absoluto. Ya se había olvidado de los pájaros cuando abrió el periódico por la primera página. —NO ME LO CREO. —Y así, el Valle del Silencio se convirtió en el Valle del Panda Incrédulo y Ruidoso. Allí, en la mismísima primera plana, Triana Tempesta le recibía con una mirada por la que habrían partido un millar de galeones, como la de Trelena de Hoya. ¿La noticia? Los Alas Negras habían acabado con Punk Hazard, pero no solo eso, sino que además habían terminado con la vida del mismísimo Dr. Utakata. Inmediatamente la mente del panda le llevó al pasado, a los Cabos Gemelos, donde tras un arduo enfrentamiento con el pirata Finn Slingerland en el que habían resultado victoriosos, una de las Unidades de Destrucción Masiva de Utakata hizo acto de aparición para hacerse con todos las recompensas y prácticamente reírse en sus caras. Aquel día Don Bambú juró vengarse del Dr. Utakata, pero seis años más tarde no era por su mano por la que el científico encontraba un sangriento desenlace. —Se me han adelantado, maldito Garnet. —Les maldecía, pero lo hacía con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro. Tobías, Triana, Jolyne, Kenzo —Anda, Kenzo tiene una D. también, qué raro. Honhonhonhon. —Garnet y... —Yojimbo... ¿van a ejecutarle? —La sonrisa de su rostro se esfumó tan rápido como había llegado. El heredero de la legendaria tierra de Skypiea, tal y como había anunciado Zarutsuki años atrás, había sido condenado a muerte. Las acciones de los Alas Negras habían desencadenado una respuesta contundente de la malvada Marina. —¡No, espera! ¡Estúpido periódico! ¿¡Cómo que el 10 de Invierno!? —El día ya había pasado. ¿Habían ejecutado de verdad a Yojimbo? Bambú era un revolucionario y Yojimbo un pirata. Casi no tenía relación con él, pero hubiera acudido a su rescate aunque sólo fuera por Garnet. ¿Cómo debía de sentirse su lascivo amigo en aquellos instantes? —Mierda tío... Tengo que hablar con él. Es capaz de hacer una locura... —Le llamaría pronto. Seguro que podían compartir penas y aliviarse el uno al otro como tantas otras veces en el pasado. Casi no se habría animado a seguir con la lectura de no ser porque podrían decir algo interesante. Las siguientes dos noticias, las cuales compartían página, demostraron que su intuición era correcta. Por un lado se iba a celebrar la segunda edición de los juegos de Zarutsuki. Teniendo en cuenta que Yojimbo era el protegido del infame Shichibukai, aquel parecía un mal momento. Por otro lado, una división de malignos, malvados, analfabetos y malolientes marines había condenado Drum al fascismo. Esperaba de corazón que los revolucionarios que se dirigiesen al Grand Line lo solventasen cuanto antes. Justo debajo de estas dos noticias, sin embargo, había una mucho más relevante para el panda. La mismísima Elizabeth D. Kaiten aparecía en portada rodeada de insultos y calumnias propias de un sensacionalista como Intha. Una lágrima de orgullo surcó el rostro del mink mientras leía cómo se contemplaba que el Ejército pudiera llegar incluso a robar la Navidad. —Por fin acabaremos con esa absurda festividad engendro del capitalismo... —Estaba mal que el panda lo pensase, mucho más que lo dijera, pero su Comandante Suprema salía mucho más atractiva que la legendaria Triana Tempesta. Con esa imagen en la mano igual hasta convencía a Garnet de que se hiciera revolucionario. Puejejeje...
Casi le parecía escuchar su risa de absoluto pervertido en la distancia. Tanto fue así que miró a su alrededor para asegurarse de que de verdad no estaba allí. Como corroboró que estaba completamente solo en aquel valle, continuó su lectura para toparse con otra noticia de Sanxe. —Ah, ya sabía yo que Marrano Rahoy no era de fiar. Seguro que tiene algo que ver con ese misterioso M. Rahoy. Si tuviera alguna evidencia de ello... —Pero no las había. Era completamente imposible realizar esa conexión y llamarían loco a cualquiera que lo intentase. Y como Bambú no quería ser objeto de vilipendio público, decidió dejar la noticia atrás y no hacerse ideas extrañas.
Las últimas noticias aludían a unas cuantas bandas de piratas cuyos nombres no le decían nada al panda y a una nueva receta viral de esas que pasan de moda a los dos meses. ¿De verdad había gente que quería tener el perineo anal tostado? Negando con la cabeza, el panda cerró el periódico y lo dobló. Había olvidado el melancólico motivo que le llevó a viajar a aquel páramo desolador como era el Valle del Silencio. Se había dejado los den den mushis en el despacho de Kisuke como quien deja el móvil en casa para desconectar de la tecnología unos instantes, pero rápidamente se percató de lo estúpido de su decisión. ¿Y si ataca el Gobierno Mundial sorpresivamente? Sería una locura, pero más loco sería no estar allí para defender a sus compañeros. Rápidamente y con la cabeza más vacía de preocupaciones y más llena de información nueva, Bambú empezó a trotar de vuelta a casa. |