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Me. Muero. Aaa. | Pasado | Priv. - Versión para impresión

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Me. Muero. Aaa. | Pasado | Priv. - Tsunamaro - 24-04-2026

[Imagen: 9JCBs7Gj_o.png]

Primavera (22)
Año 16.
08:18 a.m.


¡Me muero!

Qué dolor.

Socorro.

Qué dolor, madre mía, qué dolor.

Me desmayo. 

Sé que voy a morir y lo único que puede salvarme es un buen doctor.

...



Abrí los ojos a una blancura inmensa. Una mujer perro de cabellos azules ataviada con uniforme y cofia vigilaba el goteo del suero que descendía desde una bolsa colgada de un soporte metálico hasta el pliegue de mi brazo, a la altura del codo, en una aguja ceñida con esparadrapo. Detrás, una hilera de camillas se perdía hasta fondo de la sala.

—¿Es esto el cielo? —pregunté.

La enfermera alzó la vista y me miró de reojo. No debía de tener más de veintipocos años. Pelo azul, ondulado, derramado sobre unos ojazos verdes, manos finas, un porte que debería estar prohibido entre convalecientes porque me descompuso más de lo que ya estaba. Lo primero que pensé fue que, para ser un ángel en nómina divina, estaba de bastante mejor ver de lo que invitaban a pensar las estampitas que siempre llevaban en la cartera los marineros.

Ella, al ver que recobraba el sentido y el habla, se aproximó un poco más, me abrió los párpados con los dedos y me examinó los ojos.

—¿Estoy muerto? —insistí.

—No exagere. Está un tanto cascado, pero en general bastante vivo.

—Entonces ¿esto no es el Paraíso?

—Qué más quisiera usted. Estamos en el Hospital II de la Isla Kárate. O sea, en el infierno.

Mientras ella me tomaba la temperatura, consideré el giro de los acontecimientos e intenté recordar cómo había llegado hasta allí. Me bailaban los recuerdos. Había pasado la noche anterior al raso. Recuerdo salir más tarde de lo habitual de la taberna y... ¡Había llovido! ¿Y luego? Luego perdí el hilo de mis pensamientos porque el bombón alfombrado que tenía delante requirió mi atención con una pregunta:

—¿Cómo se encuentra?

—Convaleciente, señorita. Mire qué desperdicio. Todo esto —me barrí el cuerpo con las manos— va a quedarse para deleite exclusivo de los gusanos.

—Será para menos, hombre.

—Que me muero, doña. Que la espicho, que estiro la pata, que cuelgo los remos sin haber tocado puerto, que entrego la cuchara con el postre a medias, que lío el petate rumbo a las praderas eternas, que hinco el pico y que, en fin, mañana a estas horas me estarán pasando lista en el registro de los finados. Y eso que, fíjese, ayer mismo habría jurado que tenía yo más vidas que un gato.

—Más vidas que un gato, poca vergüenza y la mano muy suelta, motivo por el que voy a tener que pedirle que deje de fingir estar inconsciente para pellizcarle el culo a las enfermeras, o voy a tener que llamar a seguridad.

—Ver y no tocar —hice un mohín—, sí que es esto el infierno. ¿Sabe qué? Se me ha despertado de repente el apetito tabernario. Si no me va usted a ofrecer un garchu ni nada, mejor me levanto —hice el ademán, pero una punzada dolorosa en algún lugar del cerebro volvió a tumbarme en la camilla— y... me voy al ba... ba... bar... ¡Achís!

Verde y viscoso.

Había dejado perdida a la pobre enfermera de mocos.

Inmediatamente, intenté remediar el desastre juntando las manos y flexionando el tronco todo lo que podía mientras balbuceaba: Gomen nasai, gomen nasai, gomen nas...

—En fin... Créame que nada me haría más feliz, pero me temo que no puedo dejarle ir todavía. No, al menos, hasta que el doctor revise su expediente y le dé el alta. Le voy a pedir un poco de paciencia. No quisiera que tuviésemos un susto. Llegará enseguida ¿Cree que sobrevivirá si le dejo solo cinco minutos?

Pactamos un sí como respuesta y me dejó allí, moribundo, esperando a ver si llegaba antes el doctor en cuestión o un esqueleto con capa y guadaña reclamando mi alma.

Resumen


Karmas