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No todo lo que brilla es oro [Pasado] [Priv. Morana] - Versión para impresión

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No todo lo que brilla es oro [Pasado] [Priv. Morana] - Hyákinthos - 28-03-2026

Día 80 de primavera, año 16
5:45 p.m
Isla Karate
Calor.

Aun no se acostumbraba al clima entre caluroso y húmedo de la isla; sin embargo, no podía quedarse todo el día en el barco, por más que le tentara quedarse en su habitación, cerca de la ventana, recibiendo la brisa fresca del océano, a fin de cuentas, hoy tenía trabajo que atender.

Había dejado atrás al extraño grupo de personas con las que ahora viajaba, pero, no porque se fuera a separar su viaje de ellos, no…eso no, si no, porque necesitaba algo de espacio, soledad y, sobre todo, discreción, a fin de cuentas, por simples casualidades del destino o buena suerte, había conseguido un pequeño encargo de parte de alguien importante en Isla Karate y hoy debía entregarlo.

En una de sus manos llevaba un maletín negro, algo ancho, bien sellado, como si el objetivo del maletín no fuera la comodidad ni la estética, si no más bien, la funcionalidad de algo y ¡Claro! Por algo era un maletín térmico y que, a simple vista, evidenciaba que servía para llevar insumos médicos o alguna otra cosa que debiera conservarse bien, así que, en teoría, así mismo el debería cuidarlo de la mejor manera posible, pero…

—¡Ah! —El médico, un hombre de cabellos rosas, rostro agraciado y cuerpo delgado, vestido con un fresco kimono celeste, se quejó al leer el papel que llevaba en su mano, en donde estaba anotada la dirección del hombre a quien debía llevarle el maletín con el encargo; sin embargo, aunque podía leer a la perfección las letras y, en teoría, entenderlas, ya le había dado la vuelta al sitio al menos unas dos veces y no conseguía ubicar la casa correcta. Refunfuñó…Detestaba seguir direcciones, además, el calor de la isla no lo estaba ayudando. —Bien, al menos estoy a tiempo para llegar aún —. Acarició su entrecejo con sus dedos, intentando relajarse. —Supongo que relajarme por un rato no me hará daño.

Respiró, cansado de caminar tanto por la isla y decidió relajarse. El médico se recostó en una baranda de madera, justo al lado de la calle, cerca de las mesas de un restaurante que parecía bastante concurrido, tal como el resto de la avenida y, por un momento, decidió colocar su maletín en el suelo, al lado de él. No creyó que nada pasaría… ¡Qué tonto! Siempre creía que era mejor no confiar en nada ni en nadie, siempre solía estar atento a sus alrededores, pero hoy…hoy el calor, el sol, la aglomeración de personas y su frustración por no encontrar el lugar al que debía ir, se reunieron para jugarle una mala pasada.

Solo cerró los ojos por un momento en el que metió su mano en su bolsillo para sacar de este un frasco con esencia de menta. Inhaló el aroma picoso de aquella sustancia por unos segundos y, cuando volvió a abrir los ojos y mirar a su lado para inclinarse a tomar el maletín y seguir con su camino…este había desaparecido.

No se alarmó, no hizo un escándalo, pero se puso en alerta. Observó a sus alrededores, buscó en el sitio, solo para comprobar que su mala memoria no le había jugado una pasada, pero pronto se dio cuenta de que no era así, porque, a lo lejos, entre la multitud, pudo ver con claridad como un hombre se alejaba con SU maletín.

—Tsk…hijo de…—No gritó, no quiso llamar su atención, pues él mismo correría si alguien lo descubre en una fechoría, así que el médico se limitó a colarse entre las personas, con paso rápido y, en menos de lo que esperó, ya estaba casi cerca del ladrón…Si el tipo supiera que dentro no había nada que pudiera ser de valor en las manos equivocadas, no se habría llevado aquella cosa, pero…claro, un ladrón de barrio no tenía la mente para analizar eso, por lo que, ahora, el médico solo podía rogar atraparlo y, en su mente, sonreír con lo que le haría al ponerle las manos encima. Se había metido con la persona equivocada, el problema es que…no lo atraparía tan fácil.

Chocó, en medio de su concentración en la que solo podía pensar en las mil y un torturas que viviría ese ladrón de cuarta, al que no le quitaba la vista de encima…tenía que haber chocado con algo o, mejor dicho, alguien.

No supo como pasó, estaba concentrado en el maletín, en el hombre que se lo había llevado. Creyó que habría visto venir a cualquier persona, pero no, tal vez limitó demasiado su visión y, por lo tanto, solo pudo quejarse y llevar su mano a su nariz cuando su rostro quedó estampado en las ¿Caderas? De alguien más.
 
—Auch —. Se quejó mientras acariciaba su nariz. No iba a disculparse, no tenía tiempo de detenerse ni de mirar hacia arriba, solo rodeó a la persona, pero…cuando pudo esquivarla por completo, el ladrón había desaparecido. En ese momento el médico palideció y ahí si que fue capaz de mostrar su rostro de desesperación, uno que era evidente ahora que miraba en todas las direcciones y se giraba para tener mejor alcance.
 
—No, no, no, no ¡Mi maletín! No puedo perderlo, no ahora…no, por favor —. Empezó a desesperarse y, en ese instante de desespero, miró hacia arriba, encontrando, por fin, a la persona con la que se había chocado. —Dime que viste algo, por favor…a un hombre con un maletín gris oscuro, casi negro, de bordes rojos y con una cruz roja al frente —. En otro momento se habría maravillado con la visión de un lunarian, una raza que desearía estudiar con todas sus fuerzas, pero…ahora…su maletín era mucho más importante para él.

—Por favor…ayuda —. El rostro del médico no irradiaba maldad, de hecho, sus facciones delicadas lo hacían ver hermoso y, sobre todo, ingenuo, casi inocente. Sus ojos brillaban con un matiz que parecía ser sinónimo de debilidad. A simple vista se veía como alguien indefenso y...se podía decir que, por el momento, era así, pues la pérdida de su maletín había abierto una ventana muy pequeña a la "vulnerabilidad". Una mentira que el mismo doctor solía creer de sí mismo...a fin de cuentas estaba lejos de ser indefenso, pero, eso no tenía porqué saberlo un desconocido.


 
Botiquín. Solo abrir en caso de emergencias.



RE: No todo lo que brilla es oro [Pasado] [Priv. Morana] - Maria Merlot - 20-04-2026

Narrador / María Merlot



A veces se despertaba sudando, soñando con aquellos que le hicieron tanto daño. Curioso porque mientras estaba bajo su yugo su mente solía obviar esas pesadillas. ¿Por qué ahora la atormentaban? Tal vez porque una voz le susurraba que ellos vendrían y le arrebatarían de la paz que le había regalado Fantasma a través de su tripulación, en especial del objeto de su adoración: Hyakinthos.

Se levanto respirando profundo al tiempo que limpiaba su frente empapada. Los orbes ámbar recorrieron la celda, su nueva “habitación”. No había ningún sonido extraño: gemidos, llanto, gritos. Todo estaba calmado, y el arrullo de las olas meciendo el barco le otorgaba una sensación irreal de… paz. ¿Por qué irreal? Porque ÉL le había dicho hacia mucho tiempo que jamás se libraría de sus tentáculos y en los últimos cinco años lo cumplió al pie de la letra… no importaba donde se ocultara ni quien fuera su escudo, siempre terminaba regresando a su lado... contra su voluntad.

¡No!

Esta vez no sería igual.

Fantasma le prometió libertad.

¿Ella al fin conocería ese maravilloso concepto?

Levantándose por completo se cambio la pijama. Había estado todo el día acostada, algo poco común en su personalidad pero la ansiedad a veces la ataca sobremanera y debía auto recluirse en su mente, no quería molestar a la tripulación que apenas la iba acogiendo como una más. Se vistió con una prenda de dos piezas a juego en color mostaza, también arreglo su cabello con esmero. ¡Iría a buscar a Algodón de Azúcar! Él la relajaba, él la hacia olvidar cualquier cosa, vivía por y para él.

Luego de perderse en el barco, el gigante Thrym le informo que el medico pelirrosado había ido al pueblo por negocios. ¿Qué negocios? ¡Obviamente ayudar a los necesitados! Algodón de Azúcar como médico debía hacer esas actividades de beneficencia altruista que llevaban esperanzas a los marginados por la sociedad, y menos afortunados. ¡Él era increíble! ¡Con más razón debía encontrarlo, quería ayudarlo!

María, fiel a su desorientación, tardo el doble de tiempo en llegar al pueblo y una vez ahí empezó a caminar por todos lados. Los habitantes, como siempre le pasaba, no podían apartar las miradas de ella. A esta altura de su vida estaba acostumbrada. Con su encanto natural saludaba a quien pasaba mas de un segundo mirándola fijamente, o se detenía y hablaba con quien le dirigia la plabra. Era amable y extrovertida por naturaleza. Sonrojos y suspiros robo sin proponérselo.

De pronto un hombre, en una esquina choco con ella. El tipo cayo en dirección contraria. Las personas alrededor se acercaron a ayudar a la hermosa dama, otros le refunfuñaban al sujeto que se quedo mudo —… ¡Agarren los datos del carruaje que me atropello! Digo, estoy bien, estoy bien, no me paso nada… creo ¿Estas bien? Disculpa no veía por dónde venía… — dijo a las personas mientras alguien la ayudaba a levantarse, también se disculpó con el raro hombre que veía hacia todos lados buscando algo, algo que había caído a los pies de la joven y que recogió —… ¿es tu bolso? Espero que nada de lo que tengas adentro se dañara, aunque si se dañó, entonces permíteme reponértelo. ¿Que tienes adentro? — le pregunto con curiosidad, no estaba en su personalidad dejar pasar una afrenta que ella misma ocasionara. Supuso que ahora tendría que esperar antes de encontrar a Hyakitnhos.

Por alguna razón el tipo no dijo nada miraba el maletín en sus manos con miedo y devoción pero considerando a las personas alrededor de la hermosa mujer preguntándole como estaba, cualquier actitud hostil podría levantar sospechas. María ajena a ese pensamiento seguía diciéndole a la legión de admiradores que estaba bien sin soltar el bolso.




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