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El inclemente reino [Autonarrada T1] [Presente Absoluto] - Versión para impresión

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El inclemente reino [Autonarrada T1] [Presente Absoluto] - Kael Omuyaga - 07-02-2026

Día 76 de Primavera, Año 17

Las constantes nevadas y ventiscas que azotan el vasto Reino de Roshwan incluso en primavera, cerca del verano, hacen que la superficie de esta isla del tamaño de un continente esté recubierta casi en su totalidad por gruesas capas de nieve. Desde el mar, incluso antes de que el barco comercial atracara, Kael pudo percibirlo: el horizonte no se distinguía con claridad, y el cielo y la tierra parecían fundirse en una misma masa blanquecina, agitada por un viento que no concedía tregua. No era un frío violento ni inmediato, como el de una tormenta repentina, sino uno persistente, constante, que se filtraba poco a poco bajo la ropa, entre los huesos, obligando al cuerpo a mantenerse alerta. Esa clase de congelación que proviene de la gran humedad del reino, y que uno odiaba con toda su alma. Si algo tenía claro desde el primer segundo que sintió ese temporal, es que no había venido con la ropa apropiada, y tendría que hacerse cargo de ese problema lo antes posible. ¿Solución? Vestir con varias camisas al mismo tiempo y un par de pantalones, por apretados que estos estuvieran hasta que la ropa dejase de ser un problema.


Para este humano, que venía de islas de clima más templado, Roshwan era una prueba en sí misma.


La tundra se extendía más allá de los muelles como una llanura infinita, salpicada de colinas suaves cubiertas de nieve endurecida. En ella vivían toda clase de criaturas adaptadas al clima helado: bestias de pelaje espeso, aves que se camuflaban con el entorno y pequeños animales que apenas se dejaban ver antes de desaparecer bajo la superficie blanca. Aquella tierra no parecía hostil por maldad, sino por indiferencia; sobrevivía quien se adaptaba, quien aprendía a leer los signos del viento y del hielo. El de cabello Azabache espera no ser víctima de esa indiferencia, pues ahora mismo, con su escaso arsenal de supervivencia, se encuentra lejos de considerarse preparado contra las inclemencias y las posibles agresiones de una tierra tan helada.


El destacamento de la Marina al que Kael había sido asignado no era grande. Una docena de hombres y mujeres, la mayoría de rangos bajos o medios, con un par de oficiales al mando. Lo único que llamó su atención fue la ausencia de Sargentos. Parecía que todos ellos habían abandonado el reino, y que solamente a partir de los contramaestres estaban en el lugar como fuerza de mando claramente superior en adelante, hasta llegar al capitán del destacamento. Su misión allí, según se le había explicado al llegar, no era combatir piratas ni reprimir revueltas, sino garantizar la estabilidad logística entre las principales ciudades del reino y asegurar que las rutas de suministro no se vieran interrumpidas durante el invierno más crudo en décadas. Básicamente, otra vez el mismo trabajo que tuvo en Samba. Comenzó a añorar ese clima cálido donde su amigo albino deseaba estar casi constantemente.


Pushkin, la capital, sería su primer destino.


Nada más poner un pie en la ciudad, el de cabello azabache comprendió por qué era considerada única en el mundo. Los edificios, construidos en su mayoría con ladrillo rojizo, contrastaban de forma casi violenta con la blancura de la nieve. A diferencia de Baterilla, sus tejados, lejos de seguir líneas rectas o formas simples, se alzaban en estructuras esféricas, cúpulas de colores vivos, —azules profundos, verdes oscuros, amarillos apagados— que parecían desafiar la lógica arquitectónica, algo que, poco a poco, comenzó a fijarse tras el deleite anaranjado de los pescadores en Batera.


A pesar del frío, la ciudad estaba viva: comerciantes envueltos en capas gruesas, ciudadanos que se movían con paso seguro por calles heladas, y el constante vapor que escapaba de tabernas y destilerías, ofreciendo a Kael, no muy dado a la bebida, la necesidad psicológica de adentrarse en una de ellas con tal de calentar el gaznate y olvidar el frío.


Porque si algo definía a Roshwan tanto como el hielo, era el alcohol.


Las bebidas fermentadas no eran un lujo ni un vicio, sino una tradición longeva, casi una necesidad cultural. Los habitantes del reino habían aprendido, a lo largo de generaciones, a combatir el frío desde dentro. Cada ciudad tenía sus propias recetas, y cada familia defendía con orgullo la calidad de su fermentado. Para Kael, aquello era un mundo completamente nuevo, aunque pronto entendería que también traía consigo problemas que la Marina no podía ignorar.


La base local de la Marina en Pushkin no era grande, pero sí robusta. Construida con los mismos ladrillos rojizos que el resto de la ciudad, estaba diseñada para resistir ventiscas prolongadas y temperaturas extremas. En ella, se le entregaron informes impresos con información poco relevante en caso de filtración. Chastushka, Tabjin y Numa aparecían constantemente en ellos, destinos que, casi con total seguridad, tendría que visitar en la escolta de los convoyes comerciales.


La primera misión real llegó antes de lo esperado. Un convoy procedente de Chastushka llevaba varios días de retraso. Transportaba grano fermentado y medicinas básicas destinadas a Pushkin, y la falta de noticias había empezado a preocupar a las autoridades locales. No se sospechaba de piratas — pues el clima disuadía a la mayoría—, pero sí de posibles accidentes en la tundra o conflictos con las criaturas salvajes que habitaban la región.


Kael fue asignado como parte del equipo de apoyo, aunque no en primera línea. Su función sería mantener comunicación entre los exploradores y la base, registrar cualquier incidencia y asistir donde fuese necesario, una labor de apoyo que podría complementar gracias a que aún se desconocía de sus verdaderas capacidades. Aún así, la responsabilidad pesaba más que en misiones anteriores. En Roshwan, un error logístico podía costar vidas, incluida la suya.


El primer viaje, en dirección hacia Chastushka, fue lento y agotador. Los trineos reforzados avanzaban con dificultad entre la nieve, y el viento golpeaba sin descanso los rostros de los Marines. Kael  tuvo que aprender rápidamente a leer las señales del entorno: cambios en la textura del hielo, acumulaciones sospechosas, zonas donde el silencio era demasiado absoluto. No lo hacía solo; observaba a los veteranos, preguntaba cuando era necesario y tomaba notas mentales constantes. Si el recién llegado era bueno observando y analizando, en aquel momento podría perfectamente ser el mejor de todos ellos, debido a la necesidad interna de conseguirlo por supervivencia, o morir en el intento.


Gracias a eso, precisamente, que fue él quien detectó la primera anomalía.


En un punto del trayecto, notó que las marcas del convoy desaparecían de forma abrupta, como si los trineos se hubieran desviado de repente. Se acercó hacia el contramaestre al mando, informando con cautela, exponiendo su observación. Tras comprobarlo, rápidamente decidieron investigar, confundidos por una aparente verdad tan evidente, y que ningún otro parecía haber captado tan rápido como él. Aquella decisión, aparentemente menor, los llevó a encontrar el convoy parcialmente enterrado por una avalancha secundaria, provocada por el paso de una criatura de gran tamaño.


Aquello no se le pudo llamar combate, pero por suerte tampoco una carnicería. En los restos del convoy solo encontraron hombres heridos, suministros dañados y un frío que no perdonaba. Las señales dejaban en claro que no había sido causado por ningún grupo de asaltantes, sino de criaturas de los hielos que no perdonan a nadie que se adentre en su terreno. Kael se movió donde más falta hacía, tratando de organizar el traslado de los heridos y ayudando a priorizar qué cargamento podía salvarse. Su voz, a pesar de su tono invariable, y aunque no era la de un líder oficial, transmitía calma.


Gracias a esa coordinación, el convoy pudo ser rescatado antes de que la situación empeorara.


La siguiente asignación los llevó a Tabjin, una ciudad conocida, según se decía entre los más novatos, tanto por sus destilerías como por su carácter conflictivo. Allí, la tradición alcohólica había derivado en tensiones constantes entre grupos locales, y la Marina estaba presente más como mediadora que como fuerza represiva. El joven de la división setenta y cinco fue enviado como apoyo administrativo, pero pronto se vio envuelto en negociaciones improvisadas, sirviendo de enlace entre oficiales y líderes civiles.


Escuchaba más de lo que hablaba tal y como suele ser costumbre en él. Tomaba notas. Reformulaba mensajes para evitar malentendidos. Cuando surgían discusiones acaloradas, su capacidad para mantener la calma y redirigir la conversación evitó que más de una situación escalara, pues gracias a su don heredado de su familia, es capaz de conseguir ayudar a aquellos con un tono más colérico. No era diplomacia refinada, pero era efectiva.


En Numa, la historia fue distinta. Más pequeña, más aislada, la ciudad sufría problemas de abastecimiento crónicos. Allí, tuvo que ayudar a reorganizar los horarios de reparto, ajustándolos al clima extremo y a las capacidades reales de los equipos locales. De nuevo, nada espectacular, pero esencial. Prácticamente toda su estancia en el reino de Roshwan se podría haber resumido en aquello, pues al final, en apenas unos días, tendría que volver a abandonar el lugar, realizando aquellos viajes constantes que tanto mantiene.


Kael comprendió algo que no había entendido en sus primeras misiones: la Marina no solo existía para luchar. En lugares como aquel, su verdadero valor estaba en sostener el orden cotidiano, en asegurar que la gente pudiera seguir viviendo a pesar de un entorno implacable, y quizás, siendo apenas un pequeño marine raso que se mantiene en esa posición durante años, es lo más satisfactorio que puede llegar a lograr en su trabajo.


La noche antes de abandonar Pushkin, Kael observó la ciudad desde una colina cercana. Las cúpulas de colores destacaban bajo la luz de la luna, y el vapor de las destilerías se elevaba como un recordatorio constante de la adaptación humana. Pensó en Sorbet, en Samba, en Baterilla...cada isla había dejado una marca distinta en él.


Roshwan le había enseñado aún más el valor de la paciencia, algo en lo que él desde su accidente siempre ha destacado, pero que en Roshwan ha aprendido a valorar un poco más, afianzando esa determinación en tomar las cosas con tiempo.


Él seguía siendo débil en términos de fuerza, pero más sólido en algo que empezaba a definirlo: la capacidad de ser útil incluso cuando nadie miraba, algo que lo llevaba en una dirección distinta al camino que quiso tomar al principio de su recorrido, y sin embargo...en un mundo tan vasto y cruel como aquel, eso era una forma de poder.

Off



RE: El inclemente reino [Autonarrada T1] [Presente Absoluto] - PX-6 - 07-02-2026

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