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[Autonarrada T1]La bella y el tonto del bote[Presente absoluto] - Akashi Lampedusa - 06-12-2025 Día 40 de invierno/Año 16 Puerto de Samba. __________________________________________________________________ Atardecía, y no había conseguido llegar al puerto. Maldito fuera el mundo por moverse cuando ella caminaba para desorientarla. No se podía confiar ni en el pastelero. Lo había perdido de vista hacía ya bastante tiempo. Y eso que le había prometido buscar un bote para poder largarse de la isla cuando le saliera de las narices. El problema era que el mundo le había escondido el puerto y ahora a ver quién lo encontraba. Maldita fuera su suerte. Tendría que buscar en otra parte. Siempre que se ponía a caminar con un rumbo determinado en mente, no lo encontraba. Todo aparecía por casualidad. Estaba empezando a impacientarse, tanto que ya solo tenía ganas de gritar. Pero decidió contenerse. Con las manos en la cintura, decidió girar a la derecha a ver si tenía mayor suerte. Otro giro a la izquierda, tres calles seguidas de frente, una a la derecha, otras dos a la izquierda… Nada, que no había manera. Empezaba a hartarse de una manera que iba a estallar de un momento a otro. Hasta que ya no pudo más y, cual volcán en erupción, gritó a los cuatro vientos. —¡Me cago en la madre que te parió mil veces, mundo! ¿Dónde coño está el puerto de los cojones? ¡Como no aparezca de una vez ante mis ojos juro por lo más sagrado que me voy a cargar el mismo suelo hasta llegar a tus entrañas hijo de la grandísima! —Lo tienes ahí enfrente. Lampedusa se volvió hacia la niña que señalaba con el dedo hacia una dirección concreta, con cara de pocos amigos. A punto estuvo de decirle cuatro cosas, pero al fijar la vista en su dedo y seguir con los ojos la trayectoria que le indicaba, comprendió que tenía razón. —Joder, ¡gracias! ¡Ha tenido que venir una niña que no levanta ni un palmo del suelo con más pelotas que vosotros! —Miró a un par de hombres que la miraron raro, a lo que ella les devolvió la mirada con furia—. Sí, hablo de vosotros, medios mierda, ¡que vais de sobrados por la vida y no tenéis pelotas! —Volvió la mirada a la cría con una sonrisa, antes de revolverle el pelo—. Gracias, renacuaja, cuando crezcas no dejes que ningún gilipollas gobierne tu vida, ¡gobiérnasela a ellos! —¿Incluso a mis papás? —¡No seas tonta del culo! ¡A los papás se les respeta siempre! —Le dio la espalda y se despidió con un gesto—. Hasta luego, niña con cara de huevo. —Vas en dirección equivocada, ¡no es por ahí! —Maldición. Ya le estaba haciendo la jugarreta el mundo. ¡Otra vez! Se volvió hacia la derecha y empezó a caminar recto—. Tampoco es por ahí. No, por ahí no. La niña no paraba de reírse. ¡Será cerda! Seguro que era ella quien controlaba el mundo desde las sombras y lo alteraba para que no pudiera jamás encontrar el puerto. La buscó con la mirada, avanzó hacia ella y la levantó del suelo, sus ojos rabiosos fijos en los suyos. Mierda, esa mirada de niño, ¡no podía enfrentarse a esa cosa! —Vale, criaja de tres al cuarto. —Trató de mantenerse serena en todo momento—. Me vas a decir donde está el puerto. Y después me vas a llevar hasta el puerto agarrándome de la mano como si fuera una ciega. Y como no encontremos el puñetero puerto… ¡Te juro que te entierro en el suelo! ¡Puff! En cuanto la dejó de pie abajo, en vez de ayudarla a encontrar el jodido lugar que tanto buscaba, se largó llorando mientras gritaba mamá todo el rato. Mierda, adiós a su plan para encontrar el dichoso puerto. Un momento. Se había ido. La había dejado irse. La cría que sabía dónde estaba ese puñetero sitio. ¿Ahora cómo cojones encontraba ella sola la localización? Avanzó a toda velocidad en su búsqueda, pero no la veía por ninguna parte. Joder, ¿tanto corría la pequeña renacuaja? No solo no se había salido con la suya, sino que ahora la única oportunidad que había tenido se le había escapado de las manos. Jo. Der. Cansada y harta de todo, terminó por apoyarse en una jodida barandilla y observó las olas que chocaban una y otra vez con la playa que había debajo. Una y otra vez… La verdad es que eso la ayudó a relajarse. El mar, ese enemigo implacable que estaba lleno de peligros, tesoros, aventuras, puertos… Como el que tenía a un metro escaso, por ejemplo. Un momento… Puerto… Tenía el jodido puerto justo al lado. ¡Por fin! La euforia hizo que comenzara a saltar como una loca delante de un montón de turistas de mierda. Le importó poquísimo hacer el gilipollas allí. Por fin había conseguido lo que tanto había deseado: alcanzar el puerto donde podría encontrar un jodido bote. Caminó despacio hacia delante, sin perder de vista ni un solo segundo su preciado tesoro visual. Como fuera una jodida broma del destino se iba a cagar en todo lo cagable durante mil millones de años. Incluso aunque la palmara seguiría así años y años y años. Lo acababa de jurar por lo más sagrado y lo cumpliría. Por fin llegó a su destino después de tanto tiempo. Allí ya casi no quedaba nadie. Algún que otro pescador que recogía las redes y amarraba bien el barco, no se fuera a hundir. No estaría de más robar uno de esos pesqueros para viajar y largarse de esa mierda de selva, pero ella quería ser más discreta. No, lo mejor era robar un pequeño bote. Con eso tendría suficiente para viajar ella junto al pastelero y la comida de emergencia. Por fin halló un pequeño bote de remos, aparcado en un lado y atado a la orilla. No había ni un alma por la zona en la que se encontraba. Si se daba prisa, habría conseguido lo que tanto había buscado. —Vamos, pequeñín, no hagas ruido —dijo al tiempo que arrastraba la cuerda hacia ella para atraer el bote—, porque como hagas ruido me voy a cabrear muy fuerte, ¡y no estoy para juegos! —¿Qué se supone que haces? ¡Ese bote es mío! Lampedusa parpadeó varias veces. Mierda, tenía un tipo delante, un pringado de piel morena y barba lampiña, ropa propia de salir a faenar y que le sacaba un palmo de altura. Que le quería robar el bote que tanto le había costado encontrar, decía el muy capullo. ¡Y una polla como una olla! —¿De qué hablas, picha floja? ¡Este bote lo he visto yo primero! ¡Ya estás dándote una vuelta por ahí y te acuestas, que este me lo llevo yo! —¿Qué estás diciendo, imbécil? ¡Ese bote lo construí yo con madera de varios árboles de la selva! —El tipo se remangó y caminó hacia ella con los puños preparados para pelear. Bueno, si quería una pelea haberlo dicho antes. Ella tan solo movió los puños, ansiosa. Hacía tiempo que no se cagaba a piñas con nadie. Balanceó los brazos, para después trotar hacia delante, los puños listos para propinar golpes. —Venga, listillo, ¡a ver si aciertas al menos un…! El derechazo la hizo retroceder de golpe unos pasos. Madre mía, pegaba como un tren. El hombre, no contento con ello, avanzó hacia delante y lanzó una serie de puñetazos, izquierda, derecha. El primero lo esquivó de milagro, pero el segundo fue certero como una flecha, directo a su estómago. Lampedusa lo sintió pero bien. Fuera coñas, no pegaba como tren, ¡pegaba como un cañón! —Vale, gorila de pecho plateado, ¿quieres guerra? La vas a tener, picha brava. Desvió un puñetazo, y luego otro. Movió los pies con soltura, ahora menos confiada que antes, y logró impactar su puño contra el del rival. Ambos retrocedieron y volvieron a la carga. Lampedusa lanzó un potente derechazo, el otro un demoledor jab que le dio de lleno en la nariz. Pese a la rapidez del golpe, la chica no se inmutó y su puñetazo le alcanzó en la mandíbula. Un diente saltó de su sitio y cayó a pocos metros del agua, a punto de caerse y quedando justo al borde. —Hija de puta, no solo vas a pagar el intento de robo, ¡también me vas a pagar el dentista! —¡Y una polla como una olla, subnormal! Esquivó como pudo los golpes, pero uno de ellos le dio de lleno en el ojo derecho. Maldición, tenía que jugar con más astucia. Se agachó antes de recibir dos golpes consecutivos, saltó y le propinó un jab que por poco no lo tumbó de espaldas. Sin darle tiempo a recuperarse, le agarró la cabeza tras volver a saltar y se la estampó con fuerza contra el suelo. —¿Qué pasa, idiota? ¿No querías que me comiera el suelo? —Golpe tras golpe, Lampedusa le rompió la nariz y algo más. Poco a poco convirtió esa cara en algo destrozado que apenas podía ver por el lado derecho. Diablos, eso sí que la puso de mal humor. Se le empezaba a hinchar, pero lo iba a pagar con creces. Harta y algo cansada, trató de recuperar aire. El tipo estaba boca arriba, también intentando descansar de la golpiza en la cara. Intentó darse la vuelta, pero de eso nada. Lampedusa lo agarró, volvió a ponerlo boca arriba, se sentó encima de su barriga y empezó a golpearle hasta que los nudillos le escocieron cosa mala. —Eso… Eso te va a… Joder… Con eso te vas caliente a casa, pringado. ¡Puff! Quitó la cuerda como pudo del pequeño bote y la fue arrastrando, con cuidado de que no chocara demasiado contra el borde del muelle. Si seguía bordeando de esa forma la línea de costa, tal vez conseguiría llegar hasta el pastelero. Ni zorra de donde estaba, pero bueno. Con eso, si había suerte, tal vez lo encontraría. Ahora solo faltaba que el puñetero mundo no volviera a jugársela y la mareara durante días sin encontrar al cabrón y al pajarraco. RE: [Autonarrada T1]La bella y el tonto del bote[Presente absoluto] - Saint Ethanbaron V. Nusjuro - 06-12-2025 ✓ Aventura Autonarrada T1: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 — Berries: 10.000 |