Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
Con el agua a la cintura | Fic, pasado. - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7)
+---- Foro: Isla del Kárate (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=282)
+----- Foro: Arrozales (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=286)
+----- Tema: Con el agua a la cintura | Fic, pasado. (/showthread.php?tid=2522)



Con el agua a la cintura | Fic, pasado. - Enji - 11-11-2025

Día 81, Otoño, año 16.

Una manada de niños bajó corriendo por la ladera de la montaña. Con palos en mano y pateando piedras, atravesaron los caminos elevados que dividían las distintas secciones de los campos de arroz mientras se dirigían al pueblo, causando todo un escándalo en el camino. La procesión infantil, ruidosa por naturaleza, atrajo la mirada de los trabajadores, que, desde temprano en la mañana, sembraban la próxima gran cosecha. Hombres y mujeres se incorporaron sobre los inundados piletones y entre risas los vieron pasar, mientras uno que otro se masajeaba la espalda baja, adolorida a causa de la postura. La siembra se dio una merecida pausa para saludar a la juventud. Los niños eran, después de todo, buena parte del motivo para que la mayoría de ellos trabajasen con tanta diligencia y ahínco. En ellos veían el futuro, la esperanza de algo mejor.

« No corran con palos en las manos», «¿Que hacen tan temprano por aquí?», «¡Tengan cuidado con el borde! Caminen por el centro del sendero»

Advertencias y consejos volaron a son del viento, suave y letárgico a tales horas. Fresco, además, en previsión de la inminente llegada del invierno.

Las primeras pinceladas de luz se asomaban desde el este, y el aire, antes de calentarse, se enfrió un poco más. Una fina película de humedad, como un manto blanco caído en la noche, abrigaba cada hoja y mata de césped. Las hacía brillar. Las convertía en un manto de lentejuelas, una pasarela para los bienaventurados que empezaban el día nada más el despuntar del astro rey en el cielo.

¿Y por qué unos niños saltaban de la cama a esas horas?

—¡No vamos a llegar!

—Corran, corran. ¡Y guarden silencio! Que igual nos ve, como ayer.

La prisa se hacía notar en su andar, torpe y atropellado. Entre ellos se empujaban. Algunos tropezaban, caían y luego se volvían a levantar, se limpiaban la nariz y seguían corriendo. La trayectoria que dibujaban era evidente y su destino, único: el pueblo. Los adultos que los veían pasar lo asumían así y, en cualquier otra circunstancia, hubieran estado en lo cierto. No era el caso.

Lo que buscaban era el último arrozal.

La última pileta de agua, el último foso, el que faltaba por sembrar.

Lo que buscaban lo descubrió uno de los niños dos días atrás e hizo correr la voz. Para el día siguiente eran un grupo. Para el tercer día, el grupo se había incrementado y pasar desapercibidos resultaba demasiado difícil.

Aun así, lo intentaron.

Niños y niñas se echaron cuerpo a tierra a escasos metros de llegar al piletón de agua. Como pudieron, y muy torpemente, se arrastraron cual pequeños militares hacia el límite del sendero y asomaron sus pequeñas cabecitas para mirar lo que dentro sucedía. Los ojos curiosos destellaban la expectativa que sólo un niño, que todo lo ve como algo nuevo, puede llegar a sentir.

Enji estaba parado en el centro del terreno inundado. Las piernas hundidas hasta medio muslo en el agua y el barro que debajo se había estacionado. Casi un metro de barro.

Su respiración era lenta y constante. Tenía los ojos cerrados, relajados, no apretados, mientras tocaba con la yema de los dedos la superficie del agua turbia. De pronto, su boca se movió y desprendió un sonido, como un soplido que, apretado entre la lengua y los dientes inferiores, produjo un pequeño silbido. Luego otro. En lapsos de tiempo constantes, el sonido se repitió una y otra vez hasta marcar un ritmo. Los niños pudieron notarlo y algunos trataron de seguirlo dando pequeñas palmadas en la tierra. El ritmo se mantuvo plano mientras su pecho subía y bajaba, llenándose los pulmones de aire.

Y luego cambió.

Debajo del agua y del barro, los pies de Enji empezaron a moverse. Eran desplazamientos cortos, sumamente cortos. Pasos de un lado a otro, cambiando el centro de gravedad, rotando el cuerpo y moviendo las manos. Su expresión, pese al esfuerzo, no cambiaba. Parecía relajado. Sus músculos, mirando un poco más de cerca, tampoco se notaban tensos pese al esfuerzo que conllevaba moverse bajo el espeso fango.

¿O sí?

Al mirar muy de cerca, pequeños espasmos se podían apreciar. Ocurrían a intervalos irregulares, nada cíclicos, respondiéndo a la necesidad del movimiento. El esfuerzo duraba una parte de un segundo y su potencia era tenue, mermada por el agua. Muchísimo esfuerzo físico para moverse muy poco. Una equivalencia a tratar de nadar fuera del mar con dos pesas en los tobillos.

Los niños miraban, sorprendidos, como el marine entrenaba. Se emocionaban con cada pequeña ola que su movimiento generaba en la hasta entonces tranquila superficie del agua. En la Isla del Karate se respetaban todas las artes marciales. Se admiraba desde pequeño, además, a los muchos maestros que habitaban la isla. Subir la montaña en busca de su sabiduría era uno de los caminos por el que discurrían los sueños de los jóvenes. Pero los más jóvenes, los pequeños que solamente podían soñar con esa posibilidad, estaban frente a un muro que sólo podrían atravesar con la edad. El tiempo les permitiría alcanzar los dojos. Hasta entonces, tenían que contentarse viendo a las fuerzas marciales que resguardaban día a día la isla.

Ver a un aparente artista marcial era, por tanto, una rareza y un privilegio para ellos, que miraban con los ojos encendidos como Enji practicaba.

Hasta que uno de ellos notó algo.

—¡Una serpiente! —gritó, señalando al animal reptante que ingresaba al estanque de agua.

Los campos de arroz eran su terreno predilecto y moverse por el agua no se les daba nada mal.

Enji abrió los ojos.

Localizó al animal, logró rotar todo el cuerpo para tenerlo de frente y empezó a retroceder. Pasos cortos hacia atrás removiendo el agua y el fango. Con la mirada fija en los colmillos, que se mostraban amenazantes coronando las abiertas fauces de la víbora, la respiración del marine se empezó a notar más agitada. El calor subía por su cuerpo mientras la sangre se bombeaba con fuerza bajo la piel, enrojecido su rostro a causa del esfuerzo.

Un paso, dos, tres. Los niños contuvieron la respiración cuando Enji llegó al límite del pantanal teniendo la serpiente a escasos centímetros.

Apoyó las manos en tierra firme e impulsó para sacar el cuerpo del agua, incorporándose a un costado del camino, en la pendiente que lo separaba del piletón natural. La serpiente, al verlo emerger, se asustó y dio la media vuelta, alejándose en dirección a los pastos altos que rodeaban por fuera del camino la plantación. Enji soltó un suspiro a medida que le volvía el alma al cuerpo, pues, aunque valiente, se había preocupado. Una mordida de esa serpiente lo hubiera tirado varios días en la cama.

—Carajo… ¡Eh! ¡Ustedes! ¡¿Cómo mierda dejaron que ese gusano se metiera en el agua conmigo?! ¡Pudo haberme matado! —gritó al grupo de niños, que, en la tensión, se habían asomado demasiado y ahora su presencia era evidente.

Enji ladró unos insultos mientras los niños se levantaban y salían corriendo, fugándose de la escena. El marine los persiguió hasta el camino y se quedó allí, parado y agitando el brazo en su cólera. Mientras tanto, Ford, su tan leal gato, dormía la siesta a un costado y no se enteraba de nada de lo que había pasado.