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Un Mango bajo la mata. [Autonarrada Tier 1] - Versión para impresión

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Un Mango bajo la mata. [Autonarrada Tier 1] - Itzel Yajiri - 27-10-2025

Arrozales| Isla del Kárate | South blue
Dia 54 | Otoño | Año 16

El sol de Isla Karate cae espeso, como una sopa caliente sobre los hombros. Yo estoy echao bajo un árbol torcido que da sombra a medias, pero sombra al fin. El tronco huele a savia y a humo, y las raíces se retuercen como si hubieran querido escapar de la tierra. Me gusta sentarme aquí, descalzo, con la espalda apoyá contra la corteza y la guadaña cruzá sobre las piernas. Hay un silencio bonito, de esos que respiran. Solo se escucha el viento, el zumbido de las cigarras y los pasos lentos de unos monjes que bajan del camino, cargando costales de arroz sobre los hombros. Caminan en fila, todos con la cabeza rapá, descalzos también, y una calma en los ojos que me da envidia. Se mueven como si el peso no les pesara.
 
Yo los miro pasar y me rasco la barba. Esos hombres tienen una paz que yo nunca voy a entender. Pa’ mí, la vida nunca ha sido callá ni tranquila. Siempre ha sonado a fuego, a metal y a grito. Pero igual me gusta verlos. Me recuerdan a mi madre cuando hilaba las fibras junto al volcán, sin apuro, con ese ritmo de quien sabe que el tiempo no se gasta, sino que se cocina lento.
 
Un pájaro rojo uno de esos que parecen llamas vivas cruza el cielo y se posa en una piedra frente a mí. Lo miro fijo y él me mira también, ladeando la cabeza. —¿Tú también estás pagando tu deuda, compay? —le digo bajito, y el animal suelta un trino que suena a burla. —Ah, no te rías, asere, que yo hablo en serio— le contesto, riéndome también. —Puathathatha— La risa se me escapa como un trueno viejo, y los monjes me miran de reojo sin decir ni pío. Están acostumbraos a mis carcajadas. En el pueblo me dicen “el loco del volcán”, aunque el volcán está a medio mundo de aquí, pero yo no me ofendo, ser loco es mejor que ser triste.
 
El calor aprieta y el sudor me corre por el pecho desnudo, pero eso me gusta. El fuego del sol me recuerda quién soy. Si pudiera elegir, viviría to’ el día bajo un sol así, fuerte, pegajoso, que te hace sentir vivo. Odio el frío, asere, el frío es la muerte lenta, el frío me roba el aire de los pulmones y me deja tosiendo como perro viejo, aquí en Isla Karate, en cambio, el calor me cura.
 
Más arriba, en el camino, unos niños juegan con piedras, tienen los pies llenos de polvo y la risa limpia. Les grito —¡Oye, muchachos! ¿Quién de ustedes me trae un mango maduro, eh? —Uno de ellos sale corriendo entre los árboles, y yo sé que en diez minutos va a volver con la fruta chorreando jugo, son buenos los críos, no saben de deuda ni de tristeza todavía. Cuando los veo, me acuerdo de cuando yo era uno así, corriendo por las laderas del volcán, creyendo que el fuego era eterno.
 
El viento cambia de dirección y me trae olor a arroz cocido y a leña. Debe ser el templo, donde los monjes hacen su comida. Es un olor tranquilo, como de hogar, cierro los ojos un momento y escucho. Mi oído es bueno todavía. Puedo oír el roce de las túnicas, el murmullo del agua en los cántaros, incluso el crujido de los granos al caer en los cuencos. Todo tiene música si sabes oírlo.
 
—Mira tú qué bonito suena este día —murmuro —Hasta el polvo tiene ritmo.— Saco mi piedra de afilar y empiezo a pasarla por la hoja de mi guadaña. Chsss... chsss... chsss... Es un sonido que me calma. A veces la hoja canta, no todos lo oyen, pero yo sí, dice cosas. Me cuenta historias del metal, de las manos que la templaron, del fuego que la parió, cuando la hoja está feliz, su filo brilla como si tuviera hambre y hoy brilla mucho.
 
El niño regresa con el mango y me lo tiende sin decir nada. Tiene los dedos pegajosos del jugo, le doy un trozo de pan seco a cambio, y él sonríe. —Gracias, viejo —me dice con una sonrisa. —Viejo no, asere. Soy sabio con descuento —le respondo, y el chiquillo se ríe a carcajadas antes de irse corriendo. El mango está caliente por el sol, dulce hasta doler. Me chorrea entre los dedos y me deja las manos amarillas, chupo el hueso hasta que no queda nada y lo lanzo al monte. Allí, si los dioses quieren, crecerá otro árbol, todo lo que uno da vuelve, aunque tarde.
 
El sol empieza a bajar un poco, y el cielo se pinta de un rojo que parece sacado de mis recuerdos. Me levanto despacio. Mis huesos crujen, pero todavía obedecen. Camino hasta el borde del acantilado, desde donde se ve el mar. Allá abajo, las olas chocan contra las rocas y el viento levanta espuma. Hay gaviotas peleando por restos de pescado, y más allá, unos botes pequeños de pescadores que regresan. El aire huele a sal y a sudor.
 
—Mira eso, fuego líquido —digo en voz alta. El mar parece tranquilo, pero adentro arde igual que un volcán dormido. A veces pienso que yo soy como ese mar, por fuera, la calma, por dentro, la lava. No se apaga nunca, aunque el cuerpo se caiga a pedazos. Me quedo mirando el horizonte. No tengo reloj, pero sé que pronto será la hora en que el sol se esconda detrás de las colinas. Mi reloj interno no falla. Cuando el primer murciélago sale, es hora de encender el fuego. Regreso a mi rincón bajo el árbol y junto unas ramas secas. Las acomodo con cuidado, como si fueran palabras. Froto dos piedras hasta que nace una chispa, y enseguida la llama sube, viva, danzante.
 
El fuego habla en su idioma de crujidos y chasquidos. Me quedo escuchándolo, a veces le cuento cosas, como si fuera mi hermano. —Hoy fue un buen día, fuego mío. No hubo pelea, no hubo frío. Solo calor, arroz, pájaros y niños. Eso es vida, ¿tú me entiendes? —La llama se inclina un poco, como si respondiera y le tiro una ramita más.
—Coño, yo no leo letras, pero el alma tuya la leo clarita —le digo, repitiendo una frase que a veces suelto sin pensar.
 
La noche cae despacio. El cielo se llena de estrellas y la luna doble aparece, azul y enorme, como en mi infancia. Miro las alas negras que llevo en la espalda, las extiendo un poco. Las plumas atrapan la luz y parecen humo sólido y  a veces me pregunto si algún día volveré a volar de verdad, pero enseguida me río.
 
—Nah, si yo vuelo todos los días, asere. Cada vez que río, cada vez que prendo un fuego, cada vez que el sol me calienta el pecho. Volar no es cosa de alas, sino de alma. — El fuego se va haciendo pequeño. Me tiendo en la tierra, la cabeza apoyada en una raíz. Escucho los grillos, los murmullos del río, los pasos lejanos de los monjes cerrando el templo. Todo suena como una canción vieja, de esas que no necesitan letra.
 
Cierro los ojos, mañana será igual, sol, arroz, risas, y algún loco que me diga que parezco un dios cansado, pero yo no soy dios, compay. Soy solo un viejo que sigue pagando una deuda que no se puede contar con números. Mientras el sueño me atrapa, murmuro bajito —Asere, no hay deuda que el fuego no consuma, tarde o temprano. — Y me río otra vez, profundo, libre, hasta que mi risa se mezcla con el crepitar de las llamas y con el canto de los pájaros nocturnos.


RE: Un Mango bajo la mata. [Autonarrada Tier 1] - PX-5 - 28-10-2025

AVENTURA NO COMPLETADA

La longitud de la aventura es de 1201 palabras, de acuerdo a 13. Guía de Tipos de Tema, el requisito para una aventura autonarrada T1 son 1500 palabras en un solo post.