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[Pasado] Guardián de la codicia - Sohem - 07-10-2025 Hace 15 años.
20 de Primavera. Año 1. Villa Foosha, Isla Dawn, East Blue - 11:20 a.m. — ¡Y no vuelvas! — fueron las palabras que sonaron conjuntamente a la salpicadura de barro y mugre — Nobles a mi... — y se cerraron las puertas de aquel antro, seguidas de las risas de los presentes amortiguadas por las paredes del lugar. Era una mañana tranquila, cómoda y confortable dentro de la Villa Foosha. Todos los aldeanos vivían sus quehaceres y su rutina de la forma más estable y constante posible, sin ser perturbados por nada. Bueno, todos menos el mesonero y sus clientes, quienes habían presenciado un acto fuera de contexto y de lugar por completo. A las afueras de su establecimiento, "El Cofre", yacía una enorme bola de carne envuelta en ropas extrañas, una larga túnica blanca con un cuello redondo dorado, sobre un gran charco de mugre, barro, esputos y posiblemente algún que otro más fluido corporal. — ¡Habrán de pagar tal afrenta-eh! ¡Escoria! ¡Insectos-eh! — gritó aquella mole, girándose, mostrando a un hombre obeso con un muy corto cabello rosa, casi rasurado y una barba sin bigote que trataba de engañar a nadie ocultando aquella imponente papada. Su agitación y sobresfuerzo por girarse y levantarse casi rozaban la agonía, y es que, pese a tener apenas 21 años, pudiera pasar por completo por un hombre de cuarenta — ¡Haré que reduzcan a mísero polvo danzando en el viento este paupérrimo antro! — gritó de nuevo el hombre, que se incorporaba a duras penas, con las rodillas temblando — ¡Y acabarán todos como mis esclavos-eh! — vaticinó de nuevo, sacudiéndose el barro como podía. La puerta del bar volvió a abrirse y un hombre grande y curtido, de avanzada edad pero de muy buena forma surgió tras el marco de la puerta portando una gran jarra de cerveza y golpeó de una patada al hombre obeso lanzándolo hacia la calle, llamando la atención de los pocos que habían conseguido ignorar sus gritos — Vuélvete a tu reino, princesita — dijo con sorna y escupió en el suelo — Aquí la comida se paga sin importar que seas el conde de mis cojones — sentenció — Y si vuelves a lanzar una amenaza sobre estas buenas gentes yo mismo te ahogaré en el fondo del mar — dijo dando un largo trago a su jarra de cerveza — No sois tan duros cuando no tenéis escoltas. Puta escoria... — añadió a tiempo de entrar de nuevo en la posada, y tras unos segundos tensos de silencio, el ajetreo del pueblo volvió a retomarse haciendo que los viandantes ignorasen a aquel tipo de nuevo. El tipo de pelo rosa estaba encogido sobre si mismo llorando a moco tendido con las manos puestas en su estómago, lugar donde le habían golpeado. En posición fetal, las lágrimas caían por sus ojos al compás de los mocos que caían por su nariz, desolado y desconsolado. Dolorido y solo. Tras unos minutos así, consiguió volver a ponerse en pie y se alzó tembloroso ante el establecimiento, sacudiéndose la suciedad y la mugre y limpiándose la cara con la manga de su chaqueta, sin mucho éxito, sorbiendo sus mocos. Había agotado en dos semanas hasta el último de sus berries, y había partido de su hogar con los suficientes como para que una familia pudiera vivir cómodamente durante un par de meses. Pero no le habían enseñado a ser comedido, le habían enseñado a tener lo que quisiera cuando quisiera sin tenerse que preocupar por las consecuencias mismas. Y las consecuencias eran estas: Sin dinero no hay nada. Y para ganar dinero había que trabajar. Pero para trabajar había que saber hacer algo. — ¡Malditos seáis todos-eh! — bramó y salió corriendo en dirección opuesta, de forma torpe, lenta y patosa, jadeando a los pocos metros, doblando la esquina para esconderse en un callejón y tratando de recuperar el aliento apoyado sobre sus rodillas, contemplando su ropa manchada con asco — Debo ataviarme con nuevos ropajes... — se dijo, deslizando las manos por la ropa nuevamente, bien fuera para limpiarlas o para limpiar su propia ropa pero ninguna de las dos opciones parecía realizarse correctamente ya que sólo extendía la suciedad por la ropa y las manos seguían llenas de mugre — ...quizá debí traer alguna condecoración o símbolo Celestial-eh. Así me darían el trato que merezco y todos temblarían con solo verme-eh — reflexionó, desistiendo de su tarea de limpieza, pero de pronto negó con la cabeza sacudiendo los grandes carrillos y los mofletes involuntariamente con este gesto — Si tal cosa hubiera ocurrido me delataría a mi mismo y me atraparían raudos... ¡Y yo no soy idiota-eh! — se dijo a si mismo, golpeando ambas manos entre si, salpicándose de barro la cara nuevamente — ¡Malditos sean los D.! — blasfemó al sentir la suciedad, y trató de volver a limpiarse como pudo. Aquel joven Emerec Mars, el séptimo hijo de los Saint O'Heil, no sabía que acababa de renunciar a la vida de mayores privilegios y fortunas del mundo y que ahora no sólo tendría que enfrentarse al mundo, si no a su propia educación y su forma de ser, para tratar de subsistir y sobrevivir burlando la búsqueda que su familia orquestaría con el fin de hallarlo. |