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[Presente Relativo] - La garra y el colmillo. - KuroVongola - 10-09-2025 Día 52, Año 16, Verano
Volví al bosque de Dawn, como tantas veces antes, pero esta vez no buscaba a los lobos ni tampoco la calma de su compañía.Había algo en mi interior que no me dejaba descansar.Desde que descubrí la técnica del Colmillo de Lobo Descendente (Ōkami Kiba Kudari), mi entrenamiento había sido constante, casi obsesivo.Sin embargo, mientras cortaba troncos y ensayaba el golpe una y otra vez, sentía un vacío.Algo faltaba, una pieza que no lograba identificar. Me detuve en medio del bosque, jadeando, con el sudor resbalando por mi frente. El filo de la espada estaba clavado en la tierra húmeda frente a mí. —¿Qué es lo que me falta? —murmuré, con el ceño fruncido, mientras mi respiración pesada se mezclaba con el viento del bosque. Guardé la espada y decidí caminar. Quizá el propio bosque tendría la respuesta, como ya lo había hecho en otras ocasiones. Mis pasos me llevaron entre raíces retorcidas, arroyos estrechos y senderos cubiertos de musgo. Entonces vi tres escenas: El primer caso fue un zorro. Lo observé oculto tras unos arbustos. Acechaba a un ave desprevenida, y en el momento justo, no se lanzó directamente con un mordisco letal. Primero saltó para atraparle el ala y aplastarlo contra el suelo, inmovilizándolo antes de darle la mordida final. —Inmovilizar primero… matar después. —pensé en voz baja, impresionado por la precisión. El segundo caso apareció más adelante, cerca de un arroyo. Una serpiente se enroscaba lentamente alrededor de un conejo. El pobre animal forcejeaba desesperado, pero la serpiente no apresuraba nada. Lo desestabilizaba, lo asfixiaba, le quitaba toda posibilidad de contraatacar. Y solo cuando la resistencia desapareció, abrió sus fauces. —Desestabilizar… dejar sin fuerzas. —anoté mentalmente, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda. El tercer caso lo encontré en lo alto de un árbol. Un ave rapaz descendió en picada sobre un ratón. No fue un ataque directo y mortal desde el inicio: primero atrapó a la presa con sus garras, apretando con fuerza, impidiéndole huir. Luego, y solo luego, clavó el pico. —Atrapar. Sujetar… y entonces, rematar. —susurré. Tres casos. Todos diferentes, pero con un mismo principio: nadie iba por el golpe final de inmediato. Antes, debilitaban, controlaban, anulaban. Me llevé una mano al mentón, pensativo. —Ese es mi fallo. Si mi golpe falla… si lo esquivan, si lo bloquean, si me contraatacan… me quedo expuesto. —reflexioné, mientras la frustración me ardía por dentro. Decidí que necesitaba algo más. Una herramienta que me permitiera complementar mi estilo, para crear ese momento de vulnerabilidad en el enemigo antes de descargar mi ataque Primero probé con otra espada. Tomé una vieja hoja de entrenamiento que mi padre había dejado en casa y practiqué con ambas manos. Pero pronto descubrí el problema: eran demasiado pesadas, me faltaba agilidad. El golpe perdía su esencia, y mis movimientos se volvían lentos. Luego intenté con un escudo. Pensé que quizás podría bloquear y crear aberturas para atacar. Al principio sonaba lógico, pero al usarlo, entendí el error: el escudo me protegía, sí, pero me ataba a una posición defensiva. Mi estilo, inspirado en el ataque feroz, no era para resistir, sino para atacar. Después probé con algo más arriesgado: una pistola vieja que encontré entre los restos de chatarra en Villa Foosha. No era un arma común en mis entrenamientos, pero quise experimentar. Disparé contra el tronco y el sonido me sacudió los oídos. Sí, el alcance era útil, pero el retroceso y la preparación hacían que mi ritmo se rompiera. La pistola no era una extensión de mi cuerpo, era un estorbo. Frustrado, estaba a punto de rendirme, cuando recordé un objeto pequeño que guardaba en mi bolsa: una daga. Era simple, de hoja corta y ligera, casi olvidada. La sostuve en mi mano izquierda mientras blandía la espada en la derecha. Al principio pensé que no cambiaría nada. Pero al probar, todo tuvo sentido. Con la daga podía desviar un ataque, atrapar un brazo, inmovilizar por un instante. Podía crear la abertura que tanto necesitaba. Mi espada era el colmillo que descendía, pero la daga podía ser la garra que sujetaba a la presa. —Eso es… —susurré, con una sonrisa apenas perceptible.— La garra y el colmillo, juntos. — Practicaba una y otra vez, con el filo largo cayendo como el golpe del lobo, mientras la daga preparaba el camino, desviando, atrapando, controlando. El ritmo era fluido, natural, como si mi cuerpo hubiera estado esperando este complemento desde siempre. Cuando el sol comenzó a ocultarse y el bosque se tiñó de naranja, me detuve en medio del claro. El sudor cubría mi rostro, y mis brazos ardían de cansancio. Sin embargo, había encontrado lo que buscaba. Adopté una postura firme: la espada en mi mano derecha, levantada con fuerza, y la daga en mi izquierda, baja pero lista, brillando con la luz tenue del atardecer. —Ahora sí… estoy más cerca de la fuerza que busco.—dije en voz baja, mientras el viento del bosque se llevaba mis palabras. |