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[Auto T5] Dos lobos - Viktor - 24-10-2024 70 de Invierno, Año 13
Bosque Utsukushi, Corriente Daiya, 4:31 a.m.
Había vuelto a ser increíblemente difícil conciliar el sueño, una tarea que antes, aunque no siempre fácil, solía poder completar tras un rato de calma. Desde nuestro último combate con los revolucionarios, no había podido dejar de reflexionar sobre lo terriblemente fácil que resulta matar. En lo sorprendentemente simple y directo que puede ser el acto de arrebatar el último aliento de una vida humana, borrando su existencia en un instante. Yo ya conocía esa sensación, ese peso, desde hace tiempo, pero lo que realmente me aterraba ahora no era tanto el hecho en sí, sino más bien la consciencia de que el poder que cargábamos sobre nuestros hombros traía consigo una responsabilidad abrumadora. La carga de saber que debíamos utilizarlo con la justa medida y precisión, un equilibrio delicado que se volvía casi insoportable. Era casi como una maldición autoimpuesta, una sombra que siempre nos acompañaba. La noche estaba bien avanzada, casi consumida en su totalidad, y yo seguía sentado en aquella silla incómoda, con el antebrazo derecho apoyado pesadamente sobre la superficie de mi escritorio, como si en ese simple gesto intentara anclarme a la realidad. Frente a mí mi célebre libro, abierto, y un lápiz abandonado sobre sus páginas descansaban inmóviles, tal como habían estado durante horas. No eran más que el reflejo de mi desánimo y frustración, símbolos mudos de mi incapacidad para centrarme en otra cosa que no fuera la confusión y el malestar que sentía ante la situación actual del gremio. Era inevitable pensar en ello. Me preocupaba que quizá fuera el único en este barco que realmente se sentía atormentado por el peso del poder que poseíamos, el único que temía lo que podríamos llegar a hacer con él. Estaba claro que a mi jefe no le temblaba ni un ápice la mano a la hora de empuñar su enorme kanabo, y tampoco vacilaba en arrebatar una vida cuando lo consideraba necesario. Sin embargo, a pesar de esa firmeza implacable, había percibido en él algunos destellos de humanidad. Momentos fugaces que no lograba entender del todo, pero que de alguna manera me brindaban una pequeña dosis de esperanza, una tenue luz que me hacía creer que, tal vez, no todo estaba perdido para nuestro equipo. Chloe, por otro lado, aún no había tenido la oportunidad de mostrar si poseía ese lado más humano, si es que lo tenía. Y los nuevos integrantes del gremio... bueno, simplemente no parecían aptos para el combate letal en absoluto. Sus habilidades eran prometedoras, pero no sabía si estarían listos para enfrentar las decisiones más difíciles. — No sirve de nada... — murmuré en voz baja, casi como si hablara conmigo mismo, mientras trazaba figuras y formas indefinidas sobre el escritorio con el índice de mi mano derecha, sin preocuparme en lo más mínimo por la precisión de los trazos o la caligrafía. Era un gesto automático, casi un reflejo de mi agitación interna. Llevaba ya varios viajes leyendo el mismo libro, sin ningún orden ni propósito real, pasando por encima de las palabras y de las frases, apenas prestando atención a lo que decían. Había recorrido tantas veces esas páginas que probablemente podría recitar cualquier verso de memoria sin siquiera abrir el libro. Sin embargo, esa lectura repetitiva no era más que un ejercicio de autocontrol, una manera de intentar abstraerme de la realidad que me rodeaba. Era mi pequeño refugio, una forma de mantener la calma cuando sentía que el mundo a mi alrededor se desmoronaba. Una especie de acercamiento a una creatividad que mi mente, siempre tan racional, se negaba a permitirse de manera natural. Tras un largo rato en el que el silencio y la pasividad parecían haberse adueñado de todo, finalmente me levanté de la silla. Cogí a Shimei Kaeru con la mano izquierda, sintiendo su familiar peso en mi palma, y salí del camarote con determinación. Me dirigía hacia donde teníamos retenido al prisionero, para comprobar si continuaba atado. Mientras avanzaba por los pasillos, el barco estaba envuelto en una quietud absoluta. Todos los miembros de la tripulación parecían estar profundamente dormidos, cada uno sumido en sus propios sueños o pesadillas. A pesar del silencio, podía escuchar en la lejanía algunas respiraciones más pesadas, como la del jefe, que incluso al dormir parecía permanecer alerta y agitado, siempre preparado para cualquier eventualidad. También distinguía los sonoros ronquidos de alguien más, un ruido profuso que resonaba por los corredores, aunque aún no había logrado identificar si pertenecían a alguna de las féminas o al joven nuevo integrante del gremio. Caminé con rapidez pero en absoluto silencio por los estrechos pasillos y corredores del Parabellum, dejando que la quietud de la noche me envolviera mientras mis pasos se deslizaban sin hacer ruido. Tras observar al encadenado revolucionario, volví sobre mis pasos para, finalmente, llegar a la cubierta, donde el aire fresco de la noche me recibió con un ligero estremecimiento. El tiempo amenazaba con una tormenta inminente. Un temporal de esos que traen consigo agua, viento y rayos, implacables e indomables. Desde la cubierta, la noche cubría con su oscuro manto el mundo que nos rodeaba, envolviendo todo a nuestro alrededor en sombras profundas. Solo algunas diminutas estrellas, apenas visibles en el vasto y negro lecho celeste, lograban iluminar tenuemente el barco y el mar. Aquellas pequeñas luces titilaban débilmente, como si lucharan por mantenerse encendidas, mientras las aguas comenzaban a agitarse más y más conforme pasaban los minutos. Cada ola que golpeaba el casco del Parabellum parecía un presagio de lo que estaba por venir, anunciando el creciente malestar del océano bajo nuestros pies. Dejé mi espada con calma sobre el barril que, de manera habitual, utilizábamos como improvisada mesa durante nuestros desayunos. Tras soltar mi arma, abandoné el Parabellum, llevando solamente mis botas, pantalones y mi chaleco, y me dirigí bosque adentro, adentrándome unos cuantos metros entre los árboles. No quería llevar nada; solo lo suficiente como para poder dejar atrás cualquier preocupación sobre el entorno inmediato o sobre mis compañeros, para no inquietarles con lo que estaba por hacer. Quería algo de espacio, lejos de miradas curiosas o preocupadas, y el bosque, a pesar de la creciente tormenta, me ofrecía esa soledad que tanto necesitaba en ese preciso momento. Quería cazar, sentirme el animal que Vinro decía que llevaba dentro. Ahora, anecdóticamente, de forma literal. El suelo bajo mis patas estaba húmedo y comenzaba a anegarse de agua incapaz de filtrarse por la tierra. La lluvia caía sobre los árboles y su follaje, golpeando sus hojas con suma violencia. Era una sinfonía de percusión agónica y caótica que resonaba en los oídos de todos los seres vivos y sintientes que se atrevían a permanecer allí. Cada gota era una nota incapaz de distinguirse entre todas las demás, como una melodía desordenada que se nutría del ahora tapado cielo de la isla. En un momento, un relámpago cruzó el cielo iluminando tímida y tenuemente toda la zona, solo acompañado por un desacompasado trueno que retumbó en todos los lugares. El estruendo hizo que mi corazón latiera con más fuerza, un golpe seco en mi pecho que aceleró mi respiración justo en el momento en que comencé a transformarme. Mis pies, que poco a poco comenzaron a aumentar de tamaño, se hundieron más y más en el suelo fangoso del bosque. Todo el suelo empapado ya por la lluvia se volvía una trampa de barro para todo aquel que tuviera el valor de pisar ese sendero. Con cada segundo, mi cuerpo crecía hasta expandirme y aumentar mi peso hasta obturar el camino. Mi piel, que pronto fue reemplazada por un denso pelaje blanco, perceptible débilmente bajo la escasa luz que se filtraba entre las nubes y los árboles. La humedad que llenaba el ambiente se congelaba lentamente a mi alrededor, formando una fina escarcha en el aire. Era casi como si un manto blanco y denso comenzara a cubrir la zona, moviéndose con lentitud en cada rincón del bosque en mi entorno, al ritmo de mi transformación. Mi respiración se agitaba con cada exhalación, el aire frío llenaba mis pulmones y se liberaba en grandes nubes de vapor que se mezclaban con la lluvia helada. Mis carrillos se tensaron mientras apretaba los dientes, sintiendo cómo el frío se hacía cada vez más intenso, extendiéndose desde mi propio cuerpo hacia todo lo que me rodeaba. El poder que brotaba de mí crecía y crecía sin freno, una fuerza imparable que no tardó en desatarse por completo. Pasados unos instantes, la tormenta que salía de mi interior inundó la zona con brutalidad. Todo el aire en la zona comenzó a girar a mi alrededor con potencia y violencia, formando una serie de torbellinos de escarcha y vaho que giraban más y más rápido a cada segundo. La tormenta aumentó, expandiéndose con un rugido gélido que competía con la lluvia, la cual también aumentaba su intensidad, cayendo sobre mí en pesadas cortinas y cascadas de agua. Pero más allá de debilitarme, parecía alimentar el frío, intensificándolo a medida que cada gota tocaba mi cuerpo, congelándose al instante. A mi alrededor, todo ser viviente y sintiente cedió ante la fuerza del hielo y el viento que poco a poco estaba transformando el bosque en un paisaje blanco, helado y desolado. No soportaba la creciente frustración que se apoderaba de mí. La ira y la constante carencia de control eran algo con lo que, con el tiempo, me estaba resultando cada vez más difícil lidiar y aceptar. Esto hacía de mi mente una vorágine caótica, llena de situaciones que escapaban a mi control y que me abrumaban a cada instante. Cuando la tensión en mi mandíbula se intensificó, haciendo que mis colmillos cánidos rechinaran, sentí cómo mi cuerpo entero parecía reaccionar a la furia que bullía en mi interior. Los truenos, que habían estado acompañando la tormenta, parecían haberse detenido, y solo quedaba el persistente sonido de la lluvia golpeando el entorno, acompasada por el eco de mi respiración gélida. En ese momento, una voz que pensé haber perdido hacía mucho, tiempo atrás, en los recovecos de mis sueños más profundos, me reclamó nuevamente. Después de tanto tiempo en silencio, aquella voz femenina susurró con suavidad a mi oído, trayéndome recuerdos de algo que no comprendía del todo. — Viktor. — susurró la voz, con un tono que era apenas un murmullo, pero que de inmediato captó toda mi atención. Aquella voz, cada vez más y más clara, cada vez más y más nítida, volvió a llamarme rompiéndome por dentro. Al principio, no lograba entender por qué me afectaba tanto escucharla, pero, con el paso del tiempo y las noches cargadas de sueños que bien podían ser premoniciones o recuerdos, empecé a sospechar la razón. Cada vez que oía mi nombre en los imaginarios labios de esa mujer, sentía un dolor profundo en mi pecho y en mi mente, como si su sola pronunciación me atravesara el el corazón con una afilada espada. Era como si, en lo más profundo de mi ser, supiera que aquel tono de voz cargaba una decepción latente, un lamento silencioso por lo que veía al mirarme. ¿Era mi conciencia? ¿El lobo que habitaba en mí, tomando forma? No lo sabía, y tampoco podía soportar el tormento que aquello me generaba. En un arranque de desesperación, cambié mi transformación de manera instantánea, sin titubeos. Mi tamaño se redujo considerablemente en cuestión de segundos, y me posaba ahora sobre mis cuatro patas, mientras mis facciones, antes semi humanas, se desvanecían por completo, dando paso a un lobo blanco, tal como lo narran en las leyendas. Mi cuerpo se encogía mientras mis manos y pies se transformaban completamente en zarpas afiladas. Sin pensarlo dos veces, eché a correr entre la maleza, sin detenerme ni un segundo. Corrí y corrí sin cesar, impulsado por una necesidad que no lograba entender del todo, pero que me empujaba a seguir adelante. El viento azotaba mi pelaje de la cara con fuerza, mientras atravesaba los rincones oscuros del bosque, sin rumbo fijo, sin un objetivo claro ni preciso. Solo quería escapar, tal vez encontrar una presa. Tras varios minutos de correr a toda velocidad, finalmente llegué a un claro en medio del bosque. Allí, un lago tranquilo se extendía ante mí, y en su superficie, la luna se reflejaba en la superficie que se veía golpeada constantemente por la lluvia. Sin poder contenerlo, aullé con fuerza, dejando que mi voz lupina resonara en cada rincón del bosque. Mi aullido, profundo y lleno de dolor, penetró entre la flora del lugar, alertando a todos los animales de mi presencia. Era un grito de advertencia, pero también de desesperación, anunciando a cualquiera que me escuchara que un lobo herido intentaba curarse de algo más que solo sus heridas físicas, reclamando a una mujer por su nombre. Un nombre que desconocía. Después del aullido, me detuve frente al lago, mi respiración estaba visiblemente agitada. Me acerqué a la orilla y observé mi reflejo en la superficie del agua. Por primera vez, mis ojos azules se encontraron con la imagen de un rostro animal. Un rostro que, aunque me pertenecía, se me hacía tan ajeno como los sentimientos que me perseguían. Era el momento de volver. No había nada para mí en este lugar solitario y sombrío. Ni la pena se ahogaría en el lago que se extendía ante mí, ni mis sueños se materializarían en la neblina gélida que lo cubría. No habría presa que pudiera cazar que calmara mi insaciable ansia de sangre, pues todo el odio que cargaba en mi interior era más contra mí mismo que contra cualquier otro. Cada día que pasaba, estaba más seguro de que las palabras de Vinro eran ciertas: en mí habitaba un monstruo. Un ser oscuro y voraz, que seguramente aguardaba el mejor momento para manifestarse, mientras arañaba la puerta de mi mente con desesperación, intentando salir a la superficie.
El barco permanecía en calma, inmutable, bajo una tormenta que parecía desvanecerse tan rápido como había llegado. La lluvia que había azotado el mundo comenzaba a ceder, y con ella se disipaban las últimas sombras de la tempestad. Subí de un salto, aun transformado en lobo para justo después situarme junto a mi katana, que descansaba en el barril. Me senté sobre mis cuartos traseros, manteniendo una postura firme y miré fijamente el arma, como si en ella pudiera encontrar respuestas. Después de un momento, dirigí la mirada hacia el cielo, donde las nubes empezaban a despejarse, revelando destellos de nuevo entre la oscuridad. Recordaba un pasaje del libro, un fragmento que resonaba en mi mente en aquel instante: — Dentro de nosotros habitan dos lobos… — pensaba, reflexionando sobre la dualidad de mi existencia. Mientras me tumbaba completamente, enroscándome poco a poco en una posición fetal si es que se le podía llamar así siendo un lobo, asumí la realidad que me rodeaba. El monstruo que habitaba en mí saldría si yo lo permitía, si no encontraba la fuerza necesaria para mantenerlo a raya. La lucha interna estaba lejos de terminar; sabía que el verdadero desafío era enfrentar lo que se escondía en las profundidades de mi ser. — ¿Qué harías tú, Selene? — pensé a punto de caer dormido, como si la misma voz que me reclama pudiera escucharme. RE: [Auto T5] Dos lobos - PX-5 - 24-10-2024 Aventura Tier 5 Autonarrada Completada
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