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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 27-08-2026 La oscuridad arropaba el entorno de forma aterradora, podría tener frente a mí el abismo y no me daría cuenta. ¿El propósito? Poder ver a Enji, pero sin llegar a verlo, un concepto extraño cuanto menos. Mi capitán, en un intento de guiarme, me dijo que iba de contramano, término que no entendía en absoluto. —¡¿Cómo voy a ir de contramano si solo tengo una?! —le respondí en uno de mis arrebatos de intelecto. Con las manos bien extendidas hacia delante para evitar un accidente, continué mi marcha. No estaba seguro de si me estaba acercando a Enji y a Kibai o si, por el contrario, estaba cada vez más lejos de mi sensei y mi compañero. —Creo que le estoy cogiendo el tranquillo a esto. —pensé mientras iba en dirección completamente opuesta. Mi recorrido fue detenido por el grito de Enji. Eso era lo que parecía, pero más que el grito en sí mismo, lo que me detuvo fue una enorme presión que venía desde mi espalda. No sabía lo que era, no sabía como lo hacía, pero lo recordaba perfectamente, era lo mismo que pasó cuando estuvimos peleando contra aquellos criminales en Kyodaina. —¡¿C-Cómo que no voy en dirección correcta?! —pregunté sobresaltado y algo sorprendido por aquella presión. —Yo estaba seguro de que… —susurré justo después. Yo pensaba que esa habilidad de la que hablaba mi capitán estaba relacionada con la intuición, pero por lo visto no parecía tener nada que ver. —¡Voy para allá! —grité girando mi cuerpo hacia el lugar de donde emanaba aquella presencia. Esta vez, confiado al estar bastante seguro de la posición en la que estaban mis dos camaradas, me dirigí hacia ellos corriendo. No era el corredor más elegante, esto estaba claro, tampoco estaba logrando comprender a qué se refería Enji con lo de “ver sin ver”, pero si había algo que me sobraba, era confianza en mí mismo y una voluntad de acero. A medida que sus voces se hacían más y más claras para mí, acabé escuchando a Enji decir, ”Busquen otra cosa”. Desde su posición era fácil decirlo, ¿qué se supone que iba a buscar, almejas? Ignorando esas órdenes abstractas, continué mi carrera hasta que, de repente, choqué contra quienes parecían ser Kibai y Enji, provocando la caída conjunta de los tres marines. No fue una deducción aleatoria, al caer al suelo junto a ellos pude sentir el suave pelo del mink felino. Que la otra persona con la que había impactado era Enji ya era simple deducción. —Auch… —dije mientras me incorporaba para sentarme. —Tenéis que intentar tener cuidado para no chocarnos chicos… —les dije a ambos mientras me rascaba la cabeza con mi mano izquierda. —¿Tú cómo lo llevas Kibai? Yo no veo un centollo… —Mientras hablaba, pensaba que estaba mirando directo a mi compañero de clases, pero la realidad era que estaba mirando al punto completamente opuesto.
Cajita de tortuga
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 27-08-2026 La cosa parecía estar funcionando. Gracias a su olfato, Kibai se las había arreglado para distinguir la dirección correcta en la que el capitán Enji los iba dirigiendo, pero al parecer, el ritmo lento pero seguro no era suficiente para el marine peliblanco, pues de repente el mink escuchó como este le gritaba a Juan que estaba dirigiéndose hacia el lado que no era. Ladeando levemente la cabeza, Kibai procuró seguir su propia dirección hasta que un pequeño toquecito en el pecho el indicó que había dado con el capitán — Demasiado bien, Kibai... Demasiado bien. Arrugando el entrecejo, el mink tuvo el presentimiento de que algo malo se avecinaba. Lo único que escuchó fue un nuevo rasgar de tela y de repente sus dos orificios nasales fueron taponados de golpe por sendos trozos de tejido (no demasiado limpio al parecer). Kibai sorprendido, dio un paso atrás, solo para ser arrollado por casi media tonelada de concha de gyojin cangrejo al tratar el comandante Juan de alcanzarles a la carrera, cayendo encima del mink, cosa no demasiado agradable dado que tenía la nariz colapsada y tres metros de marine encima de su espalda. Dejando salir el aire a través de sus colmillos apretados, Kibai lanzó una mano hacia atrás, agarrando el brazo del gyojin, levantánolo a pulso notando como los músculos desnudos de cintura para arriba se le hinchaban por el esfuerzo sostener en el aire los cientos de kilos que pesaba el comandante. Notando como el enorme cuerpo del gyojin tapaba el sol, no por la venda que por suerte seguía bien asegurada, sino simplemente por el frescor que sentía en la piel al estar a la sombra de un toldo de tres metros. — Pues ahí vamos señor, ahí vamos, creo que lo de no ver es precisamente la idea... — dijo el mink entre dientes antes de dejar caer al comandante a su espalda, lo que ocasionó un pequeño temblor que notó en la planta de los pies. Sin tratar de comenzar a andar aún, Kibai relajó los hombros. Aún no estaba muy seguro de lo que debía de hacer, pero recordaba lo que había leído en la biblioteca hacia varios días, así como las palabras del maestro Kaelith y del propio Emperador Zarutsuki. — Señor... — dijo girándo la cabeza hacia dónde por su oído ubicaba al comandante. — Creo que me imagino lo que quiere que hagamos. Solo... siga su instinto... Me gustaría explicarselo algo mejor, pero ni yo mismo estoy seguro de que esté en lo cierto, así que tendremos que encontrar la salida a este laberinto oscuro por nuestra cuenta. Con aquellas últimas palabras, el mink bajó levemente su cabeza, sin tratar de ubicar nada a través de sus sentidos habituales, rebajando los latidos de su corazón y su respiración al ritmo más lento posible, y dio un nuevo paso en dirección hacia la que había sonado la voz del capitán Enji por última vez. — Poco a poco Kibai, recuerda, un alma no es tan distinta de un aliento...
La caja de Pandora
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 28-08-2026 Un armatoste de casi media tonelada, todo un titán crustáceo, avanzó a paso raudo por la calle cual desbocado tren de mariscos. Las piedras del suelo se movían y saltaban de su lugar con cada paso del gran Juan Sebastian, el gyojin cangrejo que, por primera vez en lo que llevaban de entrenamiento, avanzaba en la dirección correcta y se hacía sentir a varias docenas de metros a la redonda. Algunos skypieans locales se asomaban por las ventanas de sus casas, curiosos, y otros saltaban fuera presas del pánico. En el cielo no existían los terremotos, entonces, ¿qué era lo que estaba haciendo temblar sus casas? El tren de mariscos, claramente. Y, por muy tentadora que fuera la idea, Enji decidió no jugar con su propia salud y apartarse un paso a la derecha cuando su segundo al mando embistió contra Kibai. Salió de la trayectoria del crustáceo justo a tiempo para evitar ser aplastado por sus más de cuatrocientos kilogramos de pura inocencia y buenas intenciones. Un ser de luz. Un pesado ser de luz. —¡Shihahaha! ¡Cuidado, Juan! Por poco y me matas. ¡Por poco y matas al gato! —señaló, justo antes de ver como Kibai levantaba a Juan a pulso, se ponía de pie y después lo dejaba caer al suelo, forzando un segundo temblor en los alrededores y ganándose un pequeño “Waos” de su parte—. (...)Como decía, ¡por poco y me matas a mi! Ser maestro estaba siendo más difícil de lo que imaginaba, cosa incómoda y difícil de admitir después de haber sufrido el toma y daca entre su orgullo y las enseñanzas de Kaelith, el férreo lunarian que le enseñó esa misma habilidad que ahora decía haber despertado él solo. Todo se veía mucho más fácil en el dojo, rodeado de asistentes que cumplían con cada uno de sus caprichos, reordenando todo el edificio si hacía falta para llevar a cabo una práctica. Él necesitaba asistentes. ¿Por qué no tenía asistentes? Una o dos docenas. Volvieron a caminar y esta vez ( esperaba ), Juan los seguía. Al menos, avanzaba en una dirección similar a la que él tomaba. Eso tendría que ser suficiente por el momento. —A ver, muchachos, estamos llegando donde hay más gente —advirtió a sus dos alumnos. La mañana, por supuesto, no iba a hacer una pausa para que ellos entrenen. La gente empezó a salir de sus casas para hacer su vida y la calle que circulaban empezó a poblarse de skypieans—. Y más barullo, así que no van a poder seguir mi voz todo el día. Van a tener que empezar a encontrar ese sexto sentido o me voy a ir y los voy a dejar aquí, dando vueltas en círculos tooooda la tarde —dijo y aceleró el paso para empezar a dejarlos atrás—. ¡Recuerden: es más sencillo ver la luz después de haber estado mucho tiempo en lo oscuro! ¡Traten de no matar a nadie! —Su voz se volvía más lejana con el correr de los segundos—. ¡Ver el alma de alguien no es tan diferente de sentir su mal aliento!
Off
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 31-08-2026 Kibai, haciendo gala de unas increíbles capacidades físicas, me levantó por los aires tras la aparatosa caída. —¡Uepaaa! —exclamé mientras notaba cómo mis cuatrocientos kilos eran alzados cual presa de caza. Sabía que Kibai tenía unas grandes capacidades físicas, solo hacía falta echar un vistazo fugaz a sus tonificados músculos para darse cuenta. Podría decir que su fuerza física era similar a la de Enji, por supuesto, eso no tenía por qué traducirse en tener habilidades combativas similares, pero era agradable ver que la Marina disponía de grandes y prometedores soldados más allá de nuestra división. —Perdón… —Les dije a ambos mientras aún me encontraba en el aire, escuchando las palabras de mi capitán. Kibai entonces me hizo caer, y yo caí de él, y él me hizo caer por allá por su espalda, retumbando en el suelo con la fuerza del impacto de toda mi masa. Sin hacer mucho alboroto, me puse de pie mientras me rascaba la cabeza, mirando al lado contrario de la ubicación de ambos. Me di la vuelta con sigilo al escuchar a mi espalda la voz de Kibai, tratando de que no se notase que me había vuelto a equivocar. —Instinto… —Susurré pensativo. Era algo fácil de decir para él, todos los felinos son conocidos por sus afilados instintos, después de todo. Yo, por mi parte de cangrejo… ¿Era duro? Sí, duro era, pero mi instinto animal era equivalente al de una piedra que se queda quieta mientras es embestida por las olas del mar, no esquiva, no predice, solo está. Una vez recuperados del incidente sin culpable, los tres comenzamos a andar de nuevo. Con los ojos completamente tapados, la oscuridad empezaba a sentirse distinta, algo había cambiado. Por algún motivo, lo que de primeras se sentía como un muro negro, ahora parecía más una espesa niebla, demasiado espesa como para ver con nitidez a través de ella, pero ya era un avance. De alguna manera me las apañé para seguir a mi camarada hasta lo que él mismo describió como una zona concurrida. —Esto se ha puesto difícil… —Pensé mientras giraba mi cuello para hacer como que miraba a mis alrededores. Entendía la finalidad de esto, la voz de Enji, que seguía en un principio, se perdió entre una macedonia de tonos distintos, era imposible seguir su pista usando mi oído. —¡Vale, llegó el momento de seguir mi instinto! —Con confianza y a paso lento, tomé la dirección en la que creía percibir su presencia. Por desgracia, mi camino se vio interrumpido por la voz aterrada de una niña pequeña. —¡Papá! Esa cosa rara nos está siguiendo… —Seguida de la voz ronca de un hombre que debería estar en sus cuarentas. —¡Aléjate de mi familia, enfermo! —Palabras acompañadas de un golpe que, si bien no me dolió, me llenó de vergüenza. —Perdón… Fueron las últimas palabras de Enji las que resonaron en mis oídos. —Seguir el mal aliento… —Con eso en mente, comencé a andar en dirección a donde pensaba que estaba mi capitán. El camino estuvo plagado de obstáculos, obstáculos que sonaban como: “¿Pero y este qué hace?”, “No me toques, bicho raro”, “¡Mira por dónde andas, subnormal!”, “¡Vaya panda de frikis!”. Sin dudas, la alegría de la mañana inundaba las calles del cielo, por mi parte, poco más podía hacer que disculparme a medida que arrollaba a algún que otro peatón. ¿Estaba cerca de Enji? Ni idea, ¿Kibai? Hace tiempo que le perdí el rastro, ¿El sexto sentido? Tenía pinta de que se me quedó en el mar azul, a diez mil metros bajo nuestros pies.
Cajita de tortuga
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 31-08-2026 Ante la nueva mención del capitán Enji hacia su persona como "gato", Kibai notó como las garras de la mano derecha se le desplegaban por acto reflejo. No obstante, no era el momento, ni el lugar para ponerse a discutir del tema... Una vez que se hubo librado del imponente peso del comandante Juan, escuchó como este se disculpaba por haberlos arrollado antes de volver a intentar orientarse. El mink trató de hacer lo propio, respirando regularmente por la boca, tratando de adaptarse a tener sus fosas nasales tupidas por los trozos de uniforme del capitán Enji. Por fortuna, la voz del marine peliblanco los alertó al comandante y a él que estaban de camino a una zona más concurrida. Aquello, lejos de desanimar a Kibia, representó una ráfaga de aire fresco para su ánimo. Recordando lo que le había contado el maestro Kaelith y lo que el Emperador Zartutsuki había dicho en el coliseo de los Juegos, el mink esbozó una leve sonrisa. Si había mucha gente a su alrededor, sería más facil detectar alguna de las conciencias, o al menos eso parecía decirle la lógica. La lógica no tardó en patearle el trasero de la forma más ostentosa posible. Nunca antes Kibai se había sentido más impotente. Sin su vista ni su olfato para ayudarle, y con el oído sobrepasado por la acumulación de voces, incluyendo varios improperios dirigidos al gyojin cangrejos, Kibai trató de serenarse lo más posible, mientras iba dando excusas a cada persona con la cual se chocaba. Por esta vez, se alegraba sobremanera de no llevar el uniforme puesto, ya que así al menos el prestigio de la marina no iba a quedar comprometido debido a sus actuaciones. Sin embargo, el mink no se limitaba a caminar a ciegas a través de la gente. Poco a poco, notaba como la misma energía que había aprendido a detectar en su interior con el maestro Kaelith se iba acumulando en su cuerpo, aunque por el momento, parecía incapaz de proyectarla fuera de su cuerpo, mucho menos de pretender siquiera el identificar a otra persona gracias a ella. A todo esto había que añadir que una buena cantidad de los transeúntes que el mink se encontraba eran notoriamente más altos que él, lo cual conllevaba un número de choques bastante más elevado a lo que estaba acostumbrado. Tras más de una docena de disculpas entrecortadas y giros casi por acto reflejo en cuanto notaba un contacto involuntario, el mink estaba comenzando a perder el sentido de la orientación. Maldita sea, aquello no podía ser tan dificil. Las últimas palabras del capitán aún flotaban en el aire, amenazando con perderles a él y a al comandante de vista y dejarles a su suerte. Claro está aquello tenía una solución fácil: arrancarse la venda de los ojos y, en el caso del mink quitarse los tapones de tela de la nariz. Pero aquello hubiese supuesto rendirse, y eso era algo a lo que Kibai no pensaba ceder. Con más corazón que dirección, el mink logró llegar hasta una de las fachadas de los edificios que conformaban la calle, dónde se detuvo, poniendose en cuclillas. — Vale, Kibai, está claro que esto es parte del ejercicio, así que empieza a ponerte las pilas... — pensó el mink para sí. — Ya sabes como imbuir tu cuerpo de Haki, a buen seguro esto no tiene por que ser tan distinto... Manteniendo la misma posición, Kibai trató de recordar como era el capitán Enji: Insolente, extrovertido, con un lenguaje malsonante... Pero también parecía muy cercano a sus compañeros, alguien agradable, y con el que se podía contar cuando er necesario. Con todo eso en mente, el mink trató de poryectar aquella lluvia de conceptos de su mente hacia el exterior, con el ánimo de localizar el alma del marine peliblanco antes de que se laejase demasiado.
La Caja de Pandora
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 03-09-2026 Después de alejarse a una distancia prudente, cerca de cuarenta metros por delante del dúo Enji se detuvo, saltó hasta lo alto del tejado de una casa de dos pisos y se sentó sobre el filo de sus doradas tejas. Dejó sus pies caer y colgar en el vacío de veinte metros que lo separaba de la calle, apoyó los codos en sus rodillas e, inclinado hacia adelante, descansó el mentón sobre la contrapalma de sus manos entrelazadas. Su mirada descendió y se mantuvo vigilante sobre las dos figuras protagonistas: el crustáceo y el felino que avanzaban por la calle rodeados de skypieans, lunarians y birkanianos. Los vio sufrir varias desventuras y chocarse una docena de veces, perderse, dudar, subir y bajar por la misma calle, buscando en todo momento volver a dar con su presencia o empezar a discernir algo de las muchas almas que los rodeaban en la oscuridad de su ceguera temporal. Enji cerró los ojos y dejó de verlos con ellos para empezar a sentir sus presencias en la distancia. Reconoció sus almas como dos faros entre la multitud, pues, tras mucho utilizar esa nueva habilidad, había logrado discernir como algunas almas eran más grandes y luminosas que otras. Los peleadores, como lo eran Juan y Kibai, tenían un alma más llamativa que las personas normales. Juan era una llama roja y Kibai una estela de chispas verdes, los dos concentrados, los dos buscando la manera de abrir el caudal de un río que hasta entonces desconocían. «Venga, muchachos. Encuéntrenme. —Apretó los párpados, se concentró y empezó a empujar. Empujar con la mente, si es que eso era posible, y empujar con el alma. Empujó hasta que su voluntad se liberó de las cadenas de su cuerpo y empezó a supurar, filtrándose fuera a través de cada poro y cada tramo de piel—. No hay dos como ustedes en toda esta calle. Tampoco hay dos como yo. Busquen algo más» Después de unos minutos, mientras Kibai buscaba un poco de calma aferrándose a la fachada de un edificio y Juan hacía lo posible por evitar deprimirse después de haber sido empujado e insultado una docena de veces, Enji saltó desde lo alto y volvió a aterrizar en la calle, justo delante de un pequeño grupo de niños. Les pidió acercarse con una seña de la mano y empezó a hablar con ellos, rodeado como si fuera el entrenador de un equipo dando las últimas indicaciones antes de saltar al campo. Después de que terminase de exponer su idea, los niños se miraron entre ellos, después miraron en la dirección en la que estaban Juan y Kibai, y asintieron, divertidos, mientras empezaban a repartirse por la calle. «¿Seré muy cabrón por disfrutar de lo que está a punto de pasar? —se preguntó el comodoro—. Hm… nah, no tanto» Lo que sucedió a continuación sólo podía catalogarse como una cosa: juego sucio. Los niños, lunarians en su mayoría, levantaron vuelo y empezaron a rodear tanto a Juan como a Kibai de manera similar a como lo haría una parvada de aves de rapiña. Poco a poco y uno a uno, estos muchachos se lanzaron en picado hacia donde se hallaban los marines, pasando a su lado y chocando sus hombros, así como soltando fuertes corrientes de aire producidas por su aletear cada vez que les volaban cerca. —¡Cuidado con las garras y la pinza, eh! ¡Que son niños jugando solamente! —advirtió a sus compañeros desde una distancia prudente, camuflando su voz detrás del barullo y las risas que su peculiar entrenamiento estaba levantando—. ¡Concentración! Pero, claro, ¿cómo iban a concentrarse con tanto ruido a su alrededor? Los empujones, las risas… los quería saturar. —¡Shihahahaha!
Off
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 03-09-2026 Mientras buscaba la “Presencia” de Enji, trataba de concentrarme lo máximo posible, no había nada, ni siquiera un atisbo de claridad en las sombras que me arropaban. —Si al menos tuviera una idea de cómo es la sensación que trato de buscar… —Pensé frustrado mientras seguía chocando con los transeúntes. Estaba siendo duro, pero era algo que esperaba, después de aprender varias técnicas del kárate gyojin había aprendido que la mejora solía venir acompañada antes de frustración y, sobre todo, esfuerzo. Por un momento, iluminándose como una pequeña ascua en la oscuridad, pude vislumbrar algo. Al levantar ligeramente mi cuello, pude ver por apenas un segundo una especie de llama, no sabría decir si era blanca o púrpura, puede que fuese de ambas tonalidades, pero estaba seguro de que pude ver algo así. Lastimosamente, esa presencia apenas duró unos instantes, sintiendo la impotencia de ver cómo ese diminuto avance se me escapaba de mis dedos. —¿Qué ha sido eso? —pensé mientras me detenía por unos instantes. Aquello me resultaba extrañamente familiar, sin dudas era la primera vez que veía algo así, pero se sintió como si lo conociese de hace mucho tiempo. Si tuviese que describir lo que sentí al verlo, podría decir que era reconfortante. Antes de que tuviese tiempo para seguir pensando, algo me chocó a gran velocidad. —¡Oye, cuidado! —exclamé algo confuso. Lo que pareció ser un accidente aislado se empezó a inclinar más hacia un asalto continuo y planificado. Los golpes que venían desde todas direcciones eran acompañados a su vez de ráfagas de viento que estorbaban a mis sentidos. Esto podría ser un entrenamiento, pero no iba a dejarme apalear así porque sí, por lo que preparé mi pinza para realizar un golpe con todas mis fuerzas en cuanto sintiera el próximo golpe. Por fortuna, antes de que eso pasara, Enji nos avisó a mí y a Kibai. —¡¿Niños?! —pregunté alterado. No podía pegarles a niños por mucho que ellos fuesen unos pequeños diablos. —Concentración… Concéntrate, Juan... —Pensé mientras inspiraba y exhalaba aire de forma profunda. Era imposible, ¿cómo se suponía que me iba a concentrar con tantas distracciones? Era cierto que aquellos golpes no dolían lo más mínimo, pero eran lo suficientemente molestos como para hacer que les prestase atención. Además, las risas de los presentes me encendían un poco, logrando que no pudiera mantener la calma que era necesaria para el entrenamiento. —Cómo os agarre con la pinza... ¡Vais a flipar!
Cajita de tortuga
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 04-09-2026 Kibai continuaba pegado a la pared, tratando de pensar en que manera podía tratar de hacer que sus ojos viesen sin ver. Sin embargo, decirlo parecía muchisimo más facil que hacerlo.
Aún por encima, mientras el mink trataba de concentrarse, emepzó a escuchar aleteos a su alrededor, un buen montón de ellos. Antes de que pudiese ubicarlos de todo, un golpe impactó contra su hombro derecho, desequilibrándolo y haciéndole dar un paso adelante. Al poco rato, otro más le desplazó hacia un lado. Con un gruñido sordo, el mink dejó salir las garras de ambas manos con un agudo siseo, girando su cabeza a ambos lados, antes de antender a la voz del capitán, que le advertía que luchaba contra niños.
— Si, contra niños que pueden medir perfectamente un par de metros... — pensó para si mismo Kibai mientras flexionaba los dedos para retraer las garras. — Está bien, capitán seguiré tu juego...
Forzándose a relajarse mientras los golpes seguían impactándole en los hombros y la espalda, el mink localizó la energía interna que había aprendido a manejar con Kaelith, pero en vez de concentrarla en su cuerpo, se centró en proyectarla hacia fuera. Se sentía como si tratase de iluminar una cueva entera con una cerilla. Había algo ahí, pero no conseguía percibirlo con facilidad.
— Es así como se sienten los humanos cuando es de noche? — susurró el mink en voz baja. Había sombras que parecían menos oscuras en la negrura, aunque no podía ubicar a ninguna, aún no.
Sin embargo, algo ocurrió finalmente, notando como lago o alguien estaba a su espalda, y Kibai, agitó rapidamente la cola de lado a lado, escuchando como uno de los niños se quejaba de frustración.
— Espera! Qué ha sido eso?
Había sido un simple acto reflejo, o había sido algo auténtico? Gruñendo de nuevo por la impotencia que llevaba sintiendo desde que el capitán Enji le inutilizase dos de sus sentidos más potentes, el mink se desplazó un par de pasos lejos de dónde calculaba que estaba la pared, centrándose en intentar volver a notar lo mismo que había sentido antes de mover su cola. Tenía que haber alguna clave en todo aquello, al igual que la había habido cuando había aprendido a dominar el Haki de Armadura con el maestro Kaelith, tan solo tenía que seguir concentrándose y la solución acabaría por aparecer...
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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 04-09-2026 El bombardeo estaba cumpliendo con sus expectativas. Tanto Juan como Kibai se notaban frustrados, luchando por mantener la compostura y concentrarse pese a los golpes, las risas, el ruido; todas las distracciones que había planeado y puesto en práctica para llevar sus sentidos al límite. La verdad sea dicha, durante su propio entrenamiento había tenido que meditar en completo silencio, completa oscuridad, totalmente aislado del mundo que lo rodeaba; todo lo contrario a lo que estaba practicando con sus “alumnos”. Por eso mismo, después de aprender a despertar esa extraña visión o sexto sentido, se había topado bastante fuerte con la realidad: nunca se estaba tan tranquilo en el mundo. De nada le serviría esa técnica si no podía aplicarla en combate, en el día a día, estuviera andando, caminando o golpeando. Tuvo que acostumbrarse a usarla incluso mientras cagaba, y pensaba ahorrarles ese paso a ellos. —¡Vamos, no sean llorones! ¡Nadie va a esperar a que se concentren en una situación real! ¡No hay silencio en mitad de una guerra! —advirtió, parado veinte metros por delante de ellos mientras los locales observaban con curiosidad todo lo que estaba pasando—. ¿Qué harán si alguien los ataca? ¿Cavar un pozo donde poder meditar para volver a centrarse? ¡Veeeenga! ¡Que he visto yo más lío en un burdel a medianoche! ¡Shihahaha! Algunos padres lo miraron mal después de soltar ese último comentario y al grito de “Rigoberto, Carlitos, Mario Barro” empezaron a llamar a sus niños para alejarse del lugar. Nadie quería afrontar preguntas innecesarias antes de tiempo, en especial cuando en Skypiea… ¿no había burdeles? Hm, tendría que corroborar ese dato antes de descender de los cielos. Al cabo de unos minutos, los niños, como no, se aburrieron, su atención se dispersó y poco a poco terminaron por dejar en paz al gato y al cangrejo, no sin antes pasar junto a Enji para que este les pagase los berries prometidos por llevar a cabo esa maldad. El tumulto de la hora pico también parecía haber amainado y lo que antes era un murmullo perpetuo se convirtió en apenas media docena de susurros lejanos. —¿Empiezan a sentir algo? —Le preguntó a sus compañeros, parado de cuclillas veinte metros por delante de los dos—. ¿O tengo que sacar la fusta? Por favor, digan que sí —bromeó, pero contuvo la risa y en su lugar suspiró—. Suficiente negrura por hoy. Quítense las vendas y síganme, vamos a buscar un lugar más tranquilo. El bosque no estaba lejos. Por suerte, la Ciudad Dorada estaba rodeada de selva y follaje, así que bastaba con seguir por esa misma calle hasta el final para regresar a la selva de la que emergieron el primer día.
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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 05-09-2026 El ataque de los presuntamente alados mocosos prosiguió durante un rato, podía escuchar perfectamente sus voces, sus chillidos cuando estaba a punto de agarrarlos con mi pinza y sus risas una vez conseguían alejarse lo suficiente de mi rango. —Son buenos estos muchachos. ¿Qué les dan de comer a los niños de este lugar? —pensé después de pensar en Qiang y Lei, las dos gemelas que me ayudaron durante mi entrenamiento del kárate gyojin. Traté de evitar apoyarme en mi oído, lo cual era difícil con la curiosa sensación que atravesábamos. Pero, de alguna manera, desde la pequeña llama que sentí hace unos momentos, algo comenzó a cambiar. Lo que antes era una oscuridad absoluta, ahora parecía adornada con el brillo intermitente de otras presencias. Por momentos parecía humo, otras tenían un rastro eléctrico y otras parecían desplazarse como si de viento se tratase. No entendía bien qué era lo que estaba pasando, esas presencias apenas duraban unos instantes antes de desaparecer. ¿Eran los niños? No podía estar seguro, pero de ellas emanaba una sensación de malicia juguetona y divertida, como fantasmitas que se entretienen al molestar a los vivos. —¡Nadie está llorando! —le respondí a mi capitán mientras paraba un segundo de intentar perseguir a los muchachos, aprovechando para secarme el sudor de la frente. —Oye, ¿cómo que burdel? —pregunté mientras miraba de forma inquisitoria en su dirección, que, evidentemente, era completamente la opuesta a la que se encontraba mi capitán. Tras eso, las arremetidas de los infantes fueron remitiendo poco a poco, logrando que la paz y la tranquilidad volviesen a la calle. Me encontraba cansado, exhausto podría decir, la energía de los mocosos era verdaderamente algo de temer. —¿Cómo lo llevas, Kibai? —dije en voz alta, incapaz de saber a la distancia a la que se encontraba mi compañero de clases. Con el silencio que ahora predominaba en la calle, pude escuchar la pregunta de Enji con mucha más claridad. —He notado algo extraño. Por un momento pude percibir algo parecido a una llama y luego, mientras los niños… ¿Jugaban? Pude percibir cosas parecidas, como si fueran fantasmitas. Pero apenas duraban un instante. —Le respondí con la pinza apoyada en mi cadera y rascando mi mentón con mi mano izquierda. La siguiente orden de mi capitán y sensei se sintió como una jarra de cerveza fría en el desierto, como un baño después de estar trabajando en una mina, como irse a la cama sabiendo que al día siguiente no sería necesario madrugar. Sin darle ni un segundo para que se replantease la decisión, me arranqué la venda de mi rostro y, con ilusión por ver los hermosos colores de este mundo, abrí los ojos. —Liber… ¡¡Arrgggghh, mis ojosss!! —
Mi grito al quedar cegado por la repentina y cegadora luz se pudo escuchar por toda la calle. Haciendo un esfuerzo por no hincar mis rodillas en el suelo y con los ojos achinados y llorosos, me dispuse a seguir a mi capitán. No sabía qué pretendía, pero el entrenamiento parecía estar dando resultados, así que estaba dispuesto a seguirle a donde fuese.
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